Libro # 2
Serie de Pequeñas
Crónicas y Relatos Intranscendentes
SOLILOQUIOS EN LA
MECEDORA
Durante
algo más de medio siglo ha permanecido sentada en la mecedora al lado de la
puerta que comunica su alcoba con el patio trasero, al que no llegan los rayos
del sol gracias a una tupida red de bejucos y hojas de enredaderas, flores de
verano amarillas, rojas y blancas; hojas de granadilla con sus campanas violeta
y una de espinaca, que forman un cielo raso refrescante. Allí ha esperado en
vano, primero porque ya no recuerda cómo empezó el asunto y después porque
medio siglo es mucho tiempo. Lo que sí le ha dado resultado hasta ahora es su
intención de pasar desapercibida, mimetizarse con el panorama reducido y
verdoso que la rodea, sólo que, y tampoco sabe el por qué, se arrepiente de
haberlo logrado.
Como
un aguacero de verano, sin aviso alguno, la vorágine de la violencia volvió a
precipitarse sobre la aldea. El sonido de los disparos de revólver y de fusiles
y las ráfagas de ametralladora, se escucha a cualquier hora, mientras ella está
allí en su eterna espera. Su marginalidad
le atrajo tanto el olvido que una vez más es omitida por todos. Nadie se acerca
ni se acuerda de ella. Continúa esperando sin saber qué porque la muerte, a la
que tanto anhela, se entretuvo primero en una guerra llamada mundial, luego
pasó a un sitio llamado Corea en el que dos de sus hermanos fueron condecorados
por el valor en las batallas, ascendidos a sargentos de un ejército que no era
el de ellos, pero cuando regresaron al país, ahora recuerda con exactitud, ni
siquiera fueron aceptados para el oficio de policías, porque provenían del
campo y de una familia de filiación política contraria a la del partido
gobernante. Desde que recordaba, todos los gobiernos desestiman y desechan para
sus cuerpos armados a los jóvenes del otro partido, al creer que meten al
enemigo en la casa. También rechazan a los campesinos con diferentes ardides
ante el temor de que éstos, cualquier día, alcen la cara del surco, se enteren
de la verdad y reaccionen contra quienes los explotan desde que accidentalmente
un agricultor, Caín, le dio muerte a un ganadero, Abel. Desde esa remota fecha
los ganaderos siguen con venganza y los descendientes de Caín soportan en
silencio el cumplimiento de la sentencia divina, que los condenó a ganar para
sí y en beneficio de otros, el pan con el sudor de sus frentes. Sólo que el
sudor es para ellos y el pan para los que aún no abandonan el luto. Los
gobiernos sólo los aceptan cuando saben que no hay probabilidades de retorno
del frente de batalla, como en Corea. Siguió Vietnam, que nadie sabe dónde
queda, y de allí en adelante los conflictos internos.
Todos
llegan al pueblo a cometer sus fechorías, especialmente a matar, pero ella,
alejada del mundo, no sabe por qué, para qué, ni a quién persiguen. Lo único
que ha visto les muestra a los mismos individuos que hoy andan con unos y
mañana con otros. Cree que matar ya se volvió una profesión noble, porque ante
ella han sacrificado a muchos. Pero la ignoran. Es como si no la vieran.
Tal
vez si los demás se hubieran interesado al principio por conocer la razón de su
actitud, hoy no estaría en estas condiciones. Si se hubieran detenido un
instante para analizar sus trabajos de bordado, se habrían extrañado no solo
por sus coloridos sino por las escenas. Amaba, odiaba, todo lo expresaba en los
bordados sin que se reparara en ellos.
¿Qué
era lo que esperaba? ¿Qué anhelaba? ¿Por qué borró de su mente la razón de su
alejamiento del mundo, como lo hicieron en el pasado los ermitaños? Nada del
pasado, de aquel momento o de aquellos tiempos, traspasaba la nebulosa de su
olvido. Vivía del momento. Apenas sí recordaba lo de ayer. ¿Sería ayer cuando
su ahijado Olegario llegó a su lado, le estampó un beso en la mejilla, pero al
mismo tiempo señalaba a un hombre que estaba en el patio, al cual los otros que
lo acompañaban acribillaron a balazos?
¿Quién fue el muerto, acaso uno de sus hermanos, de sus hijos, de sus
nietos? Nada, no concreta nada en sus recuerdos. Ni siquiera sabe si le
quedaban familiares. Lo cierto es que, en tanto tiempo, jamás le ha faltado en
una mesilla que, al lado de la mecedora, un desayuno, un almuerzo, una cena. Al
principio, opíparos, pero con el transcurso de los años disminuyeron en
cantidad convirtiéndose en frugales, apenas lo necesario como para subsistir.
Muchos
salieron en busca de lugar seguro huyéndole a la muerte, pero no sabe quiénes
ni cuántos. Escucha desde su sitio los gritos de dolor, los clamores para que
no se mate a alguien, los llantos de las viudas, de los huérfanos, los gritos
destemplados de los asesinos, las carreras de los que huyen o tratan de huir en
el último momento, pero jamás se ha enterado de quiénes se salvaron o
sucumbieron en el baño de sangre que la rodea.
Hoy,
cuando nadie vino a traerle la menguada ración con que se mantiene viva, no
sabe cómo acomodarse a las circunstancias. Piensa, y tal vez ocurrirá que, si
se asoma a la puerta de su casa, porque eso sí lo recuerda, que está en una
casa de su propiedad, los que quedan en el poblado se espantarán al verla. Se
le considerará un fantasma al que jamás han visto antes.
Su
decisión de marginarse esperando algo o a alguien, cobra ahora su precio. Lo ha
olvidado porque medio siglo es mucho tiempo. ¡Quién sabe hasta cuándo estaré en
esta espera interminable! Se dice y se pregunta a un mismo tiempo, mientras
trata de balancear su esmirriada humanidad en la mecedora.
EL PESCADOR DE
SUEÑOS
Demetrio
Julio, de los Julio de Rincón del Mar, insistía en considerarse el boga más
verraco de Tigua. “Nadie me gana con un remo para impulsar un bote en medio del
mar más encrespado”, aseguraba. Solamente que cuando comenzó con la cantaleta
ya no podía demostrarlo por ser, y esta sí era una verdad incontrovertible, medio
hombre. Un tiburón hambriento, por decir algo, porque si hay un ente sobre el
planeta que siempre tiene hambres es el tiburón, se llevó, de una tarascada,
las extremidades inferiores de Demetrio.
—De
vainas me había puesto un mocho de dril de esos bien apretados y mi compañerito
no me colgaba, porque de haberlo perdido, yo mismo me hubiera tirado a la mar
para que el maldito me masticara hasta el nombre, gritaba entre risotadas.
Gabriel
Salcedo, el “boca de caucho”, me dijo un día, mientras caminábamos por la
playa, que el viejo era un mentiroso incomparable.
—No
solo por la facilidad para hilvanar historias sino por la calidad de las
mismas. No ha pasado jamás de las tres millas de la playa. Ese cuento de
verraco de Tigua no se lo cree ni él mismo.
Demetrio
murió unos meses después, y los que creíamos sus historias formamos una
caravana para asistir al entierro, allá en su pueblo. En Torobé se agregaron
familiares y amigos y reanudamos, luego de un reposo, el viaje a Rincón del
Mar, en veinte buses, diez camiones y otros vehículos llenos hasta el tope por
quienes no querían perderse la oportunidad de ver al viejo por última vez, y
mejor aún, guardando silencio. Llegamos con tiempo y sin contratiempos.
Durante
el viaje me relacioné con un familiar cercano del viejo y al abordar
intimidades, me señaló:
—Fue
tan bueno para inventar cuentos, que un nieto suyo heredó las mismas facultades.
Observe esos terrenos –y me mostró unos potreros al lado de la vía – los vendió
el muchacho a ricos hombres de negocio de todo el país, sin ser el dueño,
asegurándoles que se trataba de un complejo turístico de inmensas proporciones.
Para convencerlos preparó una serie de fotografías de residencias de las más
lujosas levantadas en los más grandes y atractivos sitios turísticos del mundo,
confeccionó un folleto y aseguraba que eran las primeras construcciones del
complejo. Después elaboró planos, falsificó documentos y vendió. La estafa no
alcanzó las dimensiones que esperaba con sus mentiras, pero el dinero recaudado
antes de que los “propietarios” llegaran a mirar los peladeros, lo
enriquecieron.
—¿Entonces
Demetrio fue un estafador?, le pregunté extrañado.
—¡No! Jamás fue hombre indelicado. Echaba sus mentiras,
pero sin perjudicar a nadie. Nos reíamos de sus exageraciones, nada más.
De
Verrugas se fue todo el pueblo al entierro, menos don Edmundo Balseiro, no
porque no quisiera asistir a la ceremonia fúnebre ni mucho menos porque
Demetrio hubiera militado en el partido rojo mientras que él era de los de azul
de metileno, sino para evitar que le vieran llorando por su amigo. Don Edmundo
se quedó en Verrugas desarrugando las hojas del alma, escritas con las
anécdotas de Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar.
El
mar a cuyas orillas se levantan los poblados de Rincón y Verrugas, no parece
mar. Hay quienes lo califican de mar muerto por sus aguas ocres, como si en el
fondo removieran el limo constantemente y ese fondo no fuera de arena, como en
las orillas de los mares, sino más parecido al lecho de las ciénagas. Otros piensan
que es un mar apocado al que no le gusta encresparse. Aquellos afirman que es
un mar cobarde, pero el resto, la mayoría, y entre ellos los pescadores, creen
que es un mar cansado que después de pasar por Tigua y sufrir los rigores del
lugar, llega a Rincón y a Verrugas a reposar para continuar el camino. Porque
las aguas del mar caminan. Jamás se quedan en el mismo lugar por muy placentero
que sea o al que lleguen las mujeres más hermosas del universo y se introduzcan
en ellas y agiten el deseo de abrazarlas, acariciarlas y besarlas eternamente.
Pero no, el mar es un mensajero incomprendido. Toca todos los puertos del
mundo, de todo se entera, pero cuando llega a las orillas de otros lugares,
nadie le entiende, nadie le oye.
—Ese
es un mar para machos de pelo en pecho y bolas sin arrugas, afirmaba el viejo
Demetrio, refiriéndose a Tigua.
Además
de la gente de Torobé y de Verrugas, la caravana aumentó con los que vinieron
caminando desde El Francés o en botes, canoas y lanchas desde más allá de
Moñitos hasta Palo Alto, desde todos los pueblos costeros y de pescadores, para
ofrecerle al viejo el adiós postrero.
Cosa
rara. El cementerio de Rincón del Mar está arriba sobre una loma y allí no
llegan las olas. Los nativos, que desde el momento de emerger de las aguas
uterinas son sumidos en el mar para bañarlos y quitarles las secreciones, que
después se levantan, viven, se reproducen y mueren en el mar, no quieren que
sus osamentas se salifiquen y, como los arrecifes, se conviertan en corales.
Nacen, y viven en el mar, pero prefieren pasar el largo trayecto de la muerte
sobre tierra firme. Salcedo Román nos responde que “el mar es la vida, la
tierra es la muerte”.
Durante
el desfile con el ataúd en hombros, detectamos que gran parte de los asistentes
a la ceremonia fúnebre vinieron a comprobar que Demetrio Julio, de los Julio de
Rincón del Mar, en verdad estaba muerto. Que no era otra de sus pilatunas, de
sus exageradas historias.
Taurino
Silgado, que por primera vez cerró el Grill Garza para asistir a una ceremonia,
nos respondió así una pregunta:
—Demetrio
perdió las extremidades en una madrugada de diciembre, que de tanto remar para
evadir las corrientes que podían acercarlo a Tigua, porque la mareta por esos
lados es fuerte y uno puede estrellarse, si se distrae, contra los acantilados,
se quedó dormido del agotamiento por allí entre Tintipán y Múcura. Quién sabe
cómo, dormido, sacó las piernas fuera de la canoa y un tiburón se las llevó de
un solo mordisco.
—¿Y
cómo llegó a Rincón?
—Nadie
pudo dar una explicación, pero él mismo, con el mayor de los sigilos, si es que
alguna vez fue precavido para hablar, me refirió una cuestión que siempre
consideré como una de sus mejores mentiras, pero de la que extrañamente, no
habló a nadie más. Me contó que la diosa del mar le detuvo la hemorragia
frotándole los muñones con unas algas que sólo se producen en el mar de China,
donde ella se encontraba y desde donde vino a socorrerlo. Lo cierto es que la
chalupa en que pescaba fue vista llegando a Rincón del Mar por sí sola y a una
buena velocidad, hasta que otros pescadores
la remolcaron. Demetrio venía dentro casi muerto.
—¿Y
no volvió a pescar?
—Jamás
dejó de hacerlo. Traía pocas piezas, es cierto, pero salía y se estaba tres
días. Desde el incidente tomaba un rumbo contrario al de los otros pescadores.
—¿Por
qué?
—Me
informó que la diosa del mar se enamoró de él y le prohibió salir con los otros
pescadores, porque lo quería solamente para ella. Me juró que los tres días
estaban destinados a la diosa, que no se cansaba de hacer el amor. Cuando
faltaba una hora para el regreso, la diosa metía las manos en el agua y sacaba
peces que depositaba en la canoa. Por eso su pesca se redujo tanto. Y ahora que
usted me lo pregunta, recuerdo algo que me llamó la atención, pero a lo que
hasta este momento no le dediqué ni un pensamiento. Después de perder las
piernas, Demetrio trajo siempre la misma cantidad de peces, de la misma clase,
del mismo tamaño y peso. Un pez era como los demás y los demás como el uno. Me
parece que el viejo no fue más que un pescador de sueños, finalizó Taurino,
mirando hacia allá donde el mar v el cielo se dan la mano para confundir al
hombre que cree que todo lo sabe.
El
gemido doloroso de las plañideras nos impidió mantener la concentración en el
tema. Lo único cierto es que Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar,
quedó con medio cuerpo enterrado en el cementerio del pueblo. Lo que no podemos
negar ninguno de los que asistimos al funeral, es que cuando el rústico ataúd
llegó al fondo de la fosa cavada en el arenoso suelo del cementerio, el mar se
agitó tanto que parecía estar llorando y creo que todos pensamos que no era más
que el encuentro de las extremidades que se llevó un tiburón hambriento con el
cuerpo de Demetrio, para que en el más allá volviera a su condición de hombre
cabal y entero.
JUSTICIA EN MUNDO
AL REVES
Mundo
al Revés queda a la vuelta de la hoja. Allí la justicia, como en ciertos
lugares de otros mundos habitados en el universo, es tan rápida, tan rápida,
tan severa tan severa y tan equilibrada, que los encargados de aplicarla no se
dejan presionar ni comprar y toman el tiempo que creen necesario para fallar.
Por
ejemplo: hace mil años los habitantes del país llamado Tiras Cómicas, elevaron
un petitorio, que como es costumbre, la Mínima Corte, luego de atender una
lucha de varios siglos para demostrar que es la única que debe existir, acogió
y fijó fecha para la audiencia, y en el interregno quemar una serie de papeles
antiguos que, en el pasado remoto, en la época de las cavernas, calificaban
como sumarias o expedientes, que eran tantos que no dejaban lugar por donde
transitar. Las oficinas de la Mínima Corte funcionan en el Palacio del Olvido,
una hermosa edificación demolida a cañonazos en el período de los orangutanes,
luego de comprobarse que estaba infectado con el virus M-19, una peligrosa
enfermedad que mientras se erradicaba ocasionó numerosos muertos y
desaparecidos. La edificación fue restaurada con el concurso del pueblo
agradecido, que anunció que cada vez que un virus de esta naturaleza aparezca,
es mejor destruir el palacio que detenerse a escuchar lamentos de ministrados,
que por efectos del virus empiezan a clamar por sus vidas, pero los gases
llamados Lescabra y Zaspla, en honor a los científicos que salvaron a la humanidad
con ellos, producen esas engañosas peticiones.
Como
en todas partes y como todos los magistrados, perdón, aquí se califican como
ministrados, en Mundo al Revés la pompa es similar. Primero el presidente
anuncia que vienen los ministrados y los asistentes a la sala se sientan con
todo respeto cuando el ministrado secretario se acomoda en su trono y ordena
que el presidente lea la orden de la sesión, en la que solo aparece la petición
de los del país de Tiras Cómicas, dividida así:
1)
Un señor Alí Baba pide que sea leída en todo el territorio de Mundo al Revés y
en los otros mundos del universo, una historia que aparece en un antiquísimo
libro titulado Las Mil Noches y una Noche, para poder demostrar que no fue jefe
de ninguna banda de ladrones. Complementa su petitorio con la exigencia de que
nadie vuelva repetir Alí Baba y sus Cuarenta Ladrones, y se mantenga el nombre
original: Alí Baba y los Cuarenta Ladrones.
2)
Un señor Aladino pide que las autoridades realicen una inspección ocular en su
palacio en el día, mes, año y hora que consideren apropiado, para demostrar que
tiene en su poder la lámpara maravillosa y a su respectivo genio, que goza de
perfecta salud. El reclamo obedece a que todo el que se enriquece robando en
las arcas públicas y se convierte en potentado de la noche a la mañana y viven
en el anverso de la hoja, insisten en que poseen la dicha lámpara y eso no es
cierto.
3)
El señor Tarzán de los Monos, apela a la Corte para que disponga un examen
ginecológico a la mona Chita y se concluya que sigue siendo virgen y carecen de
veracidad las insinuaciones sobre una relación zoofílica entre los dos.
4)
Un joven llamado Tobita ruega que se le someta a un examen de ADN para
demostrar quién es su padre. Todo obedece a que Tobita aparece como hijo de
Eneas Apodaca, pero tiene la cara, el cuerpo y la estatura del principal amigo
de aquél, Benitín Riquirriqui. Lo que Tobita aspira es demostrar que no es
producto de un adulterio de su progenitora como se rumora con insistencia.
5)
Los jóvenes Robin y Solín suscriben el petitorio para establecer que no han
incurrido en sodomía con Batman y Kalimán, respectivamente. Que las relaciones
con esos individuos son de una estrecha amistad. Robin, especialmente, desea
desvirtuar que Batman esté celoso porque ingresó a la universidad y lo abandonó
en la baticueva y que, además, tanto Batman como Kalimán tienen encuentros con
damas cuyos nombres mantienen en secreto para no exponerlas a los ataques del
hampa organizada.
6)
Una joven de nombre Alicia, solicita el envío de una comisión de expertos a
Locombia, el país de las maravillas que se encuentra detrás de esta hoja, para
comprobar que no tiene alucinaciones como consecuencia del consumo de estupefacientes,
sino que todo es realidad.
7)
Otra joven, de nombre Blanca Nieves, lucha para que siete individuos llamados
enanitos, con los cuales convivió una larga temporada, sean examinados y se
concluya que tienen cierto lugar de sus cuerpos tan cortos, que serían
incapaces de mantener relaciones sexuales. De complemento anhela que su esposo,
el príncipe, sea llamado a declarar y diga si la encontró virgen o no.
8)
Una tercera joven, Caperucita Roja, firma junto con su abuela, para que se
obligue al guardabosque a rendir declaración y en ella informe de dónde las
sacó: si del estómago del lobo o de debajo del mismo, para terminar de una vez
con los rumores que las perjudica en su buena honra y nombre, aun cuando
reconocen que la panza del lobo no
parece suficiente como para albergarlas de cuerpo entero.
9)
La señora Cenicienta desea que su esposo, el príncipe, declare si es verdad o
no que encontró olvidada la zapatilla que se le cayó mientras corría para salir
de palacio antes de la doce de la noche. Que fue después y ante testigos, que
se la midió en la casa de su tía. Lo anterior para evitar que sigan rumores
malintencionados.
10)
Una pareja de novios que se identifican como Clark Kent y Luisa Lane, ruegan que el Tribunal adopte las medidas
necesarias para que el hombre sea examinado y se confirme su condición de
extraterrestre, concretamente que vino del desaparecido planeta Kriptón, y
debido a su condición no han podido casarse por no saber si la unión puede
crear un monstruo nocivo para los terrestres, y que no se debe a que Kent,
quien en verdad es Súperman, sea impotente como lo afirma el bandido Luthor.
Escuchadas
las peticiones, el honorable secretario de la Corte Mínima distribuye entre los
ministrados los casos y convoca para dentro de quinientos años la siguiente
sesión, en la cual se tomarán las decisiones que cada uno de ellos amerite.
POR UNA CARIMAÑOLA
Solamente
al estrellarse mis lágrimas contra el suelo, le di mi perdón, si es que acaso
cometió una falta en mi contra. En esos tiempos se perdonaba al que agonizaba y
Aminta murió en la madrugada, rodeada de familiares y amigos, menos yo, al que
tanto llamó en sus últimos momentos.
Fue
mujer bonita. La blanca piel resaltaba entre los nativos, cobrizos y mulatos la
mayoría. No pocos afirmaron que pudo ser hija de uno de los diez o doce
europeos que llegaron a la región para adelantar la explotación de madera y
ganadería.
Una
larga y abundante cabellera negro azabache, ojos grandes resguardados por
pobladas cejas y largas pestañas que invitaban a perderse en las tinieblas de
sus negros ojos, los labios rojos y la nariz regordeta pero tan altiva como lo
demás, formaban el rostro de la mujer. Sólo el cuerpo mediano y robusto le
hubiera impedido competir con el prototipo de hermosura de la época.
El
cortejo fúnebre se perdió en la distancia y abandoné el escondrijo desde el que
observé la salida del féretro, de familiares y amigos y demás pormenores de
organización para conducirla al cementerio. Volví indiferente a mi hogar y en
lo más interno agradecí a mis padres no insistir en conocer las causas de mi
comportamiento ni menos el rechazo a todas las ordenes e invitaciones para que
llegara hasta el lecho de Aminta, en el que moría lentamente e insistía en
verme por última vez.
El
juramento que me hice a mí mismo me impidió ir al lado de Aminta, a la que
tanto admiré tal vez por sus frecuentes mimos y caricias y deferencias, más que
si hubiera sido su hijo o su nieto, pero esos sentimientos se tornaron en odio.
Y les voy a contar por qué y ustedes juzgarán si tuve o no razón para no
escuchar el clamor de una moribunda.
Todas
las circunstancias se reunieron en una fecha que prefiero guardar, porque
cuando las cosas se dan así, fortuitamente, es mejor no evocarlas, no sea que
se repitan para mal de otros.
Mi
madre, para paliar la miseria en que nos sumergió la lucha fratricida, se dedicó
a lavar ropas ajenas. Fue en la llamada época de la violencia, que condujo a mi
padre de comerciante acomodado a jornalero mendicante de oportunidades para
ganarse unos pesos con que sostener la familia. Porque mi país siempre ha
vivido inmerso en la violencia. Si se pasan las páginas del libro de la
historia nacional, como dicen eufemísticamente los eruditos, hay que alejarlo
de sí para que la sangre no manche los vestidos. De cada una de ellas brotan
chorros de sudor, de miseria, de torturas, de injusticias, de sangre y de
muerte. No hablo de los excrementos por la inocultable verdad de que para
llegar al libro de la historia hay que nadar primero en un mar de mierda, y al
acostumbrarnos a su fetidez, lo demás viene por añadidura. Sólo que la
vestimenta, que es la que nos distingue, hay que mantenerla limpia. Arcadio
Hoyos, el mejor matarife de cerdos en el poblado, asevera que las clases
sociales se asimilan a los intestinos de un marrano: entre más blanca y
resistente es la tripa, más apetecida, no importa la mierda que hubiera
guardado.
Esa
mañana mi madre me envió a los Cuatro Caminos a buscar la ropa sucia en la casa
del cochero Joaquín Díaz. Salí a cumplir
la diligencia y si Salvatore Pignalosa me hubiera visto, habría repetido su
frase: “Chi va piano, va sano et va lontano”. Una mañana soleada de ardiente
verano, en la que un soplo de brisa que se estrelle contra la piel es una
bendición. Pero para un niño no hay canícula, ni ventisca ni nevada. Todo es
alegría para el corazón y así me sentía en esas horas.
Por
una concepción diferente a la de los otros niños, para mí no había prisas
porque leí en alguna parte que no por correr se llega más temprano y que lo que
hay que saber es llegar. Yo sabía llegar a todas partes en el momento oportuno. Caminaba,
como anciano, enfrascado en meditaciones y contemplaciones, pero con seguridad
y conciencia cuando de ser exactos se trataba.
Ese
día caminaba con alegría diferente a la de todos los días, porque se acercaba
la hora de una cita que a mi hermano mayor y a mí nos habían hecho las hermanas
Esperanza y Silvia para “jugar a la casita” en los rastrojos de los potreros
que circundaban el barrio. Buscaba entre mis recuerdos las escenas de amor
vistas en los prostíbulos de la treinta y nueve a los que nos introducíamos
clandestinamente, para aprender mirando el papel que nos correspondería en el
mañana. A esos pensamientos atribuyo la sorpresa que me produjo la pregunta:
–
¿Me compras la carimañola? Solamente cuesta un centavo, me dijo el muchacho
vendedor presentándome una bandeja en la que llevaba el manjar. Él era más o
menos de mi edad, tamaño y contextura.
–
No, gracias, no tengo dinero, le respondí.
Caminó
a mi lado sacando cuentas. Parecía repasar mentalmente algo, posiblemente la
cantidad de fritanga que le entregaron para la venta y el total de dinero en
sus bolsillos.
–
Cómprame la carimañola, mira que es la última, insistió.
–
¡No! Le repetí.
A
fuerza de castigos la abuela paterna había grabado en lo más profundo de mi
masa encefálica, en letras grandes para que no las ignorara ni olvidara, que la
plata es necesaria para todo, pero para obtenerla se debe trabajar
honestamente. Eran criterios de esa época, porque hoy es lo contrario. Cuando
carecía de monedas en los bolsillos, todos los días, borraba de la mente
cualquier apetencia y por ello nada me incitaba.
–
¡Tranquilo, hermano! Puedes cogerla, yo te la regalo.
–
Te repito que no. Gracias, pero no tengo ganas de comer ahora, le respondí.
Siguió
insistiendo en que tomara la carimañola, no sólo por ser la última sino que,
supuestamente, le sobraba después de sacar las cuentas.
– ¡No insistas! Te dije que, primero no tengo
ganas de comer, segundo no tengo plata, tercero porque tú y yo no nos conocemos
y cuarto, porque no debes regalarme nada. ¡Regálasela a otro! Le acoté enojado.
Continuó
a mi lado en silencio e imperturbable. Repentinamente tomó la carimañola y la
metió en el bolsillo de mi camisa emprendiendo veloz carrera, perdiéndose por
la esquina siguiente.
Mi
abuela repetía frecuentemente que: “Nadie regala nada porque sí”. La frase
acudió a mi memoria al llegar a la esquina y comprobar que el vendedor no
estaba por allí. Seguí mi ruta sin tocar la carimañola, de la que emanaba un
provocador aroma.
Atormentado
mi apetito por el olor que me llegaba a la nariz, entré a la casa del cochero
y, por primera vez, no acosé para la entrega de la ropa. Esperé indiferente a
que el cochero desayunara, reposara un cuarto de hora, montara en el coche, tomara
las riendas y el látigo y arreara los caballos. La esposa siguió desde la
puerta el curso del coche y cuando dobló por la esquina del viejo estadio en
Los Cuatro Caminos, se acordó que estaba esperándola y procedió a detallar la
ropa y elaborar la lista doble, una para ella y otra para mi madre.
Con
el propósito de cansar en la espera a mi benefactor, dije que había perdido la
cuenta y se repitió el proceso. Entre el momento en que llegué a la casa del
cochero y mi salida con un bulto de ropas sucias sobre la cabeza,
transcurrieron unas dos horas y media o tres. Si normalmente caminaba
contemplativamente, reduje el paso al mínimo posible. Esperaba la sorpresa. No
sabía cómo, pero la esperaba.
Consumiendo
el tiempo y la distancia con lentitud y repitiéndome mentalmente las palabras
de la abuela de que “nadie regala nada porque sí”, al llegar a las esquinas
simulaba cansancio y tiraba el bulto de ropas al piso y disimuladamente oteaba
para todos lados, pero no alcanzaba a verlo por parte alguna. Si
estaba escondido, y algo en mi mente me alertaba sobre una trampa, se había
escondido muy bien. El aroma atormentaba mi olfato, mucho más cuando el
vendedor parecía haberse ido de la zona.
Mantuve
la misma calma al reanudar el camino con el bulto sobre mi cabeza, pero con
ojos y oídos alertas, y decidí que en la siguiente esquina me comería la
carimañola.
Llegué,
bajé el bulto, me senté al lado aparentando fatiga y por cerca de diez minutos
inspeccioné visualmente los alrededores sin observar nada anormal. Decidido
dirigí la mano al bolsillo de la camisa, saqué la carimañola y le lancé una
tarascada con delicioso afán y cuando me aprestaba a demolerla entre mis
dientes, tronó la voz del vendedor:
–
¡Me pagas la carimañola! Ahora cuesta cinco centavos.
A
pesar de esperarla, la sorpresa me dejó pasmado. ¡Una verdadera sorpresa! El
muchacho resultó más avispado de lo que lo estimé y ahora, no contento con el
engaño, me cobraba más por el manjar. Se ocultó de tal manera que evadió mis
intentos de localización. Otra vez en mi presencia se colocó prudentemente
lejos del alcance de mis puños, pero yo no podía hacer nada. El bulto de ropa
me frenaba.
Atado
de pies y manos, sólo buscaba la forma de quitarme de encima el problema.
Anticipadamente sentía sobre mis nalgas el calor de los latigazos si llegaba
con el muchacho a la casa. Alegué, amenacé, pataleé, lloré, rogué, pero el
muchacho sólo repetía: “Me pagas la carimañola, que ahora vale cinco centavos”.
Vino a mi memoria la figura de mi padrino y su progenitora, Aminta, cuya
residencia estaba relativamente cerca y allá me dirigí con paso decidido y la
letanía del vendedor a mi lado como si fuera un fondo musical. Entré, los
encontré en coloquio familiar, les planteé la enojosa situación y clamé por una
solución que no era costosa para ellos, pero sí capital para mí.
Les
recalqué la imposibilidad de presentarme con ese problema a la casa, del que
era inocente, por la razón de que culpable o no, me castigarían con una tunda
de azotes.
Escucharon
ambas versiones, la mía con el temor reflejado en el rostro y la de él con una
pícara sonrisa, que lo delataba. Me dieron la orden y salí, con todos los bríos,
para dar una vuelta bien larga y por una ruta inusual y llegué a la casa en
momentos en que mi madre salía para la tienda de la esquina.
Alerta,
observé cómo indagaba en algunas casas y al llegar a la tienda habló con mi
madre, ella metió la mano al delantal y le entregó una moneda y salió furibunda
para la casa. Al llegar miró a todos lados, encontró un pedazo de balsa y con
ella adornó de moretones todo mi cuerpo en medio de gritos de que ningún hijo
suyo sería ladrón.
El
dolor de la frustración fue superior al de la muenda de mi madre. Quizás si
Aminta y mi padrino me hubieran negado el favor no habría sufrido mentalmente
como ahora, que me sentía engañado, frustrado, pero, sobre todo, golpeado
moralmente. A ello se agregaba que el mucho no podía saber mi nombre y apellido
ni la dirección en que vivía, detalles que solo mi padrino y Aminta debieron
suministrarle. Todo esto se tornó en odio contra el muchacho vendedor, contra
mi padrino y contra Aminta. El deseo de venganza se apoderó de mí. Soñaba,
deliraba con el desquite y en los siguientes seis meses el deseo se convirtió
en obsesión. A mis amigos les rogué avisarme si veían al muchacho, del cual les
di todas las descripciones, y lo busqué calle por calle de los barrios vecinos,
sin hallarlo. La tierra se lo había tragado. El tiempo fue sepultando en el
olvido mis apetitos de venganza y otros temas coparon mi atención. Quizás creyó
que eran suficientes los doce o catorce meses transcurridos cuando apareció por
la plaza grande formando parte de un equipo de béisbol que jugaría contra una
de nuestras novenas, pero su comportamiento lo delató. La preocupación y el estado de alerta para determinar
quiénes llegaban llamaron la atención de los demás y alguno se acordó del
incidente de la carimañola y me mandaron aviso.
Intentó
irse al reconocerme, pero lo rodearon mis amigos y después de las explicaciones
a sus compañeros, se concluyó que había sido una puñalada trapera, innecesaria,
que merecía ser debatida, pero a golpes entre los dos y, como en los viejos
tiempos, quien ganara la pelea tenía la razón. Calibraron las condiciones de
ambos y se determinó que teníamos igual contextura, edad y tamaño. La pelea era
por tanto legal.
Acostumbrado
a pelear a los puños, incluso frente a contendores más grandes y fuertes y en
no pocas ocasiones, mayores en edad, se me reconocía como un buen peleador
callejero que representaba al barrio en conflictos con otros barrios o en
concertaciones en las que los adultos eran los gananciosos al transar apuestas
en dinero en efectivo de las cuales me proporcionaban un modesto porcentaje.
Tenía una ventaja sobre los demás: peleaba por placer, a manera de juego, de
diversión, sin furia, sin rencores, desapasionadamente. Esa cualidad me
permitía analizar al contrincante, establecer su estado, el efecto de los
golpes que recibía, aprovechar sus descuidos en la defensa para colocar golpes
en sitios vitales en los que producir dolor, romper la piel, sacarle la sangre,
hasta llegar al triunfo. Cuando el cuerpo está agitado la sangre también y de
cualquier herida brota a borbotones. Ver brotar la sangre produce dos
reacciones: se aviva el valor o se pierde. Es común que el miedo llegue
primero.
Si
el contrincante presentaba mejores condiciones físicas recurría a los golpes en
la nariz, la boca y los arcos superciliares, para romper cuanto antes la piel y
obligar a la sangre a fluir. Si era inferior, me entretenía dándole golpes en
el pecho, los hombros y las orejas. Es en las orejas en donde el peleador que
no es veterano se confunde. La sordera lo desequilibra y en ocasiones lo
derriba. Fue uno de mis golpes preferidos.
La
confianza de sus amigos, sus sonrisas y miradas burlonas, me indicaron que el
vendedor era ducho en la pelea cuerpo a cuerpo.
Pretendía,
además, con sus miradas despectivas y burlonas sacarme de quicio, hacerme
perder el control, ignorando que se enfrentaba a un soldado de mil batallas,
tantas, que en algunos días peleaba hasta tres y cuatro veces.
Se
trataba de un buen peleador. Soltaba las manos sobre seguro, cuando sabía que
llegarían a destino. Pero no conmigo. A los cinco minutos sus amigos dejaron de
animarlo. Fallaba dos o tres de cada cinco golpes y a cambio recibía dos de
cada tres. Comenzó a dudar, algo fatal en el peleador, tal vez porque desde el
inicio de la pelea mis compañeros guardaron silencio, convencidos de que era
presa fácil para mí y no esperaban otra cosa que el triunfo.
Me
propuse jugar con él hasta el cansancio, martillándole las orejas, el pecho,
los hombros. Nada de sacarle sangre para que no saltara como gallo basto. Metía
mis puños sistemática y metódicamente, por lo que al presentir que estaba a
punto de abandonar la pelea sin haberme cancelado la totalidad de la deuda, le
permití entrar con cinco o seis golpes seguidos para restaurarle el ánimo.
Fingí muecas de dolor, de haber encajado sus trompadas, y alcancé a ver en sus
ojos el efecto de la treta, al aparecerle un brillo de emoción en la mirada,
que no pudo ocultar. Creyó vapulearme colocando golpes seguidos en sitios
críticos de mi cuerpo como para poner fin a la pelea, pero su contundencia
estaba menguada.
Lo
evadí con serenidad. El necesitaba aplicarme golpes certeros y contundentes
para recuperar el terreno perdido. Yo sólo requería no restarle bríos para
entrar a fondo de manera que readquiriera confianza y, entonces sí, castigarlo
a conciencia. Dos minutos después el agotamiento se le reflejó en el rostro y
lanzaba golpes a diestra y siniestra sin orden, sin concierto. Le volvió la
inquietud por el rumbo de la pelea y tal vez pensó que solamente un golpe de
suerte, de esos que surgen por que sí, podría cambiar la situación en su favor. Y
tomé la determinación de acabar, de manera tal, que no olvidara en el resto de
sus días el castigo de su felonía.
Le
asesté un golpe de izquierda en la oreja derecha, seguido de un recto de
derecha en el arco de la ceja derecha de donde brotó como un chorro la sangre,
otro golpe de izquierda en plena nariz que casi lo ahoga del borbotón de
sangre, y con toda la fuerza de mi cuerpo metida en el puño, un derechazo a la
boca, de la cual, además de sangre, volaron tres dientes. Se detuvo mirando
alocadamente a los lados sin ver nada, pensando quizás, como muchos
espectadores, que había sido una sola trompada la que lo había devastado, tal
la velocidad que imprimí en el castigo. De pronto bajó los brazos y como si le
hubiera caído una roca encima de la cabeza, se derrumbó sin sentido, manando
sangre abundantemente, por lo que los compañeros cargaron con él hacia el
puesto de salud.
Nadie
dijo nada. No hubo quejas ni reclamos ni discusiones, ni siquiera
felicitaciones. La plaza quedó en silencio y nos fuimos todos.
Por
esa razón, en el momento en que mis padres me informaron que Aminta se moría y
reclamaba mi presencia, me negué rotundamente a concurrir a su lecho de
moribunda. ¡Todo por una carimañola!
ANANIAS NO SABE ESCRIBIR CUENTOS
Busca en el aire
una ayuda para el siguiente paso, dobla la esquina y se dirige al lugar en que
solemos permanecer los jubilados y los que esperan serlo, víctimas ahumadas de
Galo y de su camarilla. Galo es el que liquida las pensiones, pero de un momento
a otro se convirtió en expoliador de ancianos si no se le paga el “dulce”
treinta.
Ananías del
Cristo demora para llegar, porque su caminar es lento, estilo característico
del pensionado, que por años le entregó la vida al Estado con mucho entusiasmo
y vigor. Pero el peso de los años aumenta en la misma medida en que el cuerpo
pierde resistencia. Por eso los ancianos caminan lentamente, como si los pies
fueran de plomo. Como si temieran poner el pie encima de una serpiente ahumada
como Galo, que salieron del monte a las oficinas del seguro. Lo miramos con
atención porque el viejo Ananías del Cristo jamás había faltado a la reunión.
Por primera vez y sin explicaciones se mantuvo alejado por dos meses. Unos
decían que estaba enfermo, lo que no podía comprobarse porque su mujer,
considerada por él mismo como una serpiente más venenosa que Galo, nos
arrojaría de la casa sin preámbulos. Otros pensaban que se encontraba de viaje,
y el resto, pocos, por cierto, que la ahumada liquidación, al fin, había sido corregida
por Galo luego de recibir el treinta por ciento. “Está gastándose los millones
del retroactivo” asegura Gerardo, compinche, calanchín de Galo, y que sufre con
todo lo bueno que le pueda acontecer a un jubilado. Pero el viejo se reintegró
sin dar explicaciones sobre su ausencia. Continuó con sus historias, sus
anécdotas, sus chistes y sus chismes, hasta el décimo día en que sin nadie
pedírselo, inició su relato.
“Se que todos se
preguntan la razón de mi ausencia. No voy a repetirles los problemas económicos
porque todos los conocen. Es un cáncer que sufrimos y lo dejamos como herencia a la familia. Una
tarde me dirigía pacientemente, tal vez sin querer llegar al manicomio que es
mi casa, donde la fiera de mi mujer me recibiría en la puerta con cara de
comedor de grosella al no poder ver la telenovela, gracias a que se me olvidó
pagar la cuenta de la televisión por cable. Ese sí que es un problema, porque
como ella pelea con todo mundo, no tiene amigos ni en el barrio ni en los diez
barrios a la redonda, desde Venecia a Tripa Larga, de Chupundún a Florencia y
de Cara Triste a Monte Adentro. Para no quedar mal con ustedes, la suma para la
factura de la tele la tomé para enviar a la Procuraduría y a la Fiscalía la
queja contra Galo. Mi esposa no tiene compasión ni con ella misma y poco le
importan mis problemas. Solo recibe y no devuelve, como las alcancías de la
Caja Agraria para los ahorradores. Sumido en esos pensamientos y tratando de
caminar para atrás como las procesiones de semana santa en Ciénaga de Oro,
encontré en el piso de la calle un plegable nuevo, en el que convocan para un
concurso de cuentos y ofrecen cincuenta millones al primer lugar, treinta
millones al segundo y veinte millones al tercero. Y me dije: Ananías del
Cristo, aquí está la salida de tus problemas económicos. Tengo fama de narrar
muy bien los cuentos. ¿Por qué no los voy a escribir también buenos? Me metí el
plegable al bolsillo, compré una resma de papel carta, una cinta para la
máquina de escribir, escondí cien pesos que mi mujer no había podido localizar,
llegué a la casa, puse una mesa junto a la enredadera del patio para que no me
diera el sol, metí la hoja de papel y me senté listo a escribir.
Les juro que yo
creía que escribir cuentos era lo mismo que echarlos. Por diez días me senté de
cinco de la mañana a nueve de la noche frente a la máquina y no me llegó
ninguna inspiración. Desaparecieron de mi mente los temas. Una noche, como a
las once, como si fuera un relámpago, llegó un tema, salté de la cama, encendí
la bombilla del patio y a escribir se dijo, y no me paré de allí sino a los dos
días, porque ya no podía con las acuciosas exigencias de mis intestinos y me
fui al baño en donde evacué como si estuviera escribiendo. Descansé un rato y
regresé a mi trabajo, en donde diez días más tarde, escribí la palabra fin.
Me dediqué
entonces al proceso de corregir, en lo que permanecí otros diez días rodeado de
unos veinte diccionarios de la Drae, de Moliner, etc., de Silogismos, de
Filología, de antónimos y sinónimos, etc. etc. Fui hasta la tienda de la
esquina y con gran disimulo, para que mi mujer no sospechara nada, ingerí seis
cervezas en honor al cuento que lo calificaba anticipadamente como ganador del
primer premio.
Fue entonces que me enfrenté a la verdad
verdadera. El meollo del concurso no está en saber escribir bien, ni en narrar
bien, sino en el enreda la pita del tamaño, del número de líneas por cada hoja
y la extensión máxima de cuatro hojas tamaño carta. En la ligereza por escribir
y participar no leí bien las bases y escribí veintidós hojas tamaño carta a
espacio sencillo. Y como en la canción de la camisa, si reducía el cuento y las
hojas, me quedaba estrecha, si alineaba bien a la izquierda la manga de la
derecha me caía en el codo. Si alineaba mejor a la derecha entonces la manga de
la izquierda me quedaba cerca de la axila. Si dejaba espacios interlineados, me
caía en las corvas. Si medía con la máquina de escribir y ponía cuatro centímetros
arriba y tres abajo, y cuatro centímetros a la izquierda y tres a la derecha
como márgenes, no cumplía con el requisito de veinticinco líneas por hoja.
Hasta que en la noche del día antes de regresar a esta reunión, cuando sólo
quedaban dos hojas de la resma y el resto arrugadas dentro de una bolsa de basuras, el Dios Creador me
iluminó, tomé las veintitantas hojas del cuento, las dos que quedaban, las hice
pedacitos y las metí con las otras en la bolsa, la saqué al andén para que se
la llevara el carro recolector por la mañana, me acosté y dormí como un
bendito, borrando de mi memoria a la ahumada de Galo y de su correveidile en el
pueblo, un muchachito que cree que tiene a chucho aferrado fuertemente por
donde le puede doler por muy hijo de divinidad que sea, y a quien los jubilados
llaman Gerardinho Risas de Mendozina. Concluí que yo no sé escribir cuentos y
los premios del concurso que se los ganen otros.
¡TIRAME AL MAR, HIJO MIO!
La madrugada
está fría y neblinosa, signo seguro de que el día sería terrible por el calor,
acentuado por caer en los cuerpos de manera directa, implacable e inhumana, los
rayos del sol. No hay manera de evitarlos cuando los horizontes no son más que
agua tornasolada y si acaso aparece una nube, se le recibe como la más
placentera de las visitas. Pero ellas, a menos que amenacen con una tormenta,
apenas se quedan unos segundos, acaso minutos, y el viento se encarga de
llevarlas hacia sitios desconocidos. Tal vez, piensa, en algún lugar de la
tierra el viento acumula las nubes del mundo.
Es jueves y en
la noche del martes no pudo asistir a la casa de Gabriel Salcedo Román, el
periodista y locutor al que le dicen “Bocae’caucho”, en cuya casa se encuentra
el único televisor del caserío, el que trajo cuando se regresó de San Andrés,
Islas, en donde trabajaba en la emisora de un pirata, según afirmaban sus
compañeros de la escuela, para ver el capítulo de la telenovela El Gallito
Ramírez. Cuando hay que salir a pescar, y ya está acostumbrado, se sacrifican
todos los juegos, todos los entretenimientos y todos los actos que le agradan,
pero se acostumbró al observar que los demás pescadores y sus hijos, hacen lo
mismo. La jornada de pesca es sagrada para todos. No solamente porque de los
resultados se alimentan, sino porque representa una entrada en dinero para la
casa. “El tebíllegar”, dicen con una amplia sonrisa cuando venden toda la pesca
a los hoteles del Golfo o a las personas que negocian con el producto en los
mercados de las poblaciones cercanas.
El caserío de El
Rincón, que los Salcedo comenzaron a llamar Rincón del Mar, es de una pobreza
denigrante. Es pobre, allí no nacen sino pobres, viven los pobres cuyos
antecedentes son haber sobrevivido a la pobreza, y tienen asegurado un futuro
de miseria absoluta. Rincón del Mar, paradójicamente, está rodeado de ricos,
latifundistas y ganaderos, a la espera de que el gobierno fomente y desarrolle
la industria sin chimeneas para ellos aprovecharla en su propio beneficio. Los
pobres se beneficiarán con el turismo, pero comparados con los dueños de la
tierra que habrá de servir para levantar hoteles, complejos urbanísticos y
otras obras que halaguen al turista, les corresponderán las migajas. Si es que
acaso no tienen que luchar por ellas.
Las casas de su
tierra, deduce dentro de sus elucubraciones, no pueden llamarse casas, porque
no son más que tugurios de cartón, pedazos de madera y láminas herrumbrosas de
hierro o zinc, lo cual les impedirá enfrentar los requerimientos de los
turistas. Cuando acompaña a su padre a los pueblos que se levantan a la orilla
del mar, observa que todos se parecen. Las mismas covachas hechas de
desperdicios, los animales confundidos entre los pies y las piernas de los
humanos, las aguas negras que corren sobre la arena, el mal olor que taladra la
masa encefálica metiéndose por las narices por mucho esfuerzo que se haga para
no aspirarlos, los habitantes casi desnudos con sus cuerpos negros sobre los
que se depositan capas blancas como si se echaran así mismos tarros de talco
pero que no son más que los diminutos granos de sal que lleva el viento que
casi siempre mitiga el calor reinante. Es un panorama de miseria para ojos de
miserables y míseros por condena divina. Nosotros los negros, se dice
interiormente, nacimos para ser miserables, discriminados, humillados, vejados
por los de las otras razas y comparables a todo lo que produce el mal. Desde
las páginas de la Biblia, como dice
Custodio que tiene una por cada credo religioso, se hizo la primera
condena del negro. Cam fue condenado por Noé a residir en las tierras donde
nacieron y crecieron los primeros negros después de la hecatombe del diluvio,
para pagar un delito que no cometió. “Es la justicia divina y poderosa contra
el humilde indefenso, porque Cam no hizo más que avisar a sus hermanos que el
viejo Noé, luego de beber el líquido extraído de la uva, se comportaba de extraña
manera”. Desde entonces, afirma Custodio, todo lo malo es negro, principiando por
el príncipe de los infiernos que, pese a saber todos que es el ser más hermoso
de la Creación, el Arcángel que detrás del trono iluminaba al Creador, se le
muestra como un negro con cachos de toro y rabo. Por ello concluye que los
habitantes de El Rincón continuarán siendo vejados, discriminados, ignorados,
hasta que el gobierno decida, cualquier día menos pensado, expulsarlos de las
playas acusándolos de predadores y contaminadores, para darles facilidades a
los condominios. Hasta allí llegarán ellos promoviendo a El Rincón.
Mira al hombre
tendido a lo largo de la quilla y la cabeza recostada en la patilla de la
canoa, con los ojos abiertos. Parece otear de un punto a otro el azul profundo
y lejano del cielo. Mientras, en él se confunden el terror del niño ante una
situación desconocida e inesperada, la aparente frialdad e indiferencia del
joven y la actitud de preocupación contenida del hombre adulto. Por eso tal vez
no decide cuál de esos sentimientos inducir, cuál impulsar o si es imperioso
que los tres, como caballos al galope, partan a un mismo tiempo de lo más
profundo de donde puedan brotar como la lava ardiente de un volcán.
Vuelve a mirar
el cielo, el entorno y al hombre, a la par que con pasmosa lentitud hunde en el
agua el remo por estribor para mantener el equilibrio de la pequeña embarcación
sobre las olas. El hombre reza. No alcanza a oír su rogativa, pero sabe que
está rezando. ¿Por qué rezar ahora, precisamente? Quizás sería mejor que se
pusiera a echar pestes como suele hacerlo cuando algo le preocupa, pero no
dedicarse a rezar. Es la primera vez que lo observa en esta actitud, pero se
sorprende así mismo diciendo quedamente: “¡Dios mío, no dejes que se muera!
¡Guíame a la playa, Señor! ¡Acompáñame! Padre Nuestro que estas en el cielo…”.
Una ola se
estrella contra la borda y el agua les cae encima. Apresuradamente se dedica a
achicar la canoa. Su padre lo mira, pero en sus ojos no hay reproche alguno. Su
mirada es distinta. No es la mirada indicadora de lo que se espera que se haga
ni la furibunda y previa al golpe de represión por la falta cometida. Tampoco
es la de duda, la que metiéndose en el cerebro busca la verdad. ¿Será así, como
la de ahora, la mirada del amor? No conoce esa mirada. De sus padres sólo
recibe miradas que lo llenan de temor o de rencor. La de este instante no la
concibe, pero está convencido de que entre él y su padre acaba de nacer algo
inusual.
Es como si un
rayo partiera de los ojos del anciano, llegaran a los suyos y regresara con la
misma intensidad, con la misma fuerza, de donde salió. Es una sensación
agradable. Desea abandonar el remo y dirigirse a la otra patilla de la canoa y
abrazarse con su progenitor, abandonándose ambos a la voluntad del Creador.
Se dice que si
así es el amor ¡bendito sea! Si así es el cariño ¡bendito sea! Sea bendito lo
que sucede, se repite para sí, porque lo llena de algo nuevo, desconocido, que
lo eleva, que lo saca de la frágil embarcación y lo conduce a las alturas.
Ahora comprende
que todo lo pasado en su vida, por lo menos desde que tiene uso de razón, no ha
sido más que el interés paterno de hacerlo un hombre de bien, y no duda que,
pese a sus rencores, siempre ha guardado un amor especial a sus padres, lo cual
lo colma de alegría. ¡Sí, te quiero papá!, grita en su mente. Otra ola golpea
la canoa y el agua salobre le baña el rostro con lo cual disimula las lágrimas
que se le escapan. Su madre le asegura que reír, llorar, gozar, sufrir, amar y
odiar, son una misma cosa, pero comprueba que no es cierto. En este instante
puede gritar convencido de que ama a sus padres. Sí, su padre, sin pronunciar
una palabra, le acaba de transmitir quién sabe cómo, el sentimiento del amor
paternal. Acaba de descubrirlo. ¡Papá me ama! ¡Yo también te amo, papá! El
anciano no deja de mirarlo y sonríe como si leyera los pensamientos. ¿Es la
primera vez que su padre le sonríe? Sí, es la primera vez.
A su vez se le
ilumina su propio rostro con otra sonrisa, al venírsele a la memoria la
esperanza manifestada con frecuencia por su padre, de localizar, algún día, un
cardumen tan inmenso que tendría que forrar con las dos atarrayas a la canoa y
a los peces capturados, tirarse al mar y nadar hasta la playa con el
cargamento. Como en una película de dibujos animados, ve al viejo convertido en
un ser gigantesco hendiendo a gran velocidad las olas para remolcar la
voluminosa carga, tan grande, que cuando llegue a las cercanías de las islas
Mangle y Palma, será visto en Verrugas y El Rincón.
Pero la pesca
decrece y su padre culpa de ello a los capitanes y propietarios de los barcos
nacionales y extranjeros que, con redes arrastreras y eléctricas, dejan el
fondo del mar solamente con lodo y arena, sumiendo a los pescadores en la
miseria. “Para disimular, dice el viejo, los malditos que representan a la
autoridad, nos llaman ahora “pescadores de cordel”, “pescadores artesanales”,
pero es la misma vaina. Ellos siguen siendo ricos y poderosos y nosotros los
miserables, los come mierda de siempre”.
A las dos de la
tarde del jueves, como siempre lo hace cuando divisa el cardumen, el viejo pegó
un bufido, le quitó el remo hundiéndolo con fuerza en el agua para de un mismo
tirón virar a babor e impulsar la canoa rumbo al sitio propicio. Estima que
algún día no lejano también impulsará la canoa con la misma energía, sin
desfallecimientos, hacia la dirección precisa. Al dirigir la vista hacia la
derecha divisa las ominosas aletas de los tiburones, que parecen dueños de los
cardúmenes y pelean con los pescadores las mejores piezas. Al llegar al lugar
recibe de nuevo el remo, porque ahora le corresponde dirigir la canoa,
mantenerla firme, mientras su padre lanza la atarraya. Si sale llena le ayuda a
desenredar los peces. El trabajo se triplicó debido a la abundancia de las capturas
y cuando alza la cabeza ve a su padre lanzar lo más lejos posible de la canoa y
en la dirección que toma la gran mancha de peces, varios ejemplares con el
objeto de orientar a un tiburón rezagado.
Luego de una
frugal cena con los avíos que llevan para los tres días de pesca, dormitan un
poco para recuperar las energías. Entreabre los ojos y observa a su padre
orientándose por la posición de las estrellas. Le atraen las estrellas. Cuando
se encuentra en el medio del mar y el cielo está despejado, la noche se le
convierte en un espectáculo maravilloso, incomparable, que no se cansa de
admirar. No sabe por qué su padre murmura “Dios te guíe” cuando una luz se
desprende del entramado y se precipita al vacío diluyéndose en medio del
titilar de las demás. Y no se lo pregunta porque con su padre todas las cosas
tienen una explicación en el momento debido.
El cansancio lo duerme en medio de las reflexiones con el remo entre las
manos, y en las tres o cuatro ocasiones en que entreabre los ojos, ve al
anciano oteando el horizonte y con los oídos atentos. ¡Cómo viaja el sonido en
el mar! El viejo distingue el sonido y determina de inmediato si se trata de un
remo metiéndose en el agua, si es un motor fuera de borda, el motor de un barco
de alto bordo, un cardumen, un grupo de tiburones, gotas de lluvia
estrellándose contra el agua o el rugido del viento impulsando una embarcación.
Está aprendiendo a distinguirlos por sí mismo, pero cree que es una lástima que
su padre no le haya enseñado cómo orientarse con las estrellas, porque ahora no
estaría allí, en medio de las aguas, sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse,
cuando debería estar remando rumbo a la playa más cercana para conducirlo a un
hospital.
Abandona las
cavilaciones y vuelve a enfrentar la realidad del momento, al mirar hacia el
cuerpo tendido sobre la canoa. Su padre, a pesar de la edad, se mantiene con un
cuerpo atlético, fornido y musculoso. Los músculos le forman un rollo que parte
del cuello y se extiende a la espalda, brazos, pecho y piernas. Recuerda una
película que pasaron en Semana Santa y busca entre los recuerdos el nombre
hasta que lo encuentra: El Manto Sagrado. El actor principal, el “chacho” de la
película, como dicen en el caserío, tenía un cuerpo así, repleto de músculos,
ceño fruncido, mandíbula tensa y cara de pocos amigos, como persona enojada.
Igual que su padre. En esos mismos días observó otra película en que el
musculoso se asemeja tanto a su padre, que también era negro.
Pero su padre,
su querido viejo como dice la canción de Piero, ya no tiene el rostro tenso. Es
otro. ¿Cómo explicarlo? Es el mismo padre, el padre de siempre, el que ha visto
durante sus doce años de vida, pero ahora ha cambiado la mirada y los ademanes,
los gestos, las actitudes. Por eso no le quita los ojos de encima al temer que
el instante se esfume, desaparezca como llevado por el viento. No puede perder
el momento mágico en que ha descubierto una faceta nueva y agradable de su
padre, el padre que soñaba, que había esperado, pero que ahora que lo
descubrió, yace impotente tendido a lo largo de la canoa entre los peces
capturados.
Regresa el día
viernes, cuando vagan sobre las olas bajo el sol canicular y hablan poco, como
reservando energías para actuar en el momento adecuado. A eso de las seis de la
tarde comen y descansan, hasta que escuchan desde el oriente el sonido peculiar
de una nueva mancha de peces. Le entrega el remo y el viejo boga con tanto
entusiasmo que la canoa parece volar sobre las olas. La cantidad y calidad de
la pesca es tal, que por poco se le cumple el sueño al viejo. Ejecutan la tarea
con tenacidad y cuando la luna se acerca al cenit optan por darle un merecido
descanso a sus cuerpos y a sus mentes y duermen profundamente dejándose llevar
por el vaivén de las olas.
Los candentes
rayos del sol sobre la piel le despiertan y calcula que son las ocho de la
mañana del sábado, y se sorprende que su padre continúe dormido. Lo llama y los
ademanes le indican que el sueño del anciano no fue lo suficientemente
reparador, porque se le nota el cansancio, está demacrado, como adolorido, y se
arrodilla con gran esfuerzo para inclinarse sobre la borda, mete las manos al
agua en forma de cuenco y se lava la cara. Luego se enjuaga la boca y sube
cansinamente, con desgano, a la patilla, se coloca la mano abierta a manera de
visera encima de las cejas y otear el horizonte para localizar la dirección
exacta. El “chupundun” del cuerpo que cae y se hunde en el agua, así como el
grito angustiado del viejo lo obligan a ponerse de pie. Corre hacia la otra
patilla con alguna dificultad por los peces arrojados por todos lados y ve a su
padre que no puede sostenerse a flote. Le tiende la mano, pero los dedos del
anciano se aferran sin presión. “Algo malo le pasa a papá”, deduce y acudiendo
a todas sus fuerzas de niño va subiéndolo a la canoa en una tarea larga y
extenuante, ciclópea, pero no ceja en el empeño hasta dejarlo tendido sobre los
peces, con la cabeza recostada a la patilla.
Unos diez
minutos después, entre quejidos lastimeros, con tono bajo y visibles muestras
de dolor, el viejo dice: “Hijo mío, me ha dado algo horrible y debe ser un
infarto. No creo que me salve de este ataque. Si me muero, por favor, tírame al
mar y vete”.
Así como dice su
padre debe ser, porque él no tiene idea sobre ataques al corazón. Debe ser algo
muy doloroso para que su viejo se retuerza como si algo le destruyera las
entrañas. Ignora la orden de lanzarlo a las aguas y rompiendo las normas de
comportamiento a que está habituado le pregunta qué debe hacer: “No te
preocupes hijo, si no quieres hacerlo ahora. Espera a que me muera y entonces
sí, tira mi cadáver al mar. Es mejor para ti y para mí”, recalca el anciano.
A eso de las
ocho de la noche divisa las ominosas aletas de los tiburones, pero no precisa
si son cinco o seis, que con seguridad están hambrientos y vienen hacia la
canoa. Escuchó alguna vez que los tiburones son los animales más hambrientos
del mar y por eso atacan las canoas, y supone que ahora corre grave peligro.
Manteniendo la embarcación en posición adecuada de manera que no la voltee un
golpe de ola, mira a su padre tendido. El refrescante soplo de brisa, así como
la oscuridad del entorno le informan que el día ha terminado y que comienza la
noche. Desconoce qué rumbo tomar ni de qué manera actuar.
El viejo sigue
inmóvil, como si todos los músculos de su rollizo cuerpo se hubieran roto y
está tendido como un muñeco de trapo, tirado sobre la canoa a la espera de que
alguien lo levante. ¿Pero para qué? No podrá sostenerse ni mucho menos va a
curarse. “Échame al mar, hijo mío y rema hacia donde van las olas, para que
puedas llegar a la playa”, repite el anciano, quejándose lastimeramente. Su voz
es más profunda y lejana, como si hablara desde el fondo de una cueva o de un
pozo. La petición le retumba en la cabeza, que amenaza con estallarle por la
incomprensión en que se debate. ¿Por qué, papá? ¿Por qué me pides una cosa como
esa?, se pregunta interiormente.
Los escualos
comienzan a dar vueltas alrededor de la canoa y el niño, en silencio, lanza
peces lo más lejos que puede para que se retiren del lugar. Tal como ha visto
hacerlo a su padre, mira hacia el firmamento y calcula que son las cinco de la
mañana del domingo. Si logra mantenerse a flote y la solidaridad de los
pescadores se manifiesta con prontitud, deberá resistir como un hombre por lo
menos veinticuatro horas más.
El anciano,
sollozando por el dolor, lo llama a su lado. Le pasa el brazo derecho por los
hombros y lo estrecha fuertemente contra sí, como queriéndole entregar en un
instante los doce años de caricias paternales que le debe y demostrarle que,
como los demás padres, él también puede brindar a sus hijos los mimos del
cariño y del amor. Lo aprieta y lo afloja tratando quizás de introducirle por
los poros esos guardados sentimientos.
Esto es algo
nuevo para él y piensa que está en un mundo distinto y desconocido al recibir
lo que siempre había anhelado desde que tiene uso de razón. Su padre, del que
nunca antes recibió ni siquiera un gesto fraterno, intenta ahora fundirse con
él en un solo cuerpo y formar un nuevo ser. ¿Qué sucede?, se pregunta
mentalmente. Dos largas horas pasan sin darse cuenta. Su cuerpo de niño junto
al del anciano en un abrazo interminable y repentinamente, como si un cuchillo
le rasgara los músculos del alma, el viejo lanza un grito y lo abraza tan
fuertemente, que cree que morirá al mismo tiempo que su padre, pero éste,
paulatinamente afloja la presión y cuando se repone habla con lentitud para
expresarle el amor por él y los otros hijos. Le recomienda el cuidado de la
madre y gestiones de negocios que quedan pendientes. Sobre todo, reitera la
recomendación para que inmediatamente fallezca arroje su cuerpo al mar, considerando
que es mejor ahora para que alcance más pronto la playa más cercana. El que
ahora le insiste en que lo arroje a las aguas, enfermo, sin fuerzas, es el
mismo padre riguroso que lo había venido cincelando como a dura roca, a punta
de golpes, para enseñarle sobre las cosas legales, serias y honestas.
El viejo queda
como dormido y él espera que despierte para que le siga hablando con el mismo
cariño, pero pasan las horas y así se queda. La muerte, la que no conoce ni
sabe cómo es ni cuando llega ni por qué llega, ya se había ido lejos, bien
lejos. Deduce que la muerte solo la conoce el que es víctima de ella.
LOBBY A LA REINA
La impresión de
que este lunes amaneció más temprano fue la sensación al bajarse de la cama. No
es cierto, pero en ocasiones el cerebro tiende a convertir como propias las
aseveraciones ajenas. Y los campesinos de su tierra así lo expresan con
frecuencia, cuando en realidad nada está fuera de lo normal. El cielo
despejado, prácticamente azul en su totalidad, permite que los rayos solares
penetren a la atmósfera del planeta a plenitud y se tenga la impresión ya
señalada. El verano impera en el territorio, pero en el invierno las cosas
cambian. Parece amanecer más tarde y acabarse el día más temprano. Cosas de la
naturaleza, se dice como complemento de su soliloquio mental.
No obstante,
sabe que algo diferente marca el día de hoy. Mira nuevamente el reloj y
comprueba que son las cinco de la mañana. Se dirige a la puerta en uno de cuyos
batientes colocó antes de terminar el año anterior un calendario, y sí, es el
15 de enero. No espera informes distintos, pero allá, muy profundo en su masa
encefálica, late imperceptible, lenta pero inexorablemente, un algo como el
corazón de un niño que no requiere tanto esfuerzo para aspirar y expirar el
aire vital, que casi no suena. “Si pudiera volver a esos tiempos, reemprendería
el camino de la vida, tomaría unos atajos y evitaría otros”, se dice mentalmente,
“de manera que mis experiencias de sesenta años me permitieran transformar todos
los sufrimientos en placer. Vivir una vida distinta”, volvió a susurrar
mientras entra al baño, abre el grifo y recibe placenteramente el chorro de
agua fría sobre su humanidad, agua que baja junto con el sudor soportado
durante la calurosa noche que acaba de pasar.
Una vez
satisfecho del refrescante baño, deja secar su cuerpo por sí solo y cuando
termina el ajetreo de colocar sobre la cama la vestimenta que usará durante el
día, pasa a la cocina a preparar café y el frugal desayuno diario.
Fue al terminar
de beber la tonificante taza de café, cuando el niño que duerme en su cabeza
despierta, pega un grito de rabia y le pone ante los ojos el dato sobre lo que
trata de desentrañar. Y no sabe cómo calificar el recuerdo, si como un hecho
agradable, como un sueño abrazado durante tanto tiempo, que le permite vivir
añorando una posibilidad, o como un ramalazo de dolor al romperse toda
esperanza, al quebrantarse sus anhelos tan celosamente guardados, la evidencia
inocultable de sus extravagantes deseos.
Confirma la fecha,
suma años, meses, semanas, días y horas, y la realidad salta ante su mirada y
sus recuerdos. Las matemáticas no fallan, se responde. Las exactitudes de los
guarismos muestran sin lugar a duda ni equívocos, que el resultado son cuarenta
años exactos, que se cumplen este día a las cuatro de la tarde, minutos más,
minutos menos. Fue un quince de enero que recibió, como una descarga eléctrica,
como el relámpago que arroja inclemente la centella sobre la base del árbol
durante una tormenta, la mirada que penetró por sus ojos e invadió su cabeza,
su corazón y hasta la más insignificante fibra de su cuerpo. Jamás volvió a
encontrar el reposo y sabe que, a semejanza de las tres décadas anteriores,
hará un juicio interno de su mente, comprobará que no podrá saber jamás si el
impacto de esa mirada fue para su propio bien o una maldición para el resto de
sus días. Concluye, cada diez años, en que son ilusiones suyas, que ella no le
brindará ni siquiera otra mirada similar, porque desde aquella lejana fecha, se
limita a pasar la vista como quien contempla un paraje desolado, sin brillo en
sus ojos, sin interés, desapasionadamente, sobre el montón de siervos que le
rinden pleitesía y que tal vez añoran lo mismo que a él lo ha martirizado. Cree
ser el único, sin embargo, en persistir, por cuanto pasan los años y entre los
que en alguna ocasión observó interés y deseos, cejaron en el empeño, cansados
tal vez de la inutilidad de mantener la espera, mientras él parece recibir esas
renuncias como un regalo para reforzar su pertinacia en lograr la posibilidad.
Entiende, en el análisis de cada década, en la comprobación de la vacuidad de
sus añoranzas, lo que pensaron los guerreros en el pasado, para libar la sangre
o comer la carne de los enemigos de mayor valor en el combate y caídos muertos
en el campo de batalla. Creían que ese valor, esa fortaleza, ese ánimo para
guerrear, pasaría a sus propios cuerpos si bebían la sangre o comían las carnes
de sus enemigos. Así, mentalmente engullía a los pretendientes, libaba con
deleite la sangre inútil de sus frustraciones, de sus fallidos intentos por
alcanzar la gloria, y saboreaba la amplitud que con el tiempo fue creciendo a
su alrededor. Aquí no ocurría como en Ítaca, el mítico reino del archipiélago
griego, mientras se estaba a la espera de confirmar la muerte de Odiseo. No se
realizaban bacanales, ni orgías, ni festines. No se acosaba a la moderna
Penélope, ni ella se entretenía tejiendo y destejiendo telas en el intento de
aburrir de cansancio a sus pretendientes. Además, los que la pretendían, por su
alcurnia, llegaban por otros senderos y en cuanto recibían la fatal negativa de
la soberana que parece no requerir
besos, ni caricias ni entrelazamientos de una coyunda sexual de hombre o
mujer, porque hasta éstas lo intentaron en el transcurso de los años, con gran
empeño mientras ella gozó de la tersura de la piel, de la arrogante longitud y el
tejido de seda de sus cabellos, de la espesura de sus negras cejas, del verde
aguamarina de sus ojos, de su encantadora mirada, de sus incitantes labios, de
la inigualable frescura de su risa, de la delgadez y estilización del cuerpo
que ondea al caminar como para evitar que la corona resbale de sus sienes, y,
por qué no, de la robustez de sus intimidades que se reflejan entre los
pliegues claroscuros de las sedas de los vestidos que se abrazan con aparente
candidez a su curvilíneo cuerpo. Nadie, jamás, la ha sorprendido en una mirada
indiscreta, en un guiño o un gesto o un ademán que pudiera entenderse como una
promesa para entregar la refrescante agua de su torturante e incitadora boca a
la boca de uno de sus sedientos súbditos. La indiferencia hacia las cosas que
no son el cumplimiento de sus deberes desde el trono, la fueron tornando en
estatua de mármol que el tiempo, inflexible también, va corroyendo con el paso
de los siglos sin tener en cuenta la importancia del escultor que fue
modelándola con sus manos, sus mazos y cinceles, y mucho menos con la
inmortalidad de lo artístico.
Cumplía años
aquel aciago día de enero, veinte para ser exactos, en una mañana tan calurosa
como la de hoy, cuando camino a la universidad la encontró en traje deportivo,
rosado, tan ajustado a su cuerpo que a la distancia parecía trotar desnuda. Los
senos turgentes como las astas de una gacela se asemejaban a dos pichones de
palomas que quisieran abandonar el nido, la roja cabellera recogida atrás con
un gancho plástico se bamboleaba al ritmo de su carrera, y la exuberancia de
sus intimidades parecían querer rasgar la prenda exterior que la moda de la
época había bautizado con el anglicismo de lycra.
Tanta era su belleza natural, que los guardaespaldas dedicaban más tiempo a
mirarla con disimulo que a estar pendientes de movimientos que entrañaran
peligro, pero ni a los de sus lados ni a los de atrás, ella ponía atención.
Mentalmente trotaba sola, inmersa en sus propios pensamientos, enlazándolos
unas veces, la mayoría, con placer por la sonrisa que transformaba su rostro en
la más bella de las visiones.
Se apartó a la
vera para no ser empujado o atropellado por los guardaespaldas de la reina,
porque debido a la muerte de sus padres en un reciente accidente, había pasado
de princesa a reina, aun cuando sólo entraría a ejercer el cargo seis meses
después, cuando el regente le entregara los símbolos reales y el poder, para el
que se había preparado con mucho fervor en varias de las más prestigiosas
universidades del mundo. Al pasar a su lado, la reina lo miró de una forma tan
especial que, si ya estaba enamorado de ella, en su interior consideró que se
trataba de una abierta y sincera manifestación de preferencia, por lo menos,
hacia quien simplemente era un miembro de la realeza en el más remoto nexo que
un miembro de la nobleza pudiera tener. Pero se enorgullecía de ello, porque
pocas personas alcanzaban el privilegio de pertenecer a la parentela real. Tan
remoto el nexo, que jamás había podido su padre llegar más allá de doscientos
metros de distancia del monarca en el desarrollo de ceremonias del reino.
Acababa de recibir, cuando le faltaba solamente la ceremonia de grado para ser
abogado, el privilegio de heredar de su progenitor el puesto que toda la vida
ocupó delante del trono.
Posesionada la
reina, una de las primeras medidas divulgadas fue trasladarlo de la remota
posición que su padre había ostentado con tanto celo por más de medio siglo y
sus antepasados en cerca de un milenio, a una que distaba apenas cincuenta
metros de la soberana, a la que podía admirar todos los días, si así lo quería,
por ser uno de los beneficios que deparaba el privilegio.
Convencido de que
la mirada de la reina constituía mucho más de lo que podía esperarse, juzgó que
no le había sido indiferente y que por alguna razón de su corazón le había dado
el privilegio que, de paso, colmó de rumores todos los aposentos, pasadizos y
oficinas reales y se convirtió en la comidilla del reino.
Y comenzó su
calvario. Durante cuarenta años fue el primero en llegar a la sala del trono
para no perder la oportunidad de que algún día la reina se presentara más
temprano que de costumbre y poder charlar con ella. Miles de veces pasó por su
mente la posibilidad de violar el protocolo y preguntarle públicamente si aún
lo quería, pero habría sido su perdición y llevado sin preámbulos al patíbulo.
Además de no poder alegar que la reina hubiera tenido por él un gesto de
aprecio en tanto tiempo, ni con él ni con ninguno otro, la única mirada que de
ella había recibido no era suficiente como para transgredir las normas reales y
exponerse a la pena capital.
Hoy, sin
embargo, al cumplir sesenta años, sus capacidades físicas, sus aptitudes
amatorias y sus anhelos secretos no servían para nada. Ni siquiera si la
soberana lo distinguía públicamente y convertía en realidad sus pensamientos,
podría enfrentar la situación. Lo que no se usa se atrofia, le repetía con
frecuencia su progenitor antes de fallecer. Y era verdad. Sus armas naturales
se enmohecieron sin usarlas y no responderían en el momento crucial.
Una indicación
muy disimulada de la reina a uno de sus acólitos que pese a la discreción fue
entendida por los asistentes, que no perdían ni siquiera la intensidad de las
aspiraciones y expiraciones de su respiración, sirvió para pensar en que algo
inusual e inaudito habría de producirse en segundos. El acólito bajó las gradas
del estrado real, con la prosopopeya cortesana con que los miembros de la
realeza lo hacen como para resaltar y recalcar su privilegiada condición,
caminó unos cuatro o cinco metros por el pasillo central del inmenso salón y se
detuvo frente a él, que pese a esperarlo durante cuarenta años, sintió cómo se
le erizaba la piel sin saber si por el miedo, por la felicidad o por cualquier
otra causa. El siseo en su oído derecho como para evitar que los demás se
enteraran fue un intento inocuo del acólito. Tal vez un reproductor electrónico
de voz no habría sido escuchado tan claramente. Se levantó del sillón, miró
hacia el trono y observó que la reina lo miraba como cuando se produjo el ya
remoto primer contacto visual entre ambos. Él un joven galante, ella una niña
que no alcanzaba a tener los catorce años, volvían a enfrentar sus miradas. Con
la hipócrita actitud de los que se llaman bien educados, atalayó a los
asistentes y dedujo que estaban extrañados de lo que acontecía. Tomó el pasillo
central y con la lentitud que produce el peso de los años sobre el cuerpo, se
encaminó al estrado, al que no pudo llegar al recibir una especie de patada en
el corazón.
LOS COMPADRES
Yo no tengo,
compadre Lorenzo, ni una gota de sangre de cobarde, porque desde que nací me
enseñaron el amor a la libertad y la libertad se consigue y se guarda es con
valor.
Ese amor es en
mi pecho, cual leña de vara de indio, siempre arde; primero arroja humo, pero
cuando prende, hay llama y luego brasas de verdad.
No finjo el
dolor porque cuando lo siento me amarro con él los pantalones y antes que
sufrimiento, me sirve de aliento.
Con la pretina
bien ajustada me le mido al más pintado, sea grande o chiquito, blanco, indio o
negro, rico o pobre, honesto o deshonesto, me es igual el contendor, porque lo
que hay que demostrar es valor y acabar cuanto antes el compromiso, cualquiera
sea el resultado.
Lo mato o me
mata. Usted lo sabe bien compadre Lorenzo, porque juntos llegamos a esta tierra
cuando era selva peligrosa y en franca lucha con la coral, la mapaná rabo seco,
la rayo equis o la candelilla, entre otras serpientes venenosas, que junto al
tigrillo y el tigre cola mocha, el caimán traicionero y la babilla, amenazaron
nuestras vidas cuando dormíamos sobre trojas atacados por los mosquitos
inclementes.
Civilizamos
estas tierras, usted eligió su pedazo y yo el mío. Sembramos, cazamos, pescamos, y sin descanso
buscamos los alimentos que en el sitio no teníamos.
Ni la viruela ni
el sarampión ni la tos ferina resistieron al canime, ipecacuana, el higuerón y
todas las medicinas que nos inventamos para salvar nuestros hijos.
Usted me conoce
muy bien, compadre Lorenzo. Abajo o arriba en el aserradero procesamos la
madera. Derribamos primero la caoba, luego el roble, la ceiba roja, el caucho,
el caracolí, uno a uno los bajamos como se baja a los bravos de pelo en pecho.
A golpe de hacha
primero y a punta de sierra después, descuajamos la montaña y en alfajías sobre
las balsas río abajo, a la civilización fueron entregados, y abrimos el campo
para sembrar el arroz, la yuca, el ñame, el plátano y los frutales, el
aguacate, el limón y después levantamos nuestras casas, usted la suya y yo la
mía y cuando pensamos que habíamos logrado lo que queríamos, fuimos a buscar
compañeras que nos hicieran en la madrugada la totuma de café tinto para
calentarnos el cuero.
Así lo hicimos
compadre Lorenzo. Usted se trajo a la comadre María de la Concepción, mujer
linda para Dios bendito, y seleccioné para mí a la morena Candelaria, sino tan
linda como la suya, los otros hombres le abrían camino a su paso por las calles
del sitio, porque hay que ver cómo cimbreaba el cuerpo la maldecida, y se
echaba la mata de pelo para un lado y para el otro, que eso era gusto mirarla.
Y para suerte
suya y mía, ambas salieron muy serias, honestas y cariñosas, madres
irrepetibles, levantaron a los hijos con el temor al que todo lo puede, el
respeto por los mayores y la honestidad como escudo. Se que usted no se queja
ni yo tampoco. Otras como esas hoy ya no las hacen, compadre.
Cosas nuevas
llenan las cabezas de nuestras hijas y nuestras nietas, porque la civilización
se vino del sitio para el monte. Y así como nos cambiaron las costumbres, nos
quitaron las abarcas y nos metieron entre tormentosos aparatos que llaman
zapatos, dizque porque asina es que
se pinta la cosa en las calles de las ciudades y todos quieren ser ciudadanos
sin saber ni cómo se levantaron estas aldeas en medio de la selva. Los dos nos
sentimos orgullosos cuando nos califican como verdaderamente somos: campesinos.
Y los citadinos trajeron con ellos la marihuana y la coca, el ron y el
cigarrillo, y abrieron estanquillos y en después unas casas de alcahuetería que
ahora las llaman cabarés.
Nadie les dice
que no lo hagan porque cada cual hace de lo suyo lo que quiere. Pero nuestras
mujeres se enceguecieron con las vainas de la moda, con el baile y con el
trago, y cuando en la casa no hay para soportarles las exigencias, entonces se
dedican a modelar, y desfilan casi desnudas ante los hombres que las aplauden y
por debajo de la tarima les muestran el paquete de billetes y atraídas por imán
tan fuerte, no solamente abren el corazón sino las piernas y se pierden las
muchachitas. Cuando vienen a darse cuenta están más viejas que la “Rompe Lona”
y aún no han llegado ni a la tercera parte de la edad de sus madres.
Recuerdo la
mañana aquella en que usted no me contestaba cuando lo llamaba para limpiar la
tierra para la rosa y al momento en que llegaba a su choza reventó el llanto de
un recién nacido y me dije: mandinga
sea, se adelantó la comadre Concha y quién sabe qué habrá nacido. Dios quiera
que sea, me dije para mis adentros, una linda muchachita para que mi compadre
Lorenzo deje de hacer tantos proyectos. Porque usted sí que le estaba cargando
el lomo antes de nacer si nacía macho. Pero qué va, compadre, sus deseos fueron
más fuertes que los míos y cuando le veo el rabito colgando entre las piernas
me dije también para adentro: Te jodiste piernipeludo porque trabajo es lo que
vas a tener en la vida. Un mes más adelante parió la mía, esa sí la muchachita,
tan bonita como la madre. Y parecía que usted y comadre Concha se alegraron más
que nosotros, pero no. Los queríamos como a nada en el mundo a los muchachitos.
Y junto con la
paloma guarumera, la paloma torcaz y la guacharaca, el mochuelo y la paloma
turrugulla, la guacamaya y el loro, las cotorras mamoneras, la viudita y todos
los pájaros que en el monte cantan, los dos alegraron el patio que unía a las
dos casas.
Primero con el
llanto, luego con las risas y más tarde las carcajadas y al comenzar a caminar
por sí solos, como si el mundo les estuviera exigiendo que prontamente
emprendieran el camino de la vida, se escuchaba un grito en el oriente y en el
segundo siguiente en el ocaso, por donde se mete el sol cansado del viaje de
todo el día. Y así, desde la madrugada hasta que los viejos nos cansábamos, se
mantenían los dos en un ajetreo tan intenso que cuando caían en la cama era
para un solo sueño otra vez hasta la otra madrugada.
Y aún hoy,
tantos años después, suenan y resuenan en mi mente los llantos y los gritos,
las risas y las carcajadas de los que fueron naciendo con el paso de los años y
los dos primeros comenzaron a multiplicarse porque se unieron en el más sagrado
de los matrimonios, ese que bendice directamente el Creador desde su trono y protegemos
los padres como celosos guardianes.
Siempre me río
del momento en que mi hija Conchita me hizo la primera pregunta sobre algo que
sentía en no sé qué parte del cuerpo y no pude explicarle el asunto porque yo
estaba más rojo de la vergüenza que ella y me dije: Te has puesto viejo sin
darte cuenta, porque esta muchacha ya está lista para darle al mundo su ofrenda
y tú todavía te regodeas con Cande como si apenas se hubieran juntado ayer.
Fue en esos
tiempos, mientras usted jalaba por un lado y yo por el otro la sierra cortando
el palo de trementina, cuando le pregunté si no se había dado cuenta de que
entre su retoño y el mío querían enredarse los bejucos y usted me contestó que
el asunto era viejo, porque casi siempre son los padres de la muchacha los
últimos que se enteran.
Ese muchacho le
separa hasta la mejor presa de su propia comida, como si ella estuviera pasando
hambre, me respondió usted con una cara de yo no fui. Carajo, le respondí, es que yo estoy tan ciego que no comprendía
por qué el jabón se estaba gastando más que antes y es que la muchachita se
demora en la quebrada lavando la ropa porque también lava la de Lorencito.
Y decidimos que
había que tirar las cartas sobre la mesa y esos dos muchachos se pusieron
pálidos cuando los llamamos a pullengue
y supieron que sabíamos del secreto bien guardado entre todos y por lo tanto no
debían seguir disimulando, pero sin recato alguno se abrazaron y se estamparon
un beso que ni nosotros les habíamos dado a Concha y Candelaria.
¡Esa fue mucha
alegría cuando les anunciamos que desde ese día eran marido y mujer y los
arrodillamos en el duro suelo del patio común a las dos parcelas y los dos
padres y las dos madres les arrojamos sobre los cuerpos agua consagrada a Dios
y les entregamos nuestra bendición! Y los dos pavos más viejos, de los que
usted dijo éramos los padres, fueron a parar a la olla, desplumados,
despresados, adobados y engullidos en un suculento guiso acompañado de arroz
con coco.
Yo sé que usted
también recuerda todas esas cosas y cree que me engaña volteando la cara para
un lado diciendo que se le metió un pajarito en el ojo. No compadre Lorenzo,
son las lágrimas que usted no puede contener y yo sí, no por más macho, sino
que mientras hablo puedo dominarlas mejor y a usted le llegan directo al rostro
como si fuera una trompada del boxeador que llaman El Barbulito Zuluaga, que pega firme y seguido, o una del cartagenero
El Dentista del Ring, que para sacar muelas con golpes no se lo gana ningún
doctor en dientes. Es que los recuerdos duelen, compadre. Son más los dolorosos
que los gozosos.
Fíjese no más en
lo que nos tiene ahora frente a frente, cuando deberíamos estar lado a lado
para defendernos mutuamente, como en aquel mes de marzo en que el tigre nos
acorraló sobre el árbol de florisanto y no teníamos por dónde escapar y
sabíamos que si no lo hacíamos a un mismo tiempo el que se descuidara era
hombre muerto. Su machete y el mío sonaron como finas espadas en golpes de
batalla, pero no era más que las golpeábamos para que el tigre supiera, si era
que podía entender, que si nos tragaba a pedazos era después de muertos, porque
mientras hubiera una lucecita de vida estaríamos dándole machetazos para
matarlo a él, como lo logramos con tanto esfuerzo, que ni la piel le quedó
sirviendo, tantos cortes le hicimos por donde alcanzaban nuestras armas
mientras eludíamos sus garras. Pero las cosas llegan así compadre Lorenzo.
Cuando uno menos las esperas. Usted no sabe porque no me vio las lágrimas que
derramé cuando me enteré del caso. No hay razón ni justicia para que usted y yo
tengamos que enarbolar el machete para quitarnos la vida como dos varones de
pelo en pecho. Usted es capaz y yo también. Por eso se nos respeta por toda la
región y más allá, a donde llegaron las noticias de lo que los dos hicimos para
civilizar estas tierras.
¡Tome su machete
compadre, que yo saco el mío, pongámonos lado a lado como en los años mozos de
nuestras vidas y para no pecar más de lo normal ante los ojos de Dios, usted
mata a mi nieta que yo mato a su nieto! Y san se acabó, compadre, y digamos en
coro:
¡Aquí paz y en
el cielo gloria a los que aman al Señor!
EL BUSCAPLEITOS
La
ingenuidad de niño me hizo creer que mi padre poseía extrañas facultades
adivinatorias para poder señalar, antes de que le informara, cual era mi
problema del momento. ¿Quién te pegó y por qué? O ¿Dónde te caíste? O también
¿Qué hacías en la paja de los Cabrales que tienes la espalda rayada con alambre
de púas? hasta que dos cosas me llamaron la atención y a través de ellas deduje
que no había tales poderes en el viejo, sino un descuido mío. Las escapadas a
los potreros vecinos con amigos de la misma edad para buscar burras y darles
salida a los impulsos sexuales precoces, en la época en que el bestialismo no
era señalado como una aberración y, por el contrario, los mayores nos
estimulaban para que no fuéramos a cambiar de ruta en la vida futura, las descubría
mi padre con un simple vistazo al pantalón mocho, en cuya pretina quedaba un
verdín en el roce con la vulva del animal. La otra, esta sí castigada sin que
nadie pudiera interceder para evitarla, eran los baños en el río. Nos miraba y
de inmediato decía: Yo le prohibí bañarse solo en el río y usted, o ustedes
cuando el hermano mayor también incurría en la falta, no cumplieron. Le voy a
dar tres lapos y si hace bulla, tres más. Entonces nos tocaba llorar para
adentro, porque el cinturón, de cuero, tallaba en nuestras posaderas
dolorosamente. Pero el placer de nadar era más fuerte que el dolor de los
cintarazos y con frecuencia incurríamos en la falta.
Solo
después de profundos análisis logramos establecer la causa para que nos
descubrieran: la piel reseca, con una mancha blanca como si nos hubiéramos
untado talco y los ojos rojos. Y comenzamos a dosificar la permanencia en el
agua y a cerrar bien los ojos mientras nadábamos. Eso sí, si nos preguntaban,
aceptábamos la culpa, porque en aquellos tiempos era peor una mentira. Cuando
la descubrían, el castigo era más cruel.
Las
actividades del viejo en la plaza de mercado, nos facilitaba la asistencia a la
zona e iniciábamos el proceso normal de los niños de buscar y hacer amigos por
todos lados, de aventurarnos en jornadas de investigación de los ¿por qué? de
todos los tiempos, de dominar las técnicas de los juegos y los entretenimientos
y de hacer las comparaciones que nos permitieron con el paso de los años
comprender cosas que el hombre aprende por sí mismo. Y en el proceso hicimos
amigos y enemigos entre muchachos de todas las condiciones sociales, étnicas y
económicas. Desde los que vivían de lo que robaban o mendigaban y que se
perfilaban como la carne de presidio de mañana, pasando por los aventureros que
pretendían conocer el mundo y alternaban la calle con la casa y el colegio,
hasta los hijos de los adinerados que formaban una clase social cerrada,
indiferente, inhumana, que tal vez sus padres dejaban alternar con los demás
niños de la entonces aldea, para que fueran conociendo desde la base a quienes
serían sus víctimas en el futuro, constriñéndolas con el dinero y el trabajo.
Luchar
contra estos últimos se nos convirtió en el pan de cada día. Sin apuros
económicos y a sabiendas que en sus casas siempre habría los “tres golpes” del
día, les era fácil encontrar quien por uno o dos “chivos”, como llamábamos las
monedas de centavo, los representara en los conflictos que suscitaban los
juegos. Allí y así aprendimos a establecer qué es lucha de clases y cómo el
hombre es el más peligroso enemigo del hombre, y de qué manera la ruindad de
espíritu, la cobardía, el odio y el rencor distinguen a determinados miembros
de la especie. Sabíamos que los Sanfeliú, hijos de un español, que jamás
realizaron una pelea a puños, eran más peligrosos que los hermanos Ayala, que
desde muy niños saborearon y aspiraron las condiciones tétricas de los
calabozos de los reformatorios más cercanos a nuestro pueblo, sindicados de
diversos delitos. Los Sanfeliú poseían bienes de fortuna y los Ayala pasaban
hambre y desnudez. A semejanza de los hijos del español, tal vez con menos
perversidad, los hijos de los italianos, de los franceses y de otras familias
extranjeras, recurrían al bolsillo para contratar a quienes pelearan por ellos.
Concebidas y comprobadas las razones del comportamiento de los hijos de los
adinerados, nos propusimos no pelear por ellos a ningún costo y defender a los
que dentro de la pobreza eran, comparados con nosotros, más pobres aún.
Las
peleas, que entendimos cuando ya éramos mayores no fueron más que el inicio de
luchas clasistas, nos dejaron cejas abiertas y sangrantes, pómulos agrietados,
ojos tumefactos, narices rajadas, labios hendidos, dientes de leche arrancados
antes de tiempo, moretones en los hombros y el pecho y muchas otras señales que
cuando llegábamos a casa nos delataban, no obstante, el esmero de los
compañeros por disimularlos con afeites inocuos. Evitábamos pasar abiertamente
por el lado de papá y mamá, sin deducir que esas actitudes eran las que patentizaban
que algo no estaba dentro de lo normal y que les permitía preguntar:
—¿Otra
vez peleaste? ¿Y ahora con quién y por qué?, pero no encontrábamos cómo eludir
la respuesta y ello nos obligaba a dar cuenta hasta del último detalle.
—¿Usted
buscó la pelea?
—No
señor. Como le acabo de contar, fueron ellos los que me buscaron.
—Está
bien. Pero le recuerdo: el que busca el pleito lo encuentra, y peor aún, lo
pierde. Nadie que busca pelea gana. ¡Ojalá que no me entere de que usted es un
buscapleitos, porque le va a ir muy mal! Pero eso sí, le irá peor si le buscan
la pelea y usted no la enfrenta. El hombre verdadero, así sepa que va a perder
porque el otro es mejor, se enfrenta con valor al adversario, sentenciaba papá,
a quién de paso, jamás vimos en altercados ni siquiera verbales.
Tanto
mi hermano como yo jamás olvidamos la recomendación. No buscábamos pelea con
ninguno de los compañeros ni menos con desconocidos, pero reducidos a la
necesidad de hacerlo, peleábamos con entusiasmo. Y como lo hacíamos sin ira,
más bien con satisfacción, se nos facilitaba la victoria.
Llegó
a tanto nuestra fama, que de un momento a otro nos vimos distinguidos no solo
como buenos peleadores sino como los mejores amigos y representantes
principales del barrio, cada uno en su edad, en las peleas callejeras pactadas
con grupos de muchachos de otros barrios con apuestas en las que todos
ganábamos.
Cuando
papá se enteró de la distinción que ostentábamos, nos puso a su frente y nos
dio una reprimenda verbal de marca mayor, terminando así:
—Ahora
sí llegó nuestra familia a donde íbamos. Tenemos a dos buscadores de pleitos y
buenos peleadores a trompada limpia. Ese honor no lo tienen las familias de
bien de este pueblo, lo cual me llena de orgullo. Esta condición, hijos míos,
les dará para vivir cuando sean hombres. Buenos puños, un cerebro reducido y
mínima instrucción escolar, son una excelente condición para los hombres de
bien, terminó diciendo con una mirada en la que afloraba sin obstáculos la
ironía.
Al
viejo le repelía castigarnos físicamente, en lo que estaba al otro lado de la
vía en que caminaban la abuela paterna y mamá, que no perdonaban una sola y nos
aplicaban la norma vigente en la escuela del Mocho Diego: La letra con sangre
entra, que en la casa se convertía en: lo que no nos duele no lo aprendemos.
Ambas partes tenían la razón. Papá con sus frases irónicas, más dolorosas en
nuestras mentes que los castigos corporales, nos obligaba a pensar en el
futuro. Abuela y mamá nos mostraban el presente y lo esencial de no incurrir en
faltas para evitar el condigno castigo. Una buena dosis de temor aviva el amor.
No hay dudas.
En
el ir y venir, temiéndole a la regla DM del maestro Diego, que la aplicaba en
las manos con mucha alegría, aprendimos a estudiar y amar la escuela y hacer
las tareas, al tiempo que cumplíamos labores caseras y atendíamos los
requerimientos infantiles de estar en todos los juegos. Pensamos hoy, con el
cambio de actitudes de la sociedad de estos tiempos, que se califica a sí misma
como “moderna”, que la abuela paterna, mamá y el maestro Diego, estarían más
tiempo en la cárcel que en la casa y la escuela, acusados de maltrato infantil.
Lo cierto es que, pese al rigor de la enseñanza y los castigos, no nos
traumatizamos y levantamos nuestros hogares matizándolos con un poco de ayer y
otro poco de hoy. Entre los centenares de niños y jóvenes que pasaron por las
manos del maestro Diego, uno solo, Tomás, se idiotizó, pero no por los castigos
sino por el hambre que pasó al provenir de una familia extremadamente pobre, aun
cuando muchos piensan que no es idiota, sino que encontró en simularlo la
manera de obtener el pan de cada día sin ningún esfuerzo.
En
ese ir y venir, una mañana entramos en desacuerdo con el hijo del policía
Medrano y al chocar en el cuerpo a cuerpo salió huyendo al no resistir la
contundencia de nuestras trompadas. Y olvidando la recomendación paterna de que
al enemigo en fuga hay que tenderle puente de plata, nos empecinamos en
alcanzarlo. En una carrera de cerca de diez cuadras, el muchacho mantuvo la
ventaja hasta que llegamos a la orilla del río y un grupo de cargadores de
bultos observó la tenaz persecución y la incansable fuga. Lo atajaron, lo
retuvieron, le indagaron las razones y me esperaron. Llegué ufano porque sabía
que la pelea era otra de mis victorias.
Nos
metieron en un círculo de hombres y lo animaron con sus gritos y dieron la
orden de empezar la pelea. Medrano, a quien el miedo se le reflejaba en los
ojos y en el temblor del cuerpo, me miró y repentinamente se agachó, dirigió
las manos a los pies, se arrancó las abarcas de un tirón y con una en cada mano
me aplicó la más larga, ruidosa y dolorosa tunda de golpes en las mejillas, con
lo cual se ganó la pelea. Humillado, adolorido, miré impotente cómo lo dejaban
fugarse en una carrera como la que traía antes de la pelea y me atajaban para
que no siguiera detrás.
Quince
años después nos encontramos en circunstancias diferentes y pese a que él
cargaba una ametralladora y yo apenas un revólver, estaba prevenido y evitaba
mirarme cara a cara. Como en el momento era su jefe, le pregunté qué le pasaba
y se limitó a responderme:
—Yo
soy el hijo del policía Medrano.
Fue
suficiente. La respuesta me hizo lanzar una carcajada, le tendí la mano,
comprendió que yo no guardaba rencor alguno y además de agarrar la mía con la
suya, me haló hacia él y nos dimos un cálido abrazo. Un abrazo de hermanos. No
cruzamos más palabras porque el momento era de peligro y debíamos enfrentarlo
como hombres, como lo hicimos, con mucho valor, porque nuestras vidas estaban
en juego. Pero me sirvió porque recordé las palabras de mi padre y la única
pelea que perdí por no tenerlas en cuenta. Nunca fui, no soy ni seré un buscapleitos,
porque el que busca encuentra y un hombre con miedo es más peligroso que un
tigre herido. Eso aprendí con Medrano.
LA VISITA
Apareció a las
siete de la mañana en el corral, en el preciso momento en que comencé a ordeñar
a la pata blanca, una vaca de primer parto, caprichosa y retrechera, que dejaba
de último para no dañarme el día sin haber ordeñado a las otras. La pata blanca
había que amarrarla con cuidado, primero las patas traseras y después la tabla
del pescuezo a uno de los postes del corral. La maldita casi arranca el poste
del tirón que dio para salir corriendo. Era la primera vez que se comportaba
así, porque una vez amarrada parecía acomodarse a la situación y se dejaba
ordeñar sin más problemas; en los ojos se le veía el miedo a algo. Al buscar el
motivo, que en un principio creí que se trataba de una culebra, mis ojos
tropezaron con los suyos.
Se trataba de un
anciano de piel blanca como la leche que estaba en los baldes, de bigote del
mismo color, poblado y largo terminado en puntas de lado y lado, eso sí, bien
peinado. Por el estilo del vestido de lino, supuse que era de los que en
tiempos pasados llamaron liquiliqui. Unos zapatos como cotizas cubrían sus
pies. El anciano, por la blancura de su piel y de su atuendo, parecía una
estampa de santo, de esas que de vez en cuando reparte el cura en la iglesia.
En medio de tanta majestad, de su rostro parecía irradiarse un raro fulgor, que
no era otra cosa que el contraste de sus ojos, verdes, de tanta intensidad que
parecían esmeraldas o pedazos de piedra lipe.
Si pata blanca
se asustó en tal medida, yo no fui inferior. Quedé paralizado, ante todo al
mirar que después de dar diez o doce pasos hacia mí, sus cotizas mantenían la
misma blancura pese a la gruesa capa de lodo del suelo del corral, sometido a
cuatro días seguidos de lluvia pertinaz. Pensé que la liviandad de su cuerpo
era tanta, que ni siquiera dejaba huella en el lodo y más bien parecía flotar.
Interiormente me dije: Llegó mi último momento, porque este anciano o es un
ángel enviado por Dios para llevarme o un demonio que esconde su fealdad.
Sin apartar la
mirada de mí, sentí, y no me equivoco porque sentí y no oí sus palabras ni le
noté mover los labios, me dijo:
– No te asustes,
Macario, que yo soy tu tatarabuelo Epaminondas del Cristo, que vine a visitarte
y a conocerte. Eres el único que queda de mi familia y contigo se cierra el
ciclo de su existencia. No habrá otros después de ti, porque no podrás tener
hijos con ninguna mujer. Son designios de Dios y hay que acatarlos con
humildad.
– Perdone
anciano que no le crea, pero mi tatarabuelo murió al momento de nacer mi
bisabuelo Pedro María. Él vivió ciento cinco años y mi abuelo Teodoro noventa,
mi padre, Sabas, también vivió noventa.
De acuerdo con las cuentas, mi tatarabuelo murió, por lo menos, hace
doscientos años. Y si como dicen, el único que volvió a la tierra después de tener
tres días de muerto fue Jesús, se debió a su condición de hijo de Dios, porque
de lo contrario le habría pasado como a los demás.
– No discuto tus
opiniones ni tus cuentas. Pero en mí se cumple un anhelo de los tiempos en que
estaba vivo, que no eran otros que volver a conocer, antes de su muerte, al
último miembro de mi familia. Allá en donde he vivido desde el momento de mi
muerte, el Todopoderoso me otorgó la facultad de regresar y de quedarme si así
lo quiero y por eso estoy aquí. Créeme que es así y que lo que estás viendo es
real. Para que entiendas las cosas,
primero te informo que ni soy ángel ni menos demonio. Ambas condiciones se
produjeron en el momento de la creación y nunca jamás el Creador ha repetido
hechos semejantes. Segundo, no soy el primero en volver a esta vida. Muchos
otros lograron el permiso divino, pero por raras circunstancias que allá ni se
comentan ni se critican ni mucho menos se indagan, casi todos regresaron al
poco tiempo. Tercero, para que no dudes de mi condición, te traigo un mensaje
de Mariana, tu madre, que te recuerda que no le cumpliste con la promesa de
llevar a la Virgen del Pilar una manito de oro que ella le ofreció estando en
vida, y tu padre, al que se le olvidó decirte dónde guardó los lingotes de oro
que le dejaron unos soldados a su paso por esta casa, que los saques de debajo
del caracolí que está en medio del patio.
Hablamos de
otras cosas menos importantes y terminé de ordeñar a la pata blanca y me fui
con el viejo Epaminondas hacia la casa. La primera de sus sorpresas fue verme
echar la leche recién ordeñada no en las cantinas sino en un recipiente bien
limpio, metálico, del que salía humo del intenso frío, y que llamábamos cava,
le respondí al preguntarme.
La siguiente
sorpresa se produjo cuando le invité a pasar a la cocina a bebernos una buena
taza de café caliente. Mientras íbamos, de reojo observé cómo pasaba sus níveas
manos en la pared del pasillo, en la que no había una arruga y, sin dudas,
contrastaba con las de su tiempo, hechas de barro y boñiga o de caña flecha o
balsa. Se detuvo bruscamente en la puerta de la cocina. Miró de un lado a otro,
tocó ahora los lujosos baldosines, puso una mano con sumo cuidado sobre el
nevecón de cuatro puertas, corrí y le abrí una de las puertas y admiró las
frutas y las verduras, se cohibió con el aire helado, le abrí la otra y observó
detenidamente los recipientes con carnes de cerdo, res, carnero, pollos y
gallinas, pavos y patos. En la otra puerta pasó los dedos sobre los huevos y
otras cosas y el colmo de los colmos lo recibió cuando le entregué un cubo de
hielo en la mano, al cual, al sentirlo, manoteó pensando quizás que era una
obra del demonio. Si no me hubiera dado la vuelta a tiempo para ver qué hacía,
habría tocado el fogón de la estufa y se habría quemado. Respondiendo sus
preguntas le señalé que ya no se cocinaba en hornillas ni con leña ni con
carbón. Le mostré los fogones accionados por gas propano, los de energía
eléctrica y los de gas natural. Para él, al mirar sus ojos, todo le era
extraño. No se si los calificaba como maravillas o como cosas demoníacas, pero
comprendí que estaba en un mundo diferente.
Me miró con
cierta duda cuando me preguntó sobre mi esposa y le informé que ella y su hija
aún estaban dormidas y que no se levantarían hasta las nueve o diez de la mañana.
Mirando la taza de café comprendí su callado interrogante y le agregué que la
muchacha de la cocina se encargaba de esos menesteres. Llamé a Claudia Patricia
y al viejo casi se le salen los ojos al ver a la muchacha, una mona de nariz
respingada, de cuerpo escultural, con las curvas en donde deben estar, que en
esos momentos vestía una licra azul y que, pese al delantal, dibujaba sus
intimidades algo protuberantes. Le agregué que era la moda de estos tiempos y
que necesariamente las muchachas del servicio doméstico no tenían por qué ser
viejas arrugadas, mal vestidas y feas. Una especie de sombra le oscureció la
faz, no sé si de sorpresa o de ira, pero tal vez era consecuencia de lo
segundo, porque dejó de mirar a la muchacha y me pidió que le siguiera mostrando
la casa.
A las diez de la
mañana bajaron de la segunda planta mi esposa y su hija, la cual engendró en su
primer matrimonio, y se las presenté al viejo, al que tampoco le gustaron las
vestimentas de ambas, batas de dormir transparentes que permitían ver las ropas
interiores. Sin embargo, disimuló un poco y charló con ellas, que se aprestaban
a ver en el televisor un capítulo grabado de la telenovela de las ocho de la
mañana. Al encender el aparato el viejo dio un brinco en el asiento del susto
que le produjo ver en la pantalla a todo color las efigies de personas,
edificios, vehículos y todo lo demás en miniatura. Previendo esto, me había
apostado a su lado y le detuve cuando amenazó con salir corriendo y le expliqué
de qué manera había avanzado la ciencia y la tecnología y que debería
prepararse a ver cosas mucho más sorprendentes. Me miró y en sus verdes ojos el
terror brotaba incontenible. Con mucha paciencia le calmé el ánimo y lo conduje
a la biblioteca, pero allí también se sorprendió con el computador, la
impresora, la fotocopiadora, el escanógrafo, de los cuales le entregué una
información más o menos completa. Tomó varios tomos de los estantes, repasó con
ligereza las páginas y se detenía a ver las gráficas en color. En esos momentos
se aclaró en mi mente un hecho que había estado rondando, pero sin concretar,
que no era otro que el comprobar que, desde la cocina y unas ligeras palabras
con mi esposa y mi hijastra, el viejo había guardado un silencio sepulcral, tal
vez anonadado con las nuevas experiencias de su vida. El choque entre la vida y
las experiencias de un hombre de tres siglos atrás y la civilización y el
modernismo del siglo XXI, podía asimilarse al choque de dos aviones de guerra
en el espacio. El símil era correcto si se decía que el viejo seguía muerto en
la muerte y muerto en la vida. Se negó a salir de la casa para conocer la
cercana ciudad. No tenía fuerzas para enfrentar estas cosas. La sola
permanencia en la casa le había sido demasiado traumática. Así lo comprendí y
por ello no continué con las invitaciones.
A la hora del
almuerzo miró los platos y platillos elaborados por las expertas manos de
Claudia Patricia, que ponía el mismo fervor en la presentación de las comidas
como en su presentación personal, a lo que se agregaba la ricura de su sazón.
Picó de uno y de otro plato las apetitosas viandas, y luego las emprendió con
todas, porque todas le habían agradado. No existía la más remota semejanza
entre estas viandas y las comidas de su tiempo.
Se negó a mirar
televisión, a escuchar música, y prefirió refugiarse en la biblioteca en donde
tomó varios tomos relacionados con teología y religión y, cosa rara, lanzaba
ruidosas carcajadas de burla cuando leía afirmaciones de cómo era Dios, cómo el
Diablo, el purgatorio, el infierno y el cielo, etc. etc. Comparaba la
imaginación de los escritores con la realidad y ello le producía risotadas
burlonas. Ninguno decía la verdad.
En la tradición
oral de la familia, se aseguraba que el viejo Epaminondas fue hijo de un
francés que se enamoró de una española y por ello se trasladó a la península.
Cuando era un zagal, muy bien parecido, por cierto, decidió un día amasar
fortuna con sus propios esfuerzos para no deberle nada a nadie y se fugó para
América, en donde en los primeros años experimentó grandes sinsabores, pero
poco a poco, con cuidado, esmero, seriedad y espíritu ahorrativo, acumuló lo
suficiente para que lo llamaran don Epaminondas y le quitaran el estigma de
aventurero y ladrón.
Bien preparado
gracias al esmero de sus padres por instruirlo y a su inteligencia, el hombre
entendió que en la tierra a la que había llegado, sus antepasados sembraron los
primeros hitos de la diferenciación de clases sociales y se fijó la meta de
llegar, sino a los primeros puestos, por lo menos a los siguientes. Y los
títulos, el respeto, la consideración se acumulaban gracias a los fondos en las
arcas y la posibilidad de largar la mano con la oferta para seguir adquiriendo
tierras y otros bienes que daban prestigio y por tanto poder y gloria.
Cuidadoso en todas
sus cosas, sólo daba atención a sus requerimientos y exigencias sexuales con
mujeres comunes, cuando estaba seguro de que ello no trascendería ni afectaría
el alcance de su meta. Al solicitar la mano de la afamada María de todos los
Santos, Bienaventurada, Santísima, Inmaculada del Perpetuo Socorro Molinares de
Alba y Castillo, pese a carecer de títulos de nobleza que se había obstinado en
no comprar, le fue entregada y la pompa de la boda satisfizo a todos,
involucrándose en los recovecos de la nobleza y la riqueza de la ciudad. Pero
María con todos sus nombres y apellidos no resistió sino hasta el tercer hijo,
cuando murió de parto. El viejo entonces dirigió su mirada a Catalina Josefa de
la Trinidad de Linares y Cuevas, más bella, más joven, más linda, y más
adinerada que María, con la cual engendró cinco hijos. Pero no obstante los
años vividos con ambas, la gente comenzó a rumorar que don Epaminondas “tenía
el hígado blanco o la suerte del pato cenizo”, porque las esposas se le morían
rápido. En contra de los rumores, la
tercera esposa fue Estefanía de la Gracia del Señor Palomino y Cáceres y
Miranda del Porto. Con ella terminó su proceso reproductivo, apenas seis, para
completar catorce herederos. Viéndolos un día reunidos a todos, así como con los
hijos de cada uno que formaban una multitud, el viejo dijo: “Si me hubiera
casado con vacas hoy tendría el más grande hato de América”. Porque a la par
con las esposas de nombres rimbombantes y de altas alcurnias, don Epaminondas
miraba con deleite a las indígenas y a las negras. Las primeras porque eran
amantes sumisas y hacían lo que él quería, y las negras por su fuego en
cuestiones sexuales. Ninguna de las dos cosas encontró en las nobles hijas que
por razón de sus propósitos escogió como esposas y si tuvo catorce hijos con
las tres, se debió más a su empeño de sembrar en ellas el deseo de aprender que
a otra cosa. Pero se llenaron de hijos sin saber, ninguna de las tres, cómo
fueron concebidos. Principiando porque no conoció los cuerpos desnudos ni mucho
menos las caricias previas al coito. Dormían en camas separadas y en cuartos
distintos “porque el vaho del hombre marchita la piel de la mujer” y a la hora
de una jornada de sexo, se presentaban vestidas con unas batas gruesas y largas
que las tapaban del cuello hasta la planta de los pies y una hendidura a la
altura de la vulva, por la que introducía el miembro viril. Las indias y las
negras no eran menos veleidosas, por ser la costumbre de la época, pero
permitían otras cosas que le agradaban y lo dejaban placenteramente complacido.
Mientras pudo, contó unos ochenta o noventa hijos ilegítimos, palabra con la
que atenuaban el rigor de “bastardos”, que en América había quedado para
insultar a los hijos de la plebe.
Las mismas
crónicas, por infidencias de una esclava, aseguraban que, durante la etapa de
convivencia con su primera esposa, María de los tantos nombres, el viejo
Epaminondas fue famoso porque siempre mantenía el miembro viril como bocachico
para freír: arrollado. Jamás se enteró del porqué de las finas cortadas y por
ello pensaba que la vagina de su esposa debía tener agallas para producirle
estas heridas. La esclava le dijo a otra esclava, que por acostarse con el
viejo había visto sus intimidades y sentido cómo se quejaba cuando estaba en el
ajetreo, que se debía a que María, nacida en España y venida al Nuevo
Continente siendo una niña, siguió el comportamiento materno de no bañarse sino
cada quince días y de jamás depilarse la vulva porque “no debemos destruir lo
que Dios ha creado”, además de alegar que si se los cortaba dejaban de ser
finos para convertirse en pelos gruesos como el de los cerdos. Como la esclava
la bañaba cada quincena, conocía las emanaciones íntimas de María, ciertamente
insoportables, y mientras le pasaba el jabón por las entrepiernas
disimuladamente medía el largo del pelambre y estaba convencida de que tenían,
no solo la densidad de un manglar sino el largo de una cuarta y un jeme “porque
ya le llegan a la rodilla”.
Justifico
entonces la decisión de mi tatarabuelo de no pasar un minuto más en la tierra,
en esta vida que vivió tan intensamente, porque sus épocas estaban
diametralmente opuestas a las actuales. Es cierto que gozó sexualmente y que
dejó, mal contados, un centenar de hijos, pero jamás apreció una mujer desnuda
ni gozó el sexo como en estas calendas. El viejo me miró a punto de desmayarse,
no se si de la impresión o de la furia o de ambas cosas, cuando a las seis de
la tarde y bajo la claridad intensa de la araña de cristal que ilumina
esplendorosamente el estar T.V. y en amena charla conmigo y con mi esposa, mi
hijastra, de dieciséis años, se presentó al lugar como Dios la echó al mundo,
totalmente desnuda, y la vulva como una concha de nácar reluciente, sin un pelo
indecente, como le gustaba andar por la casa mientras no había visitas, se
dirigió al lado de la madre, alzó el pie y lo colocó sobre el sofá, dándole el
frente al viejo, y le pidió que la revisara porque algo dentro de la vulva,
claro que lo dijo con una palabra castiza, la estaba molestando al andar y no
encontraba qué era.
A las siete en
punto de la noche el viejo, con un gesto malhumorado y visiblemente perturbado,
alzó la mano y me dijo adiós. Volvía al lugar en donde moraba desde hacía
tantos años y del cual no debió salir. Como me dijo que tras de mí no habría
otro miembro de la familia, mentalmente supe que, hasta mi pobre y bella
hijastra, que por razones del modernismo y de las nuevas costumbres no le daba
importancia a la desnudez, acababa de firmar su propia sentencia de muerte en
santo olor de castidad.
EL PERRO DE
TOSCANO
El
olor a tierra mojada, a polvo levantado por las gotas de lluvia que se
estrellaron contra el suelo de la región una hora antes, invade el caserío de
Buenos Aires y sus alrededores. Pero sólo fueron gotas de un chaparrón en el
que se convirtió la amenaza de un aguacero esperado por todos para refrescar la
tierra y alimentar los cultivos, ávidos del líquido como consecuencia del largo
verano.
Levantado
en una de las faldas de la montaña conocida como La Bola de Hilo, el caserío de
Buenos Aires vio crecer en su entorno y a distancia relativamente cerca, otras
poblaciones. Eso lo mantuvo en el olvido, tanto, que ni siquiera aparece en los
mapas. Favorablemente, porque ese olvido lo marginó de la violencia política y
de los fenómenos naturales, que cuando se presentan lo tocan tangencialmente.
En
la primera ola de violencia sufrió el paso de una comisión de la policía
política al mando de El Charro; poco tiempo después una visita del monito
Corrales, que, al cambiar del partido rojo al azul, se comprometió a entregar a
quienes habían sido sus copartidarios. De la primera incursión hubo un muerto y
dos de la segunda.
Tres
años más tarde, y quizás por la altura a la que queda en la falda de la
montaña, alcanzaron a ver con tiempo las llamas de un incendio forestal que se
inició a la orilla del mar, se metió selva adentro y durante cuatro días de
intenso trabajo, abrieron un guardafuego de cinco “tareas” de ancho que detuvo
la amenaza. Un poco después se fugó del Mar Caribe, por Punta San Juan, un
huracán que arrasó con lo que encontró al paso en un radio de cincuenta
kilómetros, pero una vez más, Buenos Aires quedó al margen.
En
una esquina de la plaza, el viejo Toscano aprovecha la luz natural de las
últimas horas de la tarde para contar y recontar las papeletas de café, ajo,
comino, pimienta y otros productos que expende al menudeo, los que arroja sobre
el largo mostrador, digno de una tienda más grande y mejor surtida, pero ahora
patentiza la pobreza del anciano y quizás un pasado menos miserable. Allí, en
medio de los vestigios de una grandeza que se fue, ignorado por los habitantes
del caserío que no le perdonan que hubiera servido de guía de la policía
política, más conocida como la “popol”, espera el último instante de su ya
larga vida.
En
la que fue calificada “época de la violencia”, como si hubiera sido la primera
y la última, el comandante de la policía política apodado El Charro, llegó con
sus hombres a Buenos Aires y tras establecer quién o quiénes conocían la región
y militaban en el partido de gobierno, escogió a Toscano como guía y él los
condujo de uno a otro confín de la misma, traspasando incluso límites de una
provincia vecina.
Al
regreso del largo y sangriento recorrido, y después de concluir que en la
capital de la provincia no habría sitio para los más de sesenta detenidos, a
los que conducían amarrados uno con otro y en fila, todos ellos sacados de las
parcelas en los momentos en que trabajaban pacíficamente sus cultivos, les
colocaban un trozo de tela roja en la cabeza para acusarlos de “chusmeros”,
decidieron en la cima de La Bola de Hilo, deshacerse de ellos. Unos tras otro
fueron decapitados y los despojos lanzados al vacío. Los familiares de los
muertos acusaban al viejo Toscano, de cómplice en la masacre.
El
odio contra el anciano, al que sólo dirigen la palabra cuando es necesario o se
compra en su disminuida tienda cuando en las otras no hay lo que se requiere,
se dirige también a su perro. Es un animal de unos tres años que se parece a su
amo. Ambos son altos, delgados, de quijadas pronunciadas y rectangulares, como
cortadas a machetazos, caminan con lentitud desesperante, bamboleándose en
lucha contra el viento.
Sólo
varían en el color de la piel. El hombre es de tez blanca y ojos verdes. El
perro es negro. Tanto uno como otro desagradan a los demás por la mansedumbre.
El hombre balbucea un amago de protesta cuando algo le molesta. El animal ni
siquiera muestra los dientes. Si el viejo Toscano resiste el soterrado rencor
de los vecinos, el perro aguanta los desprecios y los golpes. No responden, no
atacan, soportan como si fueran los otros los que tienen la razón, o quizás
esperan que se cumpla la promesa divina de que los mansos y los perseguidos
serán redimidos en la otra vida.
El
anciano es hombre medianamente ilustrado y no esconde su admiración por las
gestas de caballería y las historias de los caballeros de la edad media. Si le
pusieran los arneses de caballero podría confundírsele con las estampas que
muestran a don Alonso Quijano. Quizás sus simpatías por esas leyendas le
indujeron a ponerle al perro el nombre de “Fierabrás”, que los del caserío,
para molestar al anciano y burlarse de la mansedumbre del animal, trocaron por
el de “Fiera Brava”.
Fierabrás
está echado ante la puerta de la tienda con la cabeza recostada sobre las
patas, mirando hacia la solitaria plaza. El cachaco Fonseca irrumpe por la
esquina, la que da a la quebrada vecina, con su característico atuendo
vespertino: polainas negras de caucho, sombrero alón de paja, carriel, un
poncho para secarse el sudor o arroparse si hace frío, y a semejanza de los
charros mejicanos de Pancho Villa, con dos cananas repletas de cartuchos para
escopeta que le rodean, en cruz, el torso. Terciada al hombro izquierdo una
escopeta calibre catorce; en la mano del mismo lado otra escopeta, esta de
calibre doce; en la mano derecha porta una carabina Winchester de repetición.
Además de tres o cuatro cuchillos alrededor de la cintura, de donde también cuelga
un revólver Colt, cartuchos, navajas, etc. Si fuera para una batalla, no
llevaría tanto armamento y munición. Detrás del cazador aparece “Pampero”,
siguiéndole los pasos y antecediendo a la jauría que marcha más atrás,
compuesta de una decena de perros “chapolos” que, por raza, porte, color y
otros detalles, parecen clonados.
Se
meten a la plaza y llegan al lado de un joven que descansa de la faena diaria.
Fierabrás alza las orejas y luego la cabeza, se estira y bosteza como para
quitarse la pereza y se acerca a la jauría.
Fonseca
suele cazar solo y únicamente con sus perros, pero inexplicablemente invita al
joven. Cuando Fierabrás llega a su lado muestra desagrado y lo espanta, pero el
invitado le pide que se lo deje y acepta. Es la primera vez que ambos, el joven
y Fierabrás, participan en una “monteada” como llaman por esas tierras una
jornada de cacería. Fierabrás, por el rechazo de que es objeto y su mansedumbre
le impide romper las normas que le imponen. El joven, porque siempre ha eludido
las cacerías y mucho más nocturnas, como consecuencia de una historia familiar
ocurrida por los lados de Las Cruces del San Juan y también por considerar que
la noche se hizo para descansar. Pero cuando las cosas van a ocurrir no hay
nada ni nadie que las ataje o las aplace, y sin pensarlo dos veces aceptó la
propuesta de Fonseca.
Toman
el sendero hacia la montaña en una penosa subida que se hace desagradable al
apartar las ramas y estas vierten chorros de agua helada, A las seis y treinta
de la tarde llegan a una de las estribaciones en medio de las tinieblas, porque
“hoy oscureció más temprano”, según afirma Fonseca, y reposan por un largo
rato.
Fierabrás
se adelanta y Pampero no muestra celo alguno. Súbitamente el negro animal se
detiene con los músculos tensos, alza la cabeza, mira a derecha e izquierda y
Fonseca, como buen cazador, no pierde detalle de la actitud de Fierabrás y se
coloca a su lado y lo detiene cuando intenta salir a la carrera, le coloca la
mano en la cabeza y le susurra al oído, alcanzándose a oír que repite:
“¡Quieto! ¡Quieto!” El comandante de la jauría llega y mete el hocico donde
antes lo había hecho Fierabrás y se queja mientras agita la cola en señal de
que también percibe el olor de la presa y que por tanto la pista es segura.
Los
perros, veteranos, forman por sí solos un arco con pampero al frente y en esta
ocasión, acompañado de Fierabrás, que parece en momentos salir en persecución
del animal detectado, pero como si ya lo hubiera hecho antes, en medio del
desespero por salir mira a Fonseca y espera intranquilo la orden de arranque.
El cachaco lo mira con otros ojos. Le gusta la actitud del negro, sabe que allí
se estaba perdiendo un cazador nato. No demora en dar la orden y grita: ¡Oste!
¡Agárrenlo! Y la jauría sale a toda velocidad ladrando con entusiasmo ladera
abajo. El arco funciona a la perfección. Los dos perros laterales se adelantan
y los demás mantienen sus posiciones, para evitar que la presa huya por los
flancos cuando sienta la presencia de los perseguidores. Suben, bajan, vuelven
a subir y a bajar y así se mantienen por un largo trayecto de una montaña a
otra.
Los
animales persiguen la presa por el olor. Van a lo que van. Y los dos hombres,
con un espacio, siguen detrás no con gran esfuerzo, para no perder a los
animales y estar cerca al momento de rodear la presa.
A
las ocho de la noche la jauría está esparcida en medio de la oscura montaña.
Los latidos se escuchan lejanos mientras que los dos cazadores empiezan a
sentir el cansancio por la larga y extenuante carrera. Se detienen al lado de
una quebrada para refrescar sus cuerpos y beber un poco del agua fría que baja
cristalina de la montaña y mientras lo hacen, Fonseca comenta que debe tratarse
de una presa muy veterana, posiblemente un saíno, como para mantener tan
extenuante carrera. En eso escuchan hacia un lado de donde están los gemidos
adoloridos de un perro. El cazador sabe qué pasa y lanzando una maldición corre
al sitio en donde encuentra uno de los animales y con la linterna detalla las
heridas que presenta. Lo abraza con cuidado, le besa en el hocico y con el agua
de la quebrada le lava las heridas y le quita la sangre. Luego lo traslada a un
lecho improvisado con hojas de mafafa y le aplica unturas medicinales y sin
necesidad de abrirle la boca, extiende la mano con una pastilla y el animal la
toma con la lengua y la traga.
El
silencio que guarda y los músculos tensos, muestran que el cazador está
furioso. Por ello el joven deduce que no solo deben continuar, sino que la
carrera será más agotadora y extenuante que hasta ahora. Pero antes que la
presa lo que van encontrando son perros malheridos. La presa se ha defendido
con todo y diezmado la jauría. Es indudablemente un saíno, grande, que con sus
garras ha evadido el peligro. La jauría completa no lo ha alcanzado aún, sino
animales solitarios que osaron enfrentársele y salieron perdiendo. Como a las
doce de la noche Fonseca dispone el regreso.
Faltan
tres perros, entre ellos Pampero y Fierabrás, pero pese al silencio de la
montaña no se escuchan sus latidos por ninguna parte. Están lejos y deben,
quiéranlo o no, esperar la luz del día para localizarlos, si es que acaso para
entonces viven.
Tres
días duró la localización de los perros. El primero fue Cocoliso, en Las Platas
Arriba, en la finca de la familia Canchila; Pampero en la de los hermanos
Negrete en la localidad de Umbitos y Fierabrás en la región de Mulatos, donde
una familia Pérez.
Al
confrontar el estado de los animales y los informes de los que los encontraron
en medio de la montaña, se reconstruyen las ocurrencias y por tanto el trabajo
de la jauría. Los Pérez remataron al saíno, un animal de tamaño descomunal y
poco común, con experiencia en la lucha frente a los perros, demostración
palpable al haber diezmado la jauría de Fonseca; agotado por la larga distancia
recorrida y el acoso, por último, de Fierabrás, optó por meterse a una cueva
que resultó de roca dura por lo que no pudo escapar. Estaba en similares
condiciones a sus perseguidores, como indicio de que en más de una ocasión la
pelea fue frente a frente y en la que las garras del saíno llevaron la mejor
parte.
Pampero
y Fierabrás, a pesar de las heridas, no cejaron en el empeño. Con un manotón
que ahondó las primeras heridas y casi le daña la pata delantera derecha al
profundizar una herida anterior, Pampero abandonó la persecución por
imposibilidad de correr.
Cocoliso
y Pampero fueron hallados a las puertas de cuevas en las que el saíno se metió
en su fuga y trasladados por los Canchila y los Negrete a sus predios en donde
los curaron. Admiraron a los dos perros, pero debido a que sus ladridos se
escucharon a la medianoche, debieron esperar la madrugada para establecer qué
ocurría, encontrándolos en lamentable estado, casi muertos.
Los
Pérez suministraron detalles más interesantes sobre el negro Fierabrás. Esperó
desde las tres de la madrugada, desangrándose, frente a la entrada de la cueva,
de pie, evitando caerse como consecuencia de las heridas, pero sin abandonar la
presa. Sabía que estaba dentro y la acosó con sus latidos como informándole que
si salía de allí era por otro lado, menos por la entrada. Cuando los Pérez
llegaron a su lado, esperó, expectante, el tiro de escopeta que acabó con la
vida del saíno y solamente cuando vio que lo sacaron muerto, se derrumbó. No
podía estar un segundo más parado. En una parihuela improvisada con hojas y
bejucos lo bajaron de la montaña a la casa de la finca y le aplicaron las
primeras curaciones.
Entre
el cazador y sus perros se crea una atmósfera singular. Algo así como la
intimidad de padres e hijos en la que no se sabe quién quiere más a quién.
Fonseca quería a sus perros más que a sus hijos. Había convivido con ellos
durante su largo tiempo de soltería y el más nuevo nació dos o tres meses
después de que lo hizo su último hijo, que apenas contaba dos años. Pero era
Pampero su preferido, el que conocía sus secretos, el compañero de sus citas
amorosas y furtivas, el que parecía una extensión de su cuerpo, sus ojos, sus
pensamientos, porque sabía hasta dónde llegar y qué hacer mientras él cumplía
sus citas sexuales, el que vigilaba su sueño. Por eso, quizás, no le importó
dónde ni ante quiénes estaba, al ver a Pampero. Si a cada uno de sus animales
dedicó unas lágrimas a éste lo bañó con ellas al ver el estado de postración en
que estaba.
Como
si fuera poco, el animal, que casi no se movía por el dolor, levantó el hocico
y lo puso en la boca del cazador a manera de beso como para decirle que aún la
vida alentaba su cuerpo.
Fue,
sin embargo, mayor la emoción del encuentro del cazador con el perro
despreciado, con el negro aborrecido, con Fierabrás. El hombre no logró
contener su emoción y cayó de rodillas ante el animal, al que dos niños
espantaban las moscas para evitar infecciones en las heridas muy profundas que
presentaba en la cara y en el cuerpo. Fue él, entonces, cual si se tratara de
una mujer a la que brindarle caricias, quien le pasó con delicadeza sus rudas y
callosas manos sobre los lugares donde podía hacerlo y el que lo besó con
lágrimas en los ojos. Había encontrado una joya por cuyo lado había pasado
desde que el viejo Toscano lo cargaba entre sus brazos, pero a la cual no había
sopesado ni sus quilates ni sus posibilidades. Pese a su veteranía en la caza,
había ignorado que hay perros que nacieron para cazadores, influenciado quizás
por el resto de los pobladores de Buenos Aires. Pero si se salvaba, aún era
tiempo de reivindicarlo.
Durante
veinte días, Fonseca y el joven van y vienen a los lugares en donde están
Pampero y Fierabrás. La hazaña de la jauría y la reivindicación de Fierabrás,
son la noticia del caserío primero y de toda la región después. Por todas
partes se habla de la jauría y de cómo acabaron con un saíno – y fue entonces
que vino a saberse – que había hecho estragos con otros perros por cerca de un
año en una extensa región. Tal vez por eso el viejoToscano se sorprendió de ser
ahora no el blanco de las maldiciones sino el de las felicitaciones, aún de
desconocidos que llegaron hasta su humilde negocio a proponerle la compra de
Fierabrás, lo cual rechazaba de inmediato. Por el contrario, siempre que podía,
llamaba al joven testigo de la odisea, para preguntarle nuevos detalles o para
que le repitiera la historia en la que su perro fue de las figuras principales.
Hoy,
Fonseca y el joven, que salieron ayer, llegarán al caserío con Pampero y
Fierabrás. Por eso a las cuatro de la tarde, cuando se escuchan a la distancia
los gritos con que se saluda a los dos hombres y a los dos animales, se forma
en la plaza del caserío la romería de vecinos que quieren saludar a sus héroes.
Don
Julio Oviedo y don Naudim Bello, los jefes de los partidos azul y rojo, que
desde que pasó la oleada de violencia volvieron a trabajar mancomunadamente y
en sana paz, tomaron la decisión de apoyar, asumiendo los gastos, una fiesta
para recibir a los dos animales. Sin decírselo a nadie, contrataron una banda
de músicos y enviaron a El Carmelo por varias cajas de licor y por eso, el
sorpresivo golpe del bombo fue acogido con un estruendoso grito de las gentes.
Los
dos animales vienen en anda tirada por un burro y cuando llegan a la plaza,
delante de todos que quieren tocarlos para comprobar que en verdad están vivos,
Fonseca carga al enorme Fierabrás y lo deja en los brazos de Toscano, que lo
besa como si fuera su hijo, lo único que le queda de familia. De pronto, grita:
–Señor
Fonseca: Jamás fui cazador y ahora, mi vejez, me impide serlo. Fierabrás es un
cazador nato y no puede desperdiciarse conmigo. A partir de este momento, si
usted lo quiere, se lo entrego, y con él, mi corazón. Recíbalos, por favor.
Años
más tarde, nadie pudo decir quién fue el primero en hacerlo, pero el odiado
guía de la popol es alzado en hombros en medio del júbilo y los aplausos del
pueblo, y junto con su perro, paseado en hombros por toda la plaza a los
acordes de porros, cumbias y fandangos de la banda.
Fierabrás,
el perro constantemente apaleado, echado de todos los lugares, odiado como su
amo, logró esa tarde otra hazaña: Quitarle a su amo la pesada carga de odios
que el pueblo le había acumulado en los hombros durante tanto tiempo, y ponerle
ahora la de la amistad y el cariño de todos.
EL SUSTO DE
BENIGNO, EL REZANDERO
Los
españoles diezmaron a los nativos del Nuevo Mundo para introducirles a como
diera lugar la doctrina del catolicismo. La cruz de la espada que de forma
ominosa blandían los soldados y la cruz que presentaban los misioneros como
símbolo de redención del ser humano, se convirtieron en las mejores armas
utilizadas para convencer a los llamados indios. La una les castró el cuerpo y
la otra el alma. Pero cuando los aborígenes, y luego los nuevos seres surgidos
de la mezcla de españoles, indios y negros, asimilaron las enseñanzas y se
convirtieron al nuevo credo religioso, entonces la iglesia se mostró inferior a
sus responsabilidades y no envió ni formó suficientes misioneros y sacerdotes
para atender la feligresía.
La
carencia de guías espirituales originó, y aún quinientos años más tarde son
insuficientes, que algunos laicos que se iniciaron en la asistencia a los
sacerdotes como acólitos o monaguillos, asumieran el papel de sacerdotes. La
historia del Sinú registra diversos nombres de éstos que oficiaban novenas, y
que durante largo tiempo cumplieron estas funciones con la complacencia de la
misma iglesia.
Entre
los más famosos se encuentra Benigno Peñate, que en Montería santiguaba,
exorcizaba, rezaba novenas, oraba ante las tumbas de los cementerios los días
de difuntos y rezaba el novenario, es decir, que durante nueve días
consecutivos y frente a un altar, cumplía la misión de acompañar a deudos y
amigos para pedirle al Todopoderoso el perdón de los pecados del muerto.
Benigno
fue un hombre de mediana estatura, grueso con tendencia a la obesidad, blanco,
pelo parado y amarillo, con dificultades visuales que lo obligaban a esforzarse
para determinar las cosas y medio sordo, lo que se manifestaba al ladear la
cabeza como para escuchar mejor y algún defecto en las piernas que lo hacían
bambolear al andar. Nuestro hermano Eduardo, por curiosidad, se dedicó a seguir
a Benigno por varios días y asegura que luego de analizarlo, piensa que
Cuasimodo, el jorobado de la novela Notre Dame, debió ser parecido al rezandero
o viceversa. Algunos atribuían el bamboleo al peso de un saco de fique que se
terciaba sobre el hombro izquierdo, lleno de los elementos apropiados para
cumplir su trabajo misionero, como eran una gruesa Biblia, un misal no menos
voluminoso, candelabros de mesa, campana, el incensario, el irrigador de agua
bendita y muchas otras cosas, hasta alimentos, manojos de hierba buena, hierba
santa, ruda, cogollos de matarratón para santiguar a los niños con mal de ojo,
etc.
Su
vestimenta fue igualmente singular: chaquetilla y pantalones de dril color
caqui, bajo la chaquetilla una camiseta para atajar el sudor, las mangas de los
pantalones una un poco encima del tobillo izquierdo y la otra a mitad de la
pierna derecha, abarcas de tres puntá, en la mano derecha una campanilla con la
cual anunciaba su paso y ofrecía sus servicios.
El
único problema de Benigno en su benéfica acción de suplir a los sacerdotes
consistía en un remoquete que alguien le puso y que al oírlo el hombre lanzaba
rayos y centellas, maldiciendo a la familia de quien gritaba desde por lo menos
dos o tres generaciones anteriores y posteriores. Benigno lanzaba anatemas
contra quien le gritaba a su paso: ¡Chicharrón con pelo! Posiblemente este
apodo surgió al comparar un chicharrón sacado de un tocino mal lavado y que
aflora pelos como púas y el cabello del rezandero, que como ya dijimos, era
mono y tieso.
Al
hombre no le importaba el sitio ni la función que ejecutaba y podemos dar fe,
porque lo escuchamos más de una vez, que en medio de una oración algún muchacho
le gritara el remoquete y se produjera una escena en la que el grito del niño o
joven imprudente y la reacción de Benigno se amasaban con la oración del instante,
en medio de las risas contenidas de los participantes del rosario, como la
siguiente o muy parecida:
Benigno: Padre Nuestro
que estas en el cielo santificado sea tu nombre...
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: ¡Tu madre hijo
de puta...! venga a nos tu reino...
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: ¡Malparido!.. y
hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: Malditos sean los
trapos que te calentaron... El pan nuestro de cada día dánoslo hoy...
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: Y perdona
nuestros pecados…(y encárgate tú, Señor, de perdonar a este triple hijueputa,
mal culiado que Satanás debería llevarse a la quinta paila del infierno)… así
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: Hijo de la gran
puta… y no nos dejes caer en tentación
El grito: ¡Chicharrón con
pelo!
Benigno: y líbranos del
mal…(pero a este mal nacido y a la mula que lo abortó, arrójale todas las
plagas de la miseria humana)… amen.
Igual
acontecía en calles y plazas de Montería durante las cuatro o cinco primeras
décadas del siglo pasado. Nuestra progenitora quedó convencida de que todas las
dificultades económicas que nos agobiaron durante muchos años, partieron del
día en que Benigno pasaba ofreciendo sus servicios por el barrio Obrero y en la
plaza, en donde nos encontrábamos en ese momento jóvenes y niños de los barrios
Obrero, 14 de Julio, Granada y Miraflores, que en número cercano a la centena
formábamos un bloque monolítico para enfrentar a las galladas de Panamá,
Balboa, Colón y Chuchurubí en encuentros de béisbol, fútbol y peleas a trompada
limpia, jugábamos un interesante partido de bola de caucho. Alguno,
posiblemente de los de mayor edad, vio al rezandero y lanzó el grito:
¡Chicharrón con Pelo!" coreado insistentemente por los demás. Pocas veces,
debido quizás a la multiplicación del grito, presenciamos un ataque de furia de
este pobre hombre, que tiró con fuerza contra el piso el saco que llevaba al hombro,
contra éste la campana y el misal para maldecirnos a todos escupiendo a su
alrededor como para formar un círculo cabalístico, arrodillándose y elevando la
cara roja de ira hacia el cielo implorando la voluntad divina que le permitiera
castigarnos. Mamá se encargó de acallar a la gallada sólo con dirigirse en
silencio hacia Benigno. Lo invitó a levantarse tendiéndole la mano, lo llevó a
la casa y le ofreció un poco de agua fresca, diciéndole en voz baja que
ignorara a esos muchachos desocupados e imprudentes.
Lo
mejor del repertorio de Benigno, indudablemente, fue la novena de difuntos.
Durante nueve días cumplía con rezar el rosario, las letanías y otras
oraciones, hasta la última noche, cuando cambiaba sustancialmente el
repertorio. Un poco antes de las doce de la noche y él de tanto hacerlo medía
con exactitud el ritual de manera que la última palabra la pronunciaba
conjuntamente con la última campanada del reloj a las doce en punto, procedía a
apagar las velas del altar y de toda la casa, quedando ésta y la concurrencia
completamente a oscuras. Benigno golpeaba la mesa del altar y pronunciaba el
nombre del difunto en voz alta, clara y precisa, y después de exhortarlo a
viajar al cielo o al infierno, según le tocara en el juicio divino, le insistía
en que ya no pertenecía a esta dimensión. Igualmente tocaba la campanilla y en
medio del silencio y la oscuridad daba golpes, palmadas, rodaba muebles, gorgoriteaba
y hacía otrosruidos que sobrecogían de temor a los asistentes. Fue célebre este
rito de Benigno, y por ello se le venía a buscar de distintos sitios por
monterianos residentes en ellos que, previendo la muerte de un allegado, lo
contrataban oportunamente.
Un
grupo de jóvenes integrado por Pedro Nel Martínez Cuadrado, a quien llamaban
"Pedro Sancocho", Alfonso Burgos Ballestas, Luis Sindulfo Pérez,
Camilo Lamadrid Fabra, más conocido como Camilito, entre otros, asistían a
todos los funerales. Como Montería era entonces un villorrio las diversiones
para la juventud estaban circunscritas a las charlas en la casa o en las de los
familiares y amigos; a esperar los famosos bailes con orquesta en la residencia
de don Juan Fabra, a un lado de la plaza chiquita o de la cruz, acreditados
porque allí sólo asistían los mejores bailadores de porros, cumbias, mapalés,
merengues y otros ritmos regionales, o polcas, mazurcas, valses, bambucos,
pasillos, boleros y son montuno. O donde los Sáenz, en la plaza grande, también
con orquestas, muy elegantes, pero con acceso para quien podía pagar la cuota
fijada. Pero estos bailes eran esporádicos y se realizaban después de un largo
proceso de organización para que nada fuera improvisado ni mal hecho. El resto
del tiempo, nuestros personajes y muchos otros monterianos, lo pasaban de
velorio en velorio.
Si
la persona fallecía en la zona rural propiamente dicha, había que esperar que
los familiares residentes en pueblos lejanos llegaran a mirar por última vez al
finado. A nadie enterraban el mismo día de la muerte, sino que mediaba un
interregno de por lo menos veinticuatro horas. No se realizaban, ni nadie lo
habría permitido, las autopsias, porque el sentido común indicaba cuál había
sido la causa del deceso. No existían funerarias y el ataúd, si acaso no
colgaba uno del techo en previsión de cualquier acontecimiento repentino, lo
confeccionaba a marchas forzadas el carpintero más cercano o más amigo del muerto
o de la familia; si algo de esta ceremonia ponía la carne de gallina, era el
momento en que el carpintero, a una indicación de quien asumía por sí las
funciones de director de todo lo que hubiera que hacer, ordenaba el cierre del
ataúd. Con martillo en mano y varias puntillas aferradas entre los labios, el
carpintero colocaba la tapa en medio del forcejeo de los deudos por alcanzar a
ver por vez postrera el cuerpo del amado e iniciaba el proceso de clavar
puntilla por puntilla y cada golpe parecía recibirlo el deudo en su propio
corazón por lo que aumentaba el tono de los lamentos y la profusión de
lágrimas. Eduardo insistía en que los carpinteros avezados tenían un ritmo
propio para cerrar las tapas de los ataúdes, muy diferente al claveteo de otros
muebles u objetos de madera. Y reproducía con la boca la onomatopeya del ritmo
fúnebre. No se conocían los candelabros, por lo menos en los sectores
populares, por lo que la mesa del comedor se habilitaba en una pieza de la
casa, generalmente la alcoba principal, como altar y sobre éste se encendían
cuatro cirios que iluminaban el sitio, pero si se trataba de una familia pobre,
cuatro velas de las más largas y gruesas que se adquirían de contado o al fiado
en la tienda más cercana. No era costumbre enviar coronas y los propios deudos
o los vecinos, elaboraban ramos de flores de los jardines caseros para adornar
el altar. Si el muerto era un niño, le amarraban las manitas con un lazo blanco
aferrando un pequeño ramo de flores blancas y le colocaban entre los labios un
lirio blanco y palitos en los ojos para mantenerlos abiertos "para que
pueda ver mejor el camino al cielo".
Solamente los adinerados del pueblo se daban el lujo de conducir el
ataúd al cementerio acompañado de un cura. Eran dos las clases de este servicio
religioso: con cruz baja a menor costo y de cruz alta para quienes tenían la
dicha de poder sufragar el elevado valor establecido por la curia. Con la cruz
baja el sacerdote y sus sacristanes y acólitos, abandonaban el cortejo a la
mitad del camino, no sin antes detener el desfile e impartir sobre el ataúd la
última bendición con agua bendita. En el de alta, el cura con toda su
parafernalia llegaba al cementerio y no regresaba hasta que arrojaban la última
palada de tierra.
Los
pobres no podían darse esos lujos y recurrían a hombres y mujeres que con sus
rezos y letanías suplían a los sacerdotes. Benigno se encontraba entre los
mejores y por tanto era de los más solicitados, especialmente el día de
difuntos, fecha en que los rezanderos le ganaban con mucha ventaja a los curas
en la preferencia de los deudos.
Pues
bien, con ocasión de la muerte de una persona en el barrio Montería Moderna,
centro de acción de los jóvenes ya identificados, a uno de ellos se le ocurrió
jugarle una trastada a Benigno, aprovechando la oscuridad en que dejaba el
recinto el último día de la Novena, y después de analizar los pormenores,
dejaron todo preparado para el momento propicio. Como en los velatorios de
ricos, acomodados y pobres, porque para
esas épocas la región no tenía indigentes ni familias en estado de miseria,
desde que se regresaba del cementerio en donde quedaba el cuerpo del fallecido,
todos, incluyendo a los familiares, se aprestaban a distraerse para "poder
acompañar a los deudos durante los nueve días" y para el efecto instalaban
varias mesas para jugar dominós, naipes, dado corrido y se invitaba a uno o dos
buenos narradores de cuentos y de chistes, que suspendían mientras se rezaba el
rosario, pero que se mantenían, noche tras noche y sin repetir, contando sus
chistes, anécdotas, historias y demás. En muchas ocasiones, y quizás para
facilitar el trabajo, se unían dos rezanderos para la novena y al mismo tiempo
se turnaban en la narración de chistes. Tal vez esta costumbre originó la frase
que ponía en duda algún aspecto: "No creas en cuentos de velorios".
También, durante esa etapa, se repartía abundante café, cigarrillos, y pasada
las diez de la noche, cuando la mayoría de los asistentes se retiraba a
descansar, los perniciosos recibían un tente en pie compuesto de una taza de
chocolate, una tajada de queso y un pan o un trozo de bollo, así como una buena
ración de licor.
Aprovechándose
de otra costumbre, como la de pedir dinero para ayudar a los deudos a sufragar
los costos de los funerales, compraron medio bloque de hielo, una buena
cantidad de aserrín y una batea de regular tamaño. El sueño de todos fue
ocasión propicia para meter la batea debajo del altar a la medianoche del día
octavo y el noveno, no sin dificultades y a eso de las cinco de la tarde, el
aserrín y el medio bloque de hielo, que abrigaron bien con el desperdicio de
madera para que no se derritiera. A las once de la noche, finalizado el
penúltimo rosario, Pedro Sancocho y Luis Sindulfo se escondieron debajo del
altar a la espera de la ceremonia de despedida del muerto. Cuando Benigno
inició el último rosario, Pedro Nel colocó las manos sobre lo que quedaba del
bloque de hielo. Llegado el momento del apagón y en medio de las tinieblas,
Benigno golpeó fuertemente sobre la mesa y llamó al muerto:
--¡Juan!
¡Juan!
Luis
Sindulfo, con voz de ñato y tono sepulcral, le respondió:
--Para
qué me llamas...
En
el mismo instante, Pedro Nel puso sus manos heladas sobre la pierna derecha de
Benigno, la pierna que mantenía al aire libre. El horrendo grito de Benigno lo
escucharon a las dos cuadras y cuando llegó al suelo, perdido el conocimiento,
solamente tres personas quedaban en la casa del muerto: Benigno, desvanecido
del susto, Luis Sindulfo y Pedro Nel con las manos casi congeladas por el largo
tiempo que las tuvo sobre el hielo. Ni siquiera los familiares del muerto
esperaron para verificar qué había producido el espantoso alarido de Benigno.
Los de la pilatuna no esperaron el regreso de los que salieron en estampida,
pero se les atribuyó como algo que no tenía dudas. Desde entonces, Benigno optó
por realizar la ceremonia de despedida del alma del difunto sin apagar las
velas del altar ni las luces del entorno.
EL CAMINANTE SIN
PIES
No
encontraba entre sus recuerdos la fecha en que emprendió el viaje hacia el país
de No Se Dónde. Hoy, al intentar las cuentas sobre el tiempo transcurrido no
pudo encontrarla y en medio de los esfuerzos por retrotraerse en el tiempo,
notó que le faltaban los pies. Tanto caminar los desgastaron, pero no lo había
notado hasta este momento, debido a que al final de cada jornada terminaba tan
cansado que se tiraba en cualquier lugar y se dormía inmediatamente y, al día
siguiente, consciente de su meta, despertaba y reemprendía el camino.
Se
habituó a caminar por sitios solitarios, a campo traviesa, dándole aplicación
al pensamiento de un poeta del principio de los tiempos que terminaban, que
afirmó: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Se preguntó si no
habría sido él quien hizo los caminos del mundo.
Jamás
usó la brújula y por ello ignoraba hacia qué puntos del horizonte se dirigía en
su transitar, y no descartaba que hubiera estado dando vueltas en una misma
zona. Tampoco se guio por las estrellas en su interminable viaje. No miraba al
cielo por las noches, porque al terminar la jornada diaria, en el momento en
que los rayos del sol se escondían en el ocaso, el sueño y el cansancio se
apoderaban de su cuerpo y dormía profundamente. Tanto, que despertaba cuando la
piel del rostro no soportaba el fuego de los de la mañana en el naciente nuevo
día.
Sólo
miraba hacia el frente, para no perder el horizonte que le permitiría llegar al
lugar que le fuera señalado por una misteriosa voz, que siempre lo había
dirigido. En el transcurso del viaje había escuchado, a lo lejos, otras voces
de seres humanos, pero jamás se había acercado a ellos. La voz le recordaba el
compromiso de no entablar conversaciones con sus congéneres. Cierto que entablaba diálogos con dos voces
que lo acompañaban, pero jamás se detuvo a establecer qué o quiénes eran.
Respondía y muy pocas veces preguntaba.
Pero
hoy, cuando se indagaba desde cuando había perdido los pies, debido quizás a la
lepra del tiempo, que como el orín acaba con el hierro, no encontró
explicaciones. Tal vez se desgastaron en la larga caminata. Y dedujo de dónde
provenían las voces que diariamente le planteaban los temas. Las vio cómo al
tiritar de frío se daban recíprocamente el calor que disfrutaron quién sabe
hasta dónde y hasta cuándo. El calor de los pies que ahora habían desaparecido
sin sentir dolor en las extremidades ni dificultades al caminar. Quizás a ello
se debía el que no hubiera reparado en la perdida de los pies, desgastados por
el tiempo.
–
¿Qué miras? Le pregunta una de ellas. ¿Es que acaso no nos conoces?
–
Tranquila, responde. Es que solamente en este momento me entero de dónde
provenían las voces que me acompañaban en el camino. También ahora me entero de
que no tengo pies. ¿Cómo te llamas?
–
Bien sabes que mi nombre es abarca, pero me apodan izquierda. Aquí mi hermana,
la llaman derecha. Salimos contigo en la era de las mucuritas, pasamos por el
tiempo del papindó y alcanzamos a ver desde lejos el momento en que los humanos
iniciaron el viaje al país de Más Allá.
–
¿Qué pasó con No Se Dónde? ¿Acaso perdimos el viaje? ¿Y mis pies, qué les pasó
a mis pies?
–
Tus pies se acabaron en la era de los primeros viajes espaciales y para no
quedarnos tiradas y abandonadas en el camino, nos esforzamos por aprender el
lenguaje humano y continuar a tu lado, le responde la abarca derecha.
–El
país de No Se Dónde, al que te diriges sin pausa, nadie sabe en qué sitio
queda. Te encaprichaste tanto que jamás preguntaste a los otros humanos que
encontrábamos en el camino, pocos, por cierto, por cuanto tu ruta no es el
camino de los hombres, agregó izquierda.
–
Más que terco, pareces loco. ¡Mira que nos dejaste sin el calor de tus pies y
apenas hoy, sepetecientos años después, es cuando vienes a darte cuenta! Dice
derecha con enojo.
–Sabías,
cuando iniciaste el viaje, que No Se Dónde no queda en parte alguna. Por eso
eludiste el contacto con los tuyos, temeroso de que te llamaran loco, y nos
condenaste a seguirte, porque ¿con quién hablar y a dónde dirigirnos? ¡Eres un
ingrato! No hay dudas.
–
¡No, no digan eso! Siempre hablé con ustedes. Es verdad que no hice esfuerzo
alguno por saber con quién lo hacía, pero jamás eludí una charla. También es
cierto que evité el contacto con los humanos, debido a que la voz me lo
prohibió, diciéndome que si la maldad existe es por los humanos.
Las
abarcas lo miran y guardan silencio. Los tres parecen, enmudecidos, analizar
las próximas palabras.
–
Esa es otra muestra de tu locura. Mira que tanto caminar para darte cuenta
ahora que la meta de tu viaje es tan irreal como la voz de tu interlocutor, se
pronuncia izquierda con firmeza.
–
Puedes seguir caminando hacia la utopía de tu voz. Total, ya los seres humanos
no existen. Tú eres el último y desapareces lentamente, sin notarlo. Nosotras,
después de meditarlo con cuidado, decidimos no dar un paso más a tu lado. Vamos
a regresar al lugar del que no debimos salir, sentencia con enojo derecha.
El
hombre guarda silencio por un largo rato, mientras las abarcas lo miran con
lástima, al considerarlo no sólo engañado sino derrotado. Cientos de años en un
viaje sin fin, caminando sin rumbo, para encontrarse con que la raza humana no
existe, que lo poco que quedó de ella salió hacia otro mundo, posiblemente tan
irreal como el buscado por su amigo. Él, mientras tanto, repasa mentalmente el
largo camino transitado, las peripecias, los sinsabores y la desesperanza por
no encontrar a No Se Dónde, tal como lo acaban de manifestar sus fieles
abarcas.
De
pronto su rostro cambia de la frustración, del desencanto, de la derrota, por
una expresión de seguridad y de satisfacción. Sí, es cierto que en los últimos
cien años no vio ni de lejos ni de cerca a otro ser humano. Desaparecieron de
un momento a otro. Y recuerda que, desde anoche la voz interior, la voz que lo
lanzó a la aventura se silenció tan misteriosamente como apareció, indicándole
que no estaba loco. Pero lo mejor, con ello le demostraba que al fin había
llegado a No Se Dónde. No era, como lo pensó al iniciar su viaje, un país. Era
un mundo, un mundo solamente para él, pleno de paz y tranquilidad, libre de
maldad.
–
¡Aquí me quedo! Dice con firmeza. Tal vez con el tiempo me salgan otros pies
con los que darles calor, queridas amigas, agrega, al momento de agacharse,
tomarlas con ternura y darle un beso a cada una, para después llevarlas
amorosamente al pecho en un abrazo.
EL CENCERRO DE DOLORES YA NO SUENA
Compró las
campanillas con las que armó su cencerro, durante un bazar de gitanos que llegó
al pueblo en un año que había olvidado. Lo cierto es que fue por allá cuando
despuntaba a la juventud, pero en sus actitudes y en su proceder afloraban con
frecuencia los de la chiquilla que había entrado abruptamente al mundo de los
adultos.
Cierra los ojos
y se traslada mentalmente a la época en que fue niña y recuerda que en las
noches, al intentar conciliar el sueño, se pregunta por qué no puede jugar con
sus muñecas de trapo, coser sus vestidos, utilizar los objetos de barro que
integran la vajilla con la que se
entretiene todas las mañanas, preparar los imaginarios asados para los cuales adapta
como carne las capas que rodean la cola del racimo de plátanos, tender los
manteles en la mesa imaginaria, poniendo uno sobre otro pedazos de hojas de
bijao, y mucho menos, por clara prohibición materna, jugar a la casita, una
imitación del hogar, con sus primos y amigos de la calle en que vive. Le está
prohibido seguir siendo niña y no obstante su ignorancia, algo le indica que es
injusto el tratamiento materno. No conoció a su padre y no recibe respuestas
cuando pregunta sobre él.
¿Qué pasó? No lo
sabía y mucho menos entendía, en aquella época, el por qué se abatió sobre su
condición de niña la desgracia que llevaría el resto de sus días. Pasaron
muchos años, tal vez veinte, para llegar a la verdad, porque como nunca fue a la escuela no pudo pasar en
las cuentas más allá de los diez dedos de las manos. Ignoraba cuál había sido el año de su
nacimiento, el día, el mes, la hora, como usan en estos tiempos, y ello le
impidió celebrar la fecha de su venida al mundo. Venida que se preguntaba para
qué la hizo, si en tanto tiempo de existencia nunca recibió una satisfacción.
Sólo desengaños, frustraciones, y como una burla del destino, su propio nombre
repetido infinitamente sobre la epidermis, en lo más profundo de su cerebro, en
lo más recóndito de su corazón, por una serie incontable de hechos y
situaciones que parecían no tener fin, a la espera quizás de su regreso al
lugar de donde vino.
Acostada sobre
la humilde cama de viento, que
consiste en dos crucetas sobre las cuales se apoyan dos largueros y alrededor
de éstos y con engrudo, se pega una lona, Dolores recorre mentalmente su larga
trayectoria de sufrimientos que los demás llaman vida, pero que, para ella,
cuando entendió lo que hacía, no es más que una forma de morir lenta y
cruelmente. La cama sobre la que está tendida, si hablara, podría relatar
detalladamente el drama de su azarosa existencia. Maquinalmente la mano derecha
va a la orilla de la cama y con los dedos acaricia la lona. Esta clase de lona
ya no la fabrican, si se compara con la que compró La Popana, que a los dos
meses se rajó por el pegue del larguero y se vino al piso con las crucetas, los
largueros, el pedazo de lona restante y sobre su cuerpo desnudo el del viejo
Maño Pico, también desnudo, recuerda, y en su rostro se pinta una sonrisa.
Pobre Popana, se salvó porque Maño Pico se adelantó al calvo Temístocles
Alcalá, o de lo contrario habría quedado apachurrada bajo la mole del
carpintero, dentro del cual cabía Pico unas cuatro veces y sobraba espacio.
Volvió a reír en silencio, olvidándose por breves instantes del repaso de lo
que había sido su existencia. La lona la compró en el almacén del italiano
Domingo D`Ambrosio, unos quince años atrás. Retrató en sus evocaciones al
italiano y a su almacén, y al muñeco en una de las vitrinas que daban a la
calle que parecía seguir con sus ojos al
que lo miraba y reírse de él, que se quemó junto con el almacén en una noche en
la que en un desquiciamiento temporal, le pareció haberse vengado de todos sus
sufrimientos, porque como pudo, penetró entre las llamas a luchar con los hombres que saqueaban, para
que no le fueran a robar los objetos de valor que ella divisaba desde la calle
y que anhelaba tener entre las manos. Tres veces desafió a la muerte y días más
tarde, cuando menguó la acción de la policía que requisaba casas de los que
sospechaban habían participado en el saqueo o habían sido denunciados como
tales, y el pavoroso incendio se diluía en los recuerdos de todos, comenzó a
deleitarse en los momentos de descanso, y en solitario, acariciando los
cuchillos, tenedores, cucharas, cucharillas y copas de plata martillada y otros
objetos cuya utilidad y valor desconocía. Todos, recordaba ahora, se perdieron
en las estanterías del almacén La Campana o en el del viejo Zabala, en donde
los dejó poco a poco en momentos de estrechez económica en calidad de
empeñados. Y se preguntaba cómo podían llamar a esos sitios montes de piedad o
montepíos, si no eran otra cosa que centros de robo a los pobres sin la menor
piedad. El pobre lo único que puede guardar son los recuerdos y las esperanzas.
Y los recuerdos del pobre son siempre dolorosos y las esperanzas fallidas.
En una ocasión
el poeta de La Granja, que la galanteaba desde que era un niño, llegó borracho
a su covacha y dentro de sus necedades le preguntó si no era ella una tal
Eréndira y si trabajó en Macondo. No demoró en su respuesta para informarle que
la única vez que salió de su tierra y pasó medio año en un pueblo que después
llamaron Sucre, fue para trabajar en el cabaret de Ceferina, más conocida como La Espuelúa, a la que solicitó cancelar
el contrato de trabajo, para no dejarse engañar en las cuentas pese a no saber
leer ni escribir. En esa época ya no tenía abuelos, ni padres ni hermanos ni
tíos ni primos ni ningún otro familiar y concluyó que fueron esas
circunstancias y la de no traer hijos al mundo para que no sufrieran, la mejor
satisfacción saboreada en sus largos años de vida. Con su oficio no apenaba a
nadie más que a ella misma. Por eso no se quitó ni escondió su nombre por un
apodo, como lo hicieron muchas otras. La Popana, su compañera de covacha varios
años antes, no le informó ni ella le preguntó el nombre verdadero, como tampoco
lo hicieron las mujeres a las que simplemente conoció como La Tumba Catre, la
Mella Lorana, La Leona, La Pintada, la Cola Loca, la Mona Carolina, y muchas
otras que ejercieron como ella el oficio más viejo de la historia y a las que
calificaban como mujeres de vida alegre, pero quien así las bautizó no ejecutó
el acto sexual con un borracho, un enmariguanado, un loco u hombres parecidos,
a los que soportaban por la necesidad de obtener el pan de cada día. Ellas
ganaban el pan diario, pero no con el sudor de la frente.
Estuvo de
acuerdo con algunas de las necedades del poeta borracho y reconoció que, para
no quedarse en esa localidad, en la que durante los inviernos se vivía, comía y
dormía en trojas, como las gallinas y junto con ellas, el único lapso en que no
tenía un hombre encima y en movimientos bruscos dizque haciéndole el amor, era
de las cinco de la madrugada a las nueve o diez de la mañana. El resto del día
lo pasaba tendida boca arriba en la cama, con las piernas cansadas o
entumecidas, soportando a clientes borrachos, porque se trataba de eso,
clientes. En su larga vida de meretriz, jamás conoció el amor. Y si no lo
conoció en la época de juventud y en pleno esplendor de su belleza, porque en
verdad lo fue, menos lo lograría ahora cuando sólo los niños y uno que otro
jovencito que intentaba alejarse del apareo con las burras, solicitaban sus
servicios por veinte o treinta centavos y por tan breve tiempo que sólo les
quedaba la satisfacción de haberse encontrado entre las piernas de una mujer
desnuda.
Pensaba que la
tal Eréndira, que el poeta calificaba de cándida quién sabe por qué, ni su tal
abuela desalmada, podían comparársele, ni a ella ni a su compañera María
Chávez. En su trabajo tuvo el honor de introducir en su sexo, cuando aún estaba
robusto, exuberante y lleno de vida, a un hombre cada cinco minutos, que
evacuaba, gracias a las contracciones vaginales que dominaba con pericia, todo
lo que tenía que expulsar. Y en aquellos tiempos fue ella la que renunció al no
poder continuar en vela después de tres días y cuatro noches sin comer y sin
dormir, dedicada a los agites sexuales. ¿Sería de allí que inventaron a la
Eréndira? ¿Fue la espuelúa la abuela
desalmada? El poeta, muy borracho, se durmió con un libro en el regazo, al que
abría, leía y le preguntaba.
La vida le había
deparado solo maldiciones y por esa razón no podía elegir cuál fue el peor de los
sufrimientos, cuál el peor momento ni cuál el mayor de los problemas. Como
entre una negra y espesa nube, alcanza a ver el pasado, cuando jugaba con sus
muñecas de trapo y sus pitos y figuras de barro de las que traían de San
Sebastián. Se obstinaba en no recordar, pero le era imposible, porque de la
nube negra surgía un espacio doloroso. ¿El más doloroso y vergonzante de su
existencia? Un hombre alto, fornido, de espeso y negro bigote, con la boca
hedionda a tabaco, la rodeaba con unos brazos que parecían tentáculos babosos,
gruesos y peludos, sentía placer pasándole los labios por la cara, que le
producían ganas de vomitar, insistiendo en que le diera un beso. ¿Un beso? ¿Y
qué es eso? se preguntaba. Su rebeldía, sus pataleos en medio del fuerte
abrazo, el intenso e insoportable olor a sudor, no obstante, los años
transcurridos y a los miles de hombres sudados que más adelante la abrazaron,
le molestaba en la nariz. Aquel animal monstruoso le fue desgarrando el vestido
y al quedar apenas con el moruno rosado que su mamá le había ordenado usar para
esperar a alguien que venía por ella, le metió dos gruesos dedos en el lazo de
la jareta dejándola desnuda. El
instinto le indicó que tapara, siquiera con las manos, la vergüenza de sus
intimidades expuestas a los ojos del extraño que parecían penetrar por cada uno
de sus poros. Su madre se encontraba en el dormitorio de al lado, pero ni los
gritos ni el llanto ni los ruegos la conmovieron para detener el desarrollo de
los acontecimientos. Paulatinamente fue cesando en los pataleos y quedó en
gimoteos, porque su mente infantil le anunciaba que venía algo irremediable.
Inerme ante la fuerza del monstruo estimó que así debía ser la muerte y la
esperó, aun cuando ella llegara con una lentitud desesperante. El monstruo se
proponía a ejecutar alguna cosa en ella y su madre estaba al tanto. Al momento
en que el hombre la acostó sobre la rústica cama y le apartó las piernas como
si fueran inservibles y fue quitándose sus vestiduras hasta quedar desnudo, un
temblor se apoderó de ella. Cerró los ojos dispuesta a morir al sentir sobre su
intimidad el roce de un garrote, algo parecido al manduco que su mamá usaba en
el lavadero para extraer a golpes la mugre de los pantalones y otras prendas
gruesas, que sin otro reparo fue taladrándola inclemente. El alarido como
consecuencia del intenso dolor debió escucharse en el caserío. Perdió el
conocimiento y al volver en sí su madre colocaba trapos para recoger la sangre
que brotaba de su vulva. El dolor era entonces más fuerte y atormentador y le
parecía que latía al mismo ritmo de su corazón. Estimaba que una roca de gran
tamaño había caído sobre ella dejándola aplastada y casi muerta. Miró a todos lados,
pero ya el monstruo no estaba en el cuarto. Se fue luego de destruir su cuerpo
y su alma. Su madre cambiaba los trapos que arrojaba, ensangrentados, a un
rincón, en completo silencio, pero no la miraba.
El toc toc en la
puerta de la covacha la volvió al presente. Dos muchachos estaban de pie frente
a la entrada, rojos de vergüenza, queriendo tornarse invisibles para que los
transeúntes no los identificaran. Conocía esta actitud por la infinitud de
niños y jovencitos que atendía desde veinte años atrás, cuando tomaron la decisión
de no recibir adultos ni volver a los prostíbulos ni reservados, ni menos a las
camas que las mama santas del caserío alquilaban por ratos. Abrieron su propio
centro de atención dirigido a los niños y a los jóvenes, por la facilidad de
utilizar un solo cuarto para esos menesteres. Para la época no se hablaba de
corrupción de menores y contrariamente a lo que ahora ocurre, los padres
patrocinaban, incitaban y proporcionaban a sus hijos las monedas suficientes y
se enorgullecían cuando les informaban que los habían visto en la puerta de la
covacha de Dolores Mass, esperando el feliz momento de entrar y estarse, aunque
fuera por poco tiempo, entre las piernas de una mujer desnuda. Se cumplía el
instinto de aparearse con la hembra y demostrar que no se variaba en el
cumplimiento natural de la continuidad de la especie. El hombre mantenía su
condición y era muy difícil, después de las experiencias sexuales con la mujer,
salir del camino que le correspondía. Por ello nadie se escandalizaba con la
entrada y salida de jóvenes y niños de la casa de Dolores, cuyo cencerro
semejaba con el sonar de sus campanillas el encanto del trinar de los
sinsontes, de los mochuelos, de los tordos, de los picogordos, los petirrojos y
de otras aves cuando se abría o cerraba la puerta en un concierto desde las
seis de la mañana hasta más allá de las siete de la noche. Pero esos niños y
esos jóvenes mostraban sus cuerpos como piel de gallina, abroncados de pena y
la cara roja de vergüenza, al pensar que alguien los viera entrar, sin pensar
que sus padres y abuelos quizás lo hicieron en el pasado, cuando Dolores Mass y
María Chávez eran mujeres hermosas, despampanantes y apetecidas por los
varones. Mucho antes de que ellas aprendieran a preguntarles: “¿Qué tal el
polvo de la pela?” Ni lo uno ni lo otro. No sentían nada y quizás jamás
sintieron o gozaron el placer del clímax y a lo que en el caserío se denomina pelá, es decir, una mujer joven, en
ellas había que buscarlas en un pasado lejano y olvidado. Solo vejez, arrugas,
vientres abultados, obesidad, senos enormes, flácidos, y desagradables e
insoportables achaques reumáticos. Lo que no las había dejado ni ellas echado
al olvido eran dos palanganas y dos jarras de peltre sobre dos butacas de
madera, una adornada con flores rojas y blancas sobre un fondo azul y la otra
con fondo blanco y flores rojas y amarillas, llenas de agua para facilitarles
la limpieza de sus fofos triángulos sexuales, cuando los jóvenes alcanzaban en
tan limitado lapso evacuar el líquido seminal. Por eso preferían a los niños,
que les facilitaba atender sin interrupción la mayor cantidad de clientes sin
bajarse de las camas. Los niños apenas botaban buena voluntad, pero negocio es
negocio y esa era la manera de obtener el alimento y las vestiduras para salir,
muy de tarde en tarde, a gestiones en otros sitios, por cuanto el tiempo
restante lo pasaban acostadas.
Pero el tiempo
pasa y no perdona ni hace excepciones con el ser humano. Indiferente,
insensible, ciego, sordo, sigue su marcha sin detenerse. Es posible que el
tiempo no exista, porque Dios no lo necesita. ¿Qué tal que él contara los
segundos, los minutos, las horas, días, meses, años y siglos? No tendría dónde
anotarlos. Por otro lado, se dice que, en el afán por emular la obra de su
creador, por desear sus atributos, el hombre inventó el tiempo y a él se
atiene, pese a conocer su fragilidad y temporalidad, y se deteriora y esclaviza
en lo intangible.
Dolores no fue
la excepción, por lo que el cencerro que tan alegre repiqueteaba cada cinco
minutos después que ella preguntaba ¿cómo te pareció el polvo de la pelá? fue
acallándose. Primero a cada diez minutos, luego a veinte, por varios meses a
cada media hora, luego a la hora, hasta llegar a una sola vez en la semana. El
cuerpo voluminoso bajaba con dificultades de la cama de lona que, pese a su
buena calidad, amenazaba con rasgarse por la vejez y el excesivo peso de la
mujer. Las necesidades fisiológicas la obligaban a bajarse cada madrugada, y
para no agacharse por la certeza de que no encontraría cómo levantarse,
mantenía la bacinilla encima de un taburete con asiento de madera. Allí,
evacuando las esperanzas de que se había alimentado el día antes, y los
recuerdos que persistían en repetirle sus vivencias tristes y alegres. Se
esforzaba por mirar su órgano sexual pero el abultado vientre no se lo permitía
y entonces le pasaba la mano y tropezaba con los callos formados por tantos y
frecuentes roces con cuerpos masculinos, cuya cantidad no podría repetir, en
sesenta años de actividad. Fue su único trabajo, su única actividad productiva.
Si el cencerro ya no suena, se dijo, no veía razón para continuar viviendo.
María, su
compañera de trabajo, la encontró sentada en la bacinilla, aparentemente
dormida, pero no se atrevió a calcular cuándo había muerto. El otrora alegre
cencerro, arisco como mula indomada, que se conmovía con el aire que penetraba
al cuarto, hacía meses que no sonaba y ambas se acostumbraron, a la fuerza, al
silencio. Antes de dar aviso de la muerte de la que además de amiga fue su
hermana, descolgó el cencerro, lo envolvió en una bolsa de papel y la metió al
caneco de la basura y se preparó a esperar lo que sabía estaba a un lado de la
puerta, porque los años también la habían vencido.
¡VIENE EL AGUA!
La Boca Cenicienta vomitó sobre el mar y las olas
llevaron a las playas una inmensidad de cuerpos con atuendos de mil colores,
como si se hubiera ahogado una compañía de teatro o arrastrado un almacén de
pinturas y las aguas del río primero, y las del mar después, adornaron las
playas en un trayecto de varios kilómetros.
Lázaro Villafañe refirió al que preguntaba cómo en
ese momento en que la oscuridad de la noche se va y los nacientes rayos del
sol de la madrugada llegan y se unen en
lo que llaman claroscuro, le ocasionaron el más grande susto de su ya larga
vida, al salir de su choza en la orilla del mar y pensar que alguien, tal vez
un cachaco vago de los que llegan dizque a conocer el mar, había volcado
galones de pintura sobre la arena, contaminándola para luego decir que ama el
mar tan profundamente que prefiere las playas como si fueran un arco iris. Es
que la gente es así, se decía Villafañe. Los cachacos quieren ver el mar como
un arco iris y los costeños desearían que las cordilleras fueran aplanadas para
no subirlas.
Pero nada de cachaco vago ni cosa parecida. La playa
estaba contaminada, sí, pero por el inmenso número de cadáveres que había
llegado hasta ella quién sabe de dónde. Lo que sí resaltaba es que la mayoría
eran cachacos de todos los grosores, tamaños y colores.
Un temor se apoderó de su cuerpo y volvió corriendo
a la choza en donde llamó a su compañera y a sus hijos, nueras, yernos y
nietos, para que lo protegieran. Se sentía víctima de una patraña diabólica,
porque lo visto en la playa no fueron turistas sino un cementerio de arena,
patas para arriba. Lo que debía estar bajo tierra había vuelto a estar encima.
Y si la cuestión seguía, nada de raro tendría el que ellos se encontraran abajo
en cualquier momento.
**
Entre la penumbra de una noche que languidece y el
claror de los primeros rayos del sol que tímidamente se asoman por el oriente,
Pedro Carpintero se sorprendió del panorama de la playa que presentaba desde la
casa de Luís Cotes hasta más allá de la cabaña de Ignacio Caballero, un matiz
variopinto. Cinco kilómetros, y quién sabe si algo más de playa, amanecieron
diferentes. Tal vez eran más colores, pero la lucha entre la sombra que huía y
la claridad que avanzaba aún no había terminado y sólo a las cuatro o cinco de
la mañana, podría establecer si era cierto lo que veía y qué otra cosa no veía.
Atribuyó la situación a la posibilidad de un
barco, que arrojan, cuando los guardacostas se descuidan, desperdicios
contaminantes que varían los matices originales creados por el sol sobre las
verde- azuladas aguas del océano. Si es una mancha de aceite debió encallar un
buque petrolero, piensa el viejo pescador que, ante lo insólito del paisaje
entre luces y sombras, prefiere regresar a la cabaña en donde aún duermen su
mujer, sus dos hijas y su hijo, así como los dos yernos, la nuera y los nietos.
No hay prisa y sabe de antemano que sus servicios para buscar una solución, aun
ofreciéndolos, no serán aceptados.
Los ingenieros y los técnicos no creen en los
pescadores. Desde sus oficinas en la lejana altiplanicie en donde el mar es
apenas un sueño, ellos disponen, recomiendan y construyen sobre algo que si
saben qué es, es porque la piel se les va a pedazos, como cuando la culebra
cambia su vestidura, luego de uno o varios días de baño como turistas. Los que
nacieron entre el mar, piensa Carpintero, gracias a las triquiñuelas y a los
negociados de los políticos y los funcionarios, son ignorados, y si acaso se
les deja, si tienen buena relación con un político, es participar de las utilidades,
porque en obras públicas, para todos hay una tajadita del ponqué.
**
En la Boca Cenicienta, donde simbólicamente se
atrapan las ahogadas aspiraciones de los cientos de miles de ansiosos de llegar
a las corporaciones administrativas y legislativas para acumular fortunas con
que gozar los últimos años de existencia y dejar para dos o tres generaciones
futuras, si no surge un despilfarrador en la familia, que pierda las
elecciones, vivía Antonio Oñoro, en una casucha levantada sobre una loma de
cieno, arena y otros elementos acumulados; salió en la madrugada hacia la
hacienda de los mandamases regionales y avanzaba en la penumbra silbando una
canción carnavalesca del viejo Ramayá, cuando tropezó con algo que lo envió al
piso. Pero no llegó al duro suelo, porque sobre éste estaba otro bulto. El
viejo Oñoro no había sufrido un susto tan inmenso como éste. Había tropezado
con el cadáver de un sacerdote y caído sobre el de un mastodonte de
uniforme militar, con el fusil ametralladora
atravesado a la espalda, pero que miraba inútilmente y boca arriba, el titilar
de las estrellas. El pavor lo hizo levantarse como si tuviera resortes y sin
esperar otra cosa desanduvo el recorrido, olvidado de Ramayá y al contrario,
lanzando alaridos como si llevara pegado al diablo en los talones.
Así, en cada población levantada a las riberas del
Yuma, los cadáveres adornaban las playas o seguían con el ritmo de los
remolinos girando eternamente en los recodos y los remansos como si quisieran
brindar a los niños, especialmente, el espectáculo de aspas gigantes triturando
los objetos como en una licuadora, mientras los demás siguieron su rumbo al
mar.
**
La despampanante Blanca Ordeño, se burlaba de sus
paisanos, porque todos la pretendían, pero ninguno se animaba a ofrecerle matrimonio.
No desaprovechaba por tanto ninguna ocasión para incitarlos, para elevarles la
bilirrubina, para enardecerles, para dejarles con los ojos abiertos de
admiración, cuando ella les mostraba, medio abriendo las rollizas y níveas
piernas, lo que cada hombre consideraba como algo del otro mundo. Por eso,
algunos se pasaban la noche en las inmediaciones de la residencia de Blanca,
levantada a la orilla derecha del caño, a la espera de una oportunidad de ver y
admirar todo el panorama y no los simples vislumbres que les tocaba en las
reuniones sociales.
A sabiendas de lo que ocurría, Blanca se levantaba
de madrugada y se dirigía al caño, en donde se despojaba de las ropas de dormir
y se metía en el agua el tiempo suficiente para que las lascivas miradas no
pudieran, en el claroscuro, determinar con exactitud lo que habían visto.
Cuando escuchaba un ruido colegía que un hombre venía sigiloso y por muy
precavido que fuera el mirón, daba por finalizado el baño, se colocaba las
batas y retornaba a su casa. Sabía que se había mostrado, pero de tal forma,
que nada había mostrado.
Ese día, sin embargo, estuvo a punto de suspender el
baño mañanero, al ver por doquier cuerpos de hombres que parecían esperarla,
tendidos por todos lados. Como muy poco miraba hacia abajo, porque el orgullo
de los Ordeño era precisamente eso, mostrarse superiores a los demás, mirarlos
de reojo como a caca de gallina o por encima del hombro, al dar el segundo paso
tropezó con un bulto yéndose de bruces. Miró furiosa a un hombre tendido cerca
a su puerta, del cual no se había percatado antes de iniciar el camino hacia la
orilla del caño. Le lanzó furiosa una patada, pero el golpeado ni se movió ni
se quejó. Permaneció así, como mirando el piso, sin dirigir los ojos hacia
ella. Se asustó, se puso de pie, miró a los demás y comprobó que ninguno se
movía. En la creencia de que lo hacían para que no se asustara, se levantó la
bata de dormir y giró sobre sí misma mostrando sus intimidades, grandes, por
cierto. Pero nada. Ninguno se movió. Fue entonces que comprendió que estaban
muertos, lanzó un aullido como de loba furiosa y hambrienta y se precipitó en
carrera hacia las casas cercanas desde donde comenzaron a salir los vecinos,
que por decenas de años se preocuparon por no olvidar los viejos tiempos de la
violencia partidista, pero como los de la policía política conocida como popol
ya no estaban, salieron para establecer qué ocurría. Fue entonces que el terror
se apoderó de todos, ante la inocultable realidad de que las orillas del caño
estaban colmadas de cadáveres. Cachacos de todos los pelambres, de todas las
condiciones, bien, regular o mal vestidos, yacían inertes boca abajo, boca
arriba, o a medio lado, con los ojos abiertos y las barrigas como tambor mayor
de una banda de músicos, y entre ellos algunos nativos que perdieron sus
fuerzas tratando de llegar nadando a tierra firme oponiéndose a la devastadora
riada.
Seis meses antes de los acontecimientos:
Los veintitrés ex senadores y los cuarenta ex
representantes, treinta diputados y ex diputados, los cinco ex gobernadores,
los cuatrocientos cincuenta concejales y ex concejales, así como los más de
cien mil empleados y ex empleados oriundos de la zona, se reunieron con el
“pueblo” en la plaza principal, para tratar el tema de la próxima inundación.
Hasta este momento, los del vulgo habían servido de idiotas útiles para
patentizar los efectos de la inundación anual, pero comenzaban a murmurar para
evidenciar su descontento, utilizando el medio más efectivo, el arma que arroja
mayores y mejores resultados: radio bemba. Es decir, el mensaje que va de una
boca a una oreja, disimuladamente, soterradamente, y que de esa oreja pasa a la
boca del receptor que busca prontamente otra oreja en que depositar su carga y
así, sucesivamente, hasta que de tanto ir y venir, regresa a la bemba original,
jamás empequeñecida, sino enriquecida de detalles que nunca imaginó el autor,
que sabe, sin embargo, que su misión se cumplió a cabalidad. Sobre los temas de
relaciones exteriores, asistió Paco Espuela, ex cónsul en un modesto país, que
escribió con el estilo original con el que el Creador dotó al hombre, su nombre
y el nombre de su país sobre las finas y elegantes baldosas del salón de
recepciones del palacio presidencial de ese Estado, frente a las primeras, segundas,
terceras y cuartas damas. Porque allí son tan humildes que únicamente el
presidente llega a tener una “querida” en cada ciudad. Y todas ellas exigieron
que además de una gigantesca fotografía en donde aparece el instrumento en toda
su grosura, largura y templanza, se protegiera la inigualable escritura dejada
por Paco, que pasó a la historia de ese país y del mundo y dejó el nombre de su
patria querida como si hubieran sido las Tablas de la Ley, grabadas por el
Creador en presencia de Moisés. Para que el nombre de Paco, de la región en que
nació, del país y del continente, se revistiera de permanencia en el tiempo, se
decidió no designar a ningún otro de esa zona para cargo diplomático alguno.
Paco quedó, pues, investido para siempre como diplomático y encargado de las
relaciones del pueblo, de la zona y del país, de todo lo atinente a
climatología, efectos positivos o negativos de las avenidas de los ríos, caños,
cañadas y quebradas, de las consecuencias hidrológicas de las lluvias, pero muy
especialmente, de la elaboración de programas pedagógicos nacionales e
internacionales sobre utilización correcta y positiva del estilo humano, porque
no todo es engendrar, como también del fomento de la “micciología”.
Un político
oriundo del sur del país, que imitó a Espuela como diplomático, también entró a
la historia de los “miccionantes” de la diplomacia, pero en menor grado, debido
al color pálido, como anémico, el corto calibre, la delgadez y la flaccidez de
su estilo, que ante el del ilustre representante nacido en Pueblo Mosquito,
sería lo mismo que comparar el miembro engendrador de un tití con el de un
asno. Su presencia en la reunión era, pues, imprescindible. Y aunque viejo y
algo decaído, la clase dirigente de Pueblo Mosquito, cuando las relaciones con los
de abajo, los indigentes, amenazaba, como el río y los caños, salirse de cauce,
le rogaban aparecer sobre una tarima para mostrar su estilógrafo y hombres y
mujeres, ancianos, niños y jóvenes, enmudecían de admiración y se arrodillaban
a elevar preces para conseguir, como lo consiguió el mico en el principio de la
Creación, que se les suministrara una pieza como esa, de inmediato o cuando se
sufriera el fenómeno de la reencarnación o de la resurrección, y todos
olvidaban el motivo que les perturbaba, que no era otro que lo que se destinaba
por el gobierno para ellos, jamás llegaba a Pueblo Mosquito, porque se enredaba
entre la urdimbre de cuentas bancarias de los dirigentes, desde el momento en
que el Emperador firmaba la autorización. Cada partida brotada del manantial
que todos conocían como Tesoro Nacional, se introducía tumultuosamente por el
gigantesco embudo de la altiplanicie de donde emergía aminorado, y así, de
embudo en embudo, no alcanzaba para remediar a los verdaderos afectados.
La clase dirigente regional, que lograba aparar en
la boca bancaria algunas gotas o secar con un buen pañuelo los bordes húmedos
del último embudo, sabía que era peor la sed y exigía y exigía. Y la próxima
inundación, la misma que desde que se produjo el primer encuentro entre los dos
mundos, llegaba indefectiblemente cada fin de año, ya se encontraba en
gestación sobre las alturas de las cordilleras y había que prepararse con
tiempo para evitar que volvieran a dejarles apenas las migajas del ponqué.
Cerca de diez días se necesitaron para llevar a cabo
las deliberaciones hasta convenir en que antes que láminas de zinc, bolsas de
cemento que corrían el peligro de mojarse y convertirse en piedra, de harina
vieja y con gorgojo, de unas pepas duras llamadas garbanzos por los cachacos y
que requieren treinta días de permanente cocción para medio ablandarlas, y por
lo que en todas partes llaman sopas de balín o ensalada de balines, se les
proporcionara el dinero en efectivo. “Tampoco queremos ropa vieja y remendada,
ni leche en polvo” recalcaron los del vulgo. Pero la suerte del miserable es la
misma en todas partes y en todos los tiempos. Como decía Aniano Castillejo, “el
que nace para policía del cielo le baja el bolillo”. Por primera vez en más de
un millón de años, no llovió en Pueblo Mosquito ni en la gran región conocida
como La Mojada. La espantosa sequía amenazaba convertir en desierto lo que por
centurias había permanecido bajo las aguas.
Por eso Paco Espuelas aceptó una tregua con Pagom
Chomez, y se dirigieron a la capital del país y hablaron con su santidad, Pedro
Matapalomas, el más importante representante de Dios en este reino, el más
humanitario y que desde el púlpito clamaba por la muerte de los terroristas que
no dejaban administrar bien a su majestad el emperador. y lo invitaron a una
rogativa con el mayor número de sacerdotes, lo que fue aceptado y viajaron
hasta la región cientos de miles de personajes importantes, que ni siquiera
vinieron para los funerales de la mama grande.
En aviones, helicópteros, limusinas, busetas, buses y
microbuses, automóviles, motos, caballos, burros, y a pie, la romería más
grande de la historia se dirigía, como los conducidos por Moisés en el éxodo,
hacia la tierra prometida, la tierra que había enriquecido a tantos mandatarios
nacionales, regionales y locales, a dirigentes de la política y a los avispados
de todos los partidos que, para aprovecharse de las arcas públicas del imperio,
no escatimaban esfuerzos. “Hay que salvar la fuente inagotable del oro que nos
favorece y al mismo tiempo contribuye a la riqueza nacional”, pregonaban por
los megáfonos Paco y Pagom, que abrían el camino hacia la tierra en que los
Aurelianos y la vieja Úrsula, las Amarantas y las Eréndiras habían agitado sus
existencias en el pasado remoto.
**
Ramiro Méndez estaba en el baño cuando comenzó a
escucharse a la distancia un extraño ruido. Pensó que podría ser el agua del
río de Robledo y no se levantó de la taza en donde, una vez más, comprobaba el
grande esfuerzo de su progenitora en el momento de parirlo un día de mayo
sesenta años atrás. Desde que la diabetes se apoderó de sus intestinos, cada
mañana era un martirio el evacuarlos. Desde las cinco de la mañana iniciaba sus
pujos y paría cada media hora un diminuto canuto de mierda que había arrancado
quién sabe de dónde, que se solazaba entre las tripas con la obstinación de no
venir al mundo, y que le rompía el conducto rectal y los esfínteres. Seis
enanitos lo habían llevado al máximo de la tolerancia en esta mañana y no
descartaba que cualquier día de éstos, metiera ano arriba una pinza para
agarrarlos y sacarlos. No evacuar le había formado una barriga voluminosa. Y lo
peor, pensaba, es que a las nueve o diez de la mañana, le atacaban las ganas,
cualquiera fuera el lugar en que se encontrase. Ganas frustradas, esperanzas
inútiles, porque si entraba a un sanitario, pujaba sin parir.
El ruido seguía aumentando y por ello le preguntó a
su mujer qué pasaba y ella le dijo que a la distancia parecía que venían
millones de palomas, pero él descartó el asunto. Si como habían dicho en las
emisoras, este día llegaba el Cardenal Matapalomas, ninguna de esas aves se
atrevería a pasar ni siquiera a cien kilómetros de La Guaripa, las Majaguas, Zaranda
o cualquier otra población de La Mojada. Descartaba al dios regional, al que
llamaban Monseñor, que con anterioridad informó que no le alcanzaba el tiempo
para atender el cementerio y el horno crematorio de cadáveres de ricos, ni el
motel, construcción que arruinó a las mamas santas de la capital. Decidió que
ni siquiera abortando o mediante una cesárea, saldría otro enanito, por lo que
se limpió el trasero y estableció que hoy, por la cantidad de expulsiones, la
mancha de sangre es mayor en el papel higiénico y la inutilidad de sus pujos se
afianza en la realidad. Se alzó los pantalones, apretó el cinturón sobre el
voluminoso estómago y salió del baño a comprobar qué era lo que causaba el
ruido ensordecedor que molestaba sus oídos. Mentalmente agradeció a su mamá los
esfuerzos para parirlo, pero él sufría más. Su mamá lo había expulsado del
vientre a los nueve meses y no volvió a parir, mientras que él paría todos los
días y no expulsaba nada ni a nadie.
Salió de la casa y al llegar al patio alzó la mirada
y vio que se trataba de aviones, tantos, que ocultaban la claridad de la
mañana, como si un pintor fuera dando brochazos con pintura negra. Le señaló a
la mujer la realidad y le recalcó que donde estuviera el cardenal Matapalomas,
no llegarían las aves. Él las odiaba y ellas le temían. El único animal que
gozaba de las simpatías del jerarca religioso era el elefante, que le había
servido de referencia para enjuiciar a los demonios.
**
Julio Ruz, Narciso Ordeño, Nicolás Sampao, Juancho
Jorge y los demás, que por años habían permanecido listos con los picos, los
barretones, las palas y otros elementos, a la espera de que lloviera en las
cumbres del país y correr a debilitar los terraplenes construidos por el
gobierno nacional en la temporada invernal del año anterior, para que no
resistieran la fuerza del río de Robledo e inundaran cientos de miles de
hectáreas, habían estado deambulando de aquí para allá y viceversa, a la espera
de una crecida que no venía, lo que no había ocurrido jamás. Esperaron entonces
la romería que encabezaría Pedro Matapalomas, a la que se agregaría el
Emperador y sus visires y vasallos, así como el cuerpo diplomático de las
naciones que anualmente también se acostumbraron a enviar ayudas a los
damnificados. Era la costumbre secular: vivir de las migajas que quedaban, por
cuanto el despojo se iniciaba en la capital del imperio, en donde el Emperador
y sus más allegados se apoderaban de una buena tajada, le dejaban otra a los
miembros de las Cámaras, la de los nobles y la de los vulgares, que hacían lo
mismo, que remitían lo poco que quedaba a los representantes del gobierno en la
región, luego a los políticos y finalmente a los pobres, a la gleba, que se
contentaba con “ayudas” de ropas viejas, de toldillos percudidos, de sacos de arena,
de arroz envejecido, de harina con gorgojos, y otros elementos, así como unos
cuantos billetes para esperar la siguiente inundación.
Habían soportado, primero con paciencia, luego con
furia y otra vez con paciencia, los acontecimientos. Brindaron a la llegada de
los empolvados vehículos, una buena y entusiasta recepción a Pedro Matapalomas,
porque como buen representante de Dios en la tierra, bien podría, con sus
oraciones, obtener que el cielo se apiadara de ellos y lloviera, aun cuando
fuera otra vez el diluvio universal. Lo importante era que los ríos y los caños
y quebradas recibieran un buen surtido. Los entusiasmó al máximo ver cómo la
enorme y espesa polvareda levantada por los miles y miles de vehículos que
habían venido desde los cuatro puntos cardinales de la geografía nacional,
descargaban un mínimo de cinco pasajeros y volvían por otros a toda velocidad
al puerto más cercano y a los aeropuertos de toda la región.
**
A las ocho de la mañana, luego de limpiar la
sementera de su mujer, que persistía en que las plantas curaban más que los
menjunjes de Enmanuel, el “médico” natural que los visitaba cada mes o los
jarabes y las pastillas curalotodo que les entregaban en el puesto de salud, el
viejo Julio Góez, encorvado frente a la barbacoa atendiendo las matas de
árnica, de hierbabuena, hierba santa, toronjil, manzanilla, etc., escuchó a los
lejos el ensordecedor ruido en el cielo de La Guaripa. No le puso mucha
atención, porque sabía que los aviones del gobierno pasaban con frecuencia y
combatían ferozmente a los terroristas que en el parque El Rayo o en las
veredas del municipio de La Zaranda, los amenazaban con matar a los pilotos o
derribar los aviones. Bombas de todo tamaño caían entonces sobre los
“campamentos” y acababan hasta con el nido de la perra, como castigo a la
osadía de enfrentarse desde tierra y con los dedos a manera de cañones a las
gloriosas fuerzas del aire. Así murió su hermano Benedicto con su mujer, Lucía,
y los siete hijos que habían levantado, cuando una bomba que cayó a tres metros
de la casa encendió unos dos kilómetros a la redonda de cultivos de arroz,
cacao y otros productos. Cuando fue al “sitio” a quejarse por el asesinato, el
jefe militar le dijo que no molestara o sería llevado a la justicia militar
acusado de ser hermano de un terrorista. Igual cosa le pasó a los Mendivil, a
los Barragán, a los Muñoz y a otros de sus familiares y amigos. En verdad, le
daba miedo, mucho miedo, el zumbar de los motores de los aviones y cuando los
ojos no ven el cuerpo no siente dolor, prefirió no mirar. Se imaginaba apenas
el tamaño de los dos o tres aviones, que deberían ser enormes de acuerdo con el
ruido que producían, pero la luz del sol mañanero se fue opacando y el ruido
aumentaba de tal manera, que se llevó las manos a las orejas para tapárselas,
pero todo fue en vano. Obligado por las circunstancias, miró al cielo y éste
había desaparecido. Los aviones eran tantos y de todos los tamaños y marcas,
que habían sido capaces de tapar la luz del sol. Por doquiera que dirigió la
mirada, las tinieblas se habían apoderado del espacio y por ninguna parte se
veía un rayo de sol, como si repentinamente hubiera llegado la noche. Dos horas
después, cruzó la última línea de aviones, pero no habían lanzado bombas a los
terroristas. Cosa bien rara para Julio Góez, que ignoraba lo que acontecía
cerca de allí, en La Mojada, que, debido al riguroso verano, empezaban a llamar
La Reseca. ¿Para dónde irían tantos aviones?, no pudo responderse y menos aún,
responder a sus familiares y vecinos que corrieron hacia él para tratar de
desentrañar el misterio.
**
La necesidad de escuchar a los dirigentes locales de
La Mojada, de Nicho, de Achú y de otros poblados, impidió al Emperador atender
a sus asesores inmediatos con la noticia que le traían, pero, ante todo, para
mantener su lema de laborar…laborar…laborar. Dispuso que se hiciera un consejo
comunal para oír al pueblo de La Mojada, pero como siempre, la única voz era la
suya, la única mente que pensaba la suya, la única persona que todo lo sabía y
lo solucionaba era él. Y como había que atenderle con atención y paciencia, a
lo que se sumaban los ruidos provenientes de las más de diez mil personas que
venían en la romería organizada por Pedro Matapalomas, el de los motores de
automóviles, camionetas, camiones, buses, busetas, barcos, lanchas, canoas, los
aviones de la fuerza del aire que se mantenía atenta para brindarle respaldo a
Su Majestad, y la cháchara general, nadie escuchó el estruendo que bajaba por
el río. En los tres días de la romería, no les pusieron atención a las últimas
noticias del caracol ni a la caldereta que tronaba en la cadena Casa de Nari.
Entre el emperador y el representante de Dios, se solucionarían las cosas y,
por ende, se les debía dejar espacio para los esfuerzos mentales del gobernante
y las elevaciones espirituales del santo sacerdote. Por eso nadie escuchó las
noticias que anunciaban lluvias torrenciales que ya caían en las alturas de las
cordilleras, y que las aguas llegarían de un momento a otro, inundándolo todo,
con el consabido arrastre de los cultivos y ahogando perros, gatos, marranos,
reses, gallinas, pollos, pavos y demás animales domésticos. Menos aún
escucharon el avance noticioso sobre la ruptura de dos represas de las que se
alimenta el sistema eléctrico nacional, por cuya razón los caudales de los ríos
cercanos, especialmente el de Robledo, aumentaban a razón de medio metro por
minuto.
**
Casandro Arana, a quien nadie ponía atención y mucho
menos le creían, ni siquiera en su casa ni entre su familia, fue el encargado
de anunciar la catástrofe. Pero no le creyeron. En el pasado vaticinó que al
sujeto al que llamaban Cara de Loro con Rabia, terminaría tras las rejas de una
cárcel por actos criminales, pero se burlaron de él y de su presagio. Ni
siquiera cuando se convirtió en realidad, se le dio el crédito que merecía. Por
poco no lo matan al intentar penetrar a la fuerza al recinto en donde Monseñor
elevaba su cara y sus ojos a las alturas en una supuesta conexión con Dios.
Esperando el milagro de que comenzaran a caer las gotas de lluvia que sería la
salvación de La Mojada, todos lo silenciaron y la guardia que preservaba la
humanidad del jerarca eclesiástico lo sacó a patadas y trompadas y lo lanzaron
al lecho del caño, que por falta de agua y el
intenso verano, se había convertido en un lecho de terrones resecos que
le arrancaron la piel mientras rodaba.
Casandro gritaba a todo pulmón: ¡Viene el agua! Y el agua llegó intempestivamente. Se metió
por la boca del cura, por el canal del perro, por la boca de los pendejos, por
el chorro de Zaranda y se regó a lo largo y ancho de La Mojada. Cuando midieron
el peligro en que se encontraban pensaron en lo mismo, en trasladarse a la
orilla del caño, pero nadie supo decir en dónde había quedado el caño. Todo era
agua. Como eran las últimas horas de la tarde del domingo, la mayoría de los
choferes, de los conductores de lanchas y de los aviadores, retozaba en los
bares de la región. Nadie pudo hallar cómo salir de donde se encontraba, pero
la angustia adquirió dimensiones insospechadas, cuando las aguas subían y
mojaban las perneras de los hombres y las faldas de las mujeres y persistían en
subir y subir. Sorpresivamente un helicóptero se situó encima del lugar en
donde el Emperador presidía el consejo comunal, lo enlazaron y lo subieron.
Muchos quisieron agarrarse a la cuerda, pero la guardia personal no los dejó.
Las gloriosas fuerzas de batalla mostraban una vez más su celo por salvaguardar
al ángel protector del país. El helicóptero subió y se dirigió fuera de la
zona. Monseñor Pedro Matapalomas clamaba para que lo recogieran, sin darse
cuenta de que, por primera vez en su vida, El Eterno le había prestado atención
y le daba el agua que estaba pidiendo. A las ocho de la noche nada quedaba en
pie, nadie había sobrevivido, los cientos de miles de cachacos y los nativos,
que si bien sabían nadar no les alcanzaron las fuerzas para mantenerse encima
de las aguas, viajaban a la deriva, muertos. Ahogados por la abundancia del
agua en sus estómagos, pero felices porque la inundación, como nunca antes y
como nunca después, había tenido ocurrencia. Lástima que nadie supiera ni le
interesara ya, saber dónde quedaron los baúles, las cajas fuertes y los demás
lugares en que guardaban el dinero que llegaba año tras año con las inundaciones.
EL CRIMEN ES MI CONDENA
El capitán “Tabaco
Viejo” se negó a dejarnos descansar durante la noche, para que pudiéramos
llegar cuanto antes al caserío de Burra Mocha, levantado primero por indígenas
zenúes y al cual, huyendo de los ataques de gente armada, llegaron más tarde
campesinos de la región, huyéndole a las balas que nosotros, los asesinos del
momento, repartimos con deleite sobre la gente indefensa. No hacemos más que
repetir lo que hicieron en el pasado otros como nosotros que, por un mísero
salario, le quitamos la vida al más pintado. Siempre que me obligan a caminar
tan largas distancias, para no aburrirme ni cometer la locura de una protesta,
me encierro en mis pensamientos. Tabaco Viejo, así le dicen a quién nos comanda
porque su título en las filas era el nombre con que se identificaba en la
juventud de mi padre, un excelente tabaco grueso, aromático y deleite de los
fumadores. En aquellas épocas el tabaco no era origen de ninguna enfermedad
grave, solamente el guargüero y la tos persistente. Ese tabaco grueso tenía una
anilla con el número que adoptó el comandante, que cuando se trata de matar, se
regala para ir al infierno, si es necesario.
Tabaco viejo es
descendiente de inmigrantes árabes, que como todos los llamados “turcos”, se
enriquecieron con el comercio y conforme a las malas lenguas, con la
falsificación de billetes, el contrabando, la estafa, el robo y otras
actividades criminales. Lo que no hicieron los árabes que llegaron de primero,
supuestamente pobres de solemnidad, fue incurrir en el asesinato. En los dos
últimos siglos, los árabes engañaban y nosotros, los hijos de los nativos, nos
dejábamos engañar. Se decía que, si alguien mataba a otro, era secuela de la
sangre española que heredamos desde el momento en que dos mundos se encontraron
y el poder de las armas favoreció al que vino en aventura, jugándose la vida.
Ellos nos enseñaron, a indios primero y luego a indios y negros, que la vida
era valiosa, pero para los españoles, para nadie más. Por eso a los negros los
esclavizaron y le dieron un tratamiento abominable, mientras que, a los
indígenas, llamados quién sabe por qué indios, iniciaron el proceso de
exterminio embobándolos con las cruces. La cruz de palo de los misioneros, tan
siniestros como los demás, y la cruz de la espada. Cuentan las leyendas que
cuando los indios miraban el resplandor en la hoja de la espada, los españoles
los invitaban a agarrarla y luego halaban, intempestivamente, el arma dejando
regado en el piso la sangre y los dedos de los incautos. En el caso de los
negros, escudados en que ni indios ni negros tenían alma, los invasores se
apoderaban abiertamente de las mujeres y copulaban con ellas delante de los
padres, de los hijos, de los maridos, pero en la llamada colonia, los negros,
cuyos atributos viriles eran superiores a los de los blancos, y por ello
llamaban la atención de las primeras putas que llegaron a “construir un mundo
mejor”, no podían enamorarse de esos mismos negros. Cuando los sorprendían, en
vez de matar a la adúltera, se le perdonaba y el negro culpable de introducir
su miembro en la vulva blanca, era bañado en grandes depósitos de agua
hirviendo, en donde si no morían ahogados, morían como consecuencia de las
graves quemaduras en el cuerpo. A los árabes, por lo menos en el nuevo mundo,
no se les puede achacar barbaridades tales, porque cuando ingresaron ya ese
nuevo mundo había envejecido. Teníamos la maldad introducida en la simiente.
Nos corre por la sangre. Entonces se dedicaron a comerciar telas y otros
artículos. Venían supuestamente muertos de hambre, pero antes de dos años ya
poseían inmensas riquezas. Fue, decía mi padre, que se trajeron la lámpara de
Aladino con ellos y el genio los enriquecía prontamente. Y se aposentaron y de
inmediato iniciaron el proceso de apoderamiento de todo lo que fuera riqueza y
de las fuentes conocidas o de las potenciales. Y observando cómo los españoles
medraban solitarios en los asuntos de la política y la administración pública,
orientaron a sus hijos a imitarlos y superarlos. Hoy, de cada diez ricos, nueve
son de ascendencia árabe; de cada diez comerciantes, nueve son hijos o nietos
de árabes; y de cada diez miembros del gobierno, de lo que llaman los poderes
públicos, son hijos y nietos de árabes. Los encuentra uno en todas partes,
regados como verdolaga en playa.
Sin embargo,
solamente fueron los nietos y biznietos los que se introdujeron en el negocio
de la muerte. Desde altos funcionarios del Estado, hasta íngrimos e ignaros
descendientes de Alí Baba, se sienten felices de quitarle la vida a los que por
cualquier razón les cae mal. Y Tabaco Viejo es un ejemplo. Dicen que está loco,
pero solamente cuando consume drogas hasta el infinito, se le observa en los
ojos el deseo de matar. El resto del tiempo es hasta un hombre alegre,
amistoso, caritativo.
En La Chenche,
pude comprobar que Tabaco Viejo, cuando está bajo el poder de la droga, bien
podría matar a su propia madre. En esa ocasión una pobre anciana le pedía que
se acordara de la madre, que debía ser vieja como ella, y él le contestó que,
si esa vieja hijueputa estaba en el poblado, que le dijeran dónde para hacerla
picadillo y comérsela en el desayuno del día siguiente en un revoltillo de
huevos. Y juró que no tenía madre, porque la suya, además de puta, era loca.
Puta porque según él, su padre no era capaz sexualmente con ella, y loca,
porque se creía favorecida por los dioses y bajada del Olimpo. Y se atreve,
gritaba, a escribir unas porquerías asegurando que son poemas. “Ni en el culo
ni con el culo puede esa vieja mal nacida hacer poesía”. Desde ese instante, me
atreví a jurarme a mí mismo, que nunca entablaría con ese loco una discusión y
evitaría sus reclamos, y acataría sin discusión sus órdenes.
Usted me dirá que
yo estoy tan loco como él, porque a sabiendas de las condiciones de mi jefe
inmediato, sigo en las filas de esta agrupación de asesinos apoyados por el
gobierno, creada por los terratenientes, los ganaderos y miembros del gobierno,
que se enriquecen con lo poco que tiene el campesino pobre. Desde el primer
mandatario hasta el último concejal o alcalde, todos están unidos con el mismo
propósito: enriquecerse sin trabajar. Si un matón como Tabaco Viejo, no puede
sin embargo subir en la escala de la agrupación y apenas sí le confían las
mujeres de los superiores, y algunos dicen que lo hacen para ver si se propasa
y comete una falta para poderlo matar y cerrar su boca de una vez y para
siempre, se puede usted imaginar cómo son los que están arriba. Son diferentes
frente a las pantallas de televisión en donde juran y perjuran que acabarán con
la violencia del país, a como actúan cuando llegan a los campamentos para
entregar las listas de los que deben morir, de los que deben ser despojados de
sus bienes y no escatiman ningún elogio para nosotros, porque cumplimos las
órdenes y de esa manera “adecentamos a este país, garantizamos la normalidad de
los campos, solucionamos los problemas que afectan a los pobres”.
Y nosotros matamos
sin siquiera razonar qué más ganamos después de la mísera paga que nos
entregan, y qué ganan los que desde la sombra dirigen el asunto, que cada día
tienen más tierras, más edificios, más almacenes, más industrias, más plata en
el país y gruesas cuentas en bancos de otros países. Pero la ignorancia, madre
de todos los vicios y de todos los errores, nos enceguece y no nos permite
pensar. Porque aquí, entre asesinos, se acorta la vida en la medida en que
pensamos. “A ustedes no se les contrató para pensar”, grita desaforadamente
Tabaco Viejo, “a ustedes se les contrata y se les paga para cumplir las órdenes
de los superiores”. Y tanta verdad dice, que Grisales, el paisa, asesinó a su
hermano Julio porque al ítalo le cayó mal en el momento en que lo conoció y lo
tildó de sapo al servicio de la guerrilla. Con sangre fría, ciego, sordo a los
reclamos de su hermano, el paisita fue matándolo a machetazos bien medidos y
bien orientados, para que sufriera al máximo. Por ello, Tabaco Viejo lo premió
con una semana de permiso y lo dejó aposentado de una parcela en la que diez
mujeres lo atenderían como a un Emir, el emir que él habría querido ser, si
hubiera nacido en Arabia y no acá.
Los horrores que
he vivido, peor aún, los horrores que he causado a pobres campesinos cuyo único
pecado es querer subsistir trabajando la tierra, representada en minúsculas
parcelas, no podrían escribirse sin que el escritor se volviera loco.
Horribles, al punto de llevarme a creer que el infierno no está en otro lugar
que aquí en donde tengo mi campo de acción y que tanto el italiano como mi
comandante directo, y muchos otros que aún no conocemos, son Satanás y sus
esbirros. Por esa razón, no entro en detalles, porque si durante la llamada
“época de la violencia” se ejecutaron crímenes inenarrables, los de ahora,
perfeccionados, los dejan como simples ensayos para ensangrentar el suelo de la
patria.
Lo más peligroso
para nosotros no es un encuentro con las que pomposamente califican de “fuerzas
armadas”, porque ellas nos acompañan y hasta nos alientan con buenas tajadas
del presupuesto público. Tampoco es un peligro un encuentro con la “guerrilla”,
porque en muchas ocasiones ejecutamos acciones conjuntas. Usted me dirá que eso
es una solemne mentira, pero no. Es una realidad que yo tampoco podía tragar.
Solamente al ver a manteles a funcionarios del gobierno, comandantes
guerrilleros, a mis jefes inmediatos y a gobernantes de alta condición, así
como a los más calificados dirigentes políticos de los partidos existentes, me
convencí que en este país nuestro, nos matamos para complacer intereses de un
reducido grupo de individuos que directa o indirectamente nos gobiernan. No
somos más que marionetas al servicio de quienes tienen en sus manos las riendas
y siembran el odio, riegan la sangre y llenan los cementerios, para apoderarse
impunemente de las tierras. Todos quieren tierra, como si fueran muchachos
viciosos y presentarse como terratenientes y por tanto millonarios. Todo eso es
un peligro y guardamos silencio, porque el silencio dizque es más
elocuente. Esa es la razón para no
hablar entre nosotros de la realidad, ni comentar n i criticar. Las órdenes son
órdenes y se nos paga para cumplirlas. Además, uno no sabe si a quien le hace
un comentario lo delata y lo dejan a uno como para venderlo en el mercado como
si tratara de carne de vacas.
Pese a ello, y
quizás se deba al tiempo que llevamos juntos, siempre encuentra uno a quién
revelarle sus pensamientos. Ello nos permite saber que aún hay tiempo de
reivindicarse, de lograr el perdón, de castigar a los que diezman al país.
¿Pero, cuándo? Quién sabe. Solamente Dios podría dar respuestas a esas preguntas,
pero Dios no da respuestas directas y uno no habrá de saber si son simplemente
deseos de cada uno, aspiraciones de algo que jamás habrá de llegar.
En el momento en que doblaba la esquina observé la fuga precipitada de
tres jovencitos, pero la soledad del entorno me dijo que no había peligro
alguno ni para mí ni para ellos y no entendí la carrera presurosa con la que
abandonaron la zona, hacia un lugar indeterminado sobre el cual cruzaba la
carrera quinta y a pocas cuadras se erguían las torres de la iglesia de San Laureano.
La pequeña historia, esa a la que no se tiene en cuenta pero que es quizás más
real y verdadera que la oficial, asegura que en una ocasión, en la que dominaba
al país el partido azul, se dispuso la erección del templo católico de la
céntrica zona, tiempo después convertida en sede de los gobiernos regionales y
de los organismos armados tras los cuales se amparaban, y le dieron el nombre,
no tanto para honrar la memoria del santo, sino al verdugo que dirigía al
partido, al que llamaban el basilisco.
Una pareja, también joven, en arrumacos amorosos, apareció por una de
las esquinas siguientes y simularon no verme, ni siquiera cuando al tropezar
con el zapato un rollo de papeles, me agaché para revisarlo y establecer su
contenido. Pensé que se le había caído a uno de los que corrieron instantes
antes por la calle y que desaparecieron al llegar a la calle treinta y cinco.
El contenido del rollo de papeles lo transcribo a continuación, con la
observación de que la escenificación de los jóvenes que huyeron y de la pareja
de enamorados, no tenía otro fin que entregarme una visión diferente a la que
se había divulgado oficialmente, tanto por parte del gobierno como de uno de
los grupos insurgentes, quizás el primero que, con el nombre de guerrilla,
apareció en el país. Si bien es cierto que formaba parte de una entidad
gubernamental, en los registros de seguridad nunca me sería borrado el pasado
en el que, como consecuencia de la rebeldía juvenil, milité en las juventudes
comunistas, pero dentro de una de sus ramas clandestinas, tanto, que ni el
aparato directivo juvenil ni del partido propiamente dicho, sabían de su
existencia. A ello se agregaba la divulgación franca y abierta de mi sentido
social, de mi rechazo a las acciones opresivas del gobierno, como militante
activo del partido rojo, y el tratamiento humano a los que por desgracia caían
en las redes del gobierno, que generalmente quedaban en mis manos. Un
tratamiento adecuado a los presos, sin violencias físicas ni síquicas, tal vez
porque yo había sido víctima de los sistemas de tortura oficiales, que siempre
han existido. Si bien es cierto que en ocasiones se dora la píldora, en otras
los gobernantes muestran el cobre y no les importa qué pueda decirse de ellos
posteriormente. En uno de mis escritos, ya viejo, por cierto, aseguré que pasar
las páginas del libro de la historia de mi país, era una manera de verse
salpicado de sangre y de mierda, porque en esencia, eso había sido la vida
nacional desde el instante aciago en que dos mundos se encontraron y los
condenados a muerte o a cárcel perpetua en la supuesta “madre patria”,
iniciaron los dos genocidios más aberrantes de la historia universal. Por eso
los gobernantes de mi patria ignoran la historia, ante el convencimiento de que
quienes la escriben se afanan más por resaltar el progreso y los programas de
gobierno, que el desarrollo de las masacres, de las torturas y la infinidad de
desmanes cometidos a nombre de la patria y la defensa de sus intereses y de las
instituciones. No hay historia sin cosméticos, no hay historia sin mentiras
piadosas. Dice el rollo de papeles:
“Fuiste elegido para guardar la realidad y la verdad de un hecho, del
que no podrá hablarse en mucho tiempo, hasta que mueran los protagonistas del
mismo, sin correr el peligro de retaliaciones personales y familiares. Eso
pensamos hoy. ¿Quién nos asegura que en el futuro las cosas no serán peores que
en estas calendas? Tu juicio ponderado, tu espíritu de entrega a las causas
justas, tu sentido de equilibrio y tu conocimiento de lo que acontece en este
país, no obstante ser miembro de uno de los aparatos represivos del Estado, nos
garantiza que guardarás la mesura necesaria y que, si es imposible divulgar
este documento, juzgarás lo que sea adecuado para preservarlo o destruirlo.
Ojalá que sea lo primero y no lo segundo, porque nuestros compatriotas
continuarían considerando las cosas como las acomodaron desde el principio los
interesados en tergiversar la realidad. Vamos por parte:
El país gozaba de una calma relativa, una calma chicha como la
describen los nativos de la zona andina, comparándola con la explosiva bebida
que heredaron de los chibchas y de otras tribus indígenas que habitaron el
territorio. Una calma relativa, una tranquilidad que permitía a los campesinos
entregarse a la producción sin mayores temores, una paz, si es que acaso en
nuestra patria ha habido paz en algún tiempo, fue pactada por los dos partidos
tradicionales, para repartirse los fondos depositados en las arcas públicas,
las posiciones burocráticas, la “representación del pueblo en las corporaciones
legislativas y administrativas” y la alternación sacrosanta del poder durante dieciséis años, en los cuales “patricios” de cada partido serían
presidentes por períodos de cuatro años cada uno. La tranquilidad se aposentó y
los ríos siguieron tranquilos hacia sus desaguaderos naturales. Los otrora
enemigos irreconciliables, sin tener en cuenta las acciones violentas, las
torturas, las muertes horrorosas que se aplicaron el uno al otro, se abrazaron
públicamente y se unieron a través del amancebamiento, del matrimonio, del
compadrazgo y de los negocios. La felicidad era la enseña en cada rostro y todo
parecía un edén bíblico.
Pero un sector del aparato del Estado no compartía la paz. No le
convenía, porque solamente a través de la violencia, de la guerra civil no
declarada, podían obtener lo que en la tranquilidad de la patria nunca
alcanzarían. Todos los gobiernos, de todas las épocas, han encontrado en los
organismos armados la llave oculta que al abrirse arroja dinero a los bolsillos
de los miembros del sistema político que detenta el poder, así como enriquece a
los militares y policías, que alcanzan aún imberbes los altos grados y la
jubilación por contabilizar doble los tiempos en que se declara perturbada la
paz nacional. Por eso, querido amigo, hay tantos zánganos con la condición de
eméritos cuando apenas han rayado el medio siglo de existencia. Una paz duradera, una paz larga, es la ruina
para los militares. No hay manera de justificar los gastos porque antes que aumentar
el pie de fuerza, se le reduce. Antes que adquirir armamentos, muchas veces
alegando que los países vecinos se arman para atacarnos, se dispone a agotar
las existencias. Tampoco hay preferencias sociales ni reconocimientos
familiares. La paz es para todos y eso envilece, según el criterio de ellos,
naturalmente, la condición de militar o policía. Y hablamos de policías, porque
desgraciadamente en nuestro país, la policía se involucra en las acciones
bélicas tratándose de un organismo civil.
Pero los presidentes dictadores, aprovechan los anhelos policiales, y
los equiparan a ejércitos con funciones diferentes.
La situación llevaba, en sus primeros cuatro años, una cruelísima
condición para los militares. Si no se requerían más soldados para “salvar a la
patria”, no se justificaban nuevos cuarteles, ni divisiones, ni brigadas, ni
compra de armamentos, y, lo más grave, era necesario rebajar el número de
oficiales. Durante el conflicto anterior se habían multiplicado los generales,
los coroneles y los tenientes coroneles, y abierto un amplio campo para
mayores, capitanes y tenientes. Las escuelas de formación se habían equiparado
a universidades pese a que la instrucción era diferente. Si disminuía el número
de oficiales de la cúspide hacia abajo, muchos que venían corriendo tras los
grados, serían sacados a la vida común y corriente. Y en los conciliábulos
militares, en los que el coronel Tovar Alva se destacaba por su capacidad
intelectual que lo colocaba en la cima de la inteligencia entre los oficiales
militares de los últimos cien años, estudiada la situación, se le encomendó
buscar, encontrar y poner a funcionar un sistema que no permitiera a los
políticos continuar durmiendo en las hamacas en completa tranquilidad y menos
desmontar el aparato militar. Si alguien dijo que la guerra era algo que no
podía dejarse en manos de los militares, aquí los militares señalaron que la
paz era un asunto tan serio que no podía seguir manejado por los políticos.
LA VENGANZA
GITANA
Aparecieron ante la
mirada absorta de los nativos, en una mañana de la última semana de diciembre.
Los más viejos sacaron a relucir las leyendas que sobre los aparecidos
circulaban desde los principios de la historia que conocían y las advertencias
se generalizaron de inmediato. Bastaron las primeras miradas a los recién
llegados para que, de la misma forma, como si en aquellos tiempos hubiera
existido la telefonía celular o la televisión, la noticia corrió en instantes
de la calle Cauca a la salida para Tolú, para la que comunicaba a Sampués y así
fue regándose sobre el plano del poblado, no muy grande entonces. “Llegaron los
gitanos y levantaron sus carpas en La María” y las autoridades no sabían cómo
desprenderse de ellos, porque si no habían cometido ninguna falta nada ni nadie
podía prohibirles llegar ni menos residir en el lugar. Pero todos se previenen.
Nadie sabe nada de los gitanos, ni de dónde son, ni por dónde andan, ni para
dónde van, ni de dónde vienen, si son del país o del país del Conde Drácula o
del mismo infierno, pero, lo que sí consideran como cierto es que, cuando
llegan a un sitio, cambian de inmediato las cosas. Que “se roban los niños para
sacrificárselos al demonio en aquelarres”, que “se apoderan de las mujeres y
los hombres que están en plena juventud y se los llevan pero más tarde nadie
sabe qué se hace con ellos”, que “las gitanas están al servicio de Satanás y
por ello leen en las manos y las cartas el pasado, el presente y el futuro de
las personas”, que “le hacen mal de ojo a los niños”, que “destruyen los
hogares, porque las gitanas, con el poder de la mirada dejan bobos a los hombres”
, que “se alimentan con sancochos a base de raíces amargas y venenosas y las
carnes son de niños o de jóvenes que se
roban”, que “comen sapos y ranas, ratas y culebras”, y así, antes de las
veinticuatro horas hasta los niños de pecho presentaban raros temblores por el
miedo introducido en sus cuerpos no por las gitanas sino por la leche materna
que habían mamado durante el día.
Los gitanos
hombres, que poco aparecen ante las gentes se quedan en el aduar y las gitanas
se riegan en grupos de dos o tres por las calles para tomar las manos de
hombres y mujeres para echarles la suerte y reciben a cambio cualquier valor en
monedas o billetes. Raro es el hombre
que se mantiene en la avaricia luego de la mirada enigmática de una gitana y
sin saber si es de burla, de amor, de lástima o de qué, mete la mano al
bolsillo y entrega cinco o seis veces de lo que habría dado a cualquiera de las
brujas locales que de pronto le habrían dicho lo mismo, porque la credulidad de
la gente es similar en todas partes. Por eso el periodista Eugenio Quintero
afirmaba que erradicar la creencia en el diablo es erradicar el ser humano, y
el poeta Pompeyo Molina lo miraba de reojo y agregaba: ocurrirá lo mismo si se
erradica a Dios.
Al anochecer del
primer día, al aduar fueron llegando por las veredas de los burreros de las
fincas El Papayo, La María, calle El Cauca, hombres y mujeres interesados en
saber cosas de las ciencias ocultas que creían les afectaba, pero que no podían
dejarse ver en las calles en charlas con gitanas. El qué dirán, que también
desaparecerá cuando desaparezca el ser humano, los obliga a exponerse a la
mordida de una culebra en medio de la oscuridad de los potreros. Consideraban
los anónimos visitantes que las tinieblas los ocultarían, pero el temor no
hacía más que ablandarles las lenguas y hablaban no sólo de sus propios
problemas, de sus dudas, de sus vacilaciones, de sus temores, sino que
entregaban a las gitanas un acopio de información de muchos de los habitantes
que ellas sabrían aprovechar para su propio beneficio.
Tres días después
la celebración de la llegada de un año nuevo, sepultó en el olvido el aduar y
sus habitantes. Las gitanas con sus largas polleras y sus zapatillas con
apliques dorados y plateados en las que metían unos largos y delicados pies,
las manos con largos dedos y no menos largas uñas coloreadas con figuras que
muchos años después fueron exclusividades de salones de belleza y de maricas
que con delicadeza pintan sus caprichosas concepciones de cómo deben ser los
dedos que ellos desearían tener, pasaron la noche en el aduar en sus propios
menesteres y en una fiesta que si bien carecía de la jarana de las de los
nativos, no fueron menos alegres. El ser humano cree en la división del tiempo,
cree que su Creador también estableció unos segundos, minutos, horas, días,
semanas, años, siglos y eones, olvidándose que el Eterno se desprendió de toda
vinculación con el ser que creó al soplar junto con el alma el libre albedrío.
Los errores son desde ese momento del hombre y no de Dios. La fiesta de año
nuevo seguía hasta un mes después, cuando si no se le había deseado felicidad
al familiar, al vecino o al amigo, era porque se había mudado para otra parte o
se había muerto.
Pasada la primera
semana de enero, se iniciaron los preparativos para la fiesta destinada a
honrar al Dulce nombre de Jesús, al “cabecita” de oro, nombre que le dieron los
descendientes de los españoles que se creían los más blancos de los blancos,
los más puros de la raza, porque en el poblado los negros no eran más que eso,
“negros”, no obstante a que, de cada cuatro de los que hacían la fiesta en la
corraleja tres eran negros. Se les admiraba y aplaudía durante los cuatro días
de los festejos. Después, hasta el enero siguiente, serían los peones de las fincas.
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María Mandora,
romaní, enormes ojos verdes, mirada perdularia y ansias de niña que pide mimos
y de joven que clama amor, de la que se prendió
Antonio Eduardo, adonis de ojos azules y piel broncínea. Enviado a otro
país para arrebatárselo al embrujo de la gitana.
20 de enero, en la
tarde, un toro jabonero, puntas claras, matrero, joloneado, rompió las vallas
del toril hechas de caña brava aferradas con bejucos y la alcanzó en la esquina
de la calle de los turcos, en donde sació su sed de sangre y cumplió el
horrendo encargo que le había dado el propio Satanás. Pese a las trece
puñaladas, el toro no pudo tocar el rostro de la hermosa mujer, que la muerte
dejó en todo su esplendor. El maleficio había surtido efectos y al día
siguiente, las envidiosas del poblado, especialmente las que Antonio Eduardo
había prácticamente despreciado por la atracción de la gitana, sacaron sus
hermosas sombrillas japonesas y salieron a relucir sus prendas y sus encantos
en los alrededores de la corraleja.
FIN
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