Libro # 2
Serie de Pequeñas Crónicas y Relatos Intranscendentes


SOLILOQUIOS EN LA MECEDORA
Durante algo más de medio siglo ha permanecido sentada en la mecedora al lado de la puerta que comunica su alcoba con el patio trasero, al que no llegan los rayos del sol gracias a una tupida red de bejucos y hojas de enredaderas, flores de verano amarillas, rojas y blancas; hojas de granadilla con sus campanas violeta y una de espinaca, que forman un cielo raso refrescante. Allí ha esperado en vano, primero porque ya no recuerda cómo empezó el asunto y después porque medio siglo es mucho tiempo. Lo que sí le ha dado resultado hasta ahora es su intención de pasar desapercibida, mimetizarse con el panorama reducido y verdoso que la rodea, sólo que, y tampoco sabe el por qué, se arrepiente de haberlo logrado.

Como un aguacero de verano, sin aviso alguno, la vorágine de la violencia volvió a precipitarse sobre la aldea. El sonido de los disparos de revólver y de fusiles y las ráfagas de ametralladora, se escucha a cualquier hora, mientras ella está allí en su eterna espera.  Su marginalidad le atrajo tanto el olvido que una vez más es omitida por todos. Nadie se acerca ni se acuerda de ella. Continúa esperando sin saber qué porque la muerte, a la que tanto anhela, se entretuvo primero en una guerra llamada mundial, luego pasó a un sitio llamado Corea en el que dos de sus hermanos fueron condecorados por el valor en las batallas, ascendidos a sargentos de un ejército que no era el de ellos, pero cuando regresaron al país, ahora recuerda con exactitud, ni siquiera fueron aceptados para el oficio de policías, porque provenían del campo y de una familia de filiación política contraria a la del partido gobernante. Desde que recordaba, todos los gobiernos desestiman y desechan para sus cuerpos armados a los jóvenes del otro partido, al creer que meten al enemigo en la casa. También rechazan a los campesinos con diferentes ardides ante el temor de que éstos, cualquier día, alcen la cara del surco, se enteren de la verdad y reaccionen contra quienes los explotan desde que accidentalmente un agricultor, Caín, le dio muerte a un ganadero, Abel. Desde esa remota fecha los ganaderos siguen con venganza y los descendientes de Caín soportan en silencio el cumplimiento de la sentencia divina, que los condenó a ganar para sí y en beneficio de otros, el pan con el sudor de sus frentes. Sólo que el sudor es para ellos y el pan para los que aún no abandonan el luto. Los gobiernos sólo los aceptan cuando saben que no hay probabilidades de retorno del frente de batalla, como en Corea. Siguió Vietnam, que nadie sabe dónde queda, y de allí en adelante los conflictos internos.

Todos llegan al pueblo a cometer sus fechorías, especialmente a matar, pero ella, alejada del mundo, no sabe por qué, para qué, ni a quién persiguen. Lo único que ha visto les muestra a los mismos individuos que hoy andan con unos y mañana con otros. Cree que matar ya se volvió una profesión noble, porque ante ella han sacrificado a muchos. Pero la ignoran. Es como si no la vieran.
Tal vez si los demás se hubieran interesado al principio por conocer la razón de su actitud, hoy no estaría en estas condiciones. Si se hubieran detenido un instante para analizar sus trabajos de bordado, se habrían extrañado no solo por sus coloridos sino por las escenas. Amaba, odiaba, todo lo expresaba en los bordados sin que se reparara en ellos.

¿Qué era lo que esperaba? ¿Qué anhelaba? ¿Por qué borró de su mente la razón de su alejamiento del mundo, como lo hicieron en el pasado los ermitaños? Nada del pasado, de aquel momento o de aquellos tiempos, traspasaba la nebulosa de su olvido. Vivía del momento. Apenas sí recordaba lo de ayer. ¿Sería ayer cuando su ahijado Olegario llegó a su lado, le estampó un beso en la mejilla, pero al mismo tiempo señalaba a un hombre que estaba en el patio, al cual los otros que lo acompañaban acribillaron a balazos?   ¿Quién fue el muerto, acaso uno de sus hermanos, de sus hijos, de sus nietos? Nada, no concreta nada en sus recuerdos. Ni siquiera sabe si le quedaban familiares. Lo cierto es que, en tanto tiempo, jamás le ha faltado en una mesilla que, al lado de la mecedora, un desayuno, un almuerzo, una cena. Al principio, opíparos, pero con el transcurso de los años disminuyeron en cantidad convirtiéndose en frugales, apenas lo necesario como para subsistir.
Muchos salieron en busca de lugar seguro huyéndole a la muerte, pero no sabe quiénes ni cuántos. Escucha desde su sitio los gritos de dolor, los clamores para que no se mate a alguien, los llantos de las viudas, de los huérfanos, los gritos destemplados de los asesinos, las carreras de los que huyen o tratan de huir en el último momento, pero jamás se ha enterado de quiénes se salvaron o sucumbieron en el baño de sangre que la rodea.

Hoy, cuando nadie vino a traerle la menguada ración con que se mantiene viva, no sabe cómo acomodarse a las circunstancias. Piensa, y tal vez ocurrirá que, si se asoma a la puerta de su casa, porque eso sí lo recuerda, que está en una casa de su propiedad, los que quedan en el poblado se espantarán al verla. Se le considerará un fantasma al que jamás han visto antes.
Su decisión de marginarse esperando algo o a alguien, cobra ahora su precio. Lo ha olvidado porque medio siglo es mucho tiempo. ¡Quién sabe hasta cuándo estaré en esta espera interminable! Se dice y se pregunta a un mismo tiempo, mientras trata de balancear su esmirriada humanidad en la mecedora.




EL PESCADOR DE SUEÑOS
Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar, insistía en considerarse el boga más verraco de Tigua. “Nadie me gana con un remo para impulsar un bote en medio del mar más encrespado”, aseguraba. Solamente que cuando comenzó con la cantaleta ya no podía demostrarlo por ser, y esta sí era una verdad incontrovertible, medio hombre. Un tiburón hambriento, por decir algo, porque si hay un ente sobre el planeta que siempre tiene hambres es el tiburón, se llevó, de una tarascada, las extremidades inferiores de Demetrio.

—De vainas me había puesto un mocho de dril de esos bien apretados y mi compañerito no me colgaba, porque de haberlo perdido, yo mismo me hubiera tirado a la mar para que el maldito me masticara hasta el nombre, gritaba entre risotadas.
Gabriel Salcedo, el “boca de caucho”, me dijo un día, mientras caminábamos por la playa, que el viejo era un mentiroso incomparable.

—No solo por la facilidad para hilvanar historias sino por la calidad de las mismas. No ha pasado jamás de las tres millas de la playa. Ese cuento de verraco de Tigua no se lo cree ni él mismo.
Demetrio murió unos meses después, y los que creíamos sus historias formamos una caravana para asistir al entierro, allá en su pueblo. En Torobé se agregaron familiares y amigos y reanudamos, luego de un reposo, el viaje a Rincón del Mar, en veinte buses, diez camiones y otros vehículos llenos hasta el tope por quienes no querían perderse la oportunidad de ver al viejo por última vez, y mejor aún, guardando silencio. Llegamos con tiempo y sin contratiempos.

Durante el viaje me relacioné con un familiar cercano del viejo y al abordar intimidades, me señaló:
—Fue tan bueno para inventar cuentos, que un nieto suyo heredó las mismas facultades. Observe esos terrenos –y me mostró unos potreros al lado de la vía – los vendió el muchacho a ricos hombres de negocio de todo el país, sin ser el dueño, asegurándoles que se trataba de un complejo turístico de inmensas proporciones. Para convencerlos preparó una serie de fotografías de residencias de las más lujosas levantadas en los más grandes y atractivos sitios turísticos del mundo, confeccionó un folleto y aseguraba que eran las primeras construcciones del complejo. Después elaboró planos, falsificó documentos y vendió. La estafa no alcanzó las dimensiones que esperaba con sus mentiras, pero el dinero recaudado antes de que los “propietarios” llegaran a mirar los peladeros, lo enriquecieron.

—¿Entonces Demetrio fue un estafador?, le pregunté extrañado.
—¡No!  Jamás fue hombre indelicado. Echaba sus mentiras, pero sin perjudicar a nadie. Nos reíamos de sus exageraciones, nada más.

De Verrugas se fue todo el pueblo al entierro, menos don Edmundo Balseiro, no porque no quisiera asistir a la ceremonia fúnebre ni mucho menos porque Demetrio hubiera militado en el partido rojo mientras que él era de los de azul de metileno, sino para evitar que le vieran llorando por su amigo. Don Edmundo se quedó en Verrugas desarrugando las hojas del alma, escritas con las anécdotas de Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar.

El mar a cuyas orillas se levantan los poblados de Rincón y Verrugas, no parece mar. Hay quienes lo califican de mar muerto por sus aguas ocres, como si en el fondo removieran el limo constantemente y ese fondo no fuera de arena, como en las orillas de los mares, sino más parecido al lecho de las ciénagas. Otros piensan que es un mar apocado al que no le gusta encresparse. Aquellos afirman que es un mar cobarde, pero el resto, la mayoría, y entre ellos los pescadores, creen que es un mar cansado que después de pasar por Tigua y sufrir los rigores del lugar, llega a Rincón y a Verrugas a reposar para continuar el camino. Porque las aguas del mar caminan. Jamás se quedan en el mismo lugar por muy placentero que sea o al que lleguen las mujeres más hermosas del universo y se introduzcan en ellas y agiten el deseo de abrazarlas, acariciarlas y besarlas eternamente. Pero no, el mar es un mensajero incomprendido. Toca todos los puertos del mundo, de todo se entera, pero cuando llega a las orillas de otros lugares, nadie le entiende, nadie le oye.

—Ese es un mar para machos de pelo en pecho y bolas sin arrugas, afirmaba el viejo Demetrio, refiriéndose a Tigua.
Además de la gente de Torobé y de Verrugas, la caravana aumentó con los que vinieron caminando desde El Francés o en botes, canoas y lanchas desde más allá de Moñitos hasta Palo Alto, desde todos los pueblos costeros y de pescadores, para ofrecerle al viejo el adiós postrero.
Cosa rara. El cementerio de Rincón del Mar está arriba sobre una loma y allí no llegan las olas. Los nativos, que desde el momento de emerger de las aguas uterinas son sumidos en el mar para bañarlos y quitarles las secreciones, que después se levantan, viven, se reproducen y mueren en el mar, no quieren que sus osamentas se salifiquen y, como los arrecifes, se conviertan en corales. Nacen, y viven en el mar, pero prefieren pasar el largo trayecto de la muerte sobre tierra firme. Salcedo Román nos responde que “el mar es la vida, la tierra es la muerte”.

Durante el desfile con el ataúd en hombros, detectamos que gran parte de los asistentes a la ceremonia fúnebre vinieron a comprobar que Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar, en verdad estaba muerto. Que no era otra de sus pilatunas, de sus exageradas historias.
Taurino Silgado, que por primera vez cerró el Grill Garza para asistir a una ceremonia, nos respondió así una pregunta:

—Demetrio perdió las extremidades en una madrugada de diciembre, que de tanto remar para evadir las corrientes que podían acercarlo a Tigua, porque la mareta por esos lados es fuerte y uno puede estrellarse, si se distrae, contra los acantilados, se quedó dormido del agotamiento por allí entre Tintipán y Múcura. Quién sabe cómo, dormido, sacó las piernas fuera de la canoa y un tiburón se las llevó de un solo mordisco.
—¿Y cómo llegó a Rincón?
—Nadie pudo dar una explicación, pero él mismo, con el mayor de los sigilos, si es que alguna vez fue precavido para hablar, me refirió una cuestión que siempre consideré como una de sus mejores mentiras, pero de la que extrañamente, no habló a nadie más. Me contó que la diosa del mar le detuvo la hemorragia frotándole los muñones con unas algas que sólo se producen en el mar de China, donde ella se encontraba y desde donde vino a socorrerlo. Lo cierto es que la chalupa en que pescaba fue vista llegando a Rincón del Mar por sí sola y a una buena velocidad, hasta que otros pescadores   la remolcaron. Demetrio venía dentro casi muerto.
—¿Y no volvió a pescar?
—Jamás dejó de hacerlo. Traía pocas piezas, es cierto, pero salía y se estaba tres días. Desde el incidente tomaba un rumbo contrario al de los otros pescadores.
—¿Por qué?
—Me informó que la diosa del mar se enamoró de él y le prohibió salir con los otros pescadores, porque lo quería solamente para ella. Me juró que los tres días estaban destinados a la diosa, que no se cansaba de hacer el amor. Cuando faltaba una hora para el regreso, la diosa metía las manos en el agua y sacaba peces que depositaba en la canoa. Por eso su pesca se redujo tanto. Y ahora que usted me lo pregunta, recuerdo algo que me llamó la atención, pero a lo que hasta este momento no le dediqué ni un pensamiento. Después de perder las piernas, Demetrio trajo siempre la misma cantidad de peces, de la misma clase, del mismo tamaño y peso. Un pez era como los demás y los demás como el uno. Me parece que el viejo no fue más que un pescador de sueños, finalizó Taurino, mirando hacia allá donde el mar v el cielo se dan la mano para confundir al hombre que cree que todo lo sabe.

El gemido doloroso de las plañideras nos impidió mantener la concentración en el tema. Lo único cierto es que Demetrio Julio, de los Julio de Rincón del Mar, quedó con medio cuerpo enterrado en el cementerio del pueblo. Lo que no podemos negar ninguno de los que asistimos al funeral, es que cuando el rústico ataúd llegó al fondo de la fosa cavada en el arenoso suelo del cementerio, el mar se agitó tanto que parecía estar llorando y creo que todos pensamos que no era más que el encuentro de las extremidades que se llevó un tiburón hambriento con el cuerpo de Demetrio, para que en el más allá volviera a su condición de hombre cabal y entero.


JUSTICIA EN MUNDO AL REVES
Mundo al Revés queda a la vuelta de la hoja. Allí la justicia, como en ciertos lugares de otros mundos habitados en el universo, es tan rápida, tan rápida, tan severa tan severa y tan equilibrada, que los encargados de aplicarla no se dejan presionar ni comprar y toman el tiempo que creen necesario para fallar.

Por ejemplo: hace mil años los habitantes del país llamado Tiras Cómicas, elevaron un petitorio, que como es costumbre, la Mínima Corte, luego de atender una lucha de varios siglos para demostrar que es la única que debe existir, acogió y fijó fecha para la audiencia, y en el interregno quemar una serie de papeles antiguos que, en el pasado remoto, en la época de las cavernas, calificaban como sumarias o expedientes, que eran tantos que no dejaban lugar por donde transitar. Las oficinas de la Mínima Corte funcionan en el Palacio del Olvido, una hermosa edificación demolida a cañonazos en el período de los orangutanes, luego de comprobarse que estaba infectado con el virus M-19, una peligrosa enfermedad que mientras se erradicaba ocasionó numerosos muertos y desaparecidos. La edificación fue restaurada con el concurso del pueblo agradecido, que anunció que cada vez que un virus de esta naturaleza aparezca, es mejor destruir el palacio que detenerse a escuchar lamentos de ministrados, que por efectos del virus empiezan a clamar por sus vidas, pero los gases llamados Lescabra y Zaspla, en honor a los científicos que salvaron a la humanidad con ellos, producen esas engañosas peticiones.

Como en todas partes y como todos los magistrados, perdón, aquí se califican como ministrados, en Mundo al Revés la pompa es similar. Primero el presidente anuncia que vienen los ministrados y los asistentes a la sala se sientan con todo respeto cuando el ministrado secretario se acomoda en su trono y ordena que el presidente lea la orden de la sesión, en la que solo aparece la petición de los del país de Tiras Cómicas, dividida así:

1) Un señor Alí Baba pide que sea leída en todo el territorio de Mundo al Revés y en los otros mundos del universo, una historia que aparece en un antiquísimo libro titulado Las Mil Noches y una Noche, para poder demostrar que no fue jefe de ninguna banda de ladrones. Complementa su petitorio con la exigencia de que nadie vuelva repetir Alí Baba y sus Cuarenta Ladrones, y se mantenga el nombre original: Alí Baba y los Cuarenta Ladrones.

2) Un señor Aladino pide que las autoridades realicen una inspección ocular en su palacio en el día, mes, año y hora que consideren apropiado, para demostrar que tiene en su poder la lámpara maravillosa y a su respectivo genio, que goza de perfecta salud. El reclamo obedece a que todo el que se enriquece robando en las arcas públicas y se convierte en potentado de la noche a la mañana y viven en el anverso de la hoja, insisten en que poseen la dicha lámpara y eso no es cierto.

3) El señor Tarzán de los Monos, apela a la Corte para que disponga un examen ginecológico a la mona Chita y se concluya que sigue siendo virgen y carecen de veracidad las insinuaciones sobre una relación zoofílica entre los dos.

4) Un joven llamado Tobita ruega que se le someta a un examen de ADN para demostrar quién es su padre. Todo obedece a que Tobita aparece como hijo de Eneas Apodaca, pero tiene la cara, el cuerpo y la estatura del principal amigo de aquél, Benitín Riquirriqui. Lo que Tobita aspira es demostrar que no es producto de un adulterio de su progenitora como se rumora con insistencia.

5) Los jóvenes Robin y Solín suscriben el petitorio para establecer que no han incurrido en sodomía con Batman y Kalimán, respectivamente. Que las relaciones con esos individuos son de una estrecha amistad. Robin, especialmente, desea desvirtuar que Batman esté celoso porque ingresó a la universidad y lo abandonó en la baticueva y que, además, tanto Batman como Kalimán tienen encuentros con damas cuyos nombres mantienen en secreto para no exponerlas a los ataques del hampa organizada.

6) Una joven de nombre Alicia, solicita el envío de una comisión de expertos a Locombia, el país de las maravillas que se encuentra detrás de esta hoja, para comprobar que no tiene alucinaciones como consecuencia del consumo de estupefacientes, sino que todo es realidad.

7) Otra joven, de nombre Blanca Nieves, lucha para que siete individuos llamados enanitos, con los cuales convivió una larga temporada, sean examinados y se concluya que tienen cierto lugar de sus cuerpos tan cortos, que serían incapaces de mantener relaciones sexuales. De complemento anhela que su esposo, el príncipe, sea llamado a declarar y diga si la encontró virgen o no.
8) Una tercera joven, Caperucita Roja, firma junto con su abuela, para que se obligue al guardabosque a rendir declaración y en ella informe de dónde las sacó: si del estómago del lobo o de debajo del mismo, para terminar de una vez con los rumores que las perjudica en su buena honra y nombre, aun cuando reconocen que   la panza del lobo no parece suficiente como para albergarlas de cuerpo entero.

9) La señora Cenicienta desea que su esposo, el príncipe, declare si es verdad o no que encontró olvidada la zapatilla que se le cayó mientras corría para salir de palacio antes de la doce de la noche. Que fue después y ante testigos, que se la midió en la casa de su tía. Lo anterior para evitar que sigan rumores malintencionados.

10) Una pareja de novios que se identifican como Clark Kent y Luisa Lane,  ruegan que el Tribunal adopte las medidas necesarias para que el hombre sea examinado y se confirme su condición de extraterrestre, concretamente que vino del desaparecido planeta Kriptón, y debido a su condición no han podido casarse por no saber si la unión puede crear un monstruo nocivo para los terrestres, y que no se debe a que Kent, quien en verdad es Súperman, sea impotente como lo afirma el bandido Luthor.

Escuchadas las peticiones, el honorable secretario de la Corte Mínima distribuye entre los ministrados los casos y convoca para dentro de quinientos años la siguiente sesión, en la cual se tomarán las decisiones que cada uno de ellos amerite.




POR UNA CARIMAÑOLA

Solamente al estrellarse mis lágrimas contra el suelo, le di mi perdón, si es que acaso cometió una falta en mi contra. En esos tiempos se perdonaba al que agonizaba y Aminta murió en la madrugada, rodeada de familiares y amigos, menos yo, al que tanto llamó en sus últimos momentos.

Fue mujer bonita. La blanca piel resaltaba entre los nativos, cobrizos y mulatos la mayoría. No pocos afirmaron que pudo ser hija de uno de los diez o doce europeos que llegaron a la región para adelantar la explotación de madera y ganadería.

Una larga y abundante cabellera negro azabache, ojos grandes resguardados por pobladas cejas y largas pestañas que invitaban a perderse en las tinieblas de sus negros ojos, los labios rojos y la nariz regordeta pero tan altiva como lo demás, formaban el rostro de la mujer. Sólo el cuerpo mediano y robusto le hubiera impedido competir con el prototipo de hermosura de la época.

El cortejo fúnebre se perdió en la distancia y abandoné el escondrijo desde el que observé la salida del féretro, de familiares y amigos y demás pormenores de organización para conducirla al cementerio. Volví indiferente a mi hogar y en lo más interno agradecí a mis padres no insistir en conocer las causas de mi comportamiento ni menos el rechazo a todas las ordenes e invitaciones para que llegara hasta el lecho de Aminta, en el que moría lentamente e insistía en verme por última vez.

El juramento que me hice a mí mismo me impidió ir al lado de Aminta, a la que tanto admiré tal vez por sus frecuentes mimos y caricias y deferencias, más que si hubiera sido su hijo o su nieto, pero esos sentimientos se tornaron en odio. Y les voy a contar por qué y ustedes juzgarán si tuve o no razón para no escuchar el clamor de una moribunda.

Todas las circunstancias se reunieron en una fecha que prefiero guardar, porque cuando las cosas se dan así, fortuitamente, es mejor no evocarlas, no sea que se repitan para mal de otros.
Mi madre, para paliar la miseria en que nos sumergió la lucha fratricida, se dedicó a lavar ropas ajenas. Fue en la llamada época de la violencia, que condujo a mi padre de comerciante acomodado a jornalero mendicante de oportunidades para ganarse unos pesos con que sostener la familia. Porque mi país siempre ha vivido inmerso en la violencia. Si se pasan las páginas del libro de la historia nacional, como dicen eufemísticamente los eruditos, hay que alejarlo de sí para que la sangre no manche los vestidos. De cada una de ellas brotan chorros de sudor, de miseria, de torturas, de injusticias, de sangre y de muerte. No hablo de los excrementos por la inocultable verdad de que para llegar al libro de la historia hay que nadar primero en un mar de mierda, y al acostumbrarnos a su fetidez, lo demás viene por añadidura. Sólo que la vestimenta, que es la que nos distingue, hay que mantenerla limpia. Arcadio Hoyos, el mejor matarife de cerdos en el poblado, asevera que las clases sociales se asimilan a los intestinos de un marrano: entre más blanca y resistente es la tripa, más apetecida, no importa la mierda que hubiera guardado.

Esa mañana mi madre me envió a los Cuatro Caminos a buscar la ropa sucia en la casa del cochero Joaquín Díaz.  Salí a cumplir la diligencia y si Salvatore Pignalosa me hubiera visto, habría repetido su frase: “Chi va piano, va sano et va lontano”. Una mañana soleada de ardiente verano, en la que un soplo de brisa que se estrelle contra la piel es una bendición. Pero para un niño no hay canícula, ni ventisca ni nevada. Todo es alegría para el corazón y así me sentía en esas horas.

Por una concepción diferente a la de los otros niños, para mí no había prisas porque leí en alguna parte que no por correr se llega más temprano y que lo que hay que saber es llegar. Yo sabía llegar a todas partes en el momento oportuno. Caminaba, como anciano, enfrascado en meditaciones y contemplaciones, pero con seguridad y conciencia cuando de ser exactos se trataba.

Ese día caminaba con alegría diferente a la de todos los días, porque se acercaba la hora de una cita que a mi hermano mayor y a mí nos habían hecho las hermanas Esperanza y Silvia para “jugar a la casita” en los rastrojos de los potreros que circundaban el barrio. Buscaba entre mis recuerdos las escenas de amor vistas en los prostíbulos de la treinta y nueve a los que nos introducíamos clandestinamente, para aprender mirando el papel que nos correspondería en el mañana. A esos pensamientos atribuyo la sorpresa que me produjo la pregunta:

– ¿Me compras la carimañola? Solamente cuesta un centavo, me dijo el muchacho vendedor presentándome una bandeja en la que llevaba el manjar. Él era más o menos de mi edad, tamaño y contextura.
– No, gracias, no tengo dinero, le respondí.
Caminó a mi lado sacando cuentas. Parecía repasar mentalmente algo, posiblemente la cantidad de fritanga que le entregaron para la venta y el total de dinero en sus bolsillos.
– Cómprame la carimañola, mira que es la última, insistió.
– ¡No! Le repetí.
A fuerza de castigos la abuela paterna había grabado en lo más profundo de mi masa encefálica, en letras grandes para que no las ignorara ni olvidara, que la plata es necesaria para todo, pero para obtenerla se debe trabajar honestamente. Eran criterios de esa época, porque hoy es lo contrario. Cuando carecía de monedas en los bolsillos, todos los días, borraba de la mente cualquier apetencia y por ello nada me incitaba.
– ¡Tranquilo, hermano! Puedes cogerla, yo te la regalo.
– Te repito que no. Gracias, pero no tengo ganas de comer ahora, le respondí.
Siguió insistiendo en que tomara la carimañola, no sólo por ser la última sino que, supuestamente, le sobraba después de sacar las cuentas.
 – ¡No insistas! Te dije que, primero no tengo ganas de comer, segundo no tengo plata, tercero porque tú y yo no nos conocemos y cuarto, porque no debes regalarme nada. ¡Regálasela a otro! Le acoté enojado.

Continuó a mi lado en silencio e imperturbable. Repentinamente tomó la carimañola y la metió en el bolsillo de mi camisa emprendiendo veloz carrera, perdiéndose por la esquina siguiente.
Mi abuela repetía frecuentemente que: “Nadie regala nada porque sí”. La frase acudió a mi memoria al llegar a la esquina y comprobar que el vendedor no estaba por allí. Seguí mi ruta sin tocar la carimañola, de la que emanaba un provocador aroma.

Atormentado mi apetito por el olor que me llegaba a la nariz, entré a la casa del cochero y, por primera vez, no acosé para la entrega de la ropa. Esperé indiferente a que el cochero desayunara, reposara un cuarto de hora, montara en el coche, tomara las riendas y el látigo y arreara los caballos. La esposa siguió desde la puerta el curso del coche y cuando dobló por la esquina del viejo estadio en Los Cuatro Caminos, se acordó que estaba esperándola y procedió a detallar la ropa y elaborar la lista doble, una para ella y otra para mi madre.

Con el propósito de cansar en la espera a mi benefactor, dije que había perdido la cuenta y se repitió el proceso. Entre el momento en que llegué a la casa del cochero y mi salida con un bulto de ropas sucias sobre la cabeza, transcurrieron unas dos horas y media o tres. Si normalmente caminaba contemplativamente, reduje el paso al mínimo posible. Esperaba la sorpresa. No sabía cómo, pero la esperaba.

Consumiendo el tiempo y la distancia con lentitud y repitiéndome mentalmente las palabras de la abuela de que “nadie regala nada porque sí”, al llegar a las esquinas simulaba cansancio y tiraba el bulto de ropas al piso y disimuladamente oteaba para todos lados, pero no alcanzaba a verlo por parte alguna. Si estaba escondido, y algo en mi mente me alertaba sobre una trampa, se había escondido muy bien. El aroma atormentaba mi olfato, mucho más cuando el vendedor parecía haberse ido de la zona.

Mantuve la misma calma al reanudar el camino con el bulto sobre mi cabeza, pero con ojos y oídos alertas, y decidí que en la siguiente esquina me comería la carimañola.

Llegué, bajé el bulto, me senté al lado aparentando fatiga y por cerca de diez minutos inspeccioné visualmente los alrededores sin observar nada anormal. Decidido dirigí la mano al bolsillo de la camisa, saqué la carimañola y le lancé una tarascada con delicioso afán y cuando me aprestaba a demolerla entre mis dientes, tronó la voz del vendedor:

– ¡Me pagas la carimañola! Ahora cuesta cinco centavos.
A pesar de esperarla, la sorpresa me dejó pasmado. ¡Una verdadera sorpresa! El muchacho resultó más avispado de lo que lo estimé y ahora, no contento con el engaño, me cobraba más por el manjar. Se ocultó de tal manera que evadió mis intentos de localización. Otra vez en mi presencia se colocó prudentemente lejos del alcance de mis puños, pero yo no podía hacer nada. El bulto de ropa me frenaba.

Atado de pies y manos, sólo buscaba la forma de quitarme de encima el problema. Anticipadamente sentía sobre mis nalgas el calor de los latigazos si llegaba con el muchacho a la casa. Alegué, amenacé, pataleé, lloré, rogué, pero el muchacho sólo repetía: “Me pagas la carimañola, que ahora vale cinco centavos”. Vino a mi memoria la figura de mi padrino y su progenitora, Aminta, cuya residencia estaba relativamente cerca y allá me dirigí con paso decidido y la letanía del vendedor a mi lado como si fuera un fondo musical. Entré, los encontré en coloquio familiar, les planteé la enojosa situación y clamé por una solución que no era costosa para ellos, pero sí capital para mí.
Les recalqué la imposibilidad de presentarme con ese problema a la casa, del que era inocente, por la razón de que culpable o no, me castigarían con una tunda de azotes.

Escucharon ambas versiones, la mía con el temor reflejado en el rostro y la de él con una pícara sonrisa, que lo delataba. Me dieron la orden y salí, con todos los bríos, para dar una vuelta bien larga y por una ruta inusual y llegué a la casa en momentos en que mi madre salía para la tienda de la esquina.

Alerta, observé cómo indagaba en algunas casas y al llegar a la tienda habló con mi madre, ella metió la mano al delantal y le entregó una moneda y salió furibunda para la casa. Al llegar miró a todos lados, encontró un pedazo de balsa y con ella adornó de moretones todo mi cuerpo en medio de gritos de que ningún hijo suyo sería ladrón.

El dolor de la frustración fue superior al de la muenda de mi madre. Quizás si Aminta y mi padrino me hubieran negado el favor no habría sufrido mentalmente como ahora, que me sentía engañado, frustrado, pero, sobre todo, golpeado moralmente. A ello se agregaba que el mucho no podía saber mi nombre y apellido ni la dirección en que vivía, detalles que solo mi padrino y Aminta debieron suministrarle. Todo esto se tornó en odio contra el muchacho vendedor, contra mi padrino y contra Aminta. El deseo de venganza se apoderó de mí. Soñaba, deliraba con el desquite y en los siguientes seis meses el deseo se convirtió en obsesión. A mis amigos les rogué avisarme si veían al muchacho, del cual les di todas las descripciones, y lo busqué calle por calle de los barrios vecinos, sin hallarlo. La tierra se lo había tragado. El tiempo fue sepultando en el olvido mis apetitos de venganza y otros temas coparon mi atención. Quizás creyó que eran suficientes los doce o catorce meses transcurridos cuando apareció por la plaza grande formando parte de un equipo de béisbol que jugaría contra una de nuestras novenas, pero su comportamiento lo delató. La preocupación   y el estado de alerta para determinar quiénes llegaban llamaron la atención de los demás y alguno se acordó del incidente de la carimañola y me mandaron aviso.

Intentó irse al reconocerme, pero lo rodearon mis amigos y después de las explicaciones a sus compañeros, se concluyó que había sido una puñalada trapera, innecesaria, que merecía ser debatida, pero a golpes entre los dos y, como en los viejos tiempos, quien ganara la pelea tenía la razón. Calibraron las condiciones de ambos y se determinó que teníamos igual contextura, edad y tamaño. La pelea era por tanto legal.

Acostumbrado a pelear a los puños, incluso frente a contendores más grandes y fuertes y en no pocas ocasiones, mayores en edad, se me reconocía como un buen peleador callejero que representaba al barrio en conflictos con otros barrios o en concertaciones en las que los adultos eran los gananciosos al transar apuestas en dinero en efectivo de las cuales me proporcionaban un modesto porcentaje. Tenía una ventaja sobre los demás: peleaba por placer, a manera de juego, de diversión, sin furia, sin rencores, desapasionadamente. Esa cualidad me permitía analizar al contrincante, establecer su estado, el efecto de los golpes que recibía, aprovechar sus descuidos en la defensa para colocar golpes en sitios vitales en los que producir dolor, romper la piel, sacarle la sangre, hasta llegar al triunfo. Cuando el cuerpo está agitado la sangre también y de cualquier herida brota a borbotones. Ver brotar la sangre produce dos reacciones: se aviva el valor o se pierde. Es común que el miedo llegue primero.

Si el contrincante presentaba mejores condiciones físicas recurría a los golpes en la nariz, la boca y los arcos superciliares, para romper cuanto antes la piel y obligar a la sangre a fluir. Si era inferior, me entretenía dándole golpes en el pecho, los hombros y las orejas. Es en las orejas en donde el peleador que no es veterano se confunde. La sordera lo desequilibra y en ocasiones lo derriba. Fue uno de mis golpes preferidos.
La confianza de sus amigos, sus sonrisas y miradas burlonas, me indicaron que el vendedor era ducho en la pelea cuerpo a cuerpo.
Pretendía, además, con sus miradas despectivas y burlonas sacarme de quicio, hacerme perder el control, ignorando que se enfrentaba a un soldado de mil batallas, tantas, que en algunos días peleaba hasta tres y cuatro veces.

Se trataba de un buen peleador. Soltaba las manos sobre seguro, cuando sabía que llegarían a destino. Pero no conmigo. A los cinco minutos sus amigos dejaron de animarlo. Fallaba dos o tres de cada cinco golpes y a cambio recibía dos de cada tres. Comenzó a dudar, algo fatal en el peleador, tal vez porque desde el inicio de la pelea mis compañeros guardaron silencio, convencidos de que era presa fácil para mí y no esperaban otra cosa que el triunfo.

Me propuse jugar con él hasta el cansancio, martillándole las orejas, el pecho, los hombros. Nada de sacarle sangre para que no saltara como gallo basto. Metía mis puños sistemática y metódicamente, por lo que al presentir que estaba a punto de abandonar la pelea sin haberme cancelado la totalidad de la deuda, le permití entrar con cinco o seis golpes seguidos para restaurarle el ánimo. Fingí muecas de dolor, de haber encajado sus trompadas, y alcancé a ver en sus ojos el efecto de la treta, al aparecerle un brillo de emoción en la mirada, que no pudo ocultar. Creyó vapulearme colocando golpes seguidos en sitios críticos de mi cuerpo como para poner fin a la pelea, pero su contundencia estaba menguada.

Lo evadí con serenidad. El necesitaba aplicarme golpes certeros y contundentes para recuperar el terreno perdido. Yo sólo requería no restarle bríos para entrar a fondo de manera que readquiriera confianza y, entonces sí, castigarlo a conciencia. Dos minutos después el agotamiento se le reflejó en el rostro y lanzaba golpes a diestra y siniestra sin orden, sin concierto. Le volvió la inquietud por el rumbo de la pelea y tal vez pensó que solamente un golpe de suerte, de esos que surgen por que sí, podría cambiar la situación en su favor. Y tomé la determinación de acabar, de manera tal, que no olvidara en el resto de sus días el castigo de su felonía.

Le asesté un golpe de izquierda en la oreja derecha, seguido de un recto de derecha en el arco de la ceja derecha de donde brotó como un chorro la sangre, otro golpe de izquierda en plena nariz que casi lo ahoga del borbotón de sangre, y con toda la fuerza de mi cuerpo metida en el puño, un derechazo a la boca, de la cual, además de sangre, volaron tres dientes. Se detuvo mirando alocadamente a los lados sin ver nada, pensando quizás, como muchos espectadores, que había sido una sola trompada la que lo había devastado, tal la velocidad que imprimí en el castigo. De pronto bajó los brazos y como si le hubiera caído una roca encima de la cabeza, se derrumbó sin sentido, manando sangre abundantemente, por lo que los compañeros cargaron con él hacia el puesto de salud.

Nadie dijo nada. No hubo quejas ni reclamos ni discusiones, ni siquiera felicitaciones. La plaza quedó en silencio y nos fuimos todos.
Por esa razón, en el momento en que mis padres me informaron que Aminta se moría y reclamaba mi presencia, me negué rotundamente a concurrir a su lecho de moribunda. ¡Todo por una carimañola!




ANANIAS NO SABE ESCRIBIR CUENTOS
Busca en el aire una ayuda para el siguiente paso, dobla la esquina y se dirige al lugar en que solemos permanecer los jubilados y los que esperan serlo, víctimas ahumadas de Galo y de su camarilla. Galo es el que liquida las pensiones, pero de un momento a otro se convirtió en expoliador de ancianos si no se le paga el “dulce” treinta.

Ananías del Cristo demora para llegar, porque su caminar es lento, estilo característico del pensionado, que por años le entregó la vida al Estado con mucho entusiasmo y vigor. Pero el peso de los años aumenta en la misma medida en que el cuerpo pierde resistencia. Por eso los ancianos caminan lentamente, como si los pies fueran de plomo. Como si temieran poner el pie encima de una serpiente ahumada como Galo, que salieron del monte a las oficinas del seguro. Lo miramos con atención porque el viejo Ananías del Cristo jamás había faltado a la reunión. Por primera vez y sin explicaciones se mantuvo alejado por dos meses. Unos decían que estaba enfermo, lo que no podía comprobarse porque su mujer, considerada por él mismo como una serpiente más venenosa que Galo, nos arrojaría de la casa sin preámbulos. Otros pensaban que se encontraba de viaje, y el resto, pocos, por cierto, que la ahumada liquidación, al fin, había sido corregida por Galo luego de recibir el treinta por ciento. “Está gastándose los millones del retroactivo” asegura Gerardo, compinche, calanchín de Galo, y que sufre con todo lo bueno que le pueda acontecer a un jubilado. Pero el viejo se reintegró sin dar explicaciones sobre su ausencia. Continuó con sus historias, sus anécdotas, sus chistes y sus chismes, hasta el décimo día en que sin nadie pedírselo, inició su relato.
“Se que todos se preguntan la razón de mi ausencia. No voy a repetirles los problemas económicos porque todos los conocen. Es un cáncer que sufrimos y   lo dejamos como herencia a la familia. Una tarde me dirigía pacientemente, tal vez sin querer llegar al manicomio que es mi casa, donde la fiera de mi mujer me recibiría en la puerta con cara de comedor de grosella al no poder ver la telenovela, gracias a que se me olvidó pagar la cuenta de la televisión por cable. Ese sí que es un problema, porque como ella pelea con todo mundo, no tiene amigos ni en el barrio ni en los diez barrios a la redonda, desde Venecia a Tripa Larga, de Chupundún a Florencia y de Cara Triste a Monte Adentro. Para no quedar mal con ustedes, la suma para la factura de la tele la tomé para enviar a la Procuraduría y a la Fiscalía la queja contra Galo. Mi esposa no tiene compasión ni con ella misma y poco le importan mis problemas. Solo recibe y no devuelve, como las alcancías de la Caja Agraria para los ahorradores. Sumido en esos pensamientos y tratando de caminar para atrás como las procesiones de semana santa en Ciénaga de Oro, encontré en el piso de la calle un plegable nuevo, en el que convocan para un concurso de cuentos y ofrecen cincuenta millones al primer lugar, treinta millones al segundo y veinte millones al tercero. Y me dije: Ananías del Cristo, aquí está la salida de tus problemas económicos. Tengo fama de narrar muy bien los cuentos. ¿Por qué no los voy a escribir también buenos? Me metí el plegable al bolsillo, compré una resma de papel carta, una cinta para la máquina de escribir, escondí cien pesos que mi mujer no había podido localizar, llegué a la casa, puse una mesa junto a la enredadera del patio para que no me diera el sol, metí la hoja de papel y me senté listo a escribir.

Les juro que yo creía que escribir cuentos era lo mismo que echarlos. Por diez días me senté de cinco de la mañana a nueve de la noche frente a la máquina y no me llegó ninguna inspiración. Desaparecieron de mi mente los temas. Una noche, como a las once, como si fuera un relámpago, llegó un tema, salté de la cama, encendí la bombilla del patio y a escribir se dijo, y no me paré de allí sino a los dos días, porque ya no podía con las acuciosas exigencias de mis intestinos y me fui al baño en donde evacué como si estuviera escribiendo. Descansé un rato y regresé a mi trabajo, en donde diez días más tarde, escribí la palabra fin.

Me dediqué entonces al proceso de corregir, en lo que permanecí otros diez días rodeado de unos veinte diccionarios de la Drae, de Moliner, etc., de Silogismos, de Filología, de antónimos y sinónimos, etc. etc. Fui hasta la tienda de la esquina y con gran disimulo, para que mi mujer no sospechara nada, ingerí seis cervezas en honor al cuento que lo calificaba anticipadamente como ganador del primer premio.
 Fue entonces que me enfrenté a la verdad verdadera. El meollo del concurso no está en saber escribir bien, ni en narrar bien, sino en el enreda la pita del tamaño, del número de líneas por cada hoja y la extensión máxima de cuatro hojas tamaño carta. En la ligereza por escribir y participar no leí bien las bases y escribí veintidós hojas tamaño carta a espacio sencillo. Y como en la canción de la camisa, si reducía el cuento y las hojas, me quedaba estrecha, si alineaba bien a la izquierda la manga de la derecha me caía en el codo. Si alineaba mejor a la derecha entonces la manga de la izquierda me quedaba cerca de la axila. Si dejaba espacios interlineados, me caía en las corvas. Si medía con la máquina de escribir y ponía cuatro centímetros arriba y tres abajo, y cuatro centímetros a la izquierda y tres a la derecha como márgenes, no cumplía con el requisito de veinticinco líneas por hoja. Hasta que en la noche del día antes de regresar a esta reunión, cuando sólo quedaban dos hojas de la resma y el resto arrugadas dentro de  una bolsa de basuras, el Dios Creador me iluminó, tomé las veintitantas hojas del cuento, las dos que quedaban, las hice pedacitos y las metí con las otras en la bolsa, la saqué al andén para que se la llevara el carro recolector por la mañana, me acosté y dormí como un bendito, borrando de mi memoria a la ahumada de Galo y de su correveidile en el pueblo, un muchachito que cree que tiene a chucho aferrado fuertemente por donde le puede doler por muy hijo de divinidad que sea, y a quien los jubilados llaman Gerardinho Risas de Mendozina. Concluí que yo no sé escribir cuentos y los premios del concurso que se los ganen otros.


¡TIRAME AL MAR, HIJO MIO!
La madrugada está fría y neblinosa, signo seguro de que el día sería terrible por el calor, acentuado por caer en los cuerpos de manera directa, implacable e inhumana, los rayos del sol. No hay manera de evitarlos cuando los horizontes no son más que agua tornasolada y si acaso aparece una nube, se le recibe como la más placentera de las visitas. Pero ellas, a menos que amenacen con una tormenta, apenas se quedan unos segundos, acaso minutos, y el viento se encarga de llevarlas hacia sitios desconocidos. Tal vez, piensa, en algún lugar de la tierra el viento acumula las nubes del mundo.
Es jueves y en la noche del martes no pudo asistir a la casa de Gabriel Salcedo Román, el periodista y locutor al que le dicen “Bocae’caucho”, en cuya casa se encuentra el único televisor del caserío, el que trajo cuando se regresó de San Andrés, Islas, en donde trabajaba en la emisora de un pirata, según afirmaban sus compañeros de la escuela, para ver el capítulo de la telenovela El Gallito Ramírez. Cuando hay que salir a pescar, y ya está acostumbrado, se sacrifican todos los juegos, todos los entretenimientos y todos los actos que le agradan, pero se acostumbró al observar que los demás pescadores y sus hijos, hacen lo mismo. La jornada de pesca es sagrada para todos. No solamente porque de los resultados se alimentan, sino porque representa una entrada en dinero para la casa. “El tebíllegar”, dicen con una amplia sonrisa cuando venden toda la pesca a los hoteles del Golfo o a las personas que negocian con el producto en los mercados de las poblaciones cercanas.

El caserío de El Rincón, que los Salcedo comenzaron a llamar Rincón del Mar, es de una pobreza denigrante. Es pobre, allí no nacen sino pobres, viven los pobres cuyos antecedentes son haber sobrevivido a la pobreza, y tienen asegurado un futuro de miseria absoluta. Rincón del Mar, paradójicamente, está rodeado de ricos, latifundistas y ganaderos, a la espera de que el gobierno fomente y desarrolle la industria sin chimeneas para ellos aprovecharla en su propio beneficio. Los pobres se beneficiarán con el turismo, pero comparados con los dueños de la tierra que habrá de servir para levantar hoteles, complejos urbanísticos y otras obras que halaguen al turista, les corresponderán las migajas. Si es que acaso no tienen que luchar por ellas.

Las casas de su tierra, deduce dentro de sus elucubraciones, no pueden llamarse casas, porque no son más que tugurios de cartón, pedazos de madera y láminas herrumbrosas de hierro o zinc, lo cual les impedirá enfrentar los requerimientos de los turistas. Cuando acompaña a su padre a los pueblos que se levantan a la orilla del mar, observa que todos se parecen. Las mismas covachas hechas de desperdicios, los animales confundidos entre los pies y las piernas de los humanos, las aguas negras que corren sobre la arena, el mal olor que taladra la masa encefálica metiéndose por las narices por mucho esfuerzo que se haga para no aspirarlos, los habitantes casi desnudos con sus cuerpos negros sobre los que se depositan capas blancas como si se echaran así mismos tarros de talco pero que no son más que los diminutos granos de sal que lleva el viento que casi siempre mitiga el calor reinante. Es un panorama de miseria para ojos de miserables y míseros por condena divina. Nosotros los negros, se dice interiormente, nacimos para ser miserables, discriminados, humillados, vejados por los de las otras razas y comparables a todo lo que produce el mal. Desde las páginas de la Biblia, como dice    Custodio que tiene una por cada credo religioso, se hizo la primera condena del negro. Cam fue condenado por Noé a residir en las tierras donde nacieron y crecieron los primeros negros después de la hecatombe del diluvio, para pagar un delito que no cometió. “Es la justicia divina y poderosa contra el humilde indefenso, porque Cam no hizo más que avisar a sus hermanos que el viejo Noé, luego de beber el líquido extraído de la uva, se comportaba de extraña manera”. Desde entonces, afirma Custodio, todo lo malo es negro, principiando por el príncipe de los infiernos que, pese a saber todos que es el ser más hermoso de la Creación, el Arcángel que detrás del trono iluminaba al Creador, se le muestra como un negro con cachos de toro y rabo. Por ello concluye que los habitantes de El Rincón continuarán siendo vejados, discriminados, ignorados, hasta que el gobierno decida, cualquier día menos pensado, expulsarlos de las playas acusándolos de predadores y contaminadores, para darles facilidades a los condominios. Hasta allí llegarán ellos promoviendo a El Rincón.

Mira al hombre tendido a lo largo de la quilla y la cabeza recostada en la patilla de la canoa, con los ojos abiertos. Parece otear de un punto a otro el azul profundo y lejano del cielo. Mientras, en él se confunden el terror del niño ante una situación desconocida e inesperada, la aparente frialdad e indiferencia del joven y la actitud de preocupación contenida del hombre adulto. Por eso tal vez no decide cuál de esos sentimientos inducir, cuál impulsar o si es imperioso que los tres, como caballos al galope, partan a un mismo tiempo de lo más profundo de donde puedan brotar como la lava ardiente de un volcán.

Vuelve a mirar el cielo, el entorno y al hombre, a la par que con pasmosa lentitud hunde en el agua el remo por estribor para mantener el equilibrio de la pequeña embarcación sobre las olas. El hombre reza. No alcanza a oír su rogativa, pero sabe que está rezando. ¿Por qué rezar ahora, precisamente? Quizás sería mejor que se pusiera a echar pestes como suele hacerlo cuando algo le preocupa, pero no dedicarse a rezar. Es la primera vez que lo observa en esta actitud, pero se sorprende así mismo diciendo quedamente: “¡Dios mío, no dejes que se muera! ¡Guíame a la playa, Señor! ¡Acompáñame! Padre Nuestro que estas en el cielo…”.

Una ola se estrella contra la borda y el agua les cae encima. Apresuradamente se dedica a achicar la canoa. Su padre lo mira, pero en sus ojos no hay reproche alguno. Su mirada es distinta. No es la mirada indicadora de lo que se espera que se haga ni la furibunda y previa al golpe de represión por la falta cometida. Tampoco es la de duda, la que metiéndose en el cerebro busca la verdad. ¿Será así, como la de ahora, la mirada del amor? No conoce esa mirada. De sus padres sólo recibe miradas que lo llenan de temor o de rencor. La de este instante no la concibe, pero está convencido de que entre él y su padre acaba de nacer algo inusual.

Es como si un rayo partiera de los ojos del anciano, llegaran a los suyos y regresara con la misma intensidad, con la misma fuerza, de donde salió. Es una sensación agradable. Desea abandonar el remo y dirigirse a la otra patilla de la canoa y abrazarse con su progenitor, abandonándose ambos a la voluntad del Creador.

Se dice que si así es el amor ¡bendito sea! Si así es el cariño ¡bendito sea! Sea bendito lo que sucede, se repite para sí, porque lo llena de algo nuevo, desconocido, que lo eleva, que lo saca de la frágil embarcación y lo conduce a las alturas.
Ahora comprende que todo lo pasado en su vida, por lo menos desde que tiene uso de razón, no ha sido más que el interés paterno de hacerlo un hombre de bien, y no duda que, pese a sus rencores, siempre ha guardado un amor especial a sus padres, lo cual lo colma de alegría. ¡Sí, te quiero papá!, grita en su mente. Otra ola golpea la canoa y el agua salobre le baña el rostro con lo cual disimula las lágrimas que se le escapan. Su madre le asegura que reír, llorar, gozar, sufrir, amar y odiar, son una misma cosa, pero comprueba que no es cierto. En este instante puede gritar convencido de que ama a sus padres. Sí, su padre, sin pronunciar una palabra, le acaba de transmitir quién sabe cómo, el sentimiento del amor paternal. Acaba de descubrirlo. ¡Papá me ama! ¡Yo también te amo, papá! El anciano no deja de mirarlo y sonríe como si leyera los pensamientos. ¿Es la primera vez que su padre le sonríe? Sí, es la primera vez.

A su vez se le ilumina su propio rostro con otra sonrisa, al venírsele a la memoria la esperanza manifestada con frecuencia por su padre, de localizar, algún día, un cardumen tan inmenso que tendría que forrar con las dos atarrayas a la canoa y a los peces capturados, tirarse al mar y nadar hasta la playa con el cargamento. Como en una película de dibujos animados, ve al viejo convertido en un ser gigantesco hendiendo a gran velocidad las olas para remolcar la voluminosa carga, tan grande, que cuando llegue a las cercanías de las islas Mangle y Palma, será visto en Verrugas y El Rincón.

Pero la pesca decrece y su padre culpa de ello a los capitanes y propietarios de los barcos nacionales y extranjeros que, con redes arrastreras y eléctricas, dejan el fondo del mar solamente con lodo y arena, sumiendo a los pescadores en la miseria. “Para disimular, dice el viejo, los malditos que representan a la autoridad, nos llaman ahora “pescadores de cordel”, “pescadores artesanales”, pero es la misma vaina. Ellos siguen siendo ricos y poderosos y nosotros los miserables, los come mierda de siempre”.

A las dos de la tarde del jueves, como siempre lo hace cuando divisa el cardumen, el viejo pegó un bufido, le quitó el remo hundiéndolo con fuerza en el agua para de un mismo tirón virar a babor e impulsar la canoa rumbo al sitio propicio. Estima que algún día no lejano también impulsará la canoa con la misma energía, sin desfallecimientos, hacia la dirección precisa. Al dirigir la vista hacia la derecha divisa las ominosas aletas de los tiburones, que parecen dueños de los cardúmenes y pelean con los pescadores las mejores piezas. Al llegar al lugar recibe de nuevo el remo, porque ahora le corresponde dirigir la canoa, mantenerla firme, mientras su padre lanza la atarraya. Si sale llena le ayuda a desenredar los peces. El trabajo se triplicó debido a la abundancia de las capturas y cuando alza la cabeza ve a su padre lanzar lo más lejos posible de la canoa y en la dirección que toma la gran mancha de peces, varios ejemplares con el objeto de orientar a un tiburón rezagado.

Luego de una frugal cena con los avíos que llevan para los tres días de pesca, dormitan un poco para recuperar las energías. Entreabre los ojos y observa a su padre orientándose por la posición de las estrellas. Le atraen las estrellas. Cuando se encuentra en el medio del mar y el cielo está despejado, la noche se le convierte en un espectáculo maravilloso, incomparable, que no se cansa de admirar. No sabe por qué su padre murmura “Dios te guíe” cuando una luz se desprende del entramado y se precipita al vacío diluyéndose en medio del titilar de las demás. Y no se lo pregunta porque con su padre todas las cosas tienen una explicación en el momento debido.  El cansancio lo duerme en medio de las reflexiones con el remo entre las manos, y en las tres o cuatro ocasiones en que entreabre los ojos, ve al anciano oteando el horizonte y con los oídos atentos. ¡Cómo viaja el sonido en el mar! El viejo distingue el sonido y determina de inmediato si se trata de un remo metiéndose en el agua, si es un motor fuera de borda, el motor de un barco de alto bordo, un cardumen, un grupo de tiburones, gotas de lluvia estrellándose contra el agua o el rugido del viento impulsando una embarcación. Está aprendiendo a distinguirlos por sí mismo, pero cree que es una lástima que su padre no le haya enseñado cómo orientarse con las estrellas, porque ahora no estaría allí, en medio de las aguas, sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse, cuando debería estar remando rumbo a la playa más cercana para conducirlo a un hospital.

Abandona las cavilaciones y vuelve a enfrentar la realidad del momento, al mirar hacia el cuerpo tendido sobre la canoa. Su padre, a pesar de la edad, se mantiene con un cuerpo atlético, fornido y musculoso. Los músculos le forman un rollo que parte del cuello y se extiende a la espalda, brazos, pecho y piernas. Recuerda una película que pasaron en Semana Santa y busca entre los recuerdos el nombre hasta que lo encuentra: El Manto Sagrado. El actor principal, el “chacho” de la película, como dicen en el caserío, tenía un cuerpo así, repleto de músculos, ceño fruncido, mandíbula tensa y cara de pocos amigos, como persona enojada. Igual que su padre. En esos mismos días observó otra película en que el musculoso se asemeja tanto a su padre, que también era negro.

Pero su padre, su querido viejo como dice la canción de Piero, ya no tiene el rostro tenso. Es otro. ¿Cómo explicarlo? Es el mismo padre, el padre de siempre, el que ha visto durante sus doce años de vida, pero ahora ha cambiado la mirada y los ademanes, los gestos, las actitudes. Por eso no le quita los ojos de encima al temer que el instante se esfume, desaparezca como llevado por el viento. No puede perder el momento mágico en que ha descubierto una faceta nueva y agradable de su padre, el padre que soñaba, que había esperado, pero que ahora que lo descubrió, yace impotente tendido a lo largo de la canoa entre los peces capturados.

Regresa el día viernes, cuando vagan sobre las olas bajo el sol canicular y hablan poco, como reservando energías para actuar en el momento adecuado. A eso de las seis de la tarde comen y descansan, hasta que escuchan desde el oriente el sonido peculiar de una nueva mancha de peces. Le entrega el remo y el viejo boga con tanto entusiasmo que la canoa parece volar sobre las olas. La cantidad y calidad de la pesca es tal, que por poco se le cumple el sueño al viejo. Ejecutan la tarea con tenacidad y cuando la luna se acerca al cenit optan por darle un merecido descanso a sus cuerpos y a sus mentes y duermen profundamente dejándose llevar por el vaivén de las olas.

Los candentes rayos del sol sobre la piel le despiertan y calcula que son las ocho de la mañana del sábado, y se sorprende que su padre continúe dormido. Lo llama y los ademanes le indican que el sueño del anciano no fue lo suficientemente reparador, porque se le nota el cansancio, está demacrado, como adolorido, y se arrodilla con gran esfuerzo para inclinarse sobre la borda, mete las manos al agua en forma de cuenco y se lava la cara. Luego se enjuaga la boca y sube cansinamente, con desgano, a la patilla, se coloca la mano abierta a manera de visera encima de las cejas y otear el horizonte para localizar la dirección exacta. El “chupundun” del cuerpo que cae y se hunde en el agua, así como el grito angustiado del viejo lo obligan a ponerse de pie. Corre hacia la otra patilla con alguna dificultad por los peces arrojados por todos lados y ve a su padre que no puede sostenerse a flote. Le tiende la mano, pero los dedos del anciano se aferran sin presión. “Algo malo le pasa a papá”, deduce y acudiendo a todas sus fuerzas de niño va subiéndolo a la canoa en una tarea larga y extenuante, ciclópea, pero no ceja en el empeño hasta dejarlo tendido sobre los peces, con la cabeza recostada a la patilla.

Unos diez minutos después, entre quejidos lastimeros, con tono bajo y visibles muestras de dolor, el viejo dice: “Hijo mío, me ha dado algo horrible y debe ser un infarto. No creo que me salve de este ataque. Si me muero, por favor, tírame al mar y vete”.
Así como dice su padre debe ser, porque él no tiene idea sobre ataques al corazón. Debe ser algo muy doloroso para que su viejo se retuerza como si algo le destruyera las entrañas. Ignora la orden de lanzarlo a las aguas y rompiendo las normas de comportamiento a que está habituado le pregunta qué debe hacer: “No te preocupes hijo, si no quieres hacerlo ahora. Espera a que me muera y entonces sí, tira mi cadáver al mar. Es mejor para ti y para mí”, recalca el anciano.

A eso de las ocho de la noche divisa las ominosas aletas de los tiburones, pero no precisa si son cinco o seis, que con seguridad están hambrientos y vienen hacia la canoa. Escuchó alguna vez que los tiburones son los animales más hambrientos del mar y por eso atacan las canoas, y supone que ahora corre grave peligro. Manteniendo la embarcación en posición adecuada de manera que no la voltee un golpe de ola, mira a su padre tendido. El refrescante soplo de brisa, así como la oscuridad del entorno le informan que el día ha terminado y que comienza la noche. Desconoce qué rumbo tomar ni de qué manera actuar.

El viejo sigue inmóvil, como si todos los músculos de su rollizo cuerpo se hubieran roto y está tendido como un muñeco de trapo, tirado sobre la canoa a la espera de que alguien lo levante. ¿Pero para qué? No podrá sostenerse ni mucho menos va a curarse. “Échame al mar, hijo mío y rema hacia donde van las olas, para que puedas llegar a la playa”, repite el anciano, quejándose lastimeramente. Su voz es más profunda y lejana, como si hablara desde el fondo de una cueva o de un pozo. La petición le retumba en la cabeza, que amenaza con estallarle por la incomprensión en que se debate. ¿Por qué, papá? ¿Por qué me pides una cosa como esa?, se pregunta interiormente.

Los escualos comienzan a dar vueltas alrededor de la canoa y el niño, en silencio, lanza peces lo más lejos que puede para que se retiren del lugar. Tal como ha visto hacerlo a su padre, mira hacia el firmamento y calcula que son las cinco de la mañana del domingo. Si logra mantenerse a flote y la solidaridad de los pescadores se manifiesta con prontitud, deberá resistir como un hombre por lo menos veinticuatro horas más.

El anciano, sollozando por el dolor, lo llama a su lado. Le pasa el brazo derecho por los hombros y lo estrecha fuertemente contra sí, como queriéndole entregar en un instante los doce años de caricias paternales que le debe y demostrarle que, como los demás padres, él también puede brindar a sus hijos los mimos del cariño y del amor. Lo aprieta y lo afloja tratando quizás de introducirle por los poros esos guardados sentimientos.

Esto es algo nuevo para él y piensa que está en un mundo distinto y desconocido al recibir lo que siempre había anhelado desde que tiene uso de razón. Su padre, del que nunca antes recibió ni siquiera un gesto fraterno, intenta ahora fundirse con él en un solo cuerpo y formar un nuevo ser. ¿Qué sucede?, se pregunta mentalmente. Dos largas horas pasan sin darse cuenta. Su cuerpo de niño junto al del anciano en un abrazo interminable y repentinamente, como si un cuchillo le rasgara los músculos del alma, el viejo lanza un grito y lo abraza tan fuertemente, que cree que morirá al mismo tiempo que su padre, pero éste, paulatinamente afloja la presión y cuando se repone habla con lentitud para expresarle el amor por él y los otros hijos. Le recomienda el cuidado de la madre y gestiones de negocios que quedan pendientes. Sobre todo, reitera la recomendación para que inmediatamente fallezca arroje su cuerpo al mar, considerando que es mejor ahora para que alcance más pronto la playa más cercana. El que ahora le insiste en que lo arroje a las aguas, enfermo, sin fuerzas, es el mismo padre riguroso que lo había venido cincelando como a dura roca, a punta de golpes, para enseñarle sobre las cosas legales, serias y honestas.

El viejo queda como dormido y él espera que despierte para que le siga hablando con el mismo cariño, pero pasan las horas y así se queda. La muerte, la que no conoce ni sabe cómo es ni cuando llega ni por qué llega, ya se había ido lejos, bien lejos. Deduce que la muerte solo la conoce el que es víctima de ella.



LOBBY A LA REINA
La impresión de que este lunes amaneció más temprano fue la sensación al bajarse de la cama. No es cierto, pero en ocasiones el cerebro tiende a convertir como propias las aseveraciones ajenas. Y los campesinos de su tierra así lo expresan con frecuencia, cuando en realidad nada está fuera de lo normal. El cielo despejado, prácticamente azul en su totalidad, permite que los rayos solares penetren a la atmósfera del planeta a plenitud y se tenga la impresión ya señalada. El verano impera en el territorio, pero en el invierno las cosas cambian. Parece amanecer más tarde y acabarse el día más temprano. Cosas de la naturaleza, se dice como complemento de su soliloquio mental.

No obstante, sabe que algo diferente marca el día de hoy. Mira nuevamente el reloj y comprueba que son las cinco de la mañana. Se dirige a la puerta en uno de cuyos batientes colocó antes de terminar el año anterior un calendario, y sí, es el 15 de enero. No espera informes distintos, pero allá, muy profundo en su masa encefálica, late imperceptible, lenta pero inexorablemente, un algo como el corazón de un niño que no requiere tanto esfuerzo para aspirar y expirar el aire vital, que casi no suena. “Si pudiera volver a esos tiempos, reemprendería el camino de la vida, tomaría unos atajos y evitaría otros”, se dice mentalmente, “de manera que mis experiencias de sesenta años me permitieran transformar todos los sufrimientos en placer. Vivir una vida distinta”, volvió a susurrar mientras entra al baño, abre el grifo y recibe placenteramente el chorro de agua fría sobre su humanidad, agua que baja junto con el sudor soportado durante la calurosa noche que acaba de pasar.

Una vez satisfecho del refrescante baño, deja secar su cuerpo por sí solo y cuando termina el ajetreo de colocar sobre la cama la vestimenta que usará durante el día, pasa a la cocina a preparar café y el frugal desayuno diario.
Fue al terminar de beber la tonificante taza de café, cuando el niño que duerme en su cabeza despierta, pega un grito de rabia y le pone ante los ojos el dato sobre lo que trata de desentrañar. Y no sabe cómo calificar el recuerdo, si como un hecho agradable, como un sueño abrazado durante tanto tiempo, que le permite vivir añorando una posibilidad, o como un ramalazo de dolor al romperse toda esperanza, al quebrantarse sus anhelos tan celosamente guardados, la evidencia inocultable de sus extravagantes deseos.

Confirma la fecha, suma años, meses, semanas, días y horas, y la realidad salta ante su mirada y sus recuerdos. Las matemáticas no fallan, se responde. Las exactitudes de los guarismos muestran sin lugar a duda ni equívocos, que el resultado son cuarenta años exactos, que se cumplen este día a las cuatro de la tarde, minutos más, minutos menos. Fue un quince de enero que recibió, como una descarga eléctrica, como el relámpago que arroja inclemente la centella sobre la base del árbol durante una tormenta, la mirada que penetró por sus ojos e invadió su cabeza, su corazón y hasta la más insignificante fibra de su cuerpo. Jamás volvió a encontrar el reposo y sabe que, a semejanza de las tres décadas anteriores, hará un juicio interno de su mente, comprobará que no podrá saber jamás si el impacto de esa mirada fue para su propio bien o una maldición para el resto de sus días. Concluye, cada diez años, en que son ilusiones suyas, que ella no le brindará ni siquiera otra mirada similar, porque desde aquella lejana fecha, se limita a pasar la vista como quien contempla un paraje desolado, sin brillo en sus ojos, sin interés, desapasionadamente, sobre el montón de siervos que le rinden pleitesía y que tal vez añoran lo mismo que a él lo ha martirizado. Cree ser el único, sin embargo, en persistir, por cuanto pasan los años y entre los que en alguna ocasión observó interés y deseos, cejaron en el empeño, cansados tal vez de la inutilidad de mantener la espera, mientras él parece recibir esas renuncias como un regalo para reforzar su pertinacia en lograr la posibilidad. Entiende, en el análisis de cada década, en la comprobación de la vacuidad de sus añoranzas, lo que pensaron los guerreros en el pasado, para libar la sangre o comer la carne de los enemigos de mayor valor en el combate y caídos muertos en el campo de batalla. Creían que ese valor, esa fortaleza, ese ánimo para guerrear, pasaría a sus propios cuerpos si bebían la sangre o comían las carnes de sus enemigos. Así, mentalmente engullía a los pretendientes, libaba con deleite la sangre inútil de sus frustraciones, de sus fallidos intentos por alcanzar la gloria, y saboreaba la amplitud que con el tiempo fue creciendo a su alrededor. Aquí no ocurría como en Ítaca, el mítico reino del archipiélago griego, mientras se estaba a la espera de confirmar la muerte de Odiseo. No se realizaban bacanales, ni orgías, ni festines. No se acosaba a la moderna Penélope, ni ella se entretenía tejiendo y destejiendo telas en el intento de aburrir de cansancio a sus pretendientes. Además, los que la pretendían, por su alcurnia, llegaban por otros senderos y en cuanto recibían la fatal negativa de la soberana que parece no requerir  besos, ni caricias ni entrelazamientos de una coyunda sexual de hombre o mujer, porque hasta éstas lo intentaron en el transcurso de los años, con gran empeño mientras ella gozó de la tersura de la piel, de la arrogante longitud y el tejido de seda de sus cabellos, de la espesura de sus negras cejas, del verde aguamarina de sus ojos, de su encantadora mirada, de sus incitantes labios, de la inigualable frescura de su risa, de la delgadez y estilización del cuerpo que ondea al caminar como para evitar que la corona resbale de sus sienes, y, por qué no, de la robustez de sus intimidades que se reflejan entre los pliegues claroscuros de las sedas de los vestidos que se abrazan con aparente candidez a su curvilíneo cuerpo. Nadie, jamás, la ha sorprendido en una mirada indiscreta, en un guiño o un gesto o un ademán que pudiera entenderse como una promesa para entregar la refrescante agua de su torturante e incitadora boca a la boca de uno de sus sedientos súbditos. La indiferencia hacia las cosas que no son el cumplimiento de sus deberes desde el trono, la fueron tornando en estatua de mármol que el tiempo, inflexible también, va corroyendo con el paso de los siglos sin tener en cuenta la importancia del escultor que fue modelándola con sus manos, sus mazos y cinceles, y mucho menos con la inmortalidad de lo artístico.

Cumplía años aquel aciago día de enero, veinte para ser exactos, en una mañana tan calurosa como la de hoy, cuando camino a la universidad la encontró en traje deportivo, rosado, tan ajustado a su cuerpo que a la distancia parecía trotar desnuda. Los senos turgentes como las astas de una gacela se asemejaban a dos pichones de palomas que quisieran abandonar el nido, la roja cabellera recogida atrás con un gancho plástico se bamboleaba al ritmo de su carrera, y la exuberancia de sus intimidades parecían querer rasgar la prenda exterior que la moda de la época había bautizado con el anglicismo de lycra. Tanta era su belleza natural, que los guardaespaldas dedicaban más tiempo a mirarla con disimulo que a estar pendientes de movimientos que entrañaran peligro, pero ni a los de sus lados ni a los de atrás, ella ponía atención. Mentalmente trotaba sola, inmersa en sus propios pensamientos, enlazándolos unas veces, la mayoría, con placer por la sonrisa que transformaba su rostro en la más bella de las visiones.

Se apartó a la vera para no ser empujado o atropellado por los guardaespaldas de la reina, porque debido a la muerte de sus padres en un reciente accidente, había pasado de princesa a reina, aun cuando sólo entraría a ejercer el cargo seis meses después, cuando el regente le entregara los símbolos reales y el poder, para el que se había preparado con mucho fervor en varias de las más prestigiosas universidades del mundo. Al pasar a su lado, la reina lo miró de una forma tan especial que, si ya estaba enamorado de ella, en su interior consideró que se trataba de una abierta y sincera manifestación de preferencia, por lo menos, hacia quien simplemente era un miembro de la realeza en el más remoto nexo que un miembro de la nobleza pudiera tener. Pero se enorgullecía de ello, porque pocas personas alcanzaban el privilegio de pertenecer a la parentela real. Tan remoto el nexo, que jamás había podido su padre llegar más allá de doscientos metros de distancia del monarca en el desarrollo de ceremonias del reino. Acababa de recibir, cuando le faltaba solamente la ceremonia de grado para ser abogado, el privilegio de heredar de su progenitor el puesto que toda la vida ocupó delante del trono.

Posesionada la reina, una de las primeras medidas divulgadas fue trasladarlo de la remota posición que su padre había ostentado con tanto celo por más de medio siglo y sus antepasados en cerca de un milenio, a una que distaba apenas cincuenta metros de la soberana, a la que podía admirar todos los días, si así lo quería, por ser uno de los beneficios que deparaba el privilegio.
Convencido de que la mirada de la reina constituía mucho más de lo que podía esperarse, juzgó que no le había sido indiferente y que por alguna razón de su corazón le había dado el privilegio que, de paso, colmó de rumores todos los aposentos, pasadizos y oficinas reales y se convirtió en la comidilla del reino.

Y comenzó su calvario. Durante cuarenta años fue el primero en llegar a la sala del trono para no perder la oportunidad de que algún día la reina se presentara más temprano que de costumbre y poder charlar con ella. Miles de veces pasó por su mente la posibilidad de violar el protocolo y preguntarle públicamente si aún lo quería, pero habría sido su perdición y llevado sin preámbulos al patíbulo. Además de no poder alegar que la reina hubiera tenido por él un gesto de aprecio en tanto tiempo, ni con él ni con ninguno otro, la única mirada que de ella había recibido no era suficiente como para transgredir las normas reales y exponerse a la pena capital.

Hoy, sin embargo, al cumplir sesenta años, sus capacidades físicas, sus aptitudes amatorias y sus anhelos secretos no servían para nada. Ni siquiera si la soberana lo distinguía públicamente y convertía en realidad sus pensamientos, podría enfrentar la situación. Lo que no se usa se atrofia, le repetía con frecuencia su progenitor antes de fallecer. Y era verdad. Sus armas naturales se enmohecieron sin usarlas y no responderían en el momento crucial.

Una indicación muy disimulada de la reina a uno de sus acólitos que pese a la discreción fue entendida por los asistentes, que no perdían ni siquiera la intensidad de las aspiraciones y expiraciones de su respiración, sirvió para pensar en que algo inusual e inaudito habría de producirse en segundos. El acólito bajó las gradas del estrado real, con la prosopopeya cortesana con que los miembros de la realeza lo hacen como para resaltar y recalcar su privilegiada condición, caminó unos cuatro o cinco metros por el pasillo central del inmenso salón y se detuvo frente a él, que pese a esperarlo durante cuarenta años, sintió cómo se le erizaba la piel sin saber si por el miedo, por la felicidad o por cualquier otra causa. El siseo en su oído derecho como para evitar que los demás se enteraran fue un intento inocuo del acólito. Tal vez un reproductor electrónico de voz no habría sido escuchado tan claramente. Se levantó del sillón, miró hacia el trono y observó que la reina lo miraba como cuando se produjo el ya remoto primer contacto visual entre ambos. Él un joven galante, ella una niña que no alcanzaba a tener los catorce años, volvían a enfrentar sus miradas. Con la hipócrita actitud de los que se llaman bien educados, atalayó a los asistentes y dedujo que estaban extrañados de lo que acontecía. Tomó el pasillo central y con la lentitud que produce el peso de los años sobre el cuerpo, se encaminó al estrado, al que no pudo llegar al recibir una especie de patada en el corazón.



LOS COMPADRES
Yo no tengo, compadre Lorenzo, ni una gota de sangre de cobarde, porque desde que nací me enseñaron el amor a la libertad y la libertad se consigue y se guarda es con valor.
Ese amor es en mi pecho, cual leña de vara de indio, siempre arde; primero arroja humo, pero cuando prende, hay llama y luego brasas de verdad.
No finjo el dolor porque cuando lo siento me amarro con él los pantalones y antes que sufrimiento, me sirve de aliento.

Con la pretina bien ajustada me le mido al más pintado, sea grande o chiquito, blanco, indio o negro, rico o pobre, honesto o deshonesto, me es igual el contendor, porque lo que hay que demostrar es valor y acabar cuanto antes el compromiso, cualquiera sea el resultado.
Lo mato o me mata. Usted lo sabe bien compadre Lorenzo, porque juntos llegamos a esta tierra cuando era selva peligrosa y en franca lucha con la coral, la mapaná rabo seco, la rayo equis o la candelilla, entre otras serpientes venenosas, que junto al tigrillo y el tigre cola mocha, el caimán traicionero y la babilla, amenazaron nuestras vidas cuando dormíamos sobre trojas atacados por los mosquitos inclementes.

Civilizamos estas tierras, usted eligió su pedazo y yo el mío.  Sembramos, cazamos, pescamos, y sin descanso buscamos los alimentos que en el sitio no teníamos.
Ni la viruela ni el sarampión ni la tos ferina resistieron al canime, ipecacuana, el higuerón y todas las medicinas que nos inventamos para salvar nuestros hijos.
Usted me conoce muy bien, compadre Lorenzo. Abajo o arriba en el aserradero procesamos la madera. Derribamos primero la caoba, luego el roble, la ceiba roja, el caucho, el caracolí, uno a uno los bajamos como se baja a los bravos de pelo en pecho.
A golpe de hacha primero y a punta de sierra después, descuajamos la montaña y en alfajías sobre las balsas río abajo, a la civilización fueron entregados, y abrimos el campo para sembrar el arroz, la yuca, el ñame, el plátano y los frutales, el aguacate, el limón y después levantamos nuestras casas, usted la suya y yo la mía y cuando pensamos que habíamos logrado lo que queríamos, fuimos a buscar compañeras que nos hicieran en la madrugada la totuma de café tinto para calentarnos el cuero.

Así lo hicimos compadre Lorenzo. Usted se trajo a la comadre María de la Concepción, mujer linda para Dios bendito, y seleccioné para mí a la morena Candelaria, sino tan linda como la suya, los otros hombres le abrían camino a su paso por las calles del sitio, porque hay que ver cómo cimbreaba el cuerpo la maldecida, y se echaba la mata de pelo para un lado y para el otro, que eso era gusto mirarla.
Y para suerte suya y mía, ambas salieron muy serias, honestas y cariñosas, madres irrepetibles, levantaron a los hijos con el temor al que todo lo puede, el respeto por los mayores y la honestidad como escudo. Se que usted no se queja ni yo tampoco. Otras como esas hoy ya no las hacen, compadre.

Cosas nuevas llenan las cabezas de nuestras hijas y nuestras nietas, porque la civilización se vino del sitio para el monte. Y así como nos cambiaron las costumbres, nos quitaron las abarcas y nos metieron entre tormentosos aparatos que llaman zapatos, dizque porque asina es que se pinta la cosa en las calles de las ciudades y todos quieren ser ciudadanos sin saber ni cómo se levantaron estas aldeas en medio de la selva. Los dos nos sentimos orgullosos cuando nos califican como verdaderamente somos: campesinos. Y los citadinos trajeron con ellos la marihuana y la coca, el ron y el cigarrillo, y abrieron estanquillos y en después unas casas de alcahuetería que ahora las llaman cabarés.

Nadie les dice que no lo hagan porque cada cual hace de lo suyo lo que quiere. Pero nuestras mujeres se enceguecieron con las vainas de la moda, con el baile y con el trago, y cuando en la casa no hay para soportarles las exigencias, entonces se dedican a modelar, y desfilan casi desnudas ante los hombres que las aplauden y por debajo de la tarima les muestran el paquete de billetes y atraídas por imán tan fuerte, no solamente abren el corazón sino las piernas y se pierden las muchachitas. Cuando vienen a darse cuenta están más viejas que la “Rompe Lona” y aún no han llegado ni a la tercera parte de la edad de sus madres.

Recuerdo la mañana aquella en que usted no me contestaba cuando lo llamaba para limpiar la tierra para la rosa y al momento en que llegaba a su choza reventó el llanto de un recién nacido y me dije: mandinga sea, se adelantó la comadre Concha y quién sabe qué habrá nacido. Dios quiera que sea, me dije para mis adentros, una linda muchachita para que mi compadre Lorenzo deje de hacer tantos proyectos. Porque usted sí que le estaba cargando el lomo antes de nacer si nacía macho. Pero qué va, compadre, sus deseos fueron más fuertes que los míos y cuando le veo el rabito colgando entre las piernas me dije también para adentro: Te jodiste piernipeludo porque trabajo es lo que vas a tener en la vida. Un mes más adelante parió la mía, esa sí la muchachita, tan bonita como la madre. Y parecía que usted y comadre Concha se alegraron más que nosotros, pero no. Los queríamos como a nada en el mundo a los muchachitos.

Y junto con la paloma guarumera, la paloma torcaz y la guacharaca, el mochuelo y la paloma turrugulla, la guacamaya y el loro, las cotorras mamoneras, la viudita y todos los pájaros que en el monte cantan, los dos alegraron el patio que unía a las dos casas.
Primero con el llanto, luego con las risas y más tarde las carcajadas y al comenzar a caminar por sí solos, como si el mundo les estuviera exigiendo que prontamente emprendieran el camino de la vida, se escuchaba un grito en el oriente y en el segundo siguiente en el ocaso, por donde se mete el sol cansado del viaje de todo el día. Y así, desde la madrugada hasta que los viejos nos cansábamos, se mantenían los dos en un ajetreo tan intenso que cuando caían en la cama era para un solo sueño otra vez hasta la otra madrugada.

Y aún hoy, tantos años después, suenan y resuenan en mi mente los llantos y los gritos, las risas y las carcajadas de los que fueron naciendo con el paso de los años y los dos primeros comenzaron a multiplicarse porque se unieron en el más sagrado de los matrimonios, ese que bendice directamente el Creador desde su trono y protegemos los padres como celosos guardianes.
Siempre me río del momento en que mi hija Conchita me hizo la primera pregunta sobre algo que sentía en no sé qué parte del cuerpo y no pude explicarle el asunto porque yo estaba más rojo de la vergüenza que ella y me dije: Te has puesto viejo sin darte cuenta, porque esta muchacha ya está lista para darle al mundo su ofrenda y tú todavía te regodeas con Cande como si apenas se hubieran juntado ayer.

Fue en esos tiempos, mientras usted jalaba por un lado y yo por el otro la sierra cortando el palo de trementina, cuando le pregunté si no se había dado cuenta de que entre su retoño y el mío querían enredarse los bejucos y usted me contestó que el asunto era viejo, porque casi siempre son los padres de la muchacha los últimos que se enteran.
Ese muchacho le separa hasta la mejor presa de su propia comida, como si ella estuviera pasando hambre, me respondió usted con una cara de yo no fui. Carajo, le respondí, es que yo estoy tan ciego que no comprendía por qué el jabón se estaba gastando más que antes y es que la muchachita se demora en la quebrada lavando la ropa porque también lava la de Lorencito.

Y decidimos que había que tirar las cartas sobre la mesa y esos dos muchachos se pusieron pálidos cuando los llamamos a pullengue y supieron que sabíamos del secreto bien guardado entre todos y por lo tanto no debían seguir disimulando, pero sin recato alguno se abrazaron y se estamparon un beso que ni nosotros les habíamos dado a Concha y Candelaria.
¡Esa fue mucha alegría cuando les anunciamos que desde ese día eran marido y mujer y los arrodillamos en el duro suelo del patio común a las dos parcelas y los dos padres y las dos madres les arrojamos sobre los cuerpos agua consagrada a Dios y les entregamos nuestra bendición! Y los dos pavos más viejos, de los que usted dijo éramos los padres, fueron a parar a la olla, desplumados, despresados, adobados y engullidos en un suculento guiso acompañado de arroz con coco.

Yo sé que usted también recuerda todas esas cosas y cree que me engaña volteando la cara para un lado diciendo que se le metió un pajarito en el ojo. No compadre Lorenzo, son las lágrimas que usted no puede contener y yo sí, no por más macho, sino que mientras hablo puedo dominarlas mejor y a usted le llegan directo al rostro como si fuera una trompada del boxeador que llaman El Barbulito Zuluaga, que pega firme y seguido, o una del cartagenero El Dentista del Ring, que para sacar muelas con golpes no se lo gana ningún doctor en dientes. Es que los recuerdos duelen, compadre. Son más los dolorosos que los gozosos. 

Fíjese no más en lo que nos tiene ahora frente a frente, cuando deberíamos estar lado a lado para defendernos mutuamente, como en aquel mes de marzo en que el tigre nos acorraló sobre el árbol de florisanto y no teníamos por dónde escapar y sabíamos que si no lo hacíamos a un mismo tiempo el que se descuidara era hombre muerto. Su machete y el mío sonaron como finas espadas en golpes de batalla, pero no era más que las golpeábamos para que el tigre supiera, si era que podía entender, que si nos tragaba a pedazos era después de muertos, porque mientras hubiera una lucecita de vida estaríamos dándole machetazos para matarlo a él, como lo logramos con tanto esfuerzo, que ni la piel le quedó sirviendo, tantos cortes le hicimos por donde alcanzaban nuestras armas mientras eludíamos sus garras. Pero las cosas llegan así compadre Lorenzo. Cuando uno menos las esperas. Usted no sabe porque no me vio las lágrimas que derramé cuando me enteré del caso. No hay razón ni justicia para que usted y yo tengamos que enarbolar el machete para quitarnos la vida como dos varones de pelo en pecho. Usted es capaz y yo también. Por eso se nos respeta por toda la región y más allá, a donde llegaron las noticias de lo que los dos hicimos para civilizar estas tierras.
¡Tome su machete compadre, que yo saco el mío, pongámonos lado a lado como en los años mozos de nuestras vidas y para no pecar más de lo normal ante los ojos de Dios, usted mata a mi nieta que yo mato a su nieto! Y san se acabó, compadre, y digamos en coro:
¡Aquí paz y en el cielo gloria a los que aman al Señor!


EL BUSCAPLEITOS
La ingenuidad de niño me hizo creer que mi padre poseía extrañas facultades adivinatorias para poder señalar, antes de que le informara, cual era mi problema del momento. ¿Quién te pegó y por qué? O ¿Dónde te caíste? O también ¿Qué hacías en la paja de los Cabrales que tienes la espalda rayada con alambre de púas? hasta que dos cosas me llamaron la atención y a través de ellas deduje que no había tales poderes en el viejo, sino un descuido mío. Las escapadas a los potreros vecinos con amigos de la misma edad para buscar burras y darles salida a los impulsos sexuales precoces, en la época en que el bestialismo no era señalado como una aberración y, por el contrario, los mayores nos estimulaban para que no fuéramos a cambiar de ruta en la vida futura, las descubría mi padre con un simple vistazo al pantalón mocho, en cuya pretina quedaba un verdín en el roce con la vulva del animal. La otra, esta sí castigada sin que nadie pudiera interceder para evitarla, eran los baños en el río. Nos miraba y de inmediato decía: Yo le prohibí bañarse solo en el río y usted, o ustedes cuando el hermano mayor también incurría en la falta, no cumplieron. Le voy a dar tres lapos y si hace bulla, tres más. Entonces nos tocaba llorar para adentro, porque el cinturón, de cuero, tallaba en nuestras posaderas dolorosamente. Pero el placer de nadar era más fuerte que el dolor de los cintarazos y con frecuencia incurríamos en la falta.

Solo después de profundos análisis logramos establecer la causa para que nos descubrieran: la piel reseca, con una mancha blanca como si nos hubiéramos untado talco y los ojos rojos. Y comenzamos a dosificar la permanencia en el agua y a cerrar bien los ojos mientras nadábamos. Eso sí, si nos preguntaban, aceptábamos la culpa, porque en aquellos tiempos era peor una mentira. Cuando la descubrían, el castigo era más cruel.

Las actividades del viejo en la plaza de mercado, nos facilitaba la asistencia a la zona e iniciábamos el proceso normal de los niños de buscar y hacer amigos por todos lados, de aventurarnos en jornadas de investigación de los ¿por qué? de todos los tiempos, de dominar las técnicas de los juegos y los entretenimientos y de hacer las comparaciones que nos permitieron con el paso de los años comprender cosas que el hombre aprende por sí mismo. Y en el proceso hicimos amigos y enemigos entre muchachos de todas las condiciones sociales, étnicas y económicas. Desde los que vivían de lo que robaban o mendigaban y que se perfilaban como la carne de presidio de mañana, pasando por los aventureros que pretendían conocer el mundo y alternaban la calle con la casa y el colegio, hasta los hijos de los adinerados que formaban una clase social cerrada, indiferente, inhumana, que tal vez sus padres dejaban alternar con los demás niños de la entonces aldea, para que fueran conociendo desde la base a quienes serían sus víctimas en el futuro, constriñéndolas con el dinero y el trabajo.


Luchar contra estos últimos se nos convirtió en el pan de cada día. Sin apuros económicos y a sabiendas que en sus casas siempre habría los “tres golpes” del día, les era fácil encontrar quien por uno o dos “chivos”, como llamábamos las monedas de centavo, los representara en los conflictos que suscitaban los juegos. Allí y así aprendimos a establecer qué es lucha de clases y cómo el hombre es el más peligroso enemigo del hombre, y de qué manera la ruindad de espíritu, la cobardía, el odio y el rencor distinguen a determinados miembros de la especie. Sabíamos que los Sanfeliú, hijos de un español, que jamás realizaron una pelea a puños, eran más peligrosos que los hermanos Ayala, que desde muy niños saborearon y aspiraron las condiciones tétricas de los calabozos de los reformatorios más cercanos a nuestro pueblo, sindicados de diversos delitos. Los Sanfeliú poseían bienes de fortuna y los Ayala pasaban hambre y desnudez. A semejanza de los hijos del español, tal vez con menos perversidad, los hijos de los italianos, de los franceses y de otras familias extranjeras, recurrían al bolsillo para contratar a quienes pelearan por ellos. Concebidas y comprobadas las razones del comportamiento de los hijos de los adinerados, nos propusimos no pelear por ellos a ningún costo y defender a los que dentro de la pobreza eran, comparados con nosotros, más pobres aún.

Las peleas, que entendimos cuando ya éramos mayores no fueron más que el inicio de luchas clasistas, nos dejaron cejas abiertas y sangrantes, pómulos agrietados, ojos tumefactos, narices rajadas, labios hendidos, dientes de leche arrancados antes de tiempo, moretones en los hombros y el pecho y muchas otras señales que cuando llegábamos a casa nos delataban, no obstante, el esmero de los compañeros por disimularlos con afeites inocuos. Evitábamos pasar abiertamente por el lado de papá y mamá, sin deducir que esas actitudes eran las que patentizaban que algo no estaba dentro de lo normal y que les permitía preguntar:

—¿Otra vez peleaste? ¿Y ahora con quién y por qué?, pero no encontrábamos cómo eludir la respuesta y ello nos obligaba a dar cuenta hasta del último detalle.
—¿Usted buscó la pelea?
—No señor. Como le acabo de contar, fueron ellos los que me buscaron.
—Está bien. Pero le recuerdo: el que busca el pleito lo encuentra, y peor aún, lo pierde. Nadie que busca pelea gana. ¡Ojalá que no me entere de que usted es un buscapleitos, porque le va a ir muy mal! Pero eso sí, le irá peor si le buscan la pelea y usted no la enfrenta. El hombre verdadero, así sepa que va a perder porque el otro es mejor, se enfrenta con valor al adversario, sentenciaba papá, a quién de paso, jamás vimos en altercados ni siquiera verbales.

Tanto mi hermano como yo jamás olvidamos la recomendación. No buscábamos pelea con ninguno de los compañeros ni menos con desconocidos, pero reducidos a la necesidad de hacerlo, peleábamos con entusiasmo. Y como lo hacíamos sin ira, más bien con satisfacción, se nos facilitaba la victoria.
Llegó a tanto nuestra fama, que de un momento a otro nos vimos distinguidos no solo como buenos peleadores sino como los mejores amigos y representantes principales del barrio, cada uno en su edad, en las peleas callejeras pactadas con grupos de muchachos de otros barrios con apuestas en las que todos ganábamos.

Cuando papá se enteró de la distinción que ostentábamos, nos puso a su frente y nos dio una reprimenda verbal de marca mayor, terminando así:
—Ahora sí llegó nuestra familia a donde íbamos. Tenemos a dos buscadores de pleitos y buenos peleadores a trompada limpia. Ese honor no lo tienen las familias de bien de este pueblo, lo cual me llena de orgullo. Esta condición, hijos míos, les dará para vivir cuando sean hombres. Buenos puños, un cerebro reducido y mínima instrucción escolar, son una excelente condición para los hombres de bien, terminó diciendo con una mirada en la que afloraba sin obstáculos la ironía.
Al viejo le repelía castigarnos físicamente, en lo que estaba al otro lado de la vía en que caminaban la abuela paterna y mamá, que no perdonaban una sola y nos aplicaban la norma vigente en la escuela del Mocho Diego: La letra con sangre entra, que en la casa se convertía en: lo que no nos duele no lo aprendemos. Ambas partes tenían la razón. Papá con sus frases irónicas, más dolorosas en nuestras mentes que los castigos corporales, nos obligaba a pensar en el futuro. Abuela y mamá nos mostraban el presente y lo esencial de no incurrir en faltas para evitar el condigno castigo. Una buena dosis de temor aviva el amor. No hay dudas.

En el ir y venir, temiéndole a la regla DM del maestro Diego, que la aplicaba en las manos con mucha alegría, aprendimos a estudiar y amar la escuela y hacer las tareas, al tiempo que cumplíamos labores caseras y atendíamos los requerimientos infantiles de estar en todos los juegos. Pensamos hoy, con el cambio de actitudes de la sociedad de estos tiempos, que se califica a sí misma como “moderna”, que la abuela paterna, mamá y el maestro Diego, estarían más tiempo en la cárcel que en la casa y la escuela, acusados de maltrato infantil. Lo cierto es que, pese al rigor de la enseñanza y los castigos, no nos traumatizamos y levantamos nuestros hogares matizándolos con un poco de ayer y otro poco de hoy. Entre los centenares de niños y jóvenes que pasaron por las manos del maestro Diego, uno solo, Tomás, se idiotizó, pero no por los castigos sino por el hambre que pasó al provenir de una familia extremadamente pobre, aun cuando muchos piensan que no es idiota, sino que encontró en simularlo la manera de obtener el pan de cada día sin ningún esfuerzo.
En ese ir y venir, una mañana entramos en desacuerdo con el hijo del policía Medrano y al chocar en el cuerpo a cuerpo salió huyendo al no resistir la contundencia de nuestras trompadas. Y olvidando la recomendación paterna de que al enemigo en fuga hay que tenderle puente de plata, nos empecinamos en alcanzarlo. En una carrera de cerca de diez cuadras, el muchacho mantuvo la ventaja hasta que llegamos a la orilla del río y un grupo de cargadores de bultos observó la tenaz persecución y la incansable fuga. Lo atajaron, lo retuvieron, le indagaron las razones y me esperaron. Llegué ufano porque sabía que la pelea era otra de mis victorias.

Nos metieron en un círculo de hombres y lo animaron con sus gritos y dieron la orden de empezar la pelea. Medrano, a quien el miedo se le reflejaba en los ojos y en el temblor del cuerpo, me miró y repentinamente se agachó, dirigió las manos a los pies, se arrancó las abarcas de un tirón y con una en cada mano me aplicó la más larga, ruidosa y dolorosa tunda de golpes en las mejillas, con lo cual se ganó la pelea. Humillado, adolorido, miré impotente cómo lo dejaban fugarse en una carrera como la que traía antes de la pelea y me atajaban para que no siguiera detrás.
Quince años después nos encontramos en circunstancias diferentes y pese a que él cargaba una ametralladora y yo apenas un revólver, estaba prevenido y evitaba mirarme cara a cara. Como en el momento era su jefe, le pregunté qué le pasaba y se limitó a responderme:

—Yo soy el hijo del policía Medrano.
Fue suficiente. La respuesta me hizo lanzar una carcajada, le tendí la mano, comprendió que yo no guardaba rencor alguno y además de agarrar la mía con la suya, me haló hacia él y nos dimos un cálido abrazo. Un abrazo de hermanos. No cruzamos más palabras porque el momento era de peligro y debíamos enfrentarlo como hombres, como lo hicimos, con mucho valor, porque nuestras vidas estaban en juego. Pero me sirvió porque recordé las palabras de mi padre y la única pelea que perdí por no tenerlas en cuenta. Nunca fui, no soy ni seré un buscapleitos, porque el que busca encuentra y un hombre con miedo es más peligroso que un tigre herido. Eso aprendí con Medrano.




LA VISITA
Apareció a las siete de la mañana en el corral, en el preciso momento en que comencé a ordeñar a la pata blanca, una vaca de primer parto, caprichosa y retrechera, que dejaba de último para no dañarme el día sin haber ordeñado a las otras. La pata blanca había que amarrarla con cuidado, primero las patas traseras y después la tabla del pescuezo a uno de los postes del corral. La maldita casi arranca el poste del tirón que dio para salir corriendo. Era la primera vez que se comportaba así, porque una vez amarrada parecía acomodarse a la situación y se dejaba ordeñar sin más problemas; en los ojos se le veía el miedo a algo. Al buscar el motivo, que en un principio creí que se trataba de una culebra, mis ojos tropezaron con los suyos.

Se trataba de un anciano de piel blanca como la leche que estaba en los baldes, de bigote del mismo color, poblado y largo terminado en puntas de lado y lado, eso sí, bien peinado. Por el estilo del vestido de lino, supuse que era de los que en tiempos pasados llamaron liquiliqui. Unos zapatos como cotizas cubrían sus pies. El anciano, por la blancura de su piel y de su atuendo, parecía una estampa de santo, de esas que de vez en cuando reparte el cura en la iglesia. En medio de tanta majestad, de su rostro parecía irradiarse un raro fulgor, que no era otra cosa que el contraste de sus ojos, verdes, de tanta intensidad que parecían esmeraldas o pedazos de piedra lipe.

Si pata blanca se asustó en tal medida, yo no fui inferior. Quedé paralizado, ante todo al mirar que después de dar diez o doce pasos hacia mí, sus cotizas mantenían la misma blancura pese a la gruesa capa de lodo del suelo del corral, sometido a cuatro días seguidos de lluvia pertinaz. Pensé que la liviandad de su cuerpo era tanta, que ni siquiera dejaba huella en el lodo y más bien parecía flotar. Interiormente me dije: Llegó mi último momento, porque este anciano o es un ángel enviado por Dios para llevarme o un demonio que esconde su fealdad.

Sin apartar la mirada de mí, sentí, y no me equivoco porque sentí y no oí sus palabras ni le noté mover los labios, me dijo:
– No te asustes, Macario, que yo soy tu tatarabuelo Epaminondas del Cristo, que vine a visitarte y a conocerte. Eres el único que queda de mi familia y contigo se cierra el ciclo de su existencia. No habrá otros después de ti, porque no podrás tener hijos con ninguna mujer. Son designios de Dios y hay que acatarlos con humildad.
– Perdone anciano que no le crea, pero mi tatarabuelo murió al momento de nacer mi bisabuelo Pedro María. Él vivió ciento cinco años y mi abuelo Teodoro noventa, mi padre, Sabas, también vivió noventa.  De acuerdo con las cuentas, mi tatarabuelo murió, por lo menos, hace doscientos años. Y si como dicen, el único que volvió a la tierra después de tener tres días de muerto fue Jesús, se debió a su condición de hijo de Dios, porque de lo contrario le habría pasado como a los demás.
– No discuto tus opiniones ni tus cuentas. Pero en mí se cumple un anhelo de los tiempos en que estaba vivo, que no eran otros que volver a conocer, antes de su muerte, al último miembro de mi familia. Allá en donde he vivido desde el momento de mi muerte, el Todopoderoso me otorgó la facultad de regresar y de quedarme si así lo quiero y por eso estoy aquí. Créeme que es así y que lo que estás viendo es real.  Para que entiendas las cosas, primero te informo que ni soy ángel ni menos demonio. Ambas condiciones se produjeron en el momento de la creación y nunca jamás el Creador ha repetido hechos semejantes. Segundo, no soy el primero en volver a esta vida. Muchos otros lograron el permiso divino, pero por raras circunstancias que allá ni se comentan ni se critican ni mucho menos se indagan, casi todos regresaron al poco tiempo. Tercero, para que no dudes de mi condición, te traigo un mensaje de Mariana, tu madre, que te recuerda que no le cumpliste con la promesa de llevar a la Virgen del Pilar una manito de oro que ella le ofreció estando en vida, y tu padre, al que se le olvidó decirte dónde guardó los lingotes de oro que le dejaron unos soldados a su paso por esta casa, que los saques de debajo del caracolí que está en medio del patio.

Hablamos de otras cosas menos importantes y terminé de ordeñar a la pata blanca y me fui con el viejo Epaminondas hacia la casa. La primera de sus sorpresas fue verme echar la leche recién ordeñada no en las cantinas sino en un recipiente bien limpio, metálico, del que salía humo del intenso frío, y que llamábamos cava, le respondí al preguntarme.

La siguiente sorpresa se produjo cuando le invité a pasar a la cocina a bebernos una buena taza de café caliente. Mientras íbamos, de reojo observé cómo pasaba sus níveas manos en la pared del pasillo, en la que no había una arruga y, sin dudas, contrastaba con las de su tiempo, hechas de barro y boñiga o de caña flecha o balsa. Se detuvo bruscamente en la puerta de la cocina. Miró de un lado a otro, tocó ahora los lujosos baldosines, puso una mano con sumo cuidado sobre el nevecón de cuatro puertas, corrí y le abrí una de las puertas y admiró las frutas y las verduras, se cohibió con el aire helado, le abrí la otra y observó detenidamente los recipientes con carnes de cerdo, res, carnero, pollos y gallinas, pavos y patos. En la otra puerta pasó los dedos sobre los huevos y otras cosas y el colmo de los colmos lo recibió cuando le entregué un cubo de hielo en la mano, al cual, al sentirlo, manoteó pensando quizás que era una obra del demonio. Si no me hubiera dado la vuelta a tiempo para ver qué hacía, habría tocado el fogón de la estufa y se habría quemado. Respondiendo sus preguntas le señalé que ya no se cocinaba en hornillas ni con leña ni con carbón. Le mostré los fogones accionados por gas propano, los de energía eléctrica y los de gas natural. Para él, al mirar sus ojos, todo le era extraño. No se si los calificaba como maravillas o como cosas demoníacas, pero comprendí que estaba en un mundo diferente.

Me miró con cierta duda cuando me preguntó sobre mi esposa y le informé que ella y su hija aún estaban dormidas y que no se levantarían hasta las nueve o diez de la mañana. Mirando la taza de café comprendí su callado interrogante y le agregué que la muchacha de la cocina se encargaba de esos menesteres. Llamé a Claudia Patricia y al viejo casi se le salen los ojos al ver a la muchacha, una mona de nariz respingada, de cuerpo escultural, con las curvas en donde deben estar, que en esos momentos vestía una licra azul y que, pese al delantal, dibujaba sus intimidades algo protuberantes. Le agregué que era la moda de estos tiempos y que necesariamente las muchachas del servicio doméstico no tenían por qué ser viejas arrugadas, mal vestidas y feas. Una especie de sombra le oscureció la faz, no sé si de sorpresa o de ira, pero tal vez era consecuencia de lo segundo, porque dejó de mirar a la muchacha y me pidió que le siguiera mostrando la casa.

A las diez de la mañana bajaron de la segunda planta mi esposa y su hija, la cual engendró en su primer matrimonio, y se las presenté al viejo, al que tampoco le gustaron las vestimentas de ambas, batas de dormir transparentes que permitían ver las ropas interiores. Sin embargo, disimuló un poco y charló con ellas, que se aprestaban a ver en el televisor un capítulo grabado de la telenovela de las ocho de la mañana. Al encender el aparato el viejo dio un brinco en el asiento del susto que le produjo ver en la pantalla a todo color las efigies de personas, edificios, vehículos y todo lo demás en miniatura. Previendo esto, me había apostado a su lado y le detuve cuando amenazó con salir corriendo y le expliqué de qué manera había avanzado la ciencia y la tecnología y que debería prepararse a ver cosas mucho más sorprendentes. Me miró y en sus verdes ojos el terror brotaba incontenible. Con mucha paciencia le calmé el ánimo y lo conduje a la biblioteca, pero allí también se sorprendió con el computador, la impresora, la fotocopiadora, el escanógrafo, de los cuales le entregué una información más o menos completa. Tomó varios tomos de los estantes, repasó con ligereza las páginas y se detenía a ver las gráficas en color. En esos momentos se aclaró en mi mente un hecho que había estado rondando, pero sin concretar, que no era otro que el comprobar que, desde la cocina y unas ligeras palabras con mi esposa y mi hijastra, el viejo había guardado un silencio sepulcral, tal vez anonadado con las nuevas experiencias de su vida. El choque entre la vida y las experiencias de un hombre de tres siglos atrás y la civilización y el modernismo del siglo XXI, podía asimilarse al choque de dos aviones de guerra en el espacio. El símil era correcto si se decía que el viejo seguía muerto en la muerte y muerto en la vida. Se negó a salir de la casa para conocer la cercana ciudad. No tenía fuerzas para enfrentar estas cosas. La sola permanencia en la casa le había sido demasiado traumática. Así lo comprendí y por ello no continué con las invitaciones.

A la hora del almuerzo miró los platos y platillos elaborados por las expertas manos de Claudia Patricia, que ponía el mismo fervor en la presentación de las comidas como en su presentación personal, a lo que se agregaba la ricura de su sazón. Picó de uno y de otro plato las apetitosas viandas, y luego las emprendió con todas, porque todas le habían agradado. No existía la más remota semejanza entre estas viandas y las comidas de su tiempo.

Se negó a mirar televisión, a escuchar música, y prefirió refugiarse en la biblioteca en donde tomó varios tomos relacionados con teología y religión y, cosa rara, lanzaba ruidosas carcajadas de burla cuando leía afirmaciones de cómo era Dios, cómo el Diablo, el purgatorio, el infierno y el cielo, etc. etc. Comparaba la imaginación de los escritores con la realidad y ello le producía risotadas burlonas. Ninguno decía la verdad.

En la tradición oral de la familia, se aseguraba que el viejo Epaminondas fue hijo de un francés que se enamoró de una española y por ello se trasladó a la península. Cuando era un zagal, muy bien parecido, por cierto, decidió un día amasar fortuna con sus propios esfuerzos para no deberle nada a nadie y se fugó para América, en donde en los primeros años experimentó grandes sinsabores, pero poco a poco, con cuidado, esmero, seriedad y espíritu ahorrativo, acumuló lo suficiente para que lo llamaran don Epaminondas y le quitaran el estigma de aventurero y ladrón.

Bien preparado gracias al esmero de sus padres por instruirlo y a su inteligencia, el hombre entendió que en la tierra a la que había llegado, sus antepasados sembraron los primeros hitos de la diferenciación de clases sociales y se fijó la meta de llegar, sino a los primeros puestos, por lo menos a los siguientes. Y los títulos, el respeto, la consideración se acumulaban gracias a los fondos en las arcas y la posibilidad de largar la mano con la oferta para seguir adquiriendo tierras y otros bienes que daban prestigio y por tanto poder y gloria.

Cuidadoso en todas sus cosas, sólo daba atención a sus requerimientos y exigencias sexuales con mujeres comunes, cuando estaba seguro de que ello no trascendería ni afectaría el alcance de su meta. Al solicitar la mano de la afamada María de todos los Santos, Bienaventurada, Santísima, Inmaculada del Perpetuo Socorro Molinares de Alba y Castillo, pese a carecer de títulos de nobleza que se había obstinado en no comprar, le fue entregada y la pompa de la boda satisfizo a todos, involucrándose en los recovecos de la nobleza y la riqueza de la ciudad. Pero María con todos sus nombres y apellidos no resistió sino hasta el tercer hijo, cuando murió de parto. El viejo entonces dirigió su mirada a Catalina Josefa de la Trinidad de Linares y Cuevas, más bella, más joven, más linda, y más adinerada que María, con la cual engendró cinco hijos. Pero no obstante los años vividos con ambas, la gente comenzó a rumorar que don Epaminondas “tenía el hígado blanco o la suerte del pato cenizo”, porque las esposas se le morían rápido.  En contra de los rumores, la tercera esposa fue Estefanía de la Gracia del Señor Palomino y Cáceres y Miranda del Porto. Con ella terminó su proceso reproductivo, apenas seis, para completar catorce herederos. Viéndolos un día reunidos a todos, así como con los hijos de cada uno que formaban una multitud, el viejo dijo: “Si me hubiera casado con vacas hoy tendría el más grande hato de América”. Porque a la par con las esposas de nombres rimbombantes y de altas alcurnias, don Epaminondas miraba con deleite a las indígenas y a las negras. Las primeras porque eran amantes sumisas y hacían lo que él quería, y las negras por su fuego en cuestiones sexuales. Ninguna de las dos cosas encontró en las nobles hijas que por razón de sus propósitos escogió como esposas y si tuvo catorce hijos con las tres, se debió más a su empeño de sembrar en ellas el deseo de aprender que a otra cosa. Pero se llenaron de hijos sin saber, ninguna de las tres, cómo fueron concebidos. Principiando porque no conoció los cuerpos desnudos ni mucho menos las caricias previas al coito. Dormían en camas separadas y en cuartos distintos “porque el vaho del hombre marchita la piel de la mujer” y a la hora de una jornada de sexo, se presentaban vestidas con unas batas gruesas y largas que las tapaban del cuello hasta la planta de los pies y una hendidura a la altura de la vulva, por la que introducía el miembro viril. Las indias y las negras no eran menos veleidosas, por ser la costumbre de la época, pero permitían otras cosas que le agradaban y lo dejaban placenteramente complacido. Mientras pudo, contó unos ochenta o noventa hijos ilegítimos, palabra con la que atenuaban el rigor de “bastardos”, que en América había quedado para insultar a los hijos de la plebe.

Las mismas crónicas, por infidencias de una esclava, aseguraban que, durante la etapa de convivencia con su primera esposa, María de los tantos nombres, el viejo Epaminondas fue famoso porque siempre mantenía el miembro viril como bocachico para freír: arrollado. Jamás se enteró del porqué de las finas cortadas y por ello pensaba que la vagina de su esposa debía tener agallas para producirle estas heridas. La esclava le dijo a otra esclava, que por acostarse con el viejo había visto sus intimidades y sentido cómo se quejaba cuando estaba en el ajetreo, que se debía a que María, nacida en España y venida al Nuevo Continente siendo una niña, siguió el comportamiento materno de no bañarse sino cada quince días y de jamás depilarse la vulva porque “no debemos destruir lo que Dios ha creado”, además de alegar que si se los cortaba dejaban de ser finos para convertirse en pelos gruesos como el de los cerdos. Como la esclava la bañaba cada quincena, conocía las emanaciones íntimas de María, ciertamente insoportables, y mientras le pasaba el jabón por las entrepiernas disimuladamente medía el largo del pelambre y estaba convencida de que tenían, no solo la densidad de un manglar sino el largo de una cuarta y un jeme “porque ya le llegan a la rodilla”.

Justifico entonces la decisión de mi tatarabuelo de no pasar un minuto más en la tierra, en esta vida que vivió tan intensamente, porque sus épocas estaban diametralmente opuestas a las actuales. Es cierto que gozó sexualmente y que dejó, mal contados, un centenar de hijos, pero jamás apreció una mujer desnuda ni gozó el sexo como en estas calendas. El viejo me miró a punto de desmayarse, no se si de la impresión o de la furia o de ambas cosas, cuando a las seis de la tarde y bajo la claridad intensa de la araña de cristal que ilumina esplendorosamente el estar T.V. y en amena charla conmigo y con mi esposa, mi hijastra, de dieciséis años, se presentó al lugar como Dios la echó al mundo, totalmente desnuda, y la vulva como una concha de nácar reluciente, sin un pelo indecente, como le gustaba andar por la casa mientras no había visitas, se dirigió al lado de la madre, alzó el pie y lo colocó sobre el sofá, dándole el frente al viejo, y le pidió que la revisara porque algo dentro de la vulva, claro que lo dijo con una palabra castiza, la estaba molestando al andar y no encontraba qué era.

A las siete en punto de la noche el viejo, con un gesto malhumorado y visiblemente perturbado, alzó la mano y me dijo adiós. Volvía al lugar en donde moraba desde hacía tantos años y del cual no debió salir. Como me dijo que tras de mí no habría otro miembro de la familia, mentalmente supe que, hasta mi pobre y bella hijastra, que por razones del modernismo y de las nuevas costumbres no le daba importancia a la desnudez, acababa de firmar su propia sentencia de muerte en santo olor de castidad.


EL PERRO DE TOSCANO
El olor a tierra mojada, a polvo levantado por las gotas de lluvia que se estrellaron contra el suelo de la región una hora antes, invade el caserío de Buenos Aires y sus alrededores. Pero sólo fueron gotas de un chaparrón en el que se convirtió la amenaza de un aguacero esperado por todos para refrescar la tierra y alimentar los cultivos, ávidos del líquido como consecuencia del largo verano.
Levantado en una de las faldas de la montaña conocida como La Bola de Hilo, el caserío de Buenos Aires vio crecer en su entorno y a distancia relativamente cerca, otras poblaciones. Eso lo mantuvo en el olvido, tanto, que ni siquiera aparece en los mapas. Favorablemente, porque ese olvido lo marginó de la violencia política y de los fenómenos naturales, que cuando se presentan lo tocan tangencialmente.

En la primera ola de violencia sufrió el paso de una comisión de la policía política al mando de El Charro; poco tiempo después una visita del monito Corrales, que, al cambiar del partido rojo al azul, se comprometió a entregar a quienes habían sido sus copartidarios. De la primera incursión hubo un muerto y dos de la segunda.
Tres años más tarde, y quizás por la altura a la que queda en la falda de la montaña, alcanzaron a ver con tiempo las llamas de un incendio forestal que se inició a la orilla del mar, se metió selva adentro y durante cuatro días de intenso trabajo, abrieron un guardafuego de cinco “tareas” de ancho que detuvo la amenaza. Un poco después se fugó del Mar Caribe, por Punta San Juan, un huracán que arrasó con lo que encontró al paso en un radio de cincuenta kilómetros, pero una vez más, Buenos Aires quedó al margen.

En una esquina de la plaza, el viejo Toscano aprovecha la luz natural de las últimas horas de la tarde para contar y recontar las papeletas de café, ajo, comino, pimienta y otros productos que expende al menudeo, los que arroja sobre el largo mostrador, digno de una tienda más grande y mejor surtida, pero ahora patentiza la pobreza del anciano y quizás un pasado menos miserable. Allí, en medio de los vestigios de una grandeza que se fue, ignorado por los habitantes del caserío que no le perdonan que hubiera servido de guía de la policía política, más conocida como la “popol”, espera el último instante de su ya larga vida.

En la que fue calificada “época de la violencia”, como si hubiera sido la primera y la última, el comandante de la policía política apodado El Charro, llegó con sus hombres a Buenos Aires y tras establecer quién o quiénes conocían la región y militaban en el partido de gobierno, escogió a Toscano como guía y él los condujo de uno a otro confín de la misma, traspasando incluso límites de una provincia vecina.
Al regreso del largo y sangriento recorrido, y después de concluir que en la capital de la provincia no habría sitio para los más de sesenta detenidos, a los que conducían amarrados uno con otro y en fila, todos ellos sacados de las parcelas en los momentos en que trabajaban pacíficamente sus cultivos, les colocaban un trozo de tela roja en la cabeza para acusarlos de “chusmeros”, decidieron en la cima de La Bola de Hilo, deshacerse de ellos. Unos tras otro fueron decapitados y los despojos lanzados al vacío. Los familiares de los muertos acusaban al viejo Toscano, de cómplice en la masacre.

El odio contra el anciano, al que sólo dirigen la palabra cuando es necesario o se compra en su disminuida tienda cuando en las otras no hay lo que se requiere, se dirige también a su perro. Es un animal de unos tres años que se parece a su amo. Ambos son altos, delgados, de quijadas pronunciadas y rectangulares, como cortadas a machetazos, caminan con lentitud desesperante, bamboleándose en lucha contra el viento.
Sólo varían en el color de la piel. El hombre es de tez blanca y ojos verdes. El perro es negro. Tanto uno como otro desagradan a los demás por la mansedumbre. El hombre balbucea un amago de protesta cuando algo le molesta. El animal ni siquiera muestra los dientes. Si el viejo Toscano resiste el soterrado rencor de los vecinos, el perro aguanta los desprecios y los golpes. No responden, no atacan, soportan como si fueran los otros los que tienen la razón, o quizás esperan que se cumpla la promesa divina de que los mansos y los perseguidos serán redimidos en la otra vida.

El anciano es hombre medianamente ilustrado y no esconde su admiración por las gestas de caballería y las historias de los caballeros de la edad media. Si le pusieran los arneses de caballero podría confundírsele con las estampas que muestran a don Alonso Quijano. Quizás sus simpatías por esas leyendas le indujeron a ponerle al perro el nombre de “Fierabrás”, que los del caserío, para molestar al anciano y burlarse de la mansedumbre del animal, trocaron por el de “Fiera Brava”.
Fierabrás está echado ante la puerta de la tienda con la cabeza recostada sobre las patas, mirando hacia la solitaria plaza. El cachaco Fonseca irrumpe por la esquina, la que da a la quebrada vecina, con su característico atuendo vespertino: polainas negras de caucho, sombrero alón de paja, carriel, un poncho para secarse el sudor o arroparse si hace frío, y a semejanza de los charros mejicanos de Pancho Villa, con dos cananas repletas de cartuchos para escopeta que le rodean, en cruz, el torso. Terciada al hombro izquierdo una escopeta calibre catorce; en la mano del mismo lado otra escopeta, esta de calibre doce; en la mano derecha porta una carabina Winchester de repetición. Además de tres o cuatro cuchillos alrededor de la cintura, de donde también cuelga un revólver Colt, cartuchos, navajas, etc. Si fuera para una batalla, no llevaría tanto armamento y munición. Detrás del cazador aparece “Pampero”, siguiéndole los pasos y antecediendo a la jauría que marcha más atrás, compuesta de una decena de perros “chapolos” que, por raza, porte, color y otros detalles, parecen clonados.

Se meten a la plaza y llegan al lado de un joven que descansa de la faena diaria. Fierabrás alza las orejas y luego la cabeza, se estira y bosteza como para quitarse la pereza y se acerca a la jauría.
Fonseca suele cazar solo y únicamente con sus perros, pero inexplicablemente invita al joven. Cuando Fierabrás llega a su lado muestra desagrado y lo espanta, pero el invitado le pide que se lo deje y acepta. Es la primera vez que ambos, el joven y Fierabrás, participan en una “monteada” como llaman por esas tierras una jornada de cacería. Fierabrás, por el rechazo de que es objeto y su mansedumbre le impide romper las normas que le imponen. El joven, porque siempre ha eludido las cacerías y mucho más nocturnas, como consecuencia de una historia familiar ocurrida por los lados de Las Cruces del San Juan y también por considerar que la noche se hizo para descansar. Pero cuando las cosas van a ocurrir no hay nada ni nadie que las ataje o las aplace, y sin pensarlo dos veces aceptó la propuesta de Fonseca.

Toman el sendero hacia la montaña en una penosa subida que se hace desagradable al apartar las ramas y estas vierten chorros de agua helada, A las seis y treinta de la tarde llegan a una de las estribaciones en medio de las tinieblas, porque “hoy oscureció más temprano”, según afirma Fonseca, y reposan por un largo rato.
Fierabrás se adelanta y Pampero no muestra celo alguno. Súbitamente el negro animal se detiene con los músculos tensos, alza la cabeza, mira a derecha e izquierda y Fonseca, como buen cazador, no pierde detalle de la actitud de Fierabrás y se coloca a su lado y lo detiene cuando intenta salir a la carrera, le coloca la mano en la cabeza y le susurra al oído, alcanzándose a oír que repite: “¡Quieto! ¡Quieto!” El comandante de la jauría llega y mete el hocico donde antes lo había hecho Fierabrás y se queja mientras agita la cola en señal de que también percibe el olor de la presa y que por tanto la pista es segura.

Los perros, veteranos, forman por sí solos un arco con pampero al frente y en esta ocasión, acompañado de Fierabrás, que parece en momentos salir en persecución del animal detectado, pero como si ya lo hubiera hecho antes, en medio del desespero por salir mira a Fonseca y espera intranquilo la orden de arranque. El cachaco lo mira con otros ojos. Le gusta la actitud del negro, sabe que allí se estaba perdiendo un cazador nato. No demora en dar la orden y grita: ¡Oste! ¡Agárrenlo! Y la jauría sale a toda velocidad ladrando con entusiasmo ladera abajo. El arco funciona a la perfección. Los dos perros laterales se adelantan y los demás mantienen sus posiciones, para evitar que la presa huya por los flancos cuando sienta la presencia de los perseguidores. Suben, bajan, vuelven a subir y a bajar y así se mantienen por un largo trayecto de una montaña a otra.
Los animales persiguen la presa por el olor. Van a lo que van. Y los dos hombres, con un espacio, siguen detrás no con gran esfuerzo, para no perder a los animales y estar cerca al momento de rodear la presa.

A las ocho de la noche la jauría está esparcida en medio de la oscura montaña. Los latidos se escuchan lejanos mientras que los dos cazadores empiezan a sentir el cansancio por la larga y extenuante carrera. Se detienen al lado de una quebrada para refrescar sus cuerpos y beber un poco del agua fría que baja cristalina de la montaña y mientras lo hacen, Fonseca comenta que debe tratarse de una presa muy veterana, posiblemente un saíno, como para mantener tan extenuante carrera. En eso escuchan hacia un lado de donde están los gemidos adoloridos de un perro. El cazador sabe qué pasa y lanzando una maldición corre al sitio en donde encuentra uno de los animales y con la linterna detalla las heridas que presenta. Lo abraza con cuidado, le besa en el hocico y con el agua de la quebrada le lava las heridas y le quita la sangre. Luego lo traslada a un lecho improvisado con hojas de mafafa y le aplica unturas medicinales y sin necesidad de abrirle la boca, extiende la mano con una pastilla y el animal la toma con la lengua y la traga.

El silencio que guarda y los músculos tensos, muestran que el cazador está furioso. Por ello el joven deduce que no solo deben continuar, sino que la carrera será más agotadora y extenuante que hasta ahora. Pero antes que la presa lo que van encontrando son perros malheridos. La presa se ha defendido con todo y diezmado la jauría. Es indudablemente un saíno, grande, que con sus garras ha evadido el peligro. La jauría completa no lo ha alcanzado aún, sino animales solitarios que osaron enfrentársele y salieron perdiendo. Como a las doce de la noche Fonseca dispone el regreso.
Faltan tres perros, entre ellos Pampero y Fierabrás, pero pese al silencio de la montaña no se escuchan sus latidos por ninguna parte. Están lejos y deben, quiéranlo o no, esperar la luz del día para localizarlos, si es que acaso para entonces viven.

Tres días duró la localización de los perros. El primero fue Cocoliso, en Las Platas Arriba, en la finca de la familia Canchila; Pampero en la de los hermanos Negrete en la localidad de Umbitos y Fierabrás en la región de Mulatos, donde una familia Pérez.
Al confrontar el estado de los animales y los informes de los que los encontraron en medio de la montaña, se reconstruyen las ocurrencias y por tanto el trabajo de la jauría. Los Pérez remataron al saíno, un animal de tamaño descomunal y poco común, con experiencia en la lucha frente a los perros, demostración palpable al haber diezmado la jauría de Fonseca; agotado por la larga distancia recorrida y el acoso, por último, de Fierabrás, optó por meterse a una cueva que resultó de roca dura por lo que no pudo escapar. Estaba en similares condiciones a sus perseguidores, como indicio de que en más de una ocasión la pelea fue frente a frente y en la que las garras del saíno llevaron la mejor parte.

Pampero y Fierabrás, a pesar de las heridas, no cejaron en el empeño. Con un manotón que ahondó las primeras heridas y casi le daña la pata delantera derecha al profundizar una herida anterior, Pampero abandonó la persecución por imposibilidad de correr.
Cocoliso y Pampero fueron hallados a las puertas de cuevas en las que el saíno se metió en su fuga y trasladados por los Canchila y los Negrete a sus predios en donde los curaron. Admiraron a los dos perros, pero debido a que sus ladridos se escucharon a la medianoche, debieron esperar la madrugada para establecer qué ocurría, encontrándolos en lamentable estado, casi muertos.
Los Pérez suministraron detalles más interesantes sobre el negro Fierabrás. Esperó desde las tres de la madrugada, desangrándose, frente a la entrada de la cueva, de pie, evitando caerse como consecuencia de las heridas, pero sin abandonar la presa. Sabía que estaba dentro y la acosó con sus latidos como informándole que si salía de allí era por otro lado, menos por la entrada. Cuando los Pérez llegaron a su lado, esperó, expectante, el tiro de escopeta que acabó con la vida del saíno y solamente cuando vio que lo sacaron muerto, se derrumbó. No podía estar un segundo más parado. En una parihuela improvisada con hojas y bejucos lo bajaron de la montaña a la casa de la finca y le aplicaron las primeras curaciones.

Entre el cazador y sus perros se crea una atmósfera singular. Algo así como la intimidad de padres e hijos en la que no se sabe quién quiere más a quién. Fonseca quería a sus perros más que a sus hijos. Había convivido con ellos durante su largo tiempo de soltería y el más nuevo nació dos o tres meses después de que lo hizo su último hijo, que apenas contaba dos años. Pero era Pampero su preferido, el que conocía sus secretos, el compañero de sus citas amorosas y furtivas, el que parecía una extensión de su cuerpo, sus ojos, sus pensamientos, porque sabía hasta dónde llegar y qué hacer mientras él cumplía sus citas sexuales, el que vigilaba su sueño. Por eso, quizás, no le importó dónde ni ante quiénes estaba, al ver a Pampero. Si a cada uno de sus animales dedicó unas lágrimas a éste lo bañó con ellas al ver el estado de postración en que estaba.

Como si fuera poco, el animal, que casi no se movía por el dolor, levantó el hocico y lo puso en la boca del cazador a manera de beso como para decirle que aún la vida alentaba su cuerpo.
Fue, sin embargo, mayor la emoción del encuentro del cazador con el perro despreciado, con el negro aborrecido, con Fierabrás. El hombre no logró contener su emoción y cayó de rodillas ante el animal, al que dos niños espantaban las moscas para evitar infecciones en las heridas muy profundas que presentaba en la cara y en el cuerpo. Fue él, entonces, cual si se tratara de una mujer a la que brindarle caricias, quien le pasó con delicadeza sus rudas y callosas manos sobre los lugares donde podía hacerlo y el que lo besó con lágrimas en los ojos. Había encontrado una joya por cuyo lado había pasado desde que el viejo Toscano lo cargaba entre sus brazos, pero a la cual no había sopesado ni sus quilates ni sus posibilidades. Pese a su veteranía en la caza, había ignorado que hay perros que nacieron para cazadores, influenciado quizás por el resto de los pobladores de Buenos Aires. Pero si se salvaba, aún era tiempo de reivindicarlo.

Durante veinte días, Fonseca y el joven van y vienen a los lugares en donde están Pampero y Fierabrás. La hazaña de la jauría y la reivindicación de Fierabrás, son la noticia del caserío primero y de toda la región después. Por todas partes se habla de la jauría y de cómo acabaron con un saíno – y fue entonces que vino a saberse – que había hecho estragos con otros perros por cerca de un año en una extensa región. Tal vez por eso el viejoToscano se sorprendió de ser ahora no el blanco de las maldiciones sino el de las felicitaciones, aún de desconocidos que llegaron hasta su humilde negocio a proponerle la compra de Fierabrás, lo cual rechazaba de inmediato. Por el contrario, siempre que podía, llamaba al joven testigo de la odisea, para preguntarle nuevos detalles o para que le repitiera la historia en la que su perro fue de las figuras principales.
Hoy, Fonseca y el joven, que salieron ayer, llegarán al caserío con Pampero y Fierabrás. Por eso a las cuatro de la tarde, cuando se escuchan a la distancia los gritos con que se saluda a los dos hombres y a los dos animales, se forma en la plaza del caserío la romería de vecinos que quieren saludar a sus héroes.

Don Julio Oviedo y don Naudim Bello, los jefes de los partidos azul y rojo, que desde que pasó la oleada de violencia volvieron a trabajar mancomunadamente y en sana paz, tomaron la decisión de apoyar, asumiendo los gastos, una fiesta para recibir a los dos animales. Sin decírselo a nadie, contrataron una banda de músicos y enviaron a El Carmelo por varias cajas de licor y por eso, el sorpresivo golpe del bombo fue acogido con un estruendoso grito de las gentes.
Los dos animales vienen en anda tirada por un burro y cuando llegan a la plaza, delante de todos que quieren tocarlos para comprobar que en verdad están vivos, Fonseca carga al enorme Fierabrás y lo deja en los brazos de Toscano, que lo besa como si fuera su hijo, lo único que le queda de familia. De pronto, grita:

–Señor Fonseca: Jamás fui cazador y ahora, mi vejez, me impide serlo. Fierabrás es un cazador nato y no puede desperdiciarse conmigo. A partir de este momento, si usted lo quiere, se lo entrego, y con él, mi corazón. Recíbalos, por favor.
Años más tarde, nadie pudo decir quién fue el primero en hacerlo, pero el odiado guía de la popol es alzado en hombros en medio del júbilo y los aplausos del pueblo, y junto con su perro, paseado en hombros por toda la plaza a los acordes de porros, cumbias y fandangos de la banda.

Fierabrás, el perro constantemente apaleado, echado de todos los lugares, odiado como su amo, logró esa tarde otra hazaña: Quitarle a su amo la pesada carga de odios que el pueblo le había acumulado en los hombros durante tanto tiempo, y ponerle ahora la de la amistad y el cariño de todos.




EL SUSTO DE BENIGNO, EL REZANDERO
Los españoles diezmaron a los nativos del Nuevo Mundo para introducirles a como diera lugar la doctrina del catolicismo. La cruz de la espada que de forma ominosa blandían los soldados y la cruz que presentaban los misioneros como símbolo de redención del ser humano, se convirtieron en las mejores armas utilizadas para convencer a los llamados indios. La una les castró el cuerpo y la otra el alma. Pero cuando los aborígenes, y luego los nuevos seres surgidos de la mezcla de españoles, indios y negros, asimilaron las enseñanzas y se convirtieron al nuevo credo religioso, entonces la iglesia se mostró inferior a sus responsabilidades y no envió ni formó suficientes misioneros y sacerdotes para atender la feligresía.

La carencia de guías espirituales originó, y aún quinientos años más tarde son insuficientes, que algunos laicos que se iniciaron en la asistencia a los sacerdotes como acólitos o monaguillos, asumieran el papel de sacerdotes. La historia del Sinú registra diversos nombres de éstos que oficiaban novenas, y que durante largo tiempo cumplieron estas funciones con la complacencia de la misma iglesia.

Entre los más famosos se encuentra Benigno Peñate, que en Montería santiguaba, exorcizaba, rezaba novenas, oraba ante las tumbas de los cementerios los días de difuntos y rezaba el novenario, es decir, que durante nueve días consecutivos y frente a un altar, cumplía la misión de acompañar a deudos y amigos para pedirle al Todopoderoso el perdón de los pecados del muerto.

Benigno fue un hombre de mediana estatura, grueso con tendencia a la obesidad, blanco, pelo parado y amarillo, con dificultades visuales que lo obligaban a esforzarse para determinar las cosas y medio sordo, lo que se manifestaba al ladear la cabeza como para escuchar mejor y algún defecto en las piernas que lo hacían bambolear al andar. Nuestro hermano Eduardo, por curiosidad, se dedicó a seguir a Benigno por varios días y asegura que luego de analizarlo, piensa que Cuasimodo, el jorobado de la novela Notre Dame, debió ser parecido al rezandero o viceversa. Algunos atribuían el bamboleo al peso de un saco de fique que se terciaba sobre el hombro izquierdo, lleno de los elementos apropiados para cumplir su trabajo misionero, como eran una gruesa Biblia, un misal no menos voluminoso, candelabros de mesa, campana, el incensario, el irrigador de agua bendita y muchas otras cosas, hasta alimentos, manojos de hierba buena, hierba santa, ruda, cogollos de matarratón para santiguar a los niños con mal de ojo, etc.  

Su vestimenta fue igualmente singular: chaquetilla y pantalones de dril color caqui, bajo la chaquetilla una camiseta para atajar el sudor, las mangas de los pantalones una un poco encima del tobillo izquierdo y la otra a mitad de la pierna derecha, abarcas de tres puntá, en la mano derecha una campanilla con la cual anunciaba su paso y ofrecía sus servicios.

El único problema de Benigno en su benéfica acción de suplir a los sacerdotes consistía en un remoquete que alguien le puso y que al oírlo el hombre lanzaba rayos y centellas, maldiciendo a la familia de quien gritaba desde por lo menos dos o tres generaciones anteriores y posteriores. Benigno lanzaba anatemas contra quien le gritaba a su paso: ¡Chicharrón con pelo! Posiblemente este apodo surgió al comparar un chicharrón sacado de un tocino mal lavado y que aflora pelos como púas y el cabello del rezandero, que como ya dijimos, era mono y tieso.

Al hombre no le importaba el sitio ni la función que ejecutaba y podemos dar fe, porque lo escuchamos más de una vez, que en medio de una oración algún muchacho le gritara el remoquete y se produjera una escena en la que el grito del niño o joven imprudente y la reacción de Benigno se amasaban con la oración del instante, en medio de las risas contenidas de los participantes del rosario, como la siguiente o muy parecida:

Benigno: Padre Nuestro que estas en el cielo santificado sea tu nombre...
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: ¡Tu madre hijo de puta...! venga a nos tu reino...        
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: ¡Malparido!.. y hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: Malditos sean los trapos que te calentaron... El pan nuestro de cada día dánoslo hoy...
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: Y perdona nuestros pecados…(y encárgate tú, Señor, de perdonar a este triple hijueputa, mal culiado que Satanás debería llevarse a la quinta paila del infierno)… así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: Hijo de la gran puta… y no nos dejes caer en tentación
El grito: ¡Chicharrón con pelo!
Benigno: y líbranos del mal…(pero a este mal nacido y a la mula que lo abortó, arrójale todas las plagas de la miseria humana)… amen.

Igual acontecía en calles y plazas de Montería durante las cuatro o cinco primeras décadas del siglo pasado. Nuestra progenitora quedó convencida de que todas las dificultades económicas que nos agobiaron durante muchos años, partieron del día en que Benigno pasaba ofreciendo sus servicios por el barrio Obrero y en la plaza, en donde nos encontrábamos en ese momento jóvenes y niños de los barrios Obrero, 14 de Julio, Granada y Miraflores, que en número cercano a la centena formábamos un bloque monolítico para enfrentar a las galladas de Panamá, Balboa, Colón y Chuchurubí en encuentros de béisbol, fútbol y peleas a trompada limpia, jugábamos un interesante partido de bola de caucho. Alguno, posiblemente de los de mayor edad, vio al rezandero y lanzó el grito: ¡Chicharrón con Pelo!" coreado insistentemente por los demás. Pocas veces, debido quizás a la multiplicación del grito, presenciamos un ataque de furia de este pobre hombre, que tiró con fuerza contra el piso el saco que llevaba al hombro, contra éste la campana y el misal para maldecirnos a todos escupiendo a su alrededor como para formar un círculo cabalístico, arrodillándose y elevando la cara roja de ira hacia el cielo implorando la voluntad divina que le permitiera castigarnos. Mamá se encargó de acallar a la gallada sólo con dirigirse en silencio hacia Benigno. Lo invitó a levantarse tendiéndole la mano, lo llevó a la casa y le ofreció un poco de agua fresca, diciéndole en voz baja que ignorara a esos muchachos desocupados e imprudentes.

Lo mejor del repertorio de Benigno, indudablemente, fue la novena de difuntos. Durante nueve días cumplía con rezar el rosario, las letanías y otras oraciones, hasta la última noche, cuando cambiaba sustancialmente el repertorio. Un poco antes de las doce de la noche y él de tanto hacerlo medía con exactitud el ritual de manera que la última palabra la pronunciaba conjuntamente con la última campanada del reloj a las doce en punto, procedía a apagar las velas del altar y de toda la casa, quedando ésta y la concurrencia completamente a oscuras. Benigno golpeaba la mesa del altar y pronunciaba el nombre del difunto en voz alta, clara y precisa, y después de exhortarlo a viajar al cielo o al infierno, según le tocara en el juicio divino, le insistía en que ya no pertenecía a esta dimensión. Igualmente tocaba la campanilla y en medio del silencio y la oscuridad daba golpes, palmadas, rodaba muebles, gorgoriteaba y hacía otrosruidos que sobrecogían de temor a los asistentes. Fue célebre este rito de Benigno, y por ello se le venía a buscar de distintos sitios por monterianos residentes en ellos que, previendo la muerte de un allegado, lo contrataban oportunamente.

Un grupo de jóvenes integrado por Pedro Nel Martínez Cuadrado, a quien llamaban "Pedro Sancocho", Alfonso Burgos Ballestas, Luis Sindulfo Pérez, Camilo Lamadrid Fabra, más conocido como Camilito, entre otros, asistían a todos los funerales. Como Montería era entonces un villorrio las diversiones para la juventud estaban circunscritas a las charlas en la casa o en las de los familiares y amigos; a esperar los famosos bailes con orquesta en la residencia de don Juan Fabra, a un lado de la plaza chiquita o de la cruz, acreditados porque allí sólo asistían los mejores bailadores de porros, cumbias, mapalés, merengues y otros ritmos regionales, o polcas, mazurcas, valses, bambucos, pasillos, boleros y son montuno. O donde los Sáenz, en la plaza grande, también con orquestas, muy elegantes, pero con acceso para quien podía pagar la cuota fijada. Pero estos bailes eran esporádicos y se realizaban después de un largo proceso de organización para que nada fuera improvisado ni mal hecho. El resto del tiempo, nuestros personajes y muchos otros monterianos, lo pasaban de velorio en velorio.

Si la persona fallecía en la zona rural propiamente dicha, había que esperar que los familiares residentes en pueblos lejanos llegaran a mirar por última vez al finado. A nadie enterraban el mismo día de la muerte, sino que mediaba un interregno de por lo menos veinticuatro horas. No se realizaban, ni nadie lo habría permitido, las autopsias, porque el sentido común indicaba cuál había sido la causa del deceso. No existían funerarias y el ataúd, si acaso no colgaba uno del techo en previsión de cualquier acontecimiento repentino, lo confeccionaba a marchas forzadas el carpintero más cercano o más amigo del muerto o de la familia; si algo de esta ceremonia ponía la carne de gallina, era el momento en que el carpintero, a una indicación de quien asumía por sí las funciones de director de todo lo que hubiera que hacer, ordenaba el cierre del ataúd. Con martillo en mano y varias puntillas aferradas entre los labios, el carpintero colocaba la tapa en medio del forcejeo de los deudos por alcanzar a ver por vez postrera el cuerpo del amado e iniciaba el proceso de clavar puntilla por puntilla y cada golpe parecía recibirlo el deudo en su propio corazón por lo que aumentaba el tono de los lamentos y la profusión de lágrimas. Eduardo insistía en que los carpinteros avezados tenían un ritmo propio para cerrar las tapas de los ataúdes, muy diferente al claveteo de otros muebles u objetos de madera. Y reproducía con la boca la onomatopeya del ritmo fúnebre. No se conocían los candelabros, por lo menos en los sectores populares, por lo que la mesa del comedor se habilitaba en una pieza de la casa, generalmente la alcoba principal, como altar y sobre éste se encendían cuatro cirios que iluminaban el sitio, pero si se trataba de una familia pobre, cuatro velas de las más largas y gruesas que se adquirían de contado o al fiado en la tienda más cercana. No era costumbre enviar coronas y los propios deudos o los vecinos, elaboraban ramos de flores de los jardines caseros para adornar el altar. Si el muerto era un niño, le amarraban las manitas con un lazo blanco aferrando un pequeño ramo de flores blancas y le colocaban entre los labios un lirio blanco y palitos en los ojos para mantenerlos abiertos "para que pueda ver mejor el camino al cielo".  Solamente los adinerados del pueblo se daban el lujo de conducir el ataúd al cementerio acompañado de un cura. Eran dos las clases de este servicio religioso: con cruz baja a menor costo y de cruz alta para quienes tenían la dicha de poder sufragar el elevado valor establecido por la curia. Con la cruz baja el sacerdote y sus sacristanes y acólitos, abandonaban el cortejo a la mitad del camino, no sin antes detener el desfile e impartir sobre el ataúd la última bendición con agua bendita. En el de alta, el cura con toda su parafernalia llegaba al cementerio y no regresaba hasta que arrojaban la última palada de tierra.     
                                                                                   
Los pobres no podían darse esos lujos y recurrían a hombres y mujeres que con sus rezos y letanías suplían a los sacerdotes. Benigno se encontraba entre los mejores y por tanto era de los más solicitados, especialmente el día de difuntos, fecha en que los rezanderos le ganaban con mucha ventaja a los curas en la preferencia de los deudos.

Pues bien, con ocasión de la muerte de una persona en el barrio Montería Moderna, centro de acción de los jóvenes ya identificados, a uno de ellos se le ocurrió jugarle una trastada a Benigno, aprovechando la oscuridad en que dejaba el recinto el último día de la Novena, y después de analizar los pormenores, dejaron todo preparado para el momento propicio. Como en los velatorios de ricos, acomodados y  pobres, porque para esas épocas la región no tenía indigentes ni familias en estado de miseria, desde que se regresaba del cementerio en donde quedaba el cuerpo del fallecido, todos, incluyendo a los familiares, se aprestaban a distraerse para "poder acompañar a los deudos durante los nueve días" y para el efecto instalaban varias mesas para jugar dominós, naipes, dado corrido y se invitaba a uno o dos buenos narradores de cuentos y de chistes, que suspendían mientras se rezaba el rosario, pero que se mantenían, noche tras noche y sin repetir, contando sus chistes, anécdotas, historias y demás. En muchas ocasiones, y quizás para facilitar el trabajo, se unían dos rezanderos para la novena y al mismo tiempo se turnaban en la narración de chistes. Tal vez esta costumbre originó la frase que ponía en duda algún aspecto: "No creas en cuentos de velorios". También, durante esa etapa, se repartía abundante café, cigarrillos, y pasada las diez de la noche, cuando la mayoría de los asistentes se retiraba a descansar, los perniciosos recibían un tente en pie compuesto de una taza de chocolate, una tajada de queso y un pan o un trozo de bollo, así como una buena ración de licor.

Aprovechándose de otra costumbre, como la de pedir dinero para ayudar a los deudos a sufragar los costos de los funerales, compraron medio bloque de hielo, una buena cantidad de aserrín y una batea de regular tamaño. El sueño de todos fue ocasión propicia para meter la batea debajo del altar a la medianoche del día octavo y el noveno, no sin dificultades y a eso de las cinco de la tarde, el aserrín y el medio bloque de hielo, que abrigaron bien con el desperdicio de madera para que no se derritiera. A las once de la noche, finalizado el penúltimo rosario, Pedro Sancocho y Luis Sindulfo se escondieron debajo del altar a la espera de la ceremonia de despedida del muerto. Cuando Benigno inició el último rosario, Pedro Nel colocó las manos sobre lo que quedaba del bloque de hielo. Llegado el momento del apagón y en medio de las tinieblas, Benigno golpeó fuertemente sobre la mesa y llamó al muerto:

--¡Juan! ¡Juan!
Luis Sindulfo, con voz de ñato y tono sepulcral, le respondió:
--Para qué me llamas...
En el mismo instante, Pedro Nel puso sus manos heladas sobre la pierna derecha de Benigno, la pierna que mantenía al aire libre. El horrendo grito de Benigno lo escucharon a las dos cuadras y cuando llegó al suelo, perdido el conocimiento, solamente tres personas quedaban en la casa del muerto: Benigno, desvanecido del susto, Luis Sindulfo y Pedro Nel con las manos casi congeladas por el largo tiempo que las tuvo sobre el hielo. Ni siquiera los familiares del muerto esperaron para verificar qué había producido el espantoso alarido de Benigno. Los de la pilatuna no esperaron el regreso de los que salieron en estampida, pero se les atribuyó como algo que no tenía dudas. Desde entonces, Benigno optó por realizar la ceremonia de despedida del alma del difunto sin apagar las velas del altar ni las luces del entorno.




EL CAMINANTE SIN PIES
No encontraba entre sus recuerdos la fecha en que emprendió el viaje hacia el país de No Se Dónde. Hoy, al intentar las cuentas sobre el tiempo transcurrido no pudo encontrarla y en medio de los esfuerzos por retrotraerse en el tiempo, notó que le faltaban los pies. Tanto caminar los desgastaron, pero no lo había notado hasta este momento, debido a que al final de cada jornada terminaba tan cansado que se tiraba en cualquier lugar y se dormía inmediatamente y, al día siguiente, consciente de su meta, despertaba y reemprendía el camino.

Se habituó a caminar por sitios solitarios, a campo traviesa, dándole aplicación al pensamiento de un poeta del principio de los tiempos que terminaban, que afirmó: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Se preguntó si no habría sido él quien hizo los caminos del mundo.
Jamás usó la brújula y por ello ignoraba hacia qué puntos del horizonte se dirigía en su transitar, y no descartaba que hubiera estado dando vueltas en una misma zona. Tampoco se guio por las estrellas en su interminable viaje. No miraba al cielo por las noches, porque al terminar la jornada diaria, en el momento en que los rayos del sol se escondían en el ocaso, el sueño y el cansancio se apoderaban de su cuerpo y dormía profundamente. Tanto, que despertaba cuando la piel del rostro no soportaba el fuego de los de la mañana en el naciente nuevo día.

Sólo miraba hacia el frente, para no perder el horizonte que le permitiría llegar al lugar que le fuera señalado por una misteriosa voz, que siempre lo había dirigido. En el transcurso del viaje había escuchado, a lo lejos, otras voces de seres humanos, pero jamás se había acercado a ellos. La voz le recordaba el compromiso de no entablar conversaciones con sus congéneres.  Cierto que entablaba diálogos con dos voces que lo acompañaban, pero jamás se detuvo a establecer qué o quiénes eran. Respondía y muy pocas veces preguntaba.

Pero hoy, cuando se indagaba desde cuando había perdido los pies, debido quizás a la lepra del tiempo, que como el orín acaba con el hierro, no encontró explicaciones. Tal vez se desgastaron en la larga caminata. Y dedujo de dónde provenían las voces que diariamente le planteaban los temas. Las vio cómo al tiritar de frío se daban recíprocamente el calor que disfrutaron quién sabe hasta dónde y hasta cuándo. El calor de los pies que ahora habían desaparecido sin sentir dolor en las extremidades ni dificultades al caminar. Quizás a ello se debía el que no hubiera reparado en la perdida de los pies, desgastados por el tiempo.

– ¿Qué miras? Le pregunta una de ellas. ¿Es que acaso no nos conoces?
– Tranquila, responde. Es que solamente en este momento me entero de dónde provenían las voces que me acompañaban en el camino. También ahora me entero de que no tengo pies. ¿Cómo te llamas?
– Bien sabes que mi nombre es abarca, pero me apodan izquierda. Aquí mi hermana, la llaman derecha. Salimos contigo en la era de las mucuritas, pasamos por el tiempo del papindó y alcanzamos a ver desde lejos el momento en que los humanos iniciaron el viaje al país de Más Allá.
– ¿Qué pasó con No Se Dónde? ¿Acaso perdimos el viaje? ¿Y mis pies, qué les pasó a mis pies?
– Tus pies se acabaron en la era de los primeros viajes espaciales y para no quedarnos tiradas y abandonadas en el camino, nos esforzamos por aprender el lenguaje humano y continuar a tu lado, le responde la abarca derecha.
–El país de No Se Dónde, al que te diriges sin pausa, nadie sabe en qué sitio queda. Te encaprichaste tanto que jamás preguntaste a los otros humanos que encontrábamos en el camino, pocos, por cierto, por cuanto tu ruta no es el camino de los hombres, agregó izquierda.
– Más que terco, pareces loco. ¡Mira que nos dejaste sin el calor de tus pies y apenas hoy, sepetecientos años después, es cuando vienes a darte cuenta! Dice derecha con enojo.
–Sabías, cuando iniciaste el viaje, que No Se Dónde no queda en parte alguna. Por eso eludiste el contacto con los tuyos, temeroso de que te llamaran loco, y nos condenaste a seguirte, porque ¿con quién hablar y a dónde dirigirnos? ¡Eres un ingrato! No hay dudas.
– ¡No, no digan eso! Siempre hablé con ustedes. Es verdad que no hice esfuerzo alguno por saber con quién lo hacía, pero jamás eludí una charla. También es cierto que evité el contacto con los humanos, debido a que la voz me lo prohibió, diciéndome que si la maldad existe es por los humanos.
Las abarcas lo miran y guardan silencio. Los tres parecen, enmudecidos, analizar las próximas palabras.
– Esa es otra muestra de tu locura. Mira que tanto caminar para darte cuenta ahora que la meta de tu viaje es tan irreal como la voz de tu interlocutor, se pronuncia izquierda con firmeza.
– Puedes seguir caminando hacia la utopía de tu voz. Total, ya los seres humanos no existen. Tú eres el último y desapareces lentamente, sin notarlo. Nosotras, después de meditarlo con cuidado, decidimos no dar un paso más a tu lado. Vamos a regresar al lugar del que no debimos salir, sentencia con enojo derecha.

El hombre guarda silencio por un largo rato, mientras las abarcas lo miran con lástima, al considerarlo no sólo engañado sino derrotado. Cientos de años en un viaje sin fin, caminando sin rumbo, para encontrarse con que la raza humana no existe, que lo poco que quedó de ella salió hacia otro mundo, posiblemente tan irreal como el buscado por su amigo. Él, mientras tanto, repasa mentalmente el largo camino transitado, las peripecias, los sinsabores y la desesperanza por no encontrar a No Se Dónde, tal como lo acaban de manifestar sus fieles abarcas.

De pronto su rostro cambia de la frustración, del desencanto, de la derrota, por una expresión de seguridad y de satisfacción. Sí, es cierto que en los últimos cien años no vio ni de lejos ni de cerca a otro ser humano. Desaparecieron de un momento a otro. Y recuerda que, desde anoche la voz interior, la voz que lo lanzó a la aventura se silenció tan misteriosamente como apareció, indicándole que no estaba loco. Pero lo mejor, con ello le demostraba que al fin había llegado a No Se Dónde. No era, como lo pensó al iniciar su viaje, un país. Era un mundo, un mundo solamente para él, pleno de paz y tranquilidad, libre de maldad.

– ¡Aquí me quedo! Dice con firmeza. Tal vez con el tiempo me salgan otros pies con los que darles calor, queridas amigas, agrega, al momento de agacharse, tomarlas con ternura y darle un beso a cada una, para después llevarlas amorosamente al pecho en un abrazo.


EL CENCERRO DE DOLORES YA NO SUENA
Compró las campanillas con las que armó su cencerro, durante un bazar de gitanos que llegó al pueblo en un año que había olvidado. Lo cierto es que fue por allá cuando despuntaba a la juventud, pero en sus actitudes y en su proceder afloraban con frecuencia los de la chiquilla que había entrado abruptamente al mundo de los adultos.

Cierra los ojos y se traslada mentalmente a la época en que fue niña y recuerda que en las noches, al intentar conciliar el sueño, se pregunta por qué no puede jugar con sus muñecas de trapo, coser sus vestidos, utilizar los objetos de barro que integran la vajilla  con la que se entretiene todas las mañanas, preparar los imaginarios asados para los cuales adapta como carne las capas que rodean la cola del racimo de plátanos, tender los manteles en la mesa imaginaria, poniendo uno sobre otro pedazos de hojas de bijao, y mucho menos, por clara prohibición materna, jugar a la casita, una imitación del hogar, con sus primos y amigos de la calle en que vive. Le está prohibido seguir siendo niña y no obstante su ignorancia, algo le indica que es injusto el tratamiento materno. No conoció a su padre y no recibe respuestas cuando pregunta sobre él.

¿Qué pasó? No lo sabía y mucho menos entendía, en aquella época, el por qué se abatió sobre su condición de niña la desgracia que llevaría el resto de sus días. Pasaron muchos años, tal vez veinte, para llegar a la verdad, porque   como nunca fue a la escuela no pudo pasar en las cuentas más allá de los diez dedos de las manos.  Ignoraba cuál había sido el año de su nacimiento, el día, el mes, la hora, como usan en estos tiempos, y ello le impidió celebrar la fecha de su venida al mundo. Venida que se preguntaba para qué la hizo, si en tanto tiempo de existencia nunca recibió una satisfacción. Sólo desengaños, frustraciones, y como una burla del destino, su propio nombre repetido infinitamente sobre la epidermis, en lo más profundo de su cerebro, en lo más recóndito de su corazón, por una serie incontable de hechos y situaciones que parecían no tener fin, a la espera quizás de su regreso al lugar de donde vino.

Acostada sobre la humilde cama de viento, que consiste en dos crucetas sobre las cuales se apoyan dos largueros y alrededor de éstos y con engrudo, se pega una lona, Dolores recorre mentalmente su larga trayectoria de sufrimientos que los demás llaman vida, pero que, para ella, cuando entendió lo que hacía, no es más que una forma de morir lenta y cruelmente. La cama sobre la que está tendida, si hablara, podría relatar detalladamente el drama de su azarosa existencia. Maquinalmente la mano derecha va a la orilla de la cama y con los dedos acaricia la lona. Esta clase de lona ya no la fabrican, si se compara con la que compró La Popana, que a los dos meses se rajó por el pegue del larguero y se vino al piso con las crucetas, los largueros, el pedazo de lona restante y sobre su cuerpo desnudo el del viejo Maño Pico, también desnudo, recuerda, y en su rostro se pinta una sonrisa. Pobre Popana, se salvó porque Maño Pico se adelantó al calvo Temístocles Alcalá, o de lo contrario habría quedado apachurrada bajo la mole del carpintero, dentro del cual cabía Pico unas cuatro veces y sobraba espacio. Volvió a reír en silencio, olvidándose por breves instantes del repaso de lo que había sido su existencia. La lona la compró en el almacén del italiano Domingo D`Ambrosio, unos quince años atrás. Retrató en sus evocaciones al italiano y a su almacén, y al muñeco en una de las vitrinas que daban a la calle que  parecía seguir con sus ojos al que lo miraba y reírse de él, que se quemó junto con el almacén en una noche en la que en un desquiciamiento temporal, le pareció haberse vengado de todos sus sufrimientos, porque como pudo, penetró entre las llamas  a luchar con los hombres que saqueaban, para que no le fueran a robar los objetos de valor que ella divisaba desde la calle y que anhelaba tener entre las manos. Tres veces desafió a la muerte y días más tarde, cuando menguó la acción de la policía que requisaba casas de los que sospechaban habían participado en el saqueo o habían sido denunciados como tales, y el pavoroso incendio se diluía en los recuerdos de todos, comenzó a deleitarse en los momentos de descanso, y en solitario, acariciando los cuchillos, tenedores, cucharas, cucharillas y copas de plata martillada y otros objetos cuya utilidad y valor desconocía. Todos, recordaba ahora, se perdieron en las estanterías del almacén La Campana o en el del viejo Zabala, en donde los dejó poco a poco en momentos de estrechez económica en calidad de empeñados. Y se preguntaba cómo podían llamar a esos sitios montes de piedad o montepíos, si no eran otra cosa que centros de robo a los pobres sin la menor piedad. El pobre lo único que puede guardar son los recuerdos y las esperanzas. Y los recuerdos del pobre son siempre dolorosos y las esperanzas fallidas.

En una ocasión el poeta de La Granja, que la galanteaba desde que era un niño, llegó borracho a su covacha y dentro de sus necedades le preguntó si no era ella una tal Eréndira y si trabajó en Macondo. No demoró en su respuesta para informarle que la única vez que salió de su tierra y pasó medio año en un pueblo que después llamaron Sucre, fue para trabajar en el cabaret de Ceferina, más conocida como La Espuelúa, a la que solicitó cancelar el contrato de trabajo, para no dejarse engañar en las cuentas pese a no saber leer ni escribir. En esa época ya no tenía abuelos, ni padres ni hermanos ni tíos ni primos ni ningún otro familiar y concluyó que fueron esas circunstancias y la de no traer hijos al mundo para que no sufrieran, la mejor satisfacción saboreada en sus largos años de vida. Con su oficio no apenaba a nadie más que a ella misma. Por eso no se quitó ni escondió su nombre por un apodo, como lo hicieron muchas otras. La Popana, su compañera de covacha varios años antes, no le informó ni ella le preguntó el nombre verdadero, como tampoco lo hicieron las mujeres a las que simplemente conoció como La Tumba Catre, la Mella Lorana, La Leona, La Pintada, la Cola Loca, la Mona Carolina, y muchas otras que ejercieron como ella el oficio más viejo de la historia y a las que calificaban como mujeres de vida alegre, pero quien así las bautizó no ejecutó el acto sexual con un borracho, un enmariguanado, un loco u hombres parecidos, a los que soportaban por la necesidad de obtener el pan de cada día. Ellas ganaban el pan diario, pero no con el sudor de la frente.

Estuvo de acuerdo con algunas de las necedades del poeta borracho y reconoció que, para no quedarse en esa localidad, en la que durante los inviernos se vivía, comía y dormía en trojas, como las gallinas y junto con ellas, el único lapso en que no tenía un hombre encima y en movimientos bruscos dizque haciéndole el amor, era de las cinco de la madrugada a las nueve o diez de la mañana. El resto del día lo pasaba tendida boca arriba en la cama, con las piernas cansadas o entumecidas, soportando a clientes borrachos, porque se trataba de eso, clientes. En su larga vida de meretriz, jamás conoció el amor. Y si no lo conoció en la época de juventud y en pleno esplendor de su belleza, porque en verdad lo fue, menos lo lograría ahora cuando sólo los niños y uno que otro jovencito que intentaba alejarse del apareo con las burras, solicitaban sus servicios por veinte o treinta centavos y por tan breve tiempo que sólo les quedaba la satisfacción de haberse encontrado entre las piernas de una mujer desnuda.

Pensaba que la tal Eréndira, que el poeta calificaba de cándida quién sabe por qué, ni su tal abuela desalmada, podían comparársele, ni a ella ni a su compañera María Chávez. En su trabajo tuvo el honor de introducir en su sexo, cuando aún estaba robusto, exuberante y lleno de vida, a un hombre cada cinco minutos, que evacuaba, gracias a las contracciones vaginales que dominaba con pericia, todo lo que tenía que expulsar. Y en aquellos tiempos fue ella la que renunció al no poder continuar en vela después de tres días y cuatro noches sin comer y sin dormir, dedicada a los agites sexuales. ¿Sería de allí que inventaron a la Eréndira? ¿Fue la espuelúa la abuela desalmada? El poeta, muy borracho, se durmió con un libro en el regazo, al que abría, leía y le preguntaba.

La vida le había deparado solo maldiciones y por esa razón no podía elegir cuál fue el peor de los sufrimientos, cuál el peor momento ni cuál el mayor de los problemas. Como entre una negra y espesa nube, alcanza a ver el pasado, cuando jugaba con sus muñecas de trapo y sus pitos y figuras de barro de las que traían de San Sebastián. Se obstinaba en no recordar, pero le era imposible, porque de la nube negra surgía un espacio doloroso. ¿El más doloroso y vergonzante de su existencia? Un hombre alto, fornido, de espeso y negro bigote, con la boca hedionda a tabaco, la rodeaba con unos brazos que parecían tentáculos babosos, gruesos y peludos, sentía placer pasándole los labios por la cara, que le producían ganas de vomitar, insistiendo en que le diera un beso. ¿Un beso? ¿Y qué es eso? se preguntaba. Su rebeldía, sus pataleos en medio del fuerte abrazo, el intenso e insoportable olor a sudor, no obstante, los años transcurridos y a los miles de hombres sudados que más adelante la abrazaron, le molestaba en la nariz. Aquel animal monstruoso le fue desgarrando el vestido y al quedar apenas con el moruno rosado que su mamá le había ordenado usar para esperar a alguien que venía por ella, le metió dos gruesos dedos en el lazo de la jareta dejándola desnuda. El instinto le indicó que tapara, siquiera con las manos, la vergüenza de sus intimidades expuestas a los ojos del extraño que parecían penetrar por cada uno de sus poros. Su madre se encontraba en el dormitorio de al lado, pero ni los gritos ni el llanto ni los ruegos la conmovieron para detener el desarrollo de los acontecimientos. Paulatinamente fue cesando en los pataleos y quedó en gimoteos, porque su mente infantil le anunciaba que venía algo irremediable. Inerme ante la fuerza del monstruo estimó que así debía ser la muerte y la esperó, aun cuando ella llegara con una lentitud desesperante. El monstruo se proponía a ejecutar alguna cosa en ella y su madre estaba al tanto. Al momento en que el hombre la acostó sobre la rústica cama y le apartó las piernas como si fueran inservibles y fue quitándose sus vestiduras hasta quedar desnudo, un temblor se apoderó de ella. Cerró los ojos dispuesta a morir al sentir sobre su intimidad el roce de un garrote, algo parecido al manduco que su mamá usaba en el lavadero para extraer a golpes la mugre de los pantalones y otras prendas gruesas, que sin otro reparo fue taladrándola inclemente. El alarido como consecuencia del intenso dolor debió escucharse en el caserío. Perdió el conocimiento y al volver en sí su madre colocaba trapos para recoger la sangre que brotaba de su vulva. El dolor era entonces más fuerte y atormentador y le parecía que latía al mismo ritmo de su corazón. Estimaba que una roca de gran tamaño había caído sobre ella dejándola aplastada y casi muerta. Miró a todos lados, pero ya el monstruo no estaba en el cuarto. Se fue luego de destruir su cuerpo y su alma. Su madre cambiaba los trapos que arrojaba, ensangrentados, a un rincón, en completo silencio, pero no la miraba.

El toc toc en la puerta de la covacha la volvió al presente. Dos muchachos estaban de pie frente a la entrada, rojos de vergüenza, queriendo tornarse invisibles para que los transeúntes no los identificaran. Conocía esta actitud por la infinitud de niños y jovencitos que atendía desde veinte años atrás, cuando tomaron la decisión de no recibir adultos ni volver a los prostíbulos ni reservados, ni menos a las camas que las mama santas del caserío alquilaban por ratos. Abrieron su propio centro de atención dirigido a los niños y a los jóvenes, por la facilidad de utilizar un solo cuarto para esos menesteres. Para la época no se hablaba de corrupción de menores y contrariamente a lo que ahora ocurre, los padres patrocinaban, incitaban y proporcionaban a sus hijos las monedas suficientes y se enorgullecían cuando les informaban que los habían visto en la puerta de la covacha de Dolores Mass, esperando el feliz momento de entrar y estarse, aunque fuera por poco tiempo, entre las piernas de una mujer desnuda. Se cumplía el instinto de aparearse con la hembra y demostrar que no se variaba en el cumplimiento natural de la continuidad de la especie. El hombre mantenía su condición y era muy difícil, después de las experiencias sexuales con la mujer, salir del camino que le correspondía. Por ello nadie se escandalizaba con la entrada y salida de jóvenes y niños de la casa de Dolores, cuyo cencerro semejaba con el sonar de sus campanillas el encanto del trinar de los sinsontes, de los mochuelos, de los tordos, de los picogordos, los petirrojos y de otras aves cuando se abría o cerraba la puerta en un concierto desde las seis de la mañana hasta más allá de las siete de la noche. Pero esos niños y esos jóvenes mostraban sus cuerpos como piel de gallina, abroncados de pena y la cara roja de vergüenza, al pensar que alguien los viera entrar, sin pensar que sus padres y abuelos quizás lo hicieron en el pasado, cuando Dolores Mass y María Chávez eran mujeres hermosas, despampanantes y apetecidas por los varones. Mucho antes de que ellas aprendieran a preguntarles: “¿Qué tal el polvo de la pela?” Ni lo uno ni lo otro. No sentían nada y quizás jamás sintieron o gozaron el placer del clímax y a lo que en el caserío se denomina pelá, es decir, una mujer joven, en ellas había que buscarlas en un pasado lejano y olvidado. Solo vejez, arrugas, vientres abultados, obesidad, senos enormes, flácidos, y desagradables e insoportables achaques reumáticos. Lo que no las había dejado ni ellas echado al olvido eran dos palanganas y dos jarras de peltre sobre dos butacas de madera, una adornada con flores rojas y blancas sobre un fondo azul y la otra con fondo blanco y flores rojas y amarillas, llenas de agua para facilitarles la limpieza de sus fofos triángulos sexuales, cuando los jóvenes alcanzaban en tan limitado lapso evacuar el líquido seminal. Por eso preferían a los niños, que les facilitaba atender sin interrupción la mayor cantidad de clientes sin bajarse de las camas. Los niños apenas botaban buena voluntad, pero negocio es negocio y esa era la manera de obtener el alimento y las vestiduras para salir, muy de tarde en tarde, a gestiones en otros sitios, por cuanto el tiempo restante lo pasaban acostadas.

Pero el tiempo pasa y no perdona ni hace excepciones con el ser humano. Indiferente, insensible, ciego, sordo, sigue su marcha sin detenerse. Es posible que el tiempo no exista, porque Dios no lo necesita. ¿Qué tal que él contara los segundos, los minutos, las horas, días, meses, años y siglos? No tendría dónde anotarlos. Por otro lado, se dice que, en el afán por emular la obra de su creador, por desear sus atributos, el hombre inventó el tiempo y a él se atiene, pese a conocer su fragilidad y temporalidad, y se deteriora y esclaviza en lo intangible.

Dolores no fue la excepción, por lo que el cencerro que tan alegre repiqueteaba cada cinco minutos después que ella preguntaba ¿cómo te pareció el polvo de la pelá? fue acallándose. Primero a cada diez minutos, luego a veinte, por varios meses a cada media hora, luego a la hora, hasta llegar a una sola vez en la semana. El cuerpo voluminoso bajaba con dificultades de la cama de lona que, pese a su buena calidad, amenazaba con rasgarse por la vejez y el excesivo peso de la mujer. Las necesidades fisiológicas la obligaban a bajarse cada madrugada, y para no agacharse por la certeza de que no encontraría cómo levantarse, mantenía la bacinilla encima de un taburete con asiento de madera. Allí, evacuando las esperanzas de que se había alimentado el día antes, y los recuerdos que persistían en repetirle sus vivencias tristes y alegres. Se esforzaba por mirar su órgano sexual pero el abultado vientre no se lo permitía y entonces le pasaba la mano y tropezaba con los callos formados por tantos y frecuentes roces con cuerpos masculinos, cuya cantidad no podría repetir, en sesenta años de actividad. Fue su único trabajo, su única actividad productiva. Si el cencerro ya no suena, se dijo, no veía razón para continuar viviendo.

María, su compañera de trabajo, la encontró sentada en la bacinilla, aparentemente dormida, pero no se atrevió a calcular cuándo había muerto. El otrora alegre cencerro, arisco como mula indomada, que se conmovía con el aire que penetraba al cuarto, hacía meses que no sonaba y ambas se acostumbraron, a la fuerza, al silencio. Antes de dar aviso de la muerte de la que además de amiga fue su hermana, descolgó el cencerro, lo envolvió en una bolsa de papel y la metió al caneco de la basura y se preparó a esperar lo que sabía estaba a un lado de la puerta, porque los años también la habían vencido.


¡VIENE EL AGUA!
La Boca Cenicienta vomitó sobre el mar y las olas llevaron a las playas una inmensidad de cuerpos con atuendos de mil colores, como si se hubiera ahogado una compañía de teatro o arrastrado un almacén de pinturas y las aguas del río primero, y las del mar después, adornaron las playas en un trayecto de varios kilómetros.

Lázaro Villafañe refirió al que preguntaba cómo en ese momento en que la oscuridad de la noche se va y los nacientes rayos del sol  de la madrugada llegan y se unen en lo que llaman claroscuro, le ocasionaron el más grande susto de su ya larga vida, al salir de su choza en la orilla del mar y pensar que alguien, tal vez un cachaco vago de los que llegan dizque a conocer el mar, había volcado galones de pintura sobre la arena, contaminándola para luego decir que ama el mar tan profundamente que prefiere las playas como si fueran un arco iris. Es que la gente es así, se decía Villafañe. Los cachacos quieren ver el mar como un arco iris y los costeños desearían que las cordilleras fueran aplanadas para no subirlas.

Pero nada de cachaco vago ni cosa parecida. La playa estaba contaminada, sí, pero por el inmenso número de cadáveres que había llegado hasta ella quién sabe de dónde. Lo que sí resaltaba es que la mayoría eran cachacos de todos los grosores, tamaños y colores.

Un temor se apoderó de su cuerpo y volvió corriendo a la choza en donde llamó a su compañera y a sus hijos, nueras, yernos y nietos, para que lo protegieran. Se sentía víctima de una patraña diabólica, porque lo visto en la playa no fueron turistas sino un cementerio de arena, patas para arriba. Lo que debía estar bajo tierra había vuelto a estar encima. Y si la cuestión seguía, nada de raro tendría el que ellos se encontraran abajo en cualquier momento.

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Entre la penumbra de una noche que languidece y el claror de los primeros rayos del sol que tímidamente se asoman por el oriente, Pedro Carpintero se sorprendió del panorama de la playa que presentaba desde la casa de Luís Cotes hasta más allá de la cabaña de Ignacio Caballero, un matiz variopinto. Cinco kilómetros, y quién sabe si algo más de playa, amanecieron diferentes. Tal vez eran más colores, pero la lucha entre la sombra que huía y la claridad que avanzaba aún no había terminado y sólo a las cuatro o cinco de la mañana, podría establecer si era cierto lo que veía y qué otra cosa no veía. Atribuyó la situación a la posibilidad de un    barco, que arrojan, cuando los guardacostas se descuidan, desperdicios contaminantes que varían los matices originales creados por el sol sobre las verde- azuladas aguas del océano. Si es una mancha de aceite debió encallar un buque petrolero, piensa el viejo pescador que, ante lo insólito del paisaje entre luces y sombras, prefiere regresar a la cabaña en donde aún duermen su mujer, sus dos hijas y su hijo, así como los dos yernos, la nuera y los nietos. No hay prisa y sabe de antemano que sus servicios para buscar una solución, aun ofreciéndolos, no serán aceptados.

Los ingenieros y los técnicos no creen en los pescadores. Desde sus oficinas en la lejana altiplanicie en donde el mar es apenas un sueño, ellos disponen, recomiendan y construyen sobre algo que si saben qué es, es porque la piel se les va a pedazos, como cuando la culebra cambia su vestidura, luego de uno o varios días de baño como turistas. Los que nacieron entre el mar, piensa Carpintero, gracias a las triquiñuelas y a los negociados de los políticos y los funcionarios, son ignorados, y si acaso se les deja, si tienen buena relación con un político, es participar de las utilidades, porque en obras públicas, para todos hay una tajadita del ponqué.

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En la Boca Cenicienta, donde simbólicamente se atrapan las ahogadas aspiraciones de los cientos de miles de ansiosos de llegar a las corporaciones administrativas y legislativas para acumular fortunas con que gozar los últimos años de existencia y dejar para dos o tres generaciones futuras, si no surge un despilfarrador en la familia, que pierda las elecciones, vivía Antonio Oñoro, en una casucha levantada sobre una loma de cieno, arena y otros elementos acumulados; salió en la madrugada hacia la hacienda de los mandamases regionales y avanzaba en la penumbra silbando una canción carnavalesca del viejo Ramayá, cuando tropezó con algo que lo envió al piso. Pero no llegó al duro suelo, porque sobre éste estaba otro bulto. El viejo Oñoro no había sufrido un susto tan inmenso como éste. Había tropezado con el cadáver de un sacerdote y caído sobre el de un mastodonte de uniforme  militar, con el fusil ametralladora atravesado a la espalda, pero que miraba inútilmente y boca arriba, el titilar de las estrellas. El pavor lo hizo levantarse como si tuviera resortes y sin esperar otra cosa desanduvo el recorrido, olvidado de Ramayá y al contrario, lanzando alaridos como si llevara pegado al diablo en los talones.

Así, en cada población levantada a las riberas del Yuma, los cadáveres adornaban las playas o seguían con el ritmo de los remolinos girando eternamente en los recodos y los remansos como si quisieran brindar a los niños, especialmente, el espectáculo de aspas gigantes triturando los objetos como en una licuadora, mientras los demás siguieron su rumbo al mar.

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La despampanante Blanca Ordeño, se burlaba de sus paisanos, porque todos la pretendían, pero ninguno se animaba a ofrecerle matrimonio. No desaprovechaba por tanto ninguna ocasión para incitarlos, para elevarles la bilirrubina, para enardecerles, para dejarles con los ojos abiertos de admiración, cuando ella les mostraba, medio abriendo las rollizas y níveas piernas, lo que cada hombre consideraba como algo del otro mundo. Por eso, algunos se pasaban la noche en las inmediaciones de la residencia de Blanca, levantada a la orilla derecha del caño, a la espera de una oportunidad de ver y admirar todo el panorama y no los simples vislumbres que les tocaba en las reuniones sociales.

A sabiendas de lo que ocurría, Blanca se levantaba de madrugada y se dirigía al caño, en donde se despojaba de las ropas de dormir y se metía en el agua el tiempo suficiente para que las lascivas miradas no pudieran, en el claroscuro, determinar con exactitud lo que habían visto. Cuando escuchaba un ruido colegía que un hombre venía sigiloso y por muy precavido que fuera el mirón, daba por finalizado el baño, se colocaba las batas y retornaba a su casa. Sabía que se había mostrado, pero de tal forma, que nada había mostrado.

Ese día, sin embargo, estuvo a punto de suspender el baño mañanero, al ver por doquier cuerpos de hombres que parecían esperarla, tendidos por todos lados. Como muy poco miraba hacia abajo, porque el orgullo de los Ordeño era precisamente eso, mostrarse superiores a los demás, mirarlos de reojo como a caca de gallina o por encima del hombro, al dar el segundo paso tropezó con un bulto yéndose de bruces. Miró furiosa a un hombre tendido cerca a su puerta, del cual no se había percatado antes de iniciar el camino hacia la orilla del caño. Le lanzó furiosa una patada, pero el golpeado ni se movió ni se quejó. Permaneció así, como mirando el piso, sin dirigir los ojos hacia ella. Se asustó, se puso de pie, miró a los demás y comprobó que ninguno se movía. En la creencia de que lo hacían para que no se asustara, se levantó la bata de dormir y giró sobre sí misma mostrando sus intimidades, grandes, por cierto. Pero nada. Ninguno se movió. Fue entonces que comprendió que estaban muertos, lanzó un aullido como de loba furiosa y hambrienta y se precipitó en carrera hacia las casas cercanas desde donde comenzaron a salir los vecinos, que por decenas de años se preocuparon por no olvidar los viejos tiempos de la violencia partidista, pero como los de la policía política conocida como popol ya no estaban, salieron para establecer qué ocurría. Fue entonces que el terror se apoderó de todos, ante la inocultable realidad de que las orillas del caño estaban colmadas de cadáveres. Cachacos de todos los pelambres, de todas las condiciones, bien, regular o mal vestidos, yacían inertes boca abajo, boca arriba, o a medio lado, con los ojos abiertos y las barrigas como tambor mayor de una banda de músicos, y entre ellos algunos nativos que perdieron sus fuerzas tratando de llegar nadando a tierra firme oponiéndose a la devastadora riada.

Seis meses antes de los acontecimientos:
Los veintitrés ex senadores y los cuarenta ex representantes, treinta diputados y ex diputados, los cinco ex gobernadores, los cuatrocientos cincuenta concejales y ex concejales, así como los más de cien mil empleados y ex empleados oriundos de la zona, se reunieron con el “pueblo” en la plaza principal, para tratar el tema de la próxima inundación. Hasta este momento, los del vulgo habían servido de idiotas útiles para patentizar los efectos de la inundación anual, pero comenzaban a murmurar para evidenciar su descontento, utilizando el medio más efectivo, el arma que arroja mayores y mejores resultados: radio bemba. Es decir, el mensaje que va de una boca a una oreja, disimuladamente, soterradamente, y que de esa oreja pasa a la boca del receptor que busca prontamente otra oreja en que depositar su carga y así, sucesivamente, hasta que de tanto ir y venir, regresa a la bemba original, jamás empequeñecida, sino enriquecida de detalles que nunca imaginó el autor, que sabe, sin embargo, que su misión se cumplió a cabalidad. Sobre los temas de relaciones exteriores, asistió Paco Espuela, ex cónsul en un modesto país, que escribió con el estilo original con el que el Creador dotó al hombre, su nombre y el nombre de su país sobre las finas y elegantes baldosas del salón de recepciones del palacio presidencial de ese Estado, frente a las primeras, segundas, terceras y cuartas damas. Porque allí son tan humildes que únicamente el presidente llega a tener una “querida” en cada ciudad. Y todas ellas exigieron que además de una gigantesca fotografía en donde aparece el instrumento en toda su grosura, largura y templanza, se protegiera la inigualable escritura dejada por Paco, que pasó a la historia de ese país y del mundo y dejó el nombre de su patria querida como si hubieran sido las Tablas de la Ley, grabadas por el Creador en presencia de Moisés. Para que el nombre de Paco, de la región en que nació, del país y del continente, se revistiera de permanencia en el tiempo, se decidió no designar a ningún otro de esa zona para cargo diplomático alguno. Paco quedó, pues, investido para siempre como diplomático y encargado de las relaciones del pueblo, de la zona y del país, de todo lo atinente a climatología, efectos positivos o negativos de las avenidas de los ríos, caños, cañadas y quebradas, de las consecuencias hidrológicas de las lluvias, pero muy especialmente, de la elaboración de programas pedagógicos nacionales e internacionales sobre utilización correcta y positiva del estilo humano, porque no todo es engendrar, como también del fomento de la “micciología”.
 Un político oriundo del sur del país, que imitó a Espuela como diplomático, también entró a la historia de los “miccionantes” de la diplomacia, pero en menor grado, debido al color pálido, como anémico, el corto calibre, la delgadez y la flaccidez de su estilo, que ante el del ilustre representante nacido en Pueblo Mosquito, sería lo mismo que comparar el miembro engendrador de un tití con el de un asno. Su presencia en la reunión era, pues, imprescindible. Y aunque viejo y algo decaído, la clase dirigente de Pueblo Mosquito, cuando las relaciones con los de abajo, los indigentes, amenazaba, como el río y los caños, salirse de cauce, le rogaban aparecer sobre una tarima para mostrar su estilógrafo y hombres y mujeres, ancianos, niños y jóvenes, enmudecían de admiración y se arrodillaban a elevar preces para conseguir, como lo consiguió el mico en el principio de la Creación, que se les suministrara una pieza como esa, de inmediato o cuando se sufriera el fenómeno de la reencarnación o de la resurrección, y todos olvidaban el motivo que les perturbaba, que no era otro que lo que se destinaba por el gobierno para ellos, jamás llegaba a Pueblo Mosquito, porque se enredaba entre la urdimbre de cuentas bancarias de los dirigentes, desde el momento en que el Emperador firmaba la autorización. Cada partida brotada del manantial que todos conocían como Tesoro Nacional, se introducía tumultuosamente por el gigantesco embudo de la altiplanicie de donde emergía aminorado, y así, de embudo en embudo, no alcanzaba para remediar a los verdaderos afectados.

La clase dirigente regional, que lograba aparar en la boca bancaria algunas gotas o secar con un buen pañuelo los bordes húmedos del último embudo, sabía que era peor la sed y exigía y exigía. Y la próxima inundación, la misma que desde que se produjo el primer encuentro entre los dos mundos, llegaba indefectiblemente cada fin de año, ya se encontraba en gestación sobre las alturas de las cordilleras y había que prepararse con tiempo para evitar que volvieran a dejarles apenas las migajas del ponqué.

Cerca de diez días se necesitaron para llevar a cabo las deliberaciones hasta convenir en que antes que láminas de zinc, bolsas de cemento que corrían el peligro de mojarse y convertirse en piedra, de harina vieja y con gorgojo, de unas pepas duras llamadas garbanzos por los cachacos y que requieren treinta días de permanente cocción para medio ablandarlas, y por lo que en todas partes llaman sopas de balín o ensalada de balines, se les proporcionara el dinero en efectivo. “Tampoco queremos ropa vieja y remendada, ni leche en polvo” recalcaron los del vulgo. Pero la suerte del miserable es la misma en todas partes y en todos los tiempos. Como decía Aniano Castillejo, “el que nace para policía del cielo le baja el bolillo”. Por primera vez en más de un millón de años, no llovió en Pueblo Mosquito ni en la gran región conocida como La Mojada. La espantosa sequía amenazaba convertir en desierto lo que por centurias había permanecido bajo las aguas.

Por eso Paco Espuelas aceptó una tregua con Pagom Chomez, y se dirigieron a la capital del país y hablaron con su santidad, Pedro Matapalomas, el más importante representante de Dios en este reino, el más humanitario y que desde el púlpito clamaba por la muerte de los terroristas que no dejaban administrar bien a su majestad el emperador. y lo invitaron a una rogativa con el mayor número de sacerdotes, lo que fue aceptado y viajaron hasta la región cientos de miles de personajes importantes, que ni siquiera vinieron para los funerales de la mama grande.

En aviones, helicópteros, limusinas, busetas, buses y microbuses, automóviles, motos, caballos, burros, y a pie, la romería más grande de la historia se dirigía, como los conducidos por Moisés en el éxodo, hacia la tierra prometida, la tierra que había enriquecido a tantos mandatarios nacionales, regionales y locales, a dirigentes de la política y a los avispados de todos los partidos que, para aprovecharse de las arcas públicas del imperio, no escatimaban esfuerzos. “Hay que salvar la fuente inagotable del oro que nos favorece y al mismo tiempo contribuye a la riqueza nacional”, pregonaban por los megáfonos Paco y Pagom, que abrían el camino hacia la tierra en que los Aurelianos y la vieja Úrsula, las Amarantas y las Eréndiras habían agitado sus existencias en el pasado remoto.

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Ramiro Méndez estaba en el baño cuando comenzó a escucharse a la distancia un extraño ruido. Pensó que podría ser el agua del río de Robledo y no se levantó de la taza en donde, una vez más, comprobaba el grande esfuerzo de su progenitora en el momento de parirlo un día de mayo sesenta años atrás. Desde que la diabetes se apoderó de sus intestinos, cada mañana era un martirio el evacuarlos. Desde las cinco de la mañana iniciaba sus pujos y paría cada media hora un diminuto canuto de mierda que había arrancado quién sabe de dónde, que se solazaba entre las tripas con la obstinación de no venir al mundo, y que le rompía el conducto rectal y los esfínteres. Seis enanitos lo habían llevado al máximo de la tolerancia en esta mañana y no descartaba que cualquier día de éstos, metiera ano arriba una pinza para agarrarlos y sacarlos. No evacuar le había formado una barriga voluminosa. Y lo peor, pensaba, es que a las nueve o diez de la mañana, le atacaban las ganas, cualquiera fuera el lugar en que se encontrase. Ganas frustradas, esperanzas inútiles, porque si entraba a un sanitario, pujaba sin parir.

El ruido seguía aumentando y por ello le preguntó a su mujer qué pasaba y ella le dijo que a la distancia parecía que venían millones de palomas, pero él descartó el asunto. Si como habían dicho en las emisoras, este día llegaba el Cardenal Matapalomas, ninguna de esas aves se atrevería a pasar ni siquiera a cien kilómetros de La Guaripa, las Majaguas, Zaranda o cualquier otra población de La Mojada. Descartaba al dios regional, al que llamaban Monseñor, que con anterioridad informó que no le alcanzaba el tiempo para atender el cementerio y el horno crematorio de cadáveres de ricos, ni el motel, construcción que arruinó a las mamas santas de la capital. Decidió que ni siquiera abortando o mediante una cesárea, saldría otro enanito, por lo que se limpió el trasero y estableció que hoy, por la cantidad de expulsiones, la mancha de sangre es mayor en el papel higiénico y la inutilidad de sus pujos se afianza en la realidad. Se alzó los pantalones, apretó el cinturón sobre el voluminoso estómago y salió del baño a comprobar qué era lo que causaba el ruido ensordecedor que molestaba sus oídos. Mentalmente agradeció a su mamá los esfuerzos para parirlo, pero él sufría más. Su mamá lo había expulsado del vientre a los nueve meses y no volvió a parir, mientras que él paría todos los días y no expulsaba nada ni a nadie.

Salió de la casa y al llegar al patio alzó la mirada y vio que se trataba de aviones, tantos, que ocultaban la claridad de la mañana, como si un pintor fuera dando brochazos con pintura negra. Le señaló a la mujer la realidad y le recalcó que donde estuviera el cardenal Matapalomas, no llegarían las aves. Él las odiaba y ellas le temían. El único animal que gozaba de las simpatías del jerarca religioso era el elefante, que le había servido de referencia para enjuiciar a los demonios.

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Julio Ruz, Narciso Ordeño, Nicolás Sampao, Juancho Jorge y los demás, que por años habían permanecido listos con los picos, los barretones, las palas y otros elementos, a la espera de que lloviera en las cumbres del país y correr a debilitar los terraplenes construidos por el gobierno nacional en la temporada invernal del año anterior, para que no resistieran la fuerza del río de Robledo e inundaran cientos de miles de hectáreas, habían estado deambulando de aquí para allá y viceversa, a la espera de una crecida que no venía, lo que no había ocurrido jamás. Esperaron entonces la romería que encabezaría Pedro Matapalomas, a la que se agregaría el Emperador y sus visires y vasallos, así como el cuerpo diplomático de las naciones que anualmente también se acostumbraron a enviar ayudas a los damnificados. Era la costumbre secular: vivir de las migajas que quedaban, por cuanto el despojo se iniciaba en la capital del imperio, en donde el Emperador y sus más allegados se apoderaban de una buena tajada, le dejaban otra a los miembros de las Cámaras, la de los nobles y la de los vulgares, que hacían lo mismo, que remitían lo poco que quedaba a los representantes del gobierno en la región, luego a los políticos y finalmente a los pobres, a la gleba, que se contentaba con “ayudas” de ropas viejas, de toldillos percudidos, de sacos de arena, de arroz envejecido, de harina con gorgojos, y otros elementos, así como unos cuantos billetes para esperar la siguiente inundación.

Habían soportado, primero con paciencia, luego con furia y otra vez con paciencia, los acontecimientos. Brindaron a la llegada de los empolvados vehículos, una buena y entusiasta recepción a Pedro Matapalomas, porque como buen representante de Dios en la tierra, bien podría, con sus oraciones, obtener que el cielo se apiadara de ellos y lloviera, aun cuando fuera otra vez el diluvio universal. Lo importante era que los ríos y los caños y quebradas recibieran un buen surtido. Los entusiasmó al máximo ver cómo la enorme y espesa polvareda levantada por los miles y miles de vehículos que habían venido desde los cuatro puntos cardinales de la geografía nacional, descargaban un mínimo de cinco pasajeros y volvían por otros a toda velocidad al puerto más cercano y a los aeropuertos de toda la región.

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A las ocho de la mañana, luego de limpiar la sementera de su mujer, que persistía en que las plantas curaban más que los menjunjes de Enmanuel, el “médico” natural que los visitaba cada mes o los jarabes y las pastillas curalotodo que les entregaban en el puesto de salud, el viejo Julio Góez, encorvado frente a la barbacoa atendiendo las matas de árnica, de hierbabuena, hierba santa, toronjil, manzanilla, etc., escuchó a los lejos el ensordecedor ruido en el cielo de La Guaripa. No le puso mucha atención, porque sabía que los aviones del gobierno pasaban con frecuencia y combatían ferozmente a los terroristas que en el parque El Rayo o en las veredas del municipio de La Zaranda, los amenazaban con matar a los pilotos o derribar los aviones. Bombas de todo tamaño caían entonces sobre los “campamentos” y acababan hasta con el nido de la perra, como castigo a la osadía de enfrentarse desde tierra y con los dedos a manera de cañones a las gloriosas fuerzas del aire. Así murió su hermano Benedicto con su mujer, Lucía, y los siete hijos que habían levantado, cuando una bomba que cayó a tres metros de la casa encendió unos dos kilómetros a la redonda de cultivos de arroz, cacao y otros productos. Cuando fue al “sitio” a quejarse por el asesinato, el jefe militar le dijo que no molestara o sería llevado a la justicia militar acusado de ser hermano de un terrorista. Igual cosa le pasó a los Mendivil, a los Barragán, a los Muñoz y a otros de sus familiares y amigos. En verdad, le daba miedo, mucho miedo, el zumbar de los motores de los aviones y cuando los ojos no ven el cuerpo no siente dolor, prefirió no mirar. Se imaginaba apenas el tamaño de los dos o tres aviones, que deberían ser enormes de acuerdo con el ruido que producían, pero la luz del sol mañanero se fue opacando y el ruido aumentaba de tal manera, que se llevó las manos a las orejas para tapárselas, pero todo fue en vano. Obligado por las circunstancias, miró al cielo y éste había desaparecido. Los aviones eran tantos y de todos los tamaños y marcas, que habían sido capaces de tapar la luz del sol. Por doquiera que dirigió la mirada, las tinieblas se habían apoderado del espacio y por ninguna parte se veía un rayo de sol, como si repentinamente hubiera llegado la noche. Dos horas después, cruzó la última línea de aviones, pero no habían lanzado bombas a los terroristas. Cosa bien rara para Julio Góez, que ignoraba lo que acontecía cerca de allí, en La Mojada, que, debido al riguroso verano, empezaban a llamar La Reseca. ¿Para dónde irían tantos aviones?, no pudo responderse y menos aún, responder a sus familiares y vecinos que corrieron hacia él para tratar de desentrañar el misterio.

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La necesidad de escuchar a los dirigentes locales de La Mojada, de Nicho, de Achú y de otros poblados, impidió al Emperador atender a sus asesores inmediatos con la noticia que le traían, pero, ante todo, para mantener su lema de laborar…laborar…laborar. Dispuso que se hiciera un consejo comunal para oír al pueblo de La Mojada, pero como siempre, la única voz era la suya, la única mente que pensaba la suya, la única persona que todo lo sabía y lo solucionaba era él. Y como había que atenderle con atención y paciencia, a lo que se sumaban los ruidos provenientes de las más de diez mil personas que venían en la romería organizada por Pedro Matapalomas, el de los motores de automóviles, camionetas, camiones, buses, busetas, barcos, lanchas, canoas, los aviones de la fuerza del aire que se mantenía atenta para brindarle respaldo a Su Majestad, y la cháchara general, nadie escuchó el estruendo que bajaba por el río. En los tres días de la romería, no les pusieron atención a las últimas noticias del caracol ni a la caldereta que tronaba en la cadena Casa de Nari. Entre el emperador y el representante de Dios, se solucionarían las cosas y, por ende, se les debía dejar espacio para los esfuerzos mentales del gobernante y las elevaciones espirituales del santo sacerdote. Por eso nadie escuchó las noticias que anunciaban lluvias torrenciales que ya caían en las alturas de las cordilleras, y que las aguas llegarían de un momento a otro, inundándolo todo, con el consabido arrastre de los cultivos y ahogando perros, gatos, marranos, reses, gallinas, pollos, pavos y demás animales domésticos. Menos aún escucharon el avance noticioso sobre la ruptura de dos represas de las que se alimenta el sistema eléctrico nacional, por cuya razón los caudales de los ríos cercanos, especialmente el de Robledo, aumentaban a razón de medio metro por minuto.

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Casandro Arana, a quien nadie ponía atención y mucho menos le creían, ni siquiera en su casa ni entre su familia, fue el encargado de anunciar la catástrofe. Pero no le creyeron. En el pasado vaticinó que al sujeto al que llamaban Cara de Loro con Rabia, terminaría tras las rejas de una cárcel por actos criminales, pero se burlaron de él y de su presagio. Ni siquiera cuando se convirtió en realidad, se le dio el crédito que merecía. Por poco no lo matan al intentar penetrar a la fuerza al recinto en donde Monseñor elevaba su cara y sus ojos a las alturas en una supuesta conexión con Dios. Esperando el milagro de que comenzaran a caer las gotas de lluvia que sería la salvación de La Mojada, todos lo silenciaron y la guardia que preservaba la humanidad del jerarca eclesiástico lo sacó a patadas y trompadas y lo lanzaron al lecho del caño, que por falta de agua y el   intenso verano, se había convertido en un lecho de terrones resecos que le arrancaron la piel mientras rodaba.

Casandro gritaba a todo pulmón: ¡Viene el agua!  Y el agua llegó intempestivamente. Se metió por la boca del cura, por el canal del perro, por la boca de los pendejos, por el chorro de Zaranda y se regó a lo largo y ancho de La Mojada. Cuando midieron el peligro en que se encontraban pensaron en lo mismo, en trasladarse a la orilla del caño, pero nadie supo decir en dónde había quedado el caño. Todo era agua. Como eran las últimas horas de la tarde del domingo, la mayoría de los choferes, de los conductores de lanchas y de los aviadores, retozaba en los bares de la región. Nadie pudo hallar cómo salir de donde se encontraba, pero la angustia adquirió dimensiones insospechadas, cuando las aguas subían y mojaban las perneras de los hombres y las faldas de las mujeres y persistían en subir y subir. Sorpresivamente un helicóptero se situó encima del lugar en donde el Emperador presidía el consejo comunal, lo enlazaron y lo subieron. Muchos quisieron agarrarse a la cuerda, pero la guardia personal no los dejó. Las gloriosas fuerzas de batalla mostraban una vez más su celo por salvaguardar al ángel protector del país. El helicóptero subió y se dirigió fuera de la zona. Monseñor Pedro Matapalomas clamaba para que lo recogieran, sin darse cuenta de que, por primera vez en su vida, El Eterno le había prestado atención y le daba el agua que estaba pidiendo. A las ocho de la noche nada quedaba en pie, nadie había sobrevivido, los cientos de miles de cachacos y los nativos, que si bien sabían nadar no les alcanzaron las fuerzas para mantenerse encima de las aguas, viajaban a la deriva, muertos. Ahogados por la abundancia del agua en sus estómagos, pero felices porque la inundación, como nunca antes y como nunca después, había tenido ocurrencia. Lástima que nadie supiera ni le interesara ya, saber dónde quedaron los baúles, las cajas fuertes y los demás lugares en que guardaban el dinero que llegaba año tras año con las inundaciones. 


EL CRIMEN ES MI CONDENA
El capitán “Tabaco Viejo” se negó a dejarnos descansar durante la noche, para que pudiéramos llegar cuanto antes al caserío de Burra Mocha, levantado primero por indígenas zenúes y al cual, huyendo de los ataques de gente armada, llegaron más tarde campesinos de la región, huyéndole a las balas que nosotros, los asesinos del momento, repartimos con deleite sobre la gente indefensa. No hacemos más que repetir lo que hicieron en el pasado otros como nosotros que, por un mísero salario, le quitamos la vida al más pintado. Siempre que me obligan a caminar tan largas distancias, para no aburrirme ni cometer la locura de una protesta, me encierro en mis pensamientos. Tabaco Viejo, así le dicen a quién nos comanda porque su título en las filas era el nombre con que se identificaba en la juventud de mi padre, un excelente tabaco grueso, aromático y deleite de los fumadores. En aquellas épocas el tabaco no era origen de ninguna enfermedad grave, solamente el guargüero y la tos persistente. Ese tabaco grueso tenía una anilla con el número que adoptó el comandante, que cuando se trata de matar, se regala para ir al infierno, si es necesario.

Tabaco viejo es descendiente de inmigrantes árabes, que como todos los llamados “turcos”, se enriquecieron con el comercio y conforme a las malas lenguas, con la falsificación de billetes, el contrabando, la estafa, el robo y otras actividades criminales. Lo que no hicieron los árabes que llegaron de primero, supuestamente pobres de solemnidad, fue incurrir en el asesinato. En los dos últimos siglos, los árabes engañaban y nosotros, los hijos de los nativos, nos dejábamos engañar. Se decía que, si alguien mataba a otro, era secuela de la sangre española que heredamos desde el momento en que dos mundos se encontraron y el poder de las armas favoreció al que vino en aventura, jugándose la vida. Ellos nos enseñaron, a indios primero y luego a indios y negros, que la vida era valiosa, pero para los españoles, para nadie más. Por eso a los negros los esclavizaron y le dieron un tratamiento abominable, mientras que, a los indígenas, llamados quién sabe por qué indios, iniciaron el proceso de exterminio embobándolos con las cruces. La cruz de palo de los misioneros, tan siniestros como los demás, y la cruz de la espada. Cuentan las leyendas que cuando los indios miraban el resplandor en la hoja de la espada, los españoles los invitaban a agarrarla y luego halaban, intempestivamente, el arma dejando regado en el piso la sangre y los dedos de los incautos. En el caso de los negros, escudados en que ni indios ni negros tenían alma, los invasores se apoderaban abiertamente de las mujeres y copulaban con ellas delante de los padres, de los hijos, de los maridos, pero en la llamada colonia, los negros, cuyos atributos viriles eran superiores a los de los blancos, y por ello llamaban la atención de las primeras putas que llegaron a “construir un mundo mejor”, no podían enamorarse de esos mismos negros. Cuando los sorprendían, en vez de matar a la adúltera, se le perdonaba y el negro culpable de introducir su miembro en la vulva blanca, era bañado en grandes depósitos de agua hirviendo, en donde si no morían ahogados, morían como consecuencia de las graves quemaduras en el cuerpo. A los árabes, por lo menos en el nuevo mundo, no se les puede achacar barbaridades tales, porque cuando ingresaron ya ese nuevo mundo había envejecido. Teníamos la maldad introducida en la simiente. Nos corre por la sangre. Entonces se dedicaron a comerciar telas y otros artículos. Venían supuestamente muertos de hambre, pero antes de dos años ya poseían inmensas riquezas. Fue, decía mi padre, que se trajeron la lámpara de Aladino con ellos y el genio los enriquecía prontamente. Y se aposentaron y de inmediato iniciaron el proceso de apoderamiento de todo lo que fuera riqueza y de las fuentes conocidas o de las potenciales. Y observando cómo los españoles medraban solitarios en los asuntos de la política y la administración pública, orientaron a sus hijos a imitarlos y superarlos. Hoy, de cada diez ricos, nueve son de ascendencia árabe; de cada diez comerciantes, nueve son hijos o nietos de árabes; y de cada diez miembros del gobierno, de lo que llaman los poderes públicos, son hijos y nietos de árabes. Los encuentra uno en todas partes, regados como verdolaga en playa.

Sin embargo, solamente fueron los nietos y biznietos los que se introdujeron en el negocio de la muerte. Desde altos funcionarios del Estado, hasta íngrimos e ignaros descendientes de Alí Baba, se sienten felices de quitarle la vida a los que por cualquier razón les cae mal. Y Tabaco Viejo es un ejemplo. Dicen que está loco, pero solamente cuando consume drogas hasta el infinito, se le observa en los ojos el deseo de matar. El resto del tiempo es hasta un hombre alegre, amistoso, caritativo.
En La Chenche, pude comprobar que Tabaco Viejo, cuando está bajo el poder de la droga, bien podría matar a su propia madre. En esa ocasión una pobre anciana le pedía que se acordara de la madre, que debía ser vieja como ella, y él le contestó que, si esa vieja hijueputa estaba en el poblado, que le dijeran dónde para hacerla picadillo y comérsela en el desayuno del día siguiente en un revoltillo de huevos. Y juró que no tenía madre, porque la suya, además de puta, era loca. Puta porque según él, su padre no era capaz sexualmente con ella, y loca, porque se creía favorecida por los dioses y bajada del Olimpo. Y se atreve, gritaba, a escribir unas porquerías asegurando que son poemas. “Ni en el culo ni con el culo puede esa vieja mal nacida hacer poesía”. Desde ese instante, me atreví a jurarme a mí mismo, que nunca entablaría con ese loco una discusión y evitaría sus reclamos, y acataría sin discusión sus órdenes.

Usted me dirá que yo estoy tan loco como él, porque a sabiendas de las condiciones de mi jefe inmediato, sigo en las filas de esta agrupación de asesinos apoyados por el gobierno, creada por los terratenientes, los ganaderos y miembros del gobierno, que se enriquecen con lo poco que tiene el campesino pobre. Desde el primer mandatario hasta el último concejal o alcalde, todos están unidos con el mismo propósito: enriquecerse sin trabajar. Si un matón como Tabaco Viejo, no puede sin embargo subir en la escala de la agrupación y apenas sí le confían las mujeres de los superiores, y algunos dicen que lo hacen para ver si se propasa y comete una falta para poderlo matar y cerrar su boca de una vez y para siempre, se puede usted imaginar cómo son los que están arriba. Son diferentes frente a las pantallas de televisión en donde juran y perjuran que acabarán con la violencia del país, a como actúan cuando llegan a los campamentos para entregar las listas de los que deben morir, de los que deben ser despojados de sus bienes y no escatiman ningún elogio para nosotros, porque cumplimos las órdenes y de esa manera “adecentamos a este país, garantizamos la normalidad de los campos, solucionamos los problemas que afectan a los pobres”.

Y nosotros matamos sin siquiera razonar qué más ganamos después de la mísera paga que nos entregan, y qué ganan los que desde la sombra dirigen el asunto, que cada día tienen más tierras, más edificios, más almacenes, más industrias, más plata en el país y gruesas cuentas en bancos de otros países. Pero la ignorancia, madre de todos los vicios y de todos los errores, nos enceguece y no nos permite pensar. Porque aquí, entre asesinos, se acorta la vida en la medida en que pensamos. “A ustedes no se les contrató para pensar”, grita desaforadamente Tabaco Viejo, “a ustedes se les contrata y se les paga para cumplir las órdenes de los superiores”. Y tanta verdad dice, que Grisales, el paisa, asesinó a su hermano Julio porque al ítalo le cayó mal en el momento en que lo conoció y lo tildó de sapo al servicio de la guerrilla. Con sangre fría, ciego, sordo a los reclamos de su hermano, el paisita fue matándolo a machetazos bien medidos y bien orientados, para que sufriera al máximo. Por ello, Tabaco Viejo lo premió con una semana de permiso y lo dejó aposentado de una parcela en la que diez mujeres lo atenderían como a un Emir, el emir que él habría querido ser, si hubiera nacido en Arabia y no acá.

Los horrores que he vivido, peor aún, los horrores que he causado a pobres campesinos cuyo único pecado es querer subsistir trabajando la tierra, representada en minúsculas parcelas, no podrían escribirse sin que el escritor se volviera loco. Horribles, al punto de llevarme a creer que el infierno no está en otro lugar que aquí en donde tengo mi campo de acción y que tanto el italiano como mi comandante directo, y muchos otros que aún no conocemos, son Satanás y sus esbirros. Por esa razón, no entro en detalles, porque si durante la llamada “época de la violencia” se ejecutaron crímenes inenarrables, los de ahora, perfeccionados, los dejan como simples ensayos para ensangrentar el suelo de la patria.

Lo más peligroso para nosotros no es un encuentro con las que pomposamente califican de “fuerzas armadas”, porque ellas nos acompañan y hasta nos alientan con buenas tajadas del presupuesto público. Tampoco es un peligro un encuentro con la “guerrilla”, porque en muchas ocasiones ejecutamos acciones conjuntas. Usted me dirá que eso es una solemne mentira, pero no. Es una realidad que yo tampoco podía tragar. Solamente al ver a manteles a funcionarios del gobierno, comandantes guerrilleros, a mis jefes inmediatos y a gobernantes de alta condición, así como a los más calificados dirigentes políticos de los partidos existentes, me convencí que en este país nuestro, nos matamos para complacer intereses de un reducido grupo de individuos que directa o indirectamente nos gobiernan. No somos más que marionetas al servicio de quienes tienen en sus manos las riendas y siembran el odio, riegan la sangre y llenan los cementerios, para apoderarse impunemente de las tierras. Todos quieren tierra, como si fueran muchachos viciosos y presentarse como terratenientes y por tanto millonarios. Todo eso es un peligro y guardamos silencio, porque el silencio dizque es más elocuente.  Esa es la razón para no hablar entre nosotros de la realidad, ni comentar n i criticar. Las órdenes son órdenes y se nos paga para cumplirlas. Además, uno no sabe si a quien le hace un comentario lo delata y lo dejan a uno como para venderlo en el mercado como si tratara de carne de vacas.

Pese a ello, y quizás se deba al tiempo que llevamos juntos, siempre encuentra uno a quién revelarle sus pensamientos. Ello nos permite saber que aún hay tiempo de reivindicarse, de lograr el perdón, de castigar a los que diezman al país. ¿Pero, cuándo? Quién sabe. Solamente Dios podría dar respuestas a esas preguntas, pero Dios no da respuestas directas y uno no habrá de saber si son simplemente deseos de cada uno, aspiraciones de algo que jamás habrá de llegar.



En el momento en que doblaba la esquina observé la fuga precipitada de tres jovencitos, pero la soledad del entorno me dijo que no había peligro alguno ni para mí ni para ellos y no entendí la carrera presurosa con la que abandonaron la zona, hacia un lugar indeterminado sobre el cual cruzaba la carrera quinta y a pocas cuadras se erguían las torres de la iglesia de San Laureano. La pequeña historia, esa a la que no se tiene en cuenta pero que es quizás más real y verdadera que la oficial, asegura que en una ocasión, en la que dominaba al país el partido azul, se dispuso la erección del templo católico de la céntrica zona, tiempo después convertida en sede de los gobiernos regionales y de los organismos armados tras los cuales se amparaban, y le dieron el nombre, no tanto para honrar la memoria del santo, sino al verdugo que dirigía al partido, al que llamaban el basilisco.
Una pareja, también joven, en arrumacos amorosos, apareció por una de las esquinas siguientes y simularon no verme, ni siquiera cuando al tropezar con el zapato un rollo de papeles, me agaché para revisarlo y establecer su contenido. Pensé que se le había caído a uno de los que corrieron instantes antes por la calle y que desaparecieron al llegar a la calle treinta y cinco. El contenido del rollo de papeles lo transcribo a continuación, con la observación de que la escenificación de los jóvenes que huyeron y de la pareja de enamorados, no tenía otro fin que entregarme una visión diferente a la que se había divulgado oficialmente, tanto por parte del gobierno como de uno de los grupos insurgentes, quizás el primero que, con el nombre de guerrilla, apareció en el país. Si bien es cierto que formaba parte de una entidad gubernamental, en los registros de seguridad nunca me sería borrado el pasado en el que, como consecuencia de la rebeldía juvenil, milité en las juventudes comunistas, pero dentro de una de sus ramas clandestinas, tanto, que ni el aparato directivo juvenil ni del partido propiamente dicho, sabían de su existencia. A ello se agregaba la divulgación franca y abierta de mi sentido social, de mi rechazo a las acciones opresivas del gobierno, como militante activo del partido rojo, y el tratamiento humano a los que por desgracia caían en las redes del gobierno, que generalmente quedaban en mis manos. Un tratamiento adecuado a los presos, sin violencias físicas ni síquicas, tal vez porque yo había sido víctima de los sistemas de tortura oficiales, que siempre han existido. Si bien es cierto que en ocasiones se dora la píldora, en otras los gobernantes muestran el cobre y no les importa qué pueda decirse de ellos posteriormente. En uno de mis escritos, ya viejo, por cierto, aseguré que pasar las páginas del libro de la historia de mi país, era una manera de verse salpicado de sangre y de mierda, porque en esencia, eso había sido la vida nacional desde el instante aciago en que dos mundos se encontraron y los condenados a muerte o a cárcel perpetua en la supuesta “madre patria”, iniciaron los dos genocidios más aberrantes de la historia universal. Por eso los gobernantes de mi patria ignoran la historia, ante el convencimiento de que quienes la escriben se afanan más por resaltar el progreso y los programas de gobierno, que el desarrollo de las masacres, de las torturas y la infinidad de desmanes cometidos a nombre de la patria y la defensa de sus intereses y de las instituciones. No hay historia sin cosméticos, no hay historia sin mentiras piadosas. Dice el rollo de papeles:

“Fuiste elegido para guardar la realidad y la verdad de un hecho, del que no podrá hablarse en mucho tiempo, hasta que mueran los protagonistas del mismo, sin correr el peligro de retaliaciones personales y familiares. Eso pensamos hoy. ¿Quién nos asegura que en el futuro las cosas no serán peores que en estas calendas? Tu juicio ponderado, tu espíritu de entrega a las causas justas, tu sentido de equilibrio y tu conocimiento de lo que acontece en este país, no obstante ser miembro de uno de los aparatos represivos del Estado, nos garantiza que guardarás la mesura necesaria y que, si es imposible divulgar este documento, juzgarás lo que sea adecuado para preservarlo o destruirlo. Ojalá que sea lo primero y no lo segundo, porque nuestros compatriotas continuarían considerando las cosas como las acomodaron desde el principio los interesados en tergiversar la realidad. Vamos por parte:
El país gozaba de una calma relativa, una calma chicha como la describen los nativos de la zona andina, comparándola con la explosiva bebida que heredaron de los chibchas y de otras tribus indígenas que habitaron el territorio. Una calma relativa, una tranquilidad que permitía a los campesinos entregarse a la producción sin mayores temores, una paz, si es que acaso en nuestra patria ha habido paz en algún tiempo, fue pactada por los dos partidos tradicionales, para repartirse los fondos depositados en las arcas públicas, las posiciones burocráticas, la “representación del pueblo en las corporaciones legislativas y administrativas” y la alternación sacrosanta del poder  durante dieciséis años, en los cuales  “patricios” de cada partido serían presidentes por períodos de cuatro años cada uno. La tranquilidad se aposentó y los ríos siguieron tranquilos hacia sus desaguaderos naturales. Los otrora enemigos irreconciliables, sin tener en cuenta las acciones violentas, las torturas, las muertes horrorosas que se aplicaron el uno al otro, se abrazaron públicamente y se unieron a través del amancebamiento, del matrimonio, del compadrazgo y de los negocios. La felicidad era la enseña en cada rostro y todo parecía un edén bíblico.
Pero un sector del aparato del Estado no compartía la paz. No le convenía, porque solamente a través de la violencia, de la guerra civil no declarada, podían obtener lo que en la tranquilidad de la patria nunca alcanzarían. Todos los gobiernos, de todas las épocas, han encontrado en los organismos armados la llave oculta que al abrirse arroja dinero a los bolsillos de los miembros del sistema político que detenta el poder, así como enriquece a los militares y policías, que alcanzan aún imberbes los altos grados y la jubilación por contabilizar doble los tiempos en que se declara perturbada la paz nacional. Por eso, querido amigo, hay tantos zánganos con la condición de eméritos cuando apenas han rayado el medio siglo de existencia.  Una paz duradera, una paz larga, es la ruina para los militares. No hay manera de justificar los gastos porque antes que aumentar el pie de fuerza, se le reduce. Antes que adquirir armamentos, muchas veces alegando que los países vecinos se arman para atacarnos, se dispone a agotar las existencias. Tampoco hay preferencias sociales ni reconocimientos familiares. La paz es para todos y eso envilece, según el criterio de ellos, naturalmente, la condición de militar o policía. Y hablamos de policías, porque desgraciadamente en nuestro país, la policía se involucra en las acciones bélicas tratándose de un organismo civil.  Pero los presidentes dictadores, aprovechan los anhelos policiales, y los equiparan a ejércitos con funciones diferentes.
La situación llevaba, en sus primeros cuatro años, una cruelísima condición para los militares. Si no se requerían más soldados para “salvar a la patria”, no se justificaban nuevos cuarteles, ni divisiones, ni brigadas, ni compra de armamentos, y, lo más grave, era necesario rebajar el número de oficiales. Durante el conflicto anterior se habían multiplicado los generales, los coroneles y los tenientes coroneles, y abierto un amplio campo para mayores, capitanes y tenientes. Las escuelas de formación se habían equiparado a universidades pese a que la instrucción era diferente. Si disminuía el número de oficiales de la cúspide hacia abajo, muchos que venían corriendo tras los grados, serían sacados a la vida común y corriente. Y en los conciliábulos militares, en los que el coronel Tovar Alva se destacaba por su capacidad intelectual que lo colocaba en la cima de la inteligencia entre los oficiales militares de los últimos cien años, estudiada la situación, se le encomendó buscar, encontrar y poner a funcionar un sistema que no permitiera a los políticos continuar durmiendo en las hamacas en completa tranquilidad y menos desmontar el aparato militar. Si alguien dijo que la guerra era algo que no podía dejarse en manos de los militares, aquí los militares señalaron que la paz era un asunto tan serio que no podía seguir manejado por los políticos.



LA VENGANZA GITANA
Aparecieron ante la mirada absorta de los nativos, en una mañana de la última semana de diciembre. Los más viejos sacaron a relucir las leyendas que sobre los aparecidos circulaban desde los principios de la historia que conocían y las advertencias se generalizaron de inmediato. Bastaron las primeras miradas a los recién llegados para que, de la misma forma, como si en aquellos tiempos hubiera existido la telefonía celular o la televisión, la noticia corrió en instantes de la calle Cauca a la salida para Tolú, para la que comunicaba a Sampués y así fue regándose sobre el plano del poblado, no muy grande entonces. “Llegaron los gitanos y levantaron sus carpas en La María” y las autoridades no sabían cómo desprenderse de ellos, porque si no habían cometido ninguna falta nada ni nadie podía prohibirles llegar ni menos residir en el lugar. Pero todos se previenen. Nadie sabe nada de los gitanos, ni de dónde son, ni por dónde andan, ni para dónde van, ni de dónde vienen, si son del país o del país del Conde Drácula o del mismo infierno, pero, lo que sí consideran como cierto es que, cuando llegan a un sitio, cambian de inmediato las cosas. Que “se roban los niños para sacrificárselos al demonio en aquelarres”, que “se apoderan de las mujeres y los hombres que están en plena juventud y se los llevan pero más tarde nadie sabe qué se hace con ellos”, que “las gitanas están al servicio de Satanás y por ello leen en las manos y las cartas el pasado, el presente y el futuro de las personas”, que “le hacen mal de ojo a los niños”, que “destruyen los hogares, porque las gitanas, con el poder de la mirada dejan bobos a los hombres” , que “se alimentan con sancochos a base de raíces amargas y venenosas y las carnes  son de niños o de jóvenes que se roban”, que “comen sapos y ranas, ratas y culebras”, y así, antes de las veinticuatro horas hasta los niños de pecho presentaban raros temblores por el miedo introducido en sus cuerpos no por las gitanas sino por la leche materna que habían mamado durante el  día.
Los gitanos hombres, que poco aparecen ante las gentes se quedan en el aduar y las gitanas se riegan en grupos de dos o tres por las calles para tomar las manos de hombres y mujeres para echarles la suerte y reciben a cambio cualquier valor en monedas o billetes.  Raro es el hombre que se mantiene en la avaricia luego de la mirada enigmática de una gitana y sin saber si es de burla, de amor, de lástima o de qué, mete la mano al bolsillo y entrega cinco o seis veces de lo que habría dado a cualquiera de las brujas locales que de pronto le habrían dicho lo mismo, porque la credulidad de la gente es similar en todas partes. Por eso el periodista Eugenio Quintero afirmaba que erradicar la creencia en el diablo es erradicar el ser humano, y el poeta Pompeyo Molina lo miraba de reojo y agregaba: ocurrirá lo mismo si se erradica a Dios.
Al anochecer del primer día, al aduar fueron llegando por las veredas de los burreros de las fincas El Papayo, La María, calle El Cauca, hombres y mujeres interesados en saber cosas de las ciencias ocultas que creían les afectaba, pero que no podían dejarse ver en las calles en charlas con gitanas. El qué dirán, que también desaparecerá cuando desaparezca el ser humano, los obliga a exponerse a la mordida de una culebra en medio de la oscuridad de los potreros. Consideraban los anónimos visitantes que las tinieblas los ocultarían, pero el temor no hacía más que ablandarles las lenguas y hablaban no sólo de sus propios problemas, de sus dudas, de sus vacilaciones, de sus temores, sino que entregaban a las gitanas un acopio de información de muchos de los habitantes que ellas sabrían aprovechar para su propio beneficio.
Tres días después la celebración de la llegada de un año nuevo, sepultó en el olvido el aduar y sus habitantes. Las gitanas con sus largas polleras y sus zapatillas con apliques dorados y plateados en las que metían unos largos y delicados pies, las manos con largos dedos y no menos largas uñas coloreadas con figuras que muchos años después fueron exclusividades de salones de belleza y de maricas que con delicadeza pintan sus caprichosas concepciones de cómo deben ser los dedos que ellos desearían tener, pasaron la noche en el aduar en sus propios menesteres y en una fiesta que si bien carecía de la jarana de las de los nativos, no fueron menos alegres. El ser humano cree en la división del tiempo, cree que su Creador también estableció unos segundos, minutos, horas, días, semanas, años, siglos y eones, olvidándose que el Eterno se desprendió de toda vinculación con el ser que creó al soplar junto con el alma el libre albedrío. Los errores son desde ese momento del hombre y no de Dios. La fiesta de año nuevo seguía hasta un mes después, cuando si no se le había deseado felicidad al familiar, al vecino o al amigo, era porque se había mudado para otra parte o se había muerto.
Pasada la primera semana de enero, se iniciaron los preparativos para la fiesta destinada a honrar al Dulce nombre de Jesús, al “cabecita” de oro, nombre que le dieron los descendientes de los españoles que se creían los más blancos de los blancos, los más puros de la raza, porque en el poblado los negros no eran más que eso, “negros”, no obstante a que, de cada cuatro de los que hacían la fiesta en la corraleja tres eran negros. Se les admiraba y aplaudía durante los cuatro días de los festejos. Después, hasta el enero siguiente, serían los peones de las fincas.
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María Mandora, romaní, enormes ojos verdes, mirada perdularia y ansias de niña que pide mimos y de joven que clama amor, de la que se prendió  Antonio Eduardo, adonis de ojos azules y piel broncínea. Enviado a otro país para arrebatárselo al embrujo de la gitana.
20 de enero, en la tarde, un toro jabonero, puntas claras, matrero, joloneado, rompió las vallas del toril hechas de caña brava aferradas con bejucos y la alcanzó en la esquina de la calle de los turcos, en donde sació su sed de sangre y cumplió el horrendo encargo que le había dado el propio Satanás. Pese a las trece puñaladas, el toro no pudo tocar el rostro de la hermosa mujer, que la muerte dejó en todo su esplendor. El maleficio había surtido efectos y al día siguiente, las envidiosas del poblado, especialmente las que Antonio Eduardo había prácticamente despreciado por la atracción de la gitana, sacaron sus hermosas sombrillas japonesas y salieron a relucir sus prendas y sus encantos en los alrededores de la corraleja.





FIN



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